| |
|
| |
|
| |
|
| |
|
| |
|
| |
|
| |
|
| |
|
| |
|
| |
|
| |
|
| |
|
| |
| |
| |
| |
| |
| |
Por
Michel Foucault*
ANTICIPO DE UN LIBRO
CON CONFERENCIAS DICTADAS POR MICHEL FOUCAULT EN BERKELEY
Todo hombre necesita
contar con un “parresiastés"
Michel Foucault
rastreó en la literatura y la filosofía grecorromanas
una función, la “parresía”, y una posición
del sujeto, el “parresiastés”, caracterizadas
por “una relación específica con la verdad a
través de la franqueza”, cuyo efecto es la crítica
y la autocrítica, y cuyo costo es el peligro.
La palabra parresía
aparece por vez primera en la literatura griega en Eurípides
(c. 484-407 a.C.), y recorre todo el mundo literario griego de la
Antigüedad desde finales del siglo V a.C. Parresía es
traducida normalmente al castellano por “franqueza”.
El parresiastés es alguien que utiliza la parresía,
es decir, alguien que dice la verdad.
Etimológicamente, parresiazesthai significa “decir
todo”. Aquel que usa la parresía, el parresiastés,
es alguien que dice todo cuanto tiene en mente: no oculta nada sino
que abre su corazón y su alma por completo a otras personas
a través de su discurso. En la parresía se presupone
que el hablante proporciona un relato completo y exacto de lo que
tiene en su mente, de manera que quienes escuchen sean capaces de
comprender exactamente lo que piensa el hablante. La palabra parresía
hace referencia, por tanto, a una forma de relación entre
el hablante y lo que se dice, pues, en la parresía, el hablante
hace manifiestamente claro y obvio que lo que dice es su propia
opinión. Y hace esto evitando cualquier clase de forma retórica
que pudiera velar lo que piensa. En lugar de eso, el parresiastés
utiliza las palabras y las formas de expresión más
directas que puede encontrar. Mientras que la retórica proporciona
al hablante recursos técnicos que le ayudan a prevalecer
sobre las opiniones de su auditorio (sin preocuparse de la propia
opinión del retor respecto de lo que dice), en la parresía,
el parresiastés actúa sobre la opinión de los
demás, mostrándoles, tan directamente como sea posible,
lo que él cree realmente.
Si distinguimos entre el sujeto hablante (el sujeto de la enunciación)
y el sujeto gramatical del enunciado, podríamos decir que
hay también un sujeto del enunciandum –que se refiere
a la creencia u opinión mantenidas por el hablante–.
En la parresía, el hablante subraya el hecho de que él
es, al tiempo, el sujeto de la enunciación y el sujeto del
enunciandum –que se refiere a la creencia u opinión
mantenidas por el hablante–. En la parresía, el hablante
subraya el hecho de que él es, al tiempo, el sujeto de la
enunciación y el sujeto del enunciandum –que él
mismo es el sujeto de la opinión a la que se refiere–.
La “actividad de habla” específica de la enunciación
parresiástica adopta así la forma: “Yo soy quien
piensa esto y aquello”.
“Prueba de sinceridad”
Parresiazesthai
significa “decir la verdad”. Pero, ¿dice el parresiastés
lo que él cree que es verdadero, o dice lo que realmente
es verdadero? En mi opinión, el parresiastés dice
lo que es verdadero porque él sabe que es verdadero; y sabe
que es verdadero porque es realmente verdadero.El parresiastés
no sólo es sincero y dice lo que es su opinión sino
que su opinión es también la verdad. Dice lo que él
sabe que es verdadero. La segunda característica de la parresía
es, entonces, que hay siempre una coincidencia exacta entre creencia
y verdad.
Desearía señalar que nunca he encontrado ningún
texto en la antigua cultura griega en el que el parresiastés
parezca tener ninguna duda sobre su posesión de la verdad.
