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Por Michel Foucault*


ANTICIPO DE UN LIBRO CON CONFERENCIAS DICTADAS POR MICHEL FOUCAULT EN BERKELEY

Todo hombre necesita contar con un “parresiastés"

Michel Foucault rastreó en la literatura y la filosofía grecorromanas una función, la “parresía”, y una posición del sujeto, el “parresiastés”, caracterizadas por “una relación específica con la verdad a través de la franqueza”, cuyo efecto es la crítica y la autocrítica, y cuyo costo es el peligro.

 

La palabra parresía aparece por vez primera en la literatura griega en Eurípides (c. 484-407 a.C.), y recorre todo el mundo literario griego de la Antigüedad desde finales del siglo V a.C. Parresía es traducida normalmente al castellano por “franqueza”. El parresiastés es alguien que utiliza la parresía, es decir, alguien que dice la verdad.
Etimológicamente, parresiazesthai significa “decir todo”. Aquel que usa la parresía, el parresiastés, es alguien que dice todo cuanto tiene en mente: no oculta nada sino que abre su corazón y su alma por completo a otras personas a través de su discurso. En la parresía se presupone que el hablante proporciona un relato completo y exacto de lo que tiene en su mente, de manera que quienes escuchen sean capaces de comprender exactamente lo que piensa el hablante. La palabra parresía hace referencia, por tanto, a una forma de relación entre el hablante y lo que se dice, pues, en la parresía, el hablante hace manifiestamente claro y obvio que lo que dice es su propia opinión. Y hace esto evitando cualquier clase de forma retórica que pudiera velar lo que piensa. En lugar de eso, el parresiastés utiliza las palabras y las formas de expresión más directas que puede encontrar. Mientras que la retórica proporciona al hablante recursos técnicos que le ayudan a prevalecer sobre las opiniones de su auditorio (sin preocuparse de la propia opinión del retor respecto de lo que dice), en la parresía, el parresiastés actúa sobre la opinión de los demás, mostrándoles, tan directamente como sea posible, lo que él cree realmente
.
Si distinguimos entre el sujeto hablante (el sujeto de la enunciación) y el sujeto gramatical del enunciado, podríamos decir que hay también un sujeto del enunciandum –que se refiere a la creencia u opinión mantenidas por el hablante–. En la parresía, el hablante subraya el hecho de que él es, al tiempo, el sujeto de la enunciación y el sujeto del enunciandum –que se refiere a la creencia u opinión mantenidas por el hablante–. En la parresía, el hablante subraya el hecho de que él es, al tiempo, el sujeto de la enunciación y el sujeto del enunciandum –que él mismo es el sujeto de la opinión a la que se refiere–. La “actividad de habla” específica de la enunciación parresiástica adopta así la forma: “Yo soy quien piensa esto y aquello”.


“Prueba de sinceridad”

Parresiazesthai significa “decir la verdad”. Pero, ¿dice el parresiastés lo que él cree que es verdadero, o dice lo que realmente es verdadero? En mi opinión, el parresiastés dice lo que es verdadero porque él sabe que es verdadero; y sabe que es verdadero porque es realmente verdadero.El parresiastés no sólo es sincero y dice lo que es su opinión sino que su opinión es también la verdad. Dice lo que él sabe que es verdadero. La segunda característica de la parresía es, entonces, que hay siempre una coincidencia exacta entre creencia y verdad.
Desearía señalar que nunca he encontrado ningún texto en la antigua cultura griega en el que el parresiastés parezca tener ninguna duda sobre su posesión de la verdad. Y, en efecto, ésa es la diferencia entre el problema cartesiano y la actitud parresiástica, pues antes de que Descartes obtenga la indudable evidencia clara y distinta, no está seguro de que lo que cree sea, de hecho, verdadero. En la concepción griega de la parresía, sin embargo, no parece ser un problema la adquisición de la verdad, ya que tal posesión de la verdad está garantizada por la posesión de ciertas cualidades morales: si alguien tiene ciertas cualidades morales, entonces ésa es la prueba de que tiene acceso a la verdad –y viceversa–. El “juego parresiástico” presupone que el parresiastés es alguien que tiene las cualidades morales que se requieren, primero, para conocer la verdad y, segundo, para comunicar tal verdad a los otros.Si hay una forma de “prueba” de la sinceridad del parresiastés, ésa es su valor. El hecho de que un hablante diga algo peligroso –diferente de loque cree la mayoría– es una fuerte indicación de que es un parresiastés. Cuando planteamos la cuestión de cómo podemos saber si aquel que habla dice la verdad, estamos planteando dos cuestiones. En primer lugar, cómo podemos saber si un individuo particular dice la verdad; y, en segundo lugar, cómo puede estar seguro el supuesto parresiastés de que lo que cree es, de hecho, verdad. La primera pregunta –reconocer a alguien como parresiastés– fue muy importante en la sociedad grecorromana, y fue explícitamente planteada y discutida por Plutarco, Galeno y otros. Sin embargo, la segunda pregunta escéptica es especialmente moderna y, pienso, ajena a los griegos.

