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Ein
Hunger Künster o Un artista del hambre es un intento de adaptación
del cuento de Franz Kafka.
Si quiséramos hacer una síntesis del cuento, podríamos
decir que relata la gloria y decadencia del ayunador, artista del
hambre, para quien llevar a cabo su arte era muy fácil; es
allí, en esa facilidad casi dolorosa, donde se encuentra
una de las muchas preguntas que el relato deja abiertas (relación
conflictiva entre arte y mercado, podría ser una de ellas):
“Sólo él sabía -sólo él
y ninguno de sus adeptos- qué cosa fácil era el ayuno.
Era la cosa más fácil del mundo”; preguntas
que el film ansía clausurar.
De riguroso blanco y negro, este mediometraje define en 39 minutos
(contando los títulos) una posición indiscutida: del
lado del artista ayunador en contraposición al empresario,
al contratista, los carniceros (vigilantes del artista en su riguroso
ayuno).
Las escaleras que vemos al comienzo, que inauguran la decadencia
de un mundo ya decadente que cuenta el film, apenas abren el descenso
a un infierno: algo en el film no nos permite ver ese tránsito.
Hay una división y una acumulación: división
respecto de los lugares de “buenos” y de “malos”
y una acumulación de efectos visuales y sonoros. Estas mezclas
en lo formal parecen no jugar junto con las contradicciones que
el propio relato plantea respecto del artista en el mundo.
La pantalla se corta en dos o en cuatro para relevar distintos niveles
en los que la acción transcurre; el sonido industrial que
atraviesa toda la película es -en algunos casos- también
el golpe que un ¿trabajador? da sobre el hierro ardiente.
A cada personaje se lo presenta con un anclaje de subtítulo
bilingüe (alemán-español): el empresario aparece
como aquel que dirige un espectáculo en un mundo post-nuclear,
donde los espectadores son apenas una máscara sobre un cuerpo
vestido de blanco. Los planos sobre el empresario remarcan su maldad
intrínseca: las manos como garfios hablan su poder, y su
monstruosidad; el contratista ya es una presencia diabólica:
no sólo le hace firmar al artista un contrato con sangre
(y así va a parar a un circo donde nadie valora su arte...
apenas una jaula en un pasillo que da a las jaulas de las bestias)
sino que también su calvicie y uñas afiladas rememoran
a Nosferatu: un perfecto “chupa sangre”.
El artista del hambre es calvo también, es un rostro, un
cuerpo sin sangre, sin carne, que casi declama, y se cansa, es olvidado
y muere.
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INTÉRPRETES:
Julio Aleman, Albreto Catren, Pablo Tiscornia.
PRODUCCIÓN GENERAL:
Fedor Mossayebeh, Marcos Rivi y Guillermo Zorraquin.
GUIÓN:
Fedor Mossayebeh.
FOTOGRAFÍA:
Alejo Oliva, Guillermo Zorraquin y Facundo Valenti.
SONIDO:
Damian Turkieh.
DIRRECIÓN DE ARTE:
Evangelina Calzetta y Pablo Bernard.
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