Y, en efecto, ésa es la diferencia entre el problema cartesiano
y la actitud parresiástica, pues antes de que Descartes obtenga
la indudable evidencia clara y distinta, no está seguro de
que lo que cree sea, de hecho, verdadero. En la concepción
griega de la parresía, sin embargo, no parece ser un problema
la adquisición de la verdad, ya que tal posesión de
la verdad está garantizada por la posesión de ciertas
cualidades morales: si alguien tiene ciertas cualidades morales,
entonces ésa es la prueba de que tiene acceso a la verdad
–y viceversa–. El “juego parresiástico”
presupone que el parresiastés es alguien que tiene las cualidades
morales que se requieren, primero, para conocer la verdad y, segundo,
para comunicar tal verdad a los otros.Si hay una forma de “prueba”
de la sinceridad del parresiastés, ésa es su valor.
El hecho de que un hablante diga algo peligroso –diferente
de loque cree la mayoría– es una fuerte indicación
de que es un parresiastés. Cuando planteamos la cuestión
de cómo podemos saber si aquel que habla dice la verdad,
estamos planteando dos cuestiones. En primer lugar, cómo
podemos saber si un individuo particular dice la verdad; y, en segundo
lugar, cómo puede estar seguro el supuesto parresiastés
de que lo que cree es, de hecho, verdad. La primera pregunta –reconocer
a alguien como parresiastés– fue muy importante en
la sociedad grecorromana, y fue explícitamente planteada
y discutida por Plutarco, Galeno y otros. Sin embargo, la segunda
pregunta escéptica es especialmente moderna y, pienso, ajena
a los griegos.
“Asume
un riesgo”
Se dice que alguien
utiliza la parresía y merece consideración como parresiastés
sólo si hay un riesgo o un peligro para él en decir
la verdad. Por ejemplo, desde la perspectiva de los antiguos griegos,
un profesor de gramática puede decir la verdad a los niños
a los que enseña y, en efecto, puede no tener ninguna duda
de que lo que enseña es cierto: pero, a pesar de esa coincidencia
entre creencia y verdad, no es un parresiastés. Sin embargo,
cuando un filósofo se dirige a un soberano, a un tirano,
y le dice que su tiranía es molesta y desagradable porque
la tiranía es incompatible con la justicia, entonces el filósofo
dice la verdad, cree que está diciendo la verdad y, más
aún, también asume un riesgo (ya que el tirano puede
enfadarse, castigarlo, exiliarlo, matarlo).
Como ven, el parresiastés es alguien que asume un riesgo.
Por supuesto, ese riesgo no siempre es un riesgo de muerte. Cuando,
por ejemplo, alguien ve a un amigo haciendo algo malo y se arriesga
a provocar su ira diciéndole que está equivocado,
está actuando como un parresiastés. En tal caso, no
arriesga su vida, pero puede herir al amigo con sus observaciones,
y su amistad puede, consecuentemente, sufrir por ello. Si, en un
debate político, un orador se arriesga a perder su popularidad
porque sus opiniones son contrarias a la opinión de la mayoría
o pueden desembocar en un escándalo político, utiliza
la parresía.
“No
deberías”
Si, durante un
juicio, se dice algo que puede ser utilizado en contra de uno, no
se está utilizando la parresía a pesar del hecho de
que se es sincero, de que se cree que lo que se dice es verdadero,
y de que se está poniendo en peligro uno mismo hablando de
ese modo. Pues en la parresía el peligro viene siempre del
hecho de que la verdad que se dice puede herir o enfurecer al interlocutor.
De este modo, la parresía es siempre un “juego”
entre aquel que dice la verdad y el interlocutor. La parresía
implicada puede ser, por ejemplo, advertir al interlocutor de que
debería comportarse de cierto modo, o de que está
equivocado en lo que piensa, o en la forma en que actúa,
etcétera.