“Asume un riesgo”

Se dice que alguien utiliza la parresía y merece consideración como parresiastés sólo si hay un riesgo o un peligro para él en decir la verdad. Por ejemplo, desde la perspectiva de los antiguos griegos, un profesor de gramática puede decir la verdad a los niños a los que enseña y, en efecto, puede no tener ninguna duda de que lo que enseña es cierto: pero, a pesar de esa coincidencia entre creencia y verdad, no es un parresiastés. Sin embargo, cuando un filósofo se dirige a un soberano, a un tirano, y le dice que su tiranía es molesta y desagradable porque la tiranía es incompatible con la justicia, entonces el filósofo dice la verdad, cree que está diciendo la verdad y, más aún, también asume un riesgo (ya que el tirano puede enfadarse, castigarlo, exiliarlo, matarlo).
Como ven, el parresiastés es alguien que asume un riesgo. Por supuesto, ese riesgo no siempre es un riesgo de muerte. Cuando, por ejemplo, alguien ve a un amigo haciendo algo malo y se arriesga a provocar su ira diciéndole que está equivocado, está actuando como un parresiastés. En tal caso, no arriesga su vida, pero puede herir al amigo con sus observaciones, y su amistad puede, consecuentemente, sufrir por ello. Si, en un debate político, un orador se arriesga a perder su popularidad porque sus opiniones son contrarias a la opinión de la mayoría o pueden desembocar en un escándalo político, utiliza la parresía.

“No deberías”

Si, durante un juicio, se dice algo que puede ser utilizado en contra de uno, no se está utilizando la parresía a pesar del hecho de que se es sincero, de que se cree que lo que se dice es verdadero, y de que se está poniendo en peligro uno mismo hablando de ese modo. Pues en la parresía el peligro viene siempre del hecho de que la verdad que se dice puede herir o enfurecer al interlocutor. De este modo, la parresía es siempre un “juego” entre aquel que dice la verdad y el interlocutor. La parresía implicada puede ser, por ejemplo, advertir al interlocutor de que debería comportarse de cierto modo, o de que está equivocado en lo que piensa, o en la forma en que actúa, etcétera.
Como ven, la función de la parresía no es demostrar la verdad a algún otro sino que tiene la función de la crítica: la crítica del interlocutor o del propio hablante. “Esto es lo que haces y esto es lo que piensas; pero eso es lo que no deberías hacer ni pensar.” “Esta es la forma en que te comportas, pero ésa es la forma en que deberías comportarte.” “Esto es lo que he hecho, y estaba equivocado al hacerlo así.” La parresía es una forma de crítica, tanto hacia otro como hacia uno mismo, pero siempre en una situación en la que el hablante o el que confiesa está en una posición de inferioridad con respecto al interlocutor. El parresiastés es siempre menos poderoso que aquel con quien habla. La parresía viene de “abajo”, como si dijéramos, y está dirigida hacia “arriba”. Por eso, un antiguo griego no diría que un profesor o un padre que critica a un niño utiliza la parresía. Pero cuando un filósofo critica a un tirano, cuando un ciudadano critica a la mayoría, cuando un pupilo critica a su profesor, entonces tales hablantes están utilizando la parresía. En la parresía, decir la verdad se considera un deber. El orador que dice la verdad a quienes no pueden aceptar su verdad, por ejemplo, y que puede ser exiliado o castigado de algún modo, es libre de permanecer en silencio. Nadie le obliga a hablar; pero siente que es su deber hacerlo.

Para resumir lo dicho hasta el momento, la parresía es una forma de actividad verbal en la que el hablante tiene una relación específica con la verdad a través de la franqueza, una cierta relación con su propia vida a través del peligro, un cierto tipo de relación consigo mismo o con otros a través de la crítica (autocrítica o crítica a otras personas), y una relación específica con la ley moral a través de la libertad y el deber.En la tradición socrático-platónica, la parresía y la retórica se encuentran en fuerte oposición; y esa oposición aparece muy claramente en el Gorgias, por ejemplo, en el que se encuentra la palabra parresía. El discurso largo y continuo es un recurso retórico o sofístico, mientras que el diálogo mediante preguntas y respuestas es típico de la parresía; es decir, dialogar es una técnica importante para llevar a cabo el juego parresiástico.

