Un
campo de centeno intensamente amarillo que recuerda a Van Gogh,
o mejor, a la mirada de Kurosawa sobre un cuadro de Van Gogh, se
instaura como marco de La pasión según Ander, transformándose
en imagen axial en donde una voz en off absorbe la interpretación.
Ese campo es la salida, la esperanza, el domingo de resurrección
que resuelve y da sentido a una vida que se constituye en largo
sábado de espera.
En ese permanente movimiento de búsqueda de una línea
de fuga, lo único que da un (precario) sentido al largo sábado
es el arte, protagonista absoluto que absorbe como un vórtice
y estiliza en forma extrema la experiencia vital, no sólo
por el planteo estético del film sino por la construcción
de un mundo extremadamente codificado cuya simbología sólo
puede resolverse en la recuperación de las referencias continuas
a la esfera del arte mismo.
Esta autorreferencialidad es, tal vez, lo que en mayor medida logra
generar una atmósfera asfixiante y claustrofóbica
que sostiene el planteo teórico. De esta forma, el campo
de centeno, que en principio
pareciera remitir a la idea de salida, de extensión inacabada,
de espacio ideal (tal es, por otra parte, el planteo de la novela
de Salinger, El guardián entre el centeno, a la que este
campo alude), desliza su simbolismo hacia lo estático, se
transforma en un cuadro de museo de la misma manera en que, a través
de una ventana, lo hace el mar, otro de los espacios de apertura
por excelencia.
En este mundo de codificaciones extremas no hay una taza, un reloj
titilante o una ventana abierta que estén fuera de lugar.
Y ese orden absoluto y agobiante desplaza a los personajes de cualquier
lugar de
estabilidad posible, los conduce a la incomunicación más
absoluta, a los cruces de silencios, los monólogos extraídos
de otros films, las miradas perdidas y nunca encontradas, una soledad
profunda y existencial. Y es que todo lo que esté por fuera
del arte se convierte en un sinsentido, murmullo absurdo que nada
dice. Ante la impostura de la vida es preferible callar o, más
bien, hacer de la vida un silencio, un silencio absoluto, plagado
de voces y de ruidos, un silencio sólo logrado por el arte.
El silencio pensado por Herzog en El enigma de Kaspar Hauser que,
como cita última, cierra La pasión
según Ander: "Ojalá que cuando preguntemos qué
es ese ruido alrededor nuestro nos respondan: es el silencio. Es
el silencio".
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