Como ven, la función de la parresía no es demostrar
la verdad a algún otro sino que tiene la función de
la crítica: la crítica del interlocutor o del propio
hablante. “Esto es lo que haces y esto es lo que piensas;
pero eso es lo que no deberías hacer ni pensar.” “Esta
es la forma en que te comportas, pero ésa es la forma en
que deberías comportarte.” “Esto es lo que he
hecho, y estaba equivocado al hacerlo así.” La parresía
es una forma de crítica, tanto hacia otro como hacia uno
mismo, pero siempre en una situación en la que el hablante
o el que confiesa está en una posición de inferioridad
con respecto al interlocutor. El parresiastés es siempre
menos poderoso que aquel con quien habla. La parresía viene
de “abajo”, como si dijéramos, y está
dirigida hacia “arriba”. Por eso, un antiguo griego
no diría que un profesor o un padre que critica a un niño
utiliza la parresía. Pero cuando un filósofo critica
a un tirano, cuando un ciudadano critica a la mayoría, cuando
un pupilo critica a su profesor, entonces tales hablantes están
utilizando la parresía. En la parresía, decir la verdad
se considera un deber. El orador que dice la verdad a quienes no
pueden aceptar su verdad, por ejemplo, y que puede ser exiliado
o castigado de algún modo, es libre de permanecer en silencio.
Nadie le obliga a hablar; pero siente que es su deber hacerlo.
Para resumir lo dicho hasta el momento, la parresía es una
forma de actividad verbal en la que el hablante tiene una relación
específica con la verdad a través de la franqueza,
una cierta relación con su propia vida a través del
peligro, un cierto tipo de relación consigo mismo o con otros
a través de la crítica (autocrítica o crítica
a otras personas), y una relación específica con la
ley moral a través de la libertad y el deber.En la tradición
socrático-platónica, la parresía y la retórica
se encuentran en fuerte oposición; y esa oposición
aparece muy claramente en el Gorgias, por ejemplo, en el que se
encuentra la palabra parresía. El discurso largo y continuo
es un recurso retórico o sofístico, mientras que el
diálogo mediante preguntas y respuestas es típico
de la parresía; es decir, dialogar es una técnica
importante para llevar a cabo el juego parresiástico.
“Permanecemos
ciegos”
Plutarco, en sus
Moralia, intenta responder a la pregunta: ¿cómo es
posible reconocer a un verdadero parresiastés, a alguien
que dice la verdad? Y análogamente: ¿cómo es
posible distinguir a un parresiastés de un adulador? El título
del texto es Cómo distinguir a un adulador de un amigo. ¿Por
qué necesitamos, en nuestras vidas, tener algún amigo
que desempeñe el papel de parresiastés o de aquel
que dice la verdad? La razón que ofrece Plutarco se halla
en el tipo predominante de relación que a menudo tenemos
con nosotros mismos, a saber, una relación de philautía
o “amor propio”. Esta relación de amor propio
es, para nosotros, el fundamento de una persistente ilusión
acerca de lo que en realidad somos: “Siendo cada uno mismo
el principal y más grande adulador de sí mismo, admite
sin dificultad al de afuera como testigo, juntamente con él,
y como autoridad aliada garante de las cosas que piensa y desea”.Somos
nuestros propios aduladores, y es para desactivar esta relación
espontánea que tenemos con nosotros mismos, para librarnos
a nosotros mismos de nuestra philautía, para lo que necesitamos
un parresiastés. Pero es difícil reconocer y aceptar
a un parresiastés. Pues no sólo es difícil
distinguir a un verdadero parresiastés de un adulador; sino
que, además, a causa de nuestra philautía, no nos
interesa reconocer a un parresiastés. De modo que lo que
está en juego es determinar los criterios indudables que
nos permitan distinguir al auténtico parresiastés
del adulador que “representa el papel del amigo con la gravedad
del trágico”. Plutarco propone dos criterios principales.
Primero, hay una conformidad entre lo que dice el auténtico
parresiastés y el modo en que se comporta –se puede
confiar en Sócrates como parresiastés sobre el valor,
puesto que Sócrates fue realmente valiente–. Hay un
segundo criterio: la estabilidad y firmeza del verdadero parresiastés:
“Si se alegra con las mismas cosas siempre y alaba las mismas
cosas, y si dirige y ordena su propia vida hacia un único
modelo. El adulador, por no tener una sola mirada de su carácter,
ni vivir una vida elegida para él mismo sino para otros,
y modelándose y adaptándose para otro, no es simple
ni uno sino variado y complicado, por correr y cambiar de forma
como el agua, vertida de uno a otro contenido, según sean
los que lo reciben”.
Por supuesto, hay muchas otras cosas interesantes que decir sobre
este texto. Desearía, empero, subrayar dos temas principales.