“Permanecemos ciegos”

Plutarco, en sus Moralia, intenta responder a la pregunta: ¿cómo es posible reconocer a un verdadero parresiastés, a alguien que dice la verdad? Y análogamente: ¿cómo es posible distinguir a un parresiastés de un adulador? El título del texto es Cómo distinguir a un adulador de un amigo. ¿Por qué necesitamos, en nuestras vidas, tener algún amigo que desempeñe el papel de parresiastés o de aquel que dice la verdad? La razón que ofrece Plutarco se halla en el tipo predominante de relación que a menudo tenemos con nosotros mismos, a saber, una relación de philautía o “amor propio”. Esta relación de amor propio es, para nosotros, el fundamento de una persistente ilusión acerca de lo que en realidad somos: “Siendo cada uno mismo el principal y más grande adulador de sí mismo, admite sin dificultad al de afuera como testigo, juntamente con él, y como autoridad aliada garante de las cosas que piensa y desea”.Somos nuestros propios aduladores, y es para desactivar esta relación espontánea que tenemos con nosotros mismos, para librarnos a nosotros mismos de nuestra philautía, para lo que necesitamos un parresiastés. Pero es difícil reconocer y aceptar a un parresiastés. Pues no sólo es difícil distinguir a un verdadero parresiastés de un adulador; sino que, además, a causa de nuestra philautía, no nos interesa reconocer a un parresiastés. De modo que lo que está en juego es determinar los criterios indudables que nos permitan distinguir al auténtico parresiastés del adulador que “representa el papel del amigo con la gravedad del trágico”. Plutarco propone dos criterios principales. Primero, hay una conformidad entre lo que dice el auténtico parresiastés y el modo en que se comporta –se puede confiar en Sócrates como parresiastés sobre el valor, puesto que Sócrates fue realmente valiente–. Hay un segundo criterio: la estabilidad y firmeza del verdadero parresiastés: “Si se alegra con las mismas cosas siempre y alaba las mismas cosas, y si dirige y ordena su propia vida hacia un único modelo. El adulador, por no tener una sola mirada de su carácter, ni vivir una vida elegida para él mismo sino para otros, y modelándose y adaptándose para otro, no es simple ni uno sino variado y complicado, por correr y cambiar de forma como el agua, vertida de uno a otro contenido, según sean los que lo reciben”.
Por supuesto, hay muchas otras cosas interesantes que decir sobre este texto. Desearía, empero, subrayar dos temas principales. En primer lugar, el tema del autoengaño y sus vínculos con la philautía. En el texto de Plutarco pueden ver que su noción de autoengaño, como consecuencia del amor propio, es algo muy distinto de la situación de quienes ignoran su propia falta de conocimiento de sí –un estado que Sócrates intentó superar–. La concepción de Plutarco hace hincapié en el hecho de que nosólo somos incapaces de saber que no sabemos nada sino que además somos incapaces de saber, exactamente, qué somos.Un segundo tema que desearía acentuar es la firmeza de ánimo. Hay una relación obvia entre estos dos temas –el del autoengaño y el de la constancia o la persistencia de ánimo–. Pues destruir el autoengaño y adquirir y mantener continuidad de ideas son dos actividades ético-morales que están vinculadas una con otra. El autoengaño que impide saber quién o qué se es, y todos los cambios en los pensamientos, sentimientos y opiniones que obligan a moverse de un pensamiento a otro, de un sentimiento a otro, o de una opinión a otra, demuestran esta vinculación. Ya que si se es capaz de discernir exactamente qué se es, entonces se permanecerá en el mismo punto, y nada podrá cambiarle a uno. Pero si se es cambiado por alguna clase de estímulo, sentimiento pasión, etc., entonces no se es capaz de permanecer fiel a uno mismo, se es dependiente de algo otro, se es conducido a intereses diversos y, consecuentemente, no se es capaz de mantener una completa posesión de uno mismo.En un texto de Galeno –el famoso médico de finales del siglo II– se puede ver el mismo problema: ¿cómo es posible reconocer a un auténtico parresiastés? Galeno plantea esta cuestión en su ensayo La diagnosis y la cura de las pasiones del alma, donde explica que para liberarse de sus propias pasiones, un hombre necesita a un parresiastés; tal como ocurría en Plutarco un siglo antes, la philautía, el amor propio, es la raíz del autoengaño: “Vemos los defectos de los otros, pero permanecemos ciegos a aquellos que nos atañen a nosotros mismos. Platón dice que el amante es ciego cuando se trata del objeto de su amor. Si, por lo tanto, cada uno de nosotros se ama a sí mismo por encima de todas las cosas, debe estar ciego en lo que a él mismo respecta. (...) Cuando un hombre no saluda por su nombre al poderoso ni al rico, cuando no los visita, cuando no cena con ellos, cuando vive una vida disciplinada, cabe esperar que ese hombre diga la verdad; intenta, además, alcanzar un conocimiento más profundo del tipo de hombre que es (y esto se logra a través de una larga convivencia). Si encuentras hombre semejante, llámale y habla un día con él en privado; pídele que te muestre inmediatamente cuanto de las pasiones que hemos mencionado vea en ti. Dile que estarás más agradecido por este servicio y que le tendrás por tu salvador en mayor medida que si te hubiera salvado de una enfermedad de tu cuerpo. Consigue que prometa descubrirte todo esto siempre que te vea afectado por cualquiera de las pasiones que he mencionado”.En este texto, el parresiastés –que todo el mundo necesita para librarse de su autoengaño– no necesita ser un amigo, alguien a quien se conozca, alguien con quien se tenga trato. Y esto constituye, creo yo, una diferencia muy importante entre Galeno y Plutarco. En Plutarco, Séneca y la tradición que procede de Sócrates, es siempre necesario que el parresiastés sea un amigo.

