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Salir a bailar. La disco siempre fue parte central en toda cultura gay urbana moderna: la disco como espacio de encuentro, de charla, de levante, de diversión, de descarga física pero también de producción de estilos, reconocimiento y mayor conciencia identitaria. Muchos de los productos culturales nacidos en las discos gays de los años 70 y 80 (la música electrónica es el ejemplo más claro) hoy son consumidos por el grueso de la sociedad y los modos de relación que los espacios gay han propuesto en forma original se extienden y viven como ecos en las conductas de cada vez más personas. Brandon se entiende como un eslabón curioso en esta cadena.
Buenos Aires, fines de los ´90: muchos de nosotros compartimos una sensación fuerte: que no encontramos el lugar que necesitamos para desarrollarnos, desplegarnos, expandirnos. En primer término, claro, como gays. Pero también, y esto es fundamental, como personas cruzadas por otros deseos e inquietudes, deseos e inquietudes que aparecen como el costado menos visible de nuestra propia identidad: gustos estéticos, experiencias individuales, exploraciones artísticas, proyectos intelectuales o intereses políticos que no se condicen con el modelo de gay que puebla los medios masivos y que no encajan en las propuestas de la mayoría de los espacios que la comunidad actualmente ofrece.
Brandon pretendió desde sus inicios explotar esta distancia y explorarla: no como un modo de discriminación al interior de nuestro propio mundo ni como forma de distinción prestigiosa, sino como iluminación de posibilidades escondidas. Entonces: se trata de aprender a transitar los espacios nocturnos de otra manera; de bailar muchísimo, claro, pero intentando descubrir otros usos de la pista; de escuchar la mejor música, la más nueva, pero sin sentir que no podemos animarnos a los sonidos más difíciles, raros, no previsibles; de experimentar con nuestras ropas, nuestros besos, nuestros tragos; de conversar a un costado, de conocer a los otros, de entablar relaciones, de concretar proyectos. En Brandon la palabra inglesa club parece reconquistar su sentido original, refiriendo más a todo un complejo de actividades actitudes modales personas cariños odios historias que al estricto contorno de un salón de baile.