En primer lugar, el tema del autoengaño y sus vínculos
con la philautía. En el texto de Plutarco pueden ver que
su noción de autoengaño, como consecuencia del amor
propio, es algo muy distinto de la situación de quienes ignoran
su propia falta de conocimiento de sí –un estado que
Sócrates intentó superar–. La concepción
de Plutarco hace hincapié en el hecho de que nosólo
somos incapaces de saber que no sabemos nada sino que además
somos incapaces de saber, exactamente, qué somos.Un segundo
tema que desearía acentuar es la firmeza de ánimo.
Hay una relación obvia entre estos dos temas –el del
autoengaño y el de la constancia o la persistencia de ánimo–.
Pues destruir el autoengaño y adquirir y mantener continuidad
de ideas son dos actividades ético-morales que están
vinculadas una con otra. El autoengaño que impide saber quién
o qué se es, y todos los cambios en los pensamientos, sentimientos
y opiniones que obligan a moverse de un pensamiento a otro, de un
sentimiento a otro, o de una opinión a otra, demuestran esta
vinculación. Ya que si se es capaz de discernir exactamente
qué se es, entonces se permanecerá en el mismo punto,
y nada podrá cambiarle a uno. Pero si se es cambiado por
alguna clase de estímulo, sentimiento pasión, etc.,
entonces no se es capaz de permanecer fiel a uno mismo, se es dependiente
de algo otro, se es conducido a intereses diversos y, consecuentemente,
no se es capaz de mantener una completa posesión de uno mismo.En
un texto de Galeno –el famoso médico de finales del
siglo II– se puede ver el mismo problema: ¿cómo
es posible reconocer a un auténtico parresiastés?
Galeno plantea esta cuestión en su ensayo La diagnosis y
la cura de las pasiones del alma, donde explica que para liberarse
de sus propias pasiones, un hombre necesita a un parresiastés;
tal como ocurría en Plutarco un siglo antes, la philautía,
el amor propio, es la raíz del autoengaño: “Vemos
los defectos de los otros, pero permanecemos ciegos a aquellos que
nos atañen a nosotros mismos. Platón dice que el amante
es ciego cuando se trata del objeto de su amor. Si, por lo tanto,
cada uno de nosotros se ama a sí mismo por encima de todas
las cosas, debe estar ciego en lo que a él mismo respecta.
(...) Cuando un hombre no saluda por su nombre al poderoso ni al
rico, cuando no los visita, cuando no cena con ellos, cuando vive
una vida disciplinada, cabe esperar que ese hombre diga la verdad;
intenta, además, alcanzar un conocimiento más profundo
del tipo de hombre que es (y esto se logra a través de una
larga convivencia). Si encuentras hombre semejante, llámale
y habla un día con él en privado; pídele que
te muestre inmediatamente cuanto de las pasiones que hemos mencionado
vea en ti. Dile que estarás más agradecido por este
servicio y que le tendrás por tu salvador en mayor medida
que si te hubiera salvado de una enfermedad de tu cuerpo. Consigue
que prometa descubrirte todo esto siempre que te vea afectado por
cualquiera de las pasiones que he mencionado”.En este texto,
el parresiastés –que todo el mundo necesita para librarse
de su autoengaño– no necesita ser un amigo, alguien
a quien se conozca, alguien con quien se tenga trato. Y esto constituye,
creo yo, una diferencia muy importante entre Galeno y Plutarco.
En Plutarco, Séneca y la tradición que procede de
Sócrates, es siempre necesario que el parresiastés
sea un amigo.
Y esta relación
de amistad estaba siempre en la base del juego parresiástico.
Por lo que sé, con Galeno, por primera vez, no es necesario
que el parresiastés sea un amigo. En realidad, nos dice Galeno,
es mucho mejor que el parresiastés sea alguien a quien no
conozcamos, con el fin de que sea completamente neutral. Un buen
parresiastés que nos dé consejos honestos sobre nosot
ros mismos no debe odiarnos, pero tampoco debe amarnos. Un buen
parresiastés es alguien con quien no se ha tenido previamente
ninguna relación particular.