Y esta relación de amistad estaba siempre en la base del juego parresiástico. Por lo que sé, con Galeno, por primera vez, no es necesario que el parresiastés sea un amigo. En realidad, nos dice Galeno, es mucho mejor que el parresiastés sea alguien a quien no conozcamos, con el fin de que sea completamente neutral. Un buen parresiastés que nos dé consejos honestos sobre nosot ros mismos no debe odiarnos, pero tampoco debe amarnos. Un buen parresiastés es alguien con quien no se ha tenido previamente ninguna relación particular.

*Extractado de Discurso y verdad en la antigua Grecia, conferencias dictadas en la Universidad de Berkeley en 1983, de próxima aparición (editorial Paidós).

Fuente: Diario Página 12. Jueves 1° de julio de 2004.

Graciela PecorariVideoteca Institucional MetrópolisAsociación Trabajadores del EstadoATE-CDPSan Luis 2854. Ciudad de Santa FeC.P 3000. ArgentinaTelfax: 00-54-342-455 5557

 
 

ENTREVISTA: ALAIN BADIOU, FILOSOFO
"La amistad es un amor calmo; el amor, una amistad excesiva"

La diferencia entre un sentimiento y otro es de proyecto, no de intensidad. En un mundo en el que el concepto de igualdad es cada vez más esquivo, no es sencillo construir vínculos que la presuponen.


Aristóteles dice que "el hombre feliz necesita amigos". ¿Qué forma cree que tienen hoy la amistad? Por ejemplo, pueblos que por décadas han tenido enfrentamientos y recelos, ¿cómo pueden reestablecer la confianza y alcanzar una amistad duradera?

—En primer lugar, no existen "los pueblos" en abstracto, sino que existen en situaciones políticas concretas. En la historia ha habido países dominantes y países dominados; existieron la colonización, la esclavitud y aún hoy hay pueblos ricos y pueblos pobres. Todos hablamos de la amistad entre los pueblos, de confianza, de paz, ya que es algo que todos deseamos. Pero para avanzar en esa dirección debe considerarse un serio problema, dado porque los pueblos más ricos no parecen dispuestos a sacrificar nada por los pueblos más pobres. La amistad es muy linda, pero la cuestión es saber qué precio estamos dispuestos a pagar. Y por lo tanto, la idea fundamental de la cual hay que partir, antes incluso de la idea de amistad, es la cuestión de la igualdad. Nunca hay una verdadera amistad entre alguien que domina y alguien que es dominado. Puede haber sentimientos entre los dos, pero nunca una verdadera confianza y una verdadera amistad. Igualdad entre los pueblos y dentro de cada pueblo, de cada país, igualdad real entre las personas: éste es el verdadero problema, y lo es más dado que esa idea de igualdad no ha avanzado, retrocedió.

¿La acción política que se despliega en torno a la guerra contra el terrorismo es una nueva forma de trazar la distinción entre el amigo y el enemigo?

—Detrás de esa guerra está lo que la hace posible, y es esencialmente la desigualdad. Y algo que me llama mucho la atención es que en los países ricos no se encuentra a nadie que piense siquiera que es posible morir por un ideal. Tenemos un mundo que protege el confort y el individualismo, y otro donde esas cuestiones no se plantean porque predominan la miseria y la muerte. Me gustaría, como simple ejemplo, indicar que en el continente africano ha habido 35 millones de muertos de sida y habrá quizá decenas de millones más porque no reciben medicamentos gratuitos ni pueden comprarlos. Son diferencias tan profundas, tan violentas, que en definitiva esta cuestión del amigo y el enemigo existe a partir de ellas, que son sus condiciones de posibilidad. No creo que haya el más mínimo valor político en el terrorismo, pero antes de la cuestión del amigo y el enemigo debemos remitirnos al violento reparto del mundo que existe hoy.


Usted sugería algo así como la existencia de dos éticas diferentes, una altruista o integrista, y otra egoísta, consumista. ¿Considera posible el encuentro y la confianza entre los miembros de estas diferentes formas de vida?

—Es enteramente posible. Usted puede unirse a personas cuya ética es distinta de la suya si todos tienen un objetivo político común. No es una cuestión filosófica o ideológica, es realmente una cuestión política. Si pueden definir objetivos comunes, si pueden encontrar un idioma común —que es un idioma político—, entonces lo que usted dice es posible, naturalmente. Porque la política tiene que poder desarrollarse en culturas diferentes. Una política de igualdad puede perfectamente ser compatible con horizontes culturales totalmente diferentes. Lo que hay que encontrar es lo que permite respetar la diferencia de las culturas y confiar en un trabajo en común. Cuando la gente es muy diversa, lo que reúne es hacer algo en conjunto. Siempre. A nivel individual puede ser el amor, pero a nivel colectivo tiene que ser la política.


¿La amistad sería la experiencia en comunidad de la igualdad?

