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Tres
estudiantes universitarios comparten un departamento intentando
abrirse camino en la gran ciudad, buscando su lugar en una sociedad
en la que no lo tienen. Andrea, que aparece como la más conciente
de los sinsabores de la lucha cotidiana, es una empleada de un telecentro
que asiste con una triste resignación al riguroso espectáculo
de su propia explotación. Martín, un estudiante de
arquitectura despreocupado que construye maquetas con lo que queda
y se relaciona más que nada con indiferencia con lo sucede
a su alrededor; y Mariela, más desplazada, que sólo
atina a hacer pie al intentar seguir con el cuidado de los niños
o tratando en vano de conseguir trabajo como promotora, esperanzada
en llegar a ser lo que no quiere ser.
Con una estudiada naturalidad, la película se convierte en
una sagaz crítica de una sociedad intrascendente y despersonalizada
que a fuerza de crisis fuimos consiguiendo para nosotros. Con la
globalización fuertemente instalada ya se empiezan a definir
ganadores y perdedores, aunque todavía sin determinar de
qué lado se encuentra cada uno. El egoísmo, la despersonalización
(“si estás laburando no sos persona”, llega a
decir Andrea) y todas las miserias cotidianas parecen haberse instalado
hasta el punto de dejar de ser considerados obstáculos. Sin
horizontes a la vista, los personajes se plantean la manera de seguir
adelante con un futuro que ni siquiera ellos mismos parecen querer
construir.
Ambientada en Córdoba en los años post-2001, la ciudad
se nos presenta extrañamente hostil, donde hasta la lluvia
parece ensañarse con estos tres estudiantes que sólo
intentan hacer pie ante un destino que se presenta inexorable.
La película fluye en un tono melancólico y seco que
permite que el tendido ideológico de la narración
descanse sutilmente en los pequeños diálogos de los
protagonistas. Aunque sin saberlo, en esa misma perspectiva ideológica,
parecen descansar las demás víctimas de ese destino
inquebrantable de vencedores y vencidos.
Con una narración pareja y sencilla, la directora Ana Ynsaurralde
logra sacar a la luz el sabor amargo de una realidad cotidiana donde
el maltrato se naturaliza con una frialdad inquietante, y la desesperanza
va marcando el triunfo de los nuevos valores sin valor.
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