*Extractado
de Discurso y verdad en la antigua Grecia, conferencias dictadas
en la Universidad de Berkeley en 1983, de próxima aparición
(editorial Paidós).
Fuente: Diario
Página 12. Jueves 1° de julio de 2004.
Graciela PecorariVideoteca
Institucional MetrópolisAsociación Trabajadores del
EstadoATE-CDPSan Luis 2854. Ciudad de Santa FeC.P 3000. ArgentinaTelfax:
00-54-342-455 5557 |
|
| |
|
| |
ENTREVISTA:
ALAIN BADIOU, FILOSOFO
"La amistad es un amor calmo; el amor, una amistad excesiva"
La diferencia entre un sentimiento y otro es de
proyecto, no de intensidad. En un mundo en el que el concepto de
igualdad es cada vez más esquivo, no es sencillo construir
vínculos que la presuponen.
Aristóteles dice que "el hombre feliz necesita amigos".
¿Qué forma cree que tienen hoy la amistad? Por ejemplo,
pueblos que por décadas han tenido enfrentamientos y recelos,
¿cómo pueden reestablecer la confianza y alcanzar
una amistad duradera?
—En primer
lugar, no existen "los pueblos" en abstracto, sino que
existen en situaciones políticas concretas. En la historia
ha habido países dominantes y países dominados; existieron
la colonización, la esclavitud y aún hoy hay pueblos
ricos y pueblos pobres. Todos hablamos de la amistad entre los pueblos,
de confianza, de paz, ya que es algo que todos deseamos. Pero para
avanzar en esa dirección debe considerarse un serio problema,
dado porque los pueblos más ricos no parecen dispuestos a
sacrificar nada por los pueblos más pobres. La amistad es
muy linda, pero la cuestión es saber qué precio estamos
dispuestos a pagar. Y por lo tanto, la idea fundamental de la cual
hay que partir, antes incluso de la idea de amistad, es la cuestión
de la igualdad. Nunca hay una verdadera amistad entre alguien que
domina y alguien que es dominado. Puede haber sentimientos entre
los dos, pero nunca una verdadera confianza y una verdadera amistad.
Igualdad entre los pueblos y dentro de cada pueblo, de cada país,
igualdad real entre las personas: éste es el verdadero problema,
y lo es más dado que esa idea de igualdad no ha avanzado,
retrocedió.
¿La acción
política que se despliega en torno a la guerra contra el
terrorismo es una nueva forma de trazar la distinción entre
el amigo y el enemigo?
—Detrás
de esa guerra está lo que la hace posible, y es esencialmente
la desigualdad. Y algo que me llama mucho la atención es
que en los países ricos no se encuentra a nadie que piense
siquiera que es posible morir por un ideal. Tenemos un mundo que
protege el confort y el individualismo, y otro donde esas cuestiones
no se plantean porque predominan la miseria y la muerte. Me gustaría,
como simple ejemplo, indicar que en el continente africano ha habido
35 millones de muertos de sida y habrá quizá decenas
de millones más porque no reciben medicamentos gratuitos
ni pueden comprarlos. Son diferencias tan profundas, tan violentas,
que en definitiva esta cuestión del amigo y el enemigo existe
a partir de ellas, que son sus condiciones de posibilidad. No creo
que haya el más mínimo valor político en el
terrorismo, pero antes de la cuestión del amigo y el enemigo
debemos remitirnos al violento reparto del mundo que existe hoy.
Usted sugería algo así como la existencia de dos éticas
diferentes, una altruista o integrista, y otra egoísta, consumista.
¿Considera posible el encuentro y la confianza entre los
miembros de estas diferentes formas de vida?
—Es enteramente
posible. Usted puede unirse a personas cuya ética es distinta
de la suya si todos tienen un objetivo político común.
No es una cuestión filosófica o ideológica,
es realmente una cuestión política. Si pueden definir
objetivos comunes, si pueden encontrar un idioma común —que
es un idioma político—, entonces lo que usted dice
es posible, naturalmente. Porque la política tiene que poder
desarrollarse en culturas diferentes. Una política de igualdad
puede perfectamente ser compatible con horizontes culturales totalmente
diferentes. Lo que hay que encontrar es lo que permite respetar
la diferencia de las culturas y confiar en un trabajo en común.