—Sí. Pero quiero insistir en que la amistad, la comunidad, son consecuencias. No son el punto de partida. No hacemos el bien para estar satisfechos, pero descubrimos que si hacemos el bien, además estamos satisfechos. Si usted realiza acciones políticas que son realmente igualitarias, además tendrá, como recompensa, la amistad.


¿Hay una tensión entre el amor y la amistad?

—No soy nada sensible a esa oposición. Creo que la amistad es una dimensión del amor. Nunca vi desarrollarse un amor en forma duradera sin que se construya también en su interior algo que es manifiestamente del orden del intercambio amistoso. E inversamente, una amistad intensa puede no tener dimensiones sexuales activas, pero finalmente puede provocar afectos, demandas, expectativas que son muy próximas a las del amor.


¿Qué distingue entonces a una de otra?

—Creo que la distinción entre la amistad y el amor es más bien de proyecto, más que de intensidad y afectos. La amistad es una suerte de intercambio a propósito de la experiencia del mundo, una manera de ser compañeros en la experiencia del mundo, y la elección del amigo se hace en esa dimensión, mientras que el amor es realmente una experiencia de la dualidad, de la diferencia. El amor, como proyecto, se refiere a qué es ser dos. Por otra parte, puede haber un grupo de amigos, puede haber tres, cuatro amigos que salen a pasear, a tomar algo y charlar juntos; en general, en el amor, son dos. Entonces, hay una diferencia, pero no me parece una diferencia tan radical. En el fondo, podríamos decir que la amistad es un amor calmo, mientras que el amor es una amistad excesiva. Pero son cuestiones más de tensiones que de diferencias cualitativas. Quiero agregar, no obstante, algo que le daría la razón, al menos en parte. Vemos muy bien cómo puede haber una relación entre la política y la amistad, y la posible consecuencia sería la amistad en comunidad, la amistad en grupo. Entre el amor y la política hay más una tensión que una fusión, porque es verdad que los enamorados están solos en el mundo, no están con la comunidad.


¿Se podría afirmar, entonces, que existe una tensión entre los mecanismos políticos y la unión amorosa?

—Sí. El sentido del amor es una experimentación radical de la diferencia y es la construcción totalmente singular de la diferencia. En el amor usted trata de saber qué es realmente ser dos, crear una nueva visión del mundo, enfrentar la cuestión sobre cómo se ve el mundo siendo dos. No es lo mismo ver de a dos que ver de a uno, no es el mismo mundo. Y es verdad que es totalmente distinto de la política, porque la política es la creación organizada de la igualdad, mientras que el amor es la experimentación de la diferencia. Y son dos cosas separadas. Diciendo simplemente "ámense los unos a los otros" no se avanza en la política. No se pueden trasladar a la política las máximas del amor.


¿Qué relación existe entre amistad, confianza y fidelidad?

—Pienso que debemos tomar las tres palabras en su orden: confianza, fidelidad y amistad. La posibilidad de creación de una comunidad amistosa se funda en la unidad de proyecto. Y hace falta una confianza común en ese proyecto. Entonces, se empieza por la confianza. Es la misma razón que hacía que San Pablo pensara que había que empezar por la fe.


¿Por qué?

—Es que sin la fe, no se tiene nada. Si no se tiene confianza, no se tiene nada tampoco. Porque si lo que se encuentra es desconfianza, no se puede tener una relación positiva con el otro, será siempre recelosa. Entonces, el primer punto es la confianza, la confianza en el proyecto, la confianza en el hecho de que es posible pensar otro mundo. Luego, la fidelidad, porque es necesario estar juntos, ser fiel a esa confianza. No se trata de tenerla de vez en cuando y por azar, hay que continuarla. El único imperativo es continuar, no dejarse desalentar, no renunciar, mantener la confianza, porque de inmediato esa confianza va a encontrar obstáculos terribles, fracasos, imposibilidades.

Renunciar es lo más fácil. Pienso, pues, que la fidelidad viene después de la confianza y desde el interior de la fidelidad se crea la comunidad amistosa de los que son fieles, de los que continúan, de los que conservan la confianza. La amistad es la consecuencia de una fidelidad común. A veces, incluso, la amistad es considerada como una fidelidad a la infancia, a la juventud. Es muy común tener amigos de la juventud. Por lo tanto, la amistad es consecuencia de la fidelidad, y la fidelidad remite siempre a cierta confianza.

Copyright Clarín, 2004.


Fuente:http://old.clarin.com/suplementos/zona/2004/07/11/z-03415.htm

 
 

Nestor Garcia Canclini.

ESTUDIOS CULTURALES

Un mundo sin sujetos


La robótica, la clonación, el travestismo, las personalidades "virtuales" ponen en jaque la noción de sujeto y, con ella, los acuerdos tácitos que nos llevan a decidir en quién creemos y por qué. Néstor García Canclini anticipa aquí, en exclusiva, su último trabajo, "Diferentes, desiguales y desconectados".


