Concepto

txt de Laura Ramos para la revista Time Out


Más que un multiespacio artístico gay-lésbico-transexual, Brandon es un experimento útopico, un laboratorio de ideas y talentos enclavado, en una operación fuera de tiempo y lugar, en un barrio un poco deslucido al que algunos llaman Palermo Soho –trazando una forzada simetría con Manhattan y en alusión a la cercanía topográfica con el Viejo Palermo borgeano-. Esta poco sutil operación de upgrade sobre unas callejuelas desprovistas de todo encanto no impide que los vecinos se empecinen en seguir llamándolo Villa Crespo. casaBrandon, cuyo logotipo es una pequeña casa alpina atravesada por un destellante corazón rojo sangre, funciona como una especie de club, como una academia de aprendices de artistas y de artistas consagrados que aplica métodos heterodoxos de producción y produce una conducta adictiva en sus miembros, tal la impresión que me causa cuando veo allí a esos adolescentes que van a escuchar a Adicta, a Leo García o a Voy a salir y se me hiere un rayo (editorial) pero que con empecinamiento enternecedor resisten los recitales poéticos de Gaby Bejerman, las muestras de arte de Sebastián Freire y, unas noches atrás, las canciones francesas ultrarrománticas de una chica muy heavy metal que tocaba la guitarra vestida con una remera que rezaba “J'aime ta femme”.
Brandon empieza donde terminan las discotecas: en el fuego del hogar. Su onda expansiva llega a las Fiestas del Orgullo Gay –en las que las chicas que lo idearon suelen desfilar a bordo de un coche-boma rojo de bomberos-, a unas fiestas nómades de regularidad quincenal y a vertiginosas aventuras on line. En Brandon vi tocar a artistas del sello discográfico alemán Monika Enterprise, escuché a unos músicos del festival electro-happening y a unas chicas muy sexys leer textos eróticos, vi a chicos bailando tango y a unas chicas de aspecto temerario ensayar declamación en el baño; vi la preciosa serie “Tipping the velvet” y también escuché a mi escritor favorito leer su diario íntimo. Porque Brandon no proporciona información: proporciona formación.
En un gesto político –involuntariamente polìtico- hacia la visibilidad, igualdad, equidad y construcción de una identidad g.l.t.i.b, Brandon funciona como espacio de cultura alternativa para músicos, artistas digitales y plásticos, para poetas y diseñadores, pero además opera como un equivalente espacial a la literatura hogareña del siglo diecinueve, un pequeño artefacto que trae adosado, a modo de souvenir, un leño encendido que mantiene su combustión a través de las tribus y de los linajes cuturales. Brandon es la inventora, y el inventor, del club artístico como bolsa de agua caliente. Es un experimento utópico, un dispositivo hogareño y mucho más que eso: es un modo de existencia.


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