Cuando la gente es muy diversa, lo que reúne es hacer algo
en conjunto. Siempre. A nivel individual puede ser el amor, pero
a nivel colectivo tiene que ser la política.
¿La amistad sería la experiencia en comunidad de la
igualdad?
—Sí.
Pero quiero insistir en que la amistad, la comunidad, son consecuencias.
No son el punto de partida. No hacemos el bien para estar satisfechos,
pero descubrimos que si hacemos el bien, además estamos satisfechos.
Si usted realiza acciones políticas que son realmente igualitarias,
además tendrá, como recompensa, la amistad.
¿Hay una tensión entre el amor y la amistad?
—No soy nada
sensible a esa oposición. Creo que la amistad es una dimensión
del amor. Nunca vi desarrollarse un amor en forma duradera sin que
se construya también en su interior algo que es manifiestamente
del orden del intercambio amistoso. E inversamente, una amistad
intensa puede no tener dimensiones sexuales activas, pero finalmente
puede provocar afectos, demandas, expectativas que son muy próximas
a las del amor.
¿Qué distingue entonces a una de otra?
—Creo que
la distinción entre la amistad y el amor es más bien
de proyecto, más que de intensidad y afectos. La amistad
es una suerte de intercambio a propósito de la experiencia
del mundo, una manera de ser compañeros en la experiencia
del mundo, y la elección del amigo se hace en esa dimensión,
mientras que el amor es realmente una experiencia de la dualidad,
de la diferencia. El amor, como proyecto, se refiere a qué
es ser dos. Por otra parte, puede haber un grupo de amigos, puede
haber tres, cuatro amigos que salen a pasear, a tomar algo y charlar
juntos; en general, en el amor, son dos. Entonces, hay una diferencia,
pero no me parece una diferencia tan radical. En el fondo, podríamos
decir que la amistad es un amor calmo, mientras que el amor es una
amistad excesiva. Pero son cuestiones más de tensiones que
de diferencias cualitativas. Quiero agregar, no obstante, algo que
le daría la razón, al menos en parte. Vemos muy bien
cómo puede haber una relación entre la política
y la amistad, y la posible consecuencia sería la amistad
en comunidad, la amistad en grupo. Entre el amor y la política
hay más una tensión que una fusión, porque
es verdad que los enamorados están solos en el mundo, no
están con la comunidad.
¿Se podría afirmar, entonces, que existe una tensión
entre los mecanismos políticos y la unión amorosa?
—Sí.
El sentido del amor es una experimentación radical de la
diferencia y es la construcción totalmente singular de la
diferencia. En el amor usted trata de saber qué es realmente
ser dos, crear una nueva visión del mundo, enfrentar la cuestión
sobre cómo se ve el mundo siendo dos. No es lo mismo ver
de a dos que ver de a uno, no es el mismo mundo. Y es verdad que
es totalmente distinto de la política, porque la política
es la creación organizada de la igualdad, mientras que el
amor es la experimentación de la diferencia. Y son dos cosas
separadas. Diciendo simplemente "ámense los unos a los
otros" no se avanza en la política. No se pueden trasladar
a la política las máximas del amor.
¿Qué relación existe entre amistad, confianza
y fidelidad?
—Pienso que
debemos tomar las tres palabras en su orden: confianza, fidelidad
y amistad. La posibilidad de creación de una comunidad amistosa
se funda en la unidad de proyecto. Y hace falta una confianza común
en ese proyecto. Entonces, se empieza por la confianza. Es la misma
razón que hacía que San Pablo pensara que había
que empezar por la fe.
¿Por qué?
—Es que sin
la fe, no se tiene nada. Si no se tiene confianza, no se tiene nada
tampoco. Porque si lo que se encuentra es desconfianza, no se puede
tener una relación positiva con el otro, será siempre
recelosa. Entonces, el primer punto es la confianza, la confianza
en el proyecto, la confianza en el hecho de que es posible pensar
otro mundo. Luego, la fidelidad, porque es necesario estar juntos,
ser fiel a esa confianza. No se trata de tenerla de vez en cuando
y por azar, hay que continuarla. El único imperativo es continuar,
no dejarse desalentar, no renunciar, mantener la confianza, porque
de inmediato esa confianza va a encontrar obstáculos terribles,
fracasos, imposibilidades.