¿Qué es un lugar en la mundialización? ¿Quién habla y desde dónde? La fascinación de estar en todas partes y el desasosiego de no estar con seguridad en ninguna, de ser muchos y nadie, cambian el debate sobre la posibilidad de ser sujetos: ya aprendimos en los estudios sobre la configuración imaginaria de lo social cuánto pueden tener los procesos sociales y los sujetos de construidos o simulados. Quizá comienza un tiempo de reconstrucciones menos ingenuas de lugares y sujetos, aparecen ocasiones para desempeñarnos como actores verosímiles, capaces de hacer pactos sociales confiables, con alguna duración, en intersecciones disfrutadas. ¿Por qué el arte reciente está redescubriendo el sujeto o buscando recrearlo? Nombres de artistas del pasado y actuales se convierten en iconos de las exposiciones-faro, de películas europeas, chinas y estadounidenses, de interpretaciones musicales estelares. Los editores registran el ascenso de ventas de biografías y autobiografías. ¿Las identidades personales resucitan como marcas para reactivar los mercados, o hay algo más en este deseo de ser sujetos, o tenerlos como referencia?

Es notable que la mayor desconstrucción del sujeto se haya cumplido en el siglo XX, cuando más se hizo para erigir nuevos sujetos individuales, étnicos y de clase, nacionales y de género. Esta época, que aumentó las dificultades para hablar de la subjetividad, mostró a la vez que no es fácil desprenderse de esa noción. Llegamos así a estas preguntas: ¿cómo avanzar desde la sospecha necesaria para librarnos de afirmaciones ingenuas de la subjetividad hacia el trabajo reconstructivo indispensable para dar solidez a ciudadanías posibles? ¿Qué tareas de investigación, teóricas y políticas se necesitan? Las ciencias sociales encuentran difícil poner en el centro de la teoría a los actores cuando la sociedad es reducida a un mercado anónimo. La política se paraliza o se desintegra ante el determinismo neoliberal, que somete la complejidad de la economía al juego financiero de inversiones sin rostro. Los partidos políticos y sindicatos nacionales no aciertan a formular elaboraciones alternativas sobre cuestiones globales de gran escala, que son asumidas sólo parcialmente por Ong y movimientos ecológicos o de derechos humanos.

La posibilidad de que existan sujetos y sean reconocidos es cada vez más limitada a campos imaginarios: el cine, las telenovelas, las biografías de divos y deportistas. La fascinación generada por sus aventuras heroicas o melodramáticas, así como por noticieros que informan de acontecimientos políticos como si fueran dramas personales o familiares, parece responder a la necesidad de los consumidores de encontrar algún sitio donde haya sujetos que importan, padecen y actúan.

Pero ¿es el sujeto sólo una construcción ficcional de los medios, o puede haber también sujetos críticos, espectadores que ejerzan iniciativas propias a pesar de las astutas manipulaciones mediáticas? Los estudios sobre el lado activo de la recepción demuestran que no hay medios omnipresentes, ni audiencias pasivas, pero la concentración monopólica y transnacional de las industrias de la cultura, y la debilidad de las asociaciones de televidentes y consumidores, deja aún irresuelta la cuestión de cuánto nos permite ser sujetos el capitalismo de redes globalizadas. La posibilidad de serlo aparece no sólo como la capacidad creativa y reactiva de los individuos; depende también de derechos colectivos y controles sociales sobre la producción y circulación de informaciones y entretenimiento.


Sujetos simulados

La desconstrucción más radical de la subjetividad está siendo realizada por procedimientos genéticos y sociocomunicacionales que favorecen la invención y simulación de sujetos. Desde la robótica hasta la clonación, desde el travestismo de género hasta el fingimiento de personalidades en juegos electrónicos, la pregunta por lo que hoy significa ser sujetos está –más que cambiando– asomándose al precipicio de la disolución.

“Nuestras líneas están ocupadas; lo atenderemos en un momento”, dice una voz grabada cuando queremos pedir una información o expresar una queja. Cada vez es más arduo encontrar a un fabricante que venda el producto, incluso al mismo empleado que nos lo vendió o nos dio una información. Detrás de los empleados que rotan de una empresa a otra, de las voces anónimas que se reemplazan según el azar de los turnos, hay “cadenas” de tiendas, “sistemas” bancarios, “servidores” de Internet. Cuando algo no funciona es porque “se cayó el sistema” o “se desconectó el servidor”. La digitalización de los servicios, aliada con la precarización laboral, está propiciando una desresponsabilización de los sujetos individuales y colectivos.

Entre las consecuencias de este proceso, según Richard Sennett, encontramos mayor vulnerabilidad de los individuos y un sentimiento creciente de impotencia.

En vez de conocer a los amigos y las parejas en el trabajo o en la universidad, los encontramos en la Red. Me conecto con alguien que del otro lado del chat dice ser mujer y le digo que soy veterinario o fotógrafo, tengo 40 años y acabo de llegar de Australia. Ella dice llamarse Ofelia, y así vamos compartiendo desconocimientos, que es lo que más nos acerca a los tímidos. “Te siento tan cerca”, le digo con entonación de quien acompaña al otro. Estos juegos con personalidades inventadas pueden ser inofensivos mientras alguien no diga que le gustaría que nos encontráramos.