Renunciar es lo
más fácil. Pienso, pues, que la fidelidad viene después
de la confianza y desde el interior de la fidelidad se crea la comunidad
amistosa de los que son fieles, de los que continúan, de
los que conservan la confianza. La amistad es la consecuencia de
una fidelidad común. A veces, incluso, la amistad es considerada
como una fidelidad a la infancia, a la juventud. Es muy común
tener amigos de la juventud. Por lo tanto, la amistad es consecuencia
de la fidelidad, y la fidelidad remite siempre a cierta confianza.
Copyright Clarín,
2004.
Fuente:http://old.clarin.com/suplementos/zona/2004/07/11/z-03415.htm |
| |
|
|
| |
Nestor
Garcia Canclini.
ESTUDIOS
CULTURALES
Un
mundo sin sujetos
La robótica, la clonación, el travestismo, las personalidades
"virtuales" ponen en jaque la noción de sujeto
y, con ella, los acuerdos tácitos que nos llevan a decidir
en quién creemos y por qué. Néstor García
Canclini anticipa aquí, en exclusiva, su último trabajo,
"Diferentes, desiguales y desconectados".
|
| ¿Qué
es un lugar en la mundialización? ¿Quién habla
y desde dónde? La fascinación de estar en todas partes
y el desasosiego de no estar con seguridad en ninguna, de ser muchos
y nadie, cambian el debate sobre la posibilidad de ser sujetos: ya
aprendimos en los estudios sobre la configuración imaginaria
de lo social cuánto pueden tener los procesos sociales y los
sujetos de construidos o simulados. Quizá comienza un tiempo
de reconstrucciones menos ingenuas de lugares y sujetos, aparecen
ocasiones para desempeñarnos como actores verosímiles,
capaces de hacer pactos sociales confiables, con alguna duración,
en intersecciones disfrutadas. ¿Por qué el arte reciente
está redescubriendo el sujeto o buscando recrearlo? Nombres
de artistas del pasado y actuales se convierten en iconos de las exposiciones-faro,
de películas europeas, chinas y estadounidenses, de interpretaciones
musicales estelares. Los editores registran el ascenso de ventas de
biografías y autobiografías. ¿Las identidades
personales resucitan como marcas para reactivar los mercados, o hay
algo más en este deseo de ser sujetos, o tenerlos como referencia?
Es
notable que la mayor desconstrucción del sujeto se haya cumplido
en el siglo XX, cuando más se hizo para erigir nuevos sujetos
individuales, étnicos y de clase, nacionales y de género.
Esta época, que aumentó las dificultades para hablar
de la subjetividad, mostró a la vez que no es fácil
desprenderse de esa noción. Llegamos así a estas preguntas:
¿cómo avanzar desde la sospecha necesaria para librarnos
de afirmaciones ingenuas de la subjetividad hacia el trabajo reconstructivo
indispensable para dar solidez a ciudadanías posibles? ¿Qué
tareas de investigación, teóricas y políticas
se necesitan? Las ciencias sociales encuentran difícil poner
en el centro de la teoría a los actores cuando la sociedad
es reducida a un mercado anónimo. La política se paraliza
o se desintegra ante el determinismo neoliberal, que somete la complejidad
de la economía al juego financiero de inversiones sin rostro.
Los partidos políticos y sindicatos nacionales no aciertan
a formular elaboraciones alternativas sobre cuestiones globales
de gran escala, que son asumidas sólo parcialmente por Ong
y movimientos ecológicos o de derechos humanos.
La
posibilidad de que existan sujetos y sean reconocidos es cada vez
más limitada a campos imaginarios: el cine, las telenovelas,
las biografías de divos y deportistas. La fascinación
generada por sus aventuras heroicas o melodramáticas, así
como por noticieros que informan de acontecimientos políticos
como si fueran dramas personales o familiares, parece responder
a la necesidad de los consumidores de encontrar algún sitio
donde haya sujetos que importan, padecen y actúan.