Guillermo Bon Bonzá, doctor en educación de la Universidad Autónoma de Barcelona, envió a varios congresos tres ponencias con nombres falsos, párrafos plagiados e insultos racistas escondidos en citas en alemán. Una de las comunicaciones la firmaba Hans Heidelberg, supuesto profesor titular de la inexistente Universidad Politécnica de Münchengladbach. Al develar su trampa, dijo que los trabajos, aceptados por comités de especialistas y editados en los cd Rom de tres universidades importantes, revelaban los teatros inverosímiles en que se han convertido l a s f e r i a s de vanidades académicas.

Estos ejemplos hacen pensar en los riesgos de confiar demasiado en los mercados, incluso en l o s mercados de bienes científicos. Una posible “salida” es afirmar la necesidad de verificar los hechos y controlar neopositivistamente la producción y difusión de conocimientos. Otro camino sería cuestionar las condiciones en que se producen teorías y procesos educativos en medio de la masificación cultural, y la competencia caníbal por los cargos y el prestigio. Una tercera posibilidad es criticar la simulación de identidades y el restablecimiento de poderes, desigualdades y desencuentros a que nos ha llevado la intensificación de comunicaciones electrónicas que prometía aumentar y horizontalizar los intercambios. Cabe preguntarse, entonces, si no seguimos necesitando afirmar con un mínimo de claridad y contrastabilidad en qué consiste ser sujeto después de las desconstrucciones estructuralistas, marxistas y psicoanalíticas.

Un ejemplo más. En octubre de 2000 una lectora de la novela Sabor a hiel, con la cual la locutora televisiva española Ana Rosa Quintana se estrenaba en la literatura, reveló que muchas páginas de ese relato estaban copiadas de Album de familia, de Danielle Steel, y otras del libro de Ángeles Mastretta Mujeres de ojos grandes. Sorprendida por el descubrimiento, la “autora” intentó justificar el plagio diciendo que los párrafos importados habían caído en su relato “por un problema de inexperiencia, un error informático y un fallo de los documentalistas”. ¿Documentalistas? En el mundo editorial suele hablarse de negros al referirse a quienes trabajan anónimamente para que un supuesto literato firme, “práctica generalizada –según el diario El País– en el salvaje mercado del best seller”.

La cuestión trasciende esta novela editada por Planeta que vendió más de cien mil ejemplares. Pregunta Juan José Millás: “¿Por qué una locutora famosa no puede alquilar su nombre para vender un folletín? También el Rey y el presidente del Gobierno firman discursos que les escriben otros sin que nadie se escandalice. ¿Por qué pedirle a una presentadora de televisión más que a un Jefe de Estado?” Más allá del juego humorístico, la comparación entre una trampa editorial, una táctica publicitaria y un modo de producción delegada de los discursos políticos plantea la necesidad de considerar los problemas de correlación entre construcciones verbales y referentes empíricos, la adecuación entre conceptos y cosas, no sólo como un asunto semántico. Está en cuestión el sentido pragmático que adquiere el problema de la representación en interacciones diferentes. Se trata de los esquemas compartidos de valoración de los pactos de confiabilidad que dan consistencia a unos y otros modos de interactuar. Toda referencia, afirma Paul Ricoeur, “es correferencia”, o sea que se construye con los otros.

En un sentido, es útil detectar que las identidades son producto de las narraciones y actuaciones. Pero el entusiasmo posmoderno por esta ficcionalización de los sujetos, por el carácter construido de las identidades, no se justifica del mismo modo en contextos lúdicos o de riesgo. El travestismo, interesante como ocasional juego carnavalesco o experiencia personal, no es un modelo para todos. ¿Puede existir sociedad, es decir pacto social, si nunca sabemos quién nos está hablando, ni escribiendo, ni presentando ponencias? Convivir en sociedad es posible en tanto haya sujetos que se hagan responsables. No se trata de regresar a certezas fáciles del idealismo ni del empirismo, ni de negar cuánto imaginamos de lo real, de los otros y de nosotros mismos al representarnos en el lenguaje. Se trata de averiguar si en cierto grado es viable hallar formas empíricamente identificables, no sólo discursivamente imaginadas, de subjetividad y de alteridad.

En los últimos años estas cuestiones comienzan a aparecer en los debates epistemológicos y en las incertidumbres de la investigación. James Clifford plantea, por ejemplo, si alguien que estudiara la cultura de los espías de computadoras (hackers) podría lograr que su trabajo se aceptase como tesis de antropología no habiendo entrado nunca en contacto físico con un espía. ¿Podrían considerarse los meses, incluso años, pasados en la Red como trabajo de campo? “La investigación bien podría aprobar la exigencia de estadía prolongada y el examen de ‘profundidad‘/interactividad. (Sabemos que en la Red pueden ocurrir algunas conversaciones extrañas e intensas). Y el viaje electrónico es, después de todo, una especie de dépaysement. Podría incrementar la observación participante intensa en una comunidad diferente, y ello sin la exigencia de tener que dejar físicamente el hogar. Cuando pregunté a varios antropólogos si les parecía que esto podía considerarse trabajo de campo, por lo general respondieron “tal vez”; incluso, en un caso, “por supuesto”. Pero cuando insistí –sigue Clifford–, preguntándoles si supervisarían una tesis doctoral en Filosofía que se basara principalmente en este tipo de investigación descorporalizada, dudaron o dijeron que no: tales experiencias no podrían aceptarse en la actualidad como trabajo de campo”.


Más acá del nomadismo

De pronto, advertimos que esta pregunta recogida por Clifford envejeció en menos de una década. La observación etnográfica de cómo trabajan los antropólogos lleva, ante todo, a dar vuelta la cuestión. Ya no consiste en decidir si es aceptable considerar Internet como objeto de estudio. Más bien: ¿es posible hacer investigación sin Internet? ¿Cuántos antropólogos no se sientan diariamente ante su computadora, o ante la de un cibercafé si están en trabajo de campo, y consultan su correo, hablan con los compañeros de su universidad y con los colegas de otros países, buscan biblio y hemerografía, leen los diarios de su distante ciudad y de otras, envían desde un pueblo campesino la inscripción a un congreso o su avance de tesis al director? Además, descubren que muchos de sus informantes –indígenas, pobres urbanos, estudiantes y funcionarios de Ong– también lo hacen. ¿Cómo dejar fuera del análisis ese vasto pedazo de lo real que es lo virtual?

¿Por qué acompañar a los indígenas o los trabajadores de un sindicato afectados por la privatización de sus frentes de trabajo y no acompañarlos cuando siguen en Internet, desde sus organizaciones locales, las movilizaciones lejanas donde se pide al gobierno nacional y a las cumbres mundiales que la diversidad lingüística y el acceso igualitario al software sean reconocidos como demandas, tan legítimas como la posesión de la tierra y la educación?

Las exigencias en el control del conocimiento deben modificarse en la medida en que cambió la noción clásica de sujeto y el modo de estudiarlos. Aun sin abismarnos en las incertidumbres de lo virtual, el problema se agudiza por las múltiples pertenencias de los sujetos en tiempos de migraciones masivas y el acceso fácil a signos de identificación de muchas sociedades. Dado que millones de personas no son ya sujetos de tiempo completo de una sola cultura, debemos admitir que la versatilidad de las identificaciones y las formas de tomar posición requieren metodologías híbridas. Pero hibridación no es indeterminación total, sino combinación de condicionamientos específicos. Al estudiar estas mezclas, el saber científico no puede dejarse llevar por la simple celebración de las facilidades nomádicas y para conseguir disfraces. Podemos esperar que la ciencia se diferencie de otras formas de conocimiento, como las artísticas, mediante algún tipo de contrastabilidad y racionalidad. Al menos, es la preocupación que encontramos en la larga tradición desconstruccionista del sujeto: no simple disolución sino una renovada exigencia de coherencia filosófica, necesidad de dar consistencia a la ciudadanía y verosimilitud a las interacciones sociales.

http://www.cultura.clarin.com/suplementos/cultura/ultimo/index.html
 
 

La muerte de un lenguaje femenino - BBC

El nushu era utilizado por las mujeres para comunicarse entre ellas.

La anciana Yang Huanyi murió a sus más de noventa años de edad, y con ella se llevó el único idioma en el mundo hablado sólo por mujeres.

Yang era la última conocedora del nushu, un idioma en el sur de China que durante al menos 400 años sirvió como lenguaje para las mujeres que querían compartir sus secretos con sus hermanas y amigas, a salvo de los oídos indiscretos de los hombres.

La anciana aprendió el idioma antes de casarse, pero sus hijas y nietas no lo quisieron aprender.

Como el nushu, se calcula que por lo menos 6.000 idiomas en el mundo están bajo el riesgo de extinción.


Bordados y objetos

Se cree que el nushu fue creado por campesinas analfabetas que, ante su desconocimiento del mandarín por la falta de acceso a la educación, decidieron crear su propio lenguaje.

Se han recopilado objetos inscritos en nushu (Imagen cortesía de China Radio Internacional)

El nushu, que en chino significa "escritura de mujeres", era utilizado para escribir las "cartas del tercer día", libros que las madres daban a sus hijas después del matrimonio.

Su escritura era alargada y se utilizaba en bordados, abanicos y piezas del ajuar de las mujeres.

La adquisición de estos objetos es difícil, porque una tradición dicta que las pertenencias de las mujeres deben ser quemadas junto a sus cuerpos en el momento de su muerte.

Sin embargo, el gobierno chino creó en 2002 un museo en Jiangyong, el lugar donde nació Yang, para conservar por lo menos 300 objetos inscritos en nushu.

Yang fue una de las principales representantes de China en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer en 1995, y entregó todos sus escritos a la Universidad de Qinghua para que los estudiara.

El idioma no fue conocido en los círculos internacionales hasta 1983.
 
 
 

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ecturas en el living de la casita 2007 al 2009