Pero
¿es el sujeto sólo una construcción ficcional
de los medios, o puede haber también sujetos críticos,
espectadores que ejerzan iniciativas propias a pesar de las astutas
manipulaciones mediáticas? Los estudios sobre el lado activo
de la recepción demuestran que no hay medios omnipresentes,
ni audiencias pasivas, pero la concentración monopólica
y transnacional de las industrias de la cultura, y la debilidad
de las asociaciones de televidentes y consumidores, deja aún
irresuelta la cuestión de cuánto nos permite ser sujetos
el capitalismo de redes globalizadas. La posibilidad de serlo aparece
no sólo como la capacidad creativa y reactiva de los individuos;
depende también de derechos colectivos y controles sociales
sobre la producción y circulación de informaciones
y entretenimiento.
Sujetos simulados
La
desconstrucción más radical de la subjetividad está
siendo realizada por procedimientos genéticos y sociocomunicacionales
que favorecen la invención y simulación de sujetos.
Desde la robótica hasta la clonación, desde el travestismo
de género hasta el fingimiento de personalidades en juegos
electrónicos, la pregunta por lo que hoy significa ser sujetos
está –más que cambiando– asomándose
al precipicio de la disolución.
“Nuestras
líneas están ocupadas; lo atenderemos en un momento”,
dice una voz grabada cuando queremos pedir una información
o expresar una queja. Cada vez es más arduo encontrar a un
fabricante que venda el producto, incluso al mismo empleado que
nos lo vendió o nos dio una información. Detrás
de los empleados que rotan de una empresa a otra, de las voces anónimas
que se reemplazan según el azar de los turnos, hay “cadenas”
de tiendas, “sistemas” bancarios, “servidores”
de Internet. Cuando algo no funciona es porque “se cayó
el sistema” o “se desconectó el servidor”.
La digitalización de los servicios, aliada con la precarización
laboral, está propiciando una desresponsabilización
de los sujetos individuales y colectivos.
Entre
las consecuencias de este proceso, según Richard Sennett,
encontramos mayor vulnerabilidad de los individuos y un sentimiento
creciente de impotencia.
En
vez de conocer a los amigos y las parejas en el trabajo o en la
universidad, los encontramos en la Red. Me conecto con alguien que
del otro lado del chat dice ser mujer y le digo que soy veterinario
o fotógrafo, tengo 40 años y acabo de llegar de Australia.
Ella dice llamarse Ofelia, y así vamos compartiendo desconocimientos,
que es lo que más nos acerca a los tímidos. “Te
siento tan cerca”, le digo con entonación de quien
acompaña al otro. Estos juegos con personalidades inventadas
pueden ser inofensivos mientras alguien no diga que le gustaría
que nos encontráramos.
Guillermo
Bon Bonzá, doctor en educación de la Universidad Autónoma
de Barcelona, envió a varios congresos tres ponencias con
nombres falsos, párrafos plagiados e insultos racistas escondidos
en citas en alemán. Una de las comunicaciones la firmaba
Hans Heidelberg, supuesto profesor titular de la inexistente Universidad
Politécnica de Münchengladbach. Al develar su trampa,
dijo que los trabajos, aceptados por comités de especialistas
y editados en los cd Rom de tres universidades importantes, revelaban
los teatros inverosímiles en que se han convertido l a s
f e r i a s de vanidades académicas.
Estos
ejemplos hacen pensar en los riesgos de confiar demasiado en los
mercados, incluso en l o s mercados de bienes científicos.
Una posible “salida” es afirmar la necesidad de verificar
los hechos y controlar neopositivistamente la producción
y difusión de conocimientos. Otro camino sería cuestionar
las condiciones en que se producen teorías y procesos educativos
en medio de la masificación cultural, y la competencia caníbal
por los cargos y el prestigio. Una tercera posibilidad es criticar
la simulación de identidades y el restablecimiento de poderes,
desigualdades y desencuentros a que nos ha llevado la intensificación
de comunicaciones electrónicas que prometía aumentar
y horizontalizar los intercambios. Cabe preguntarse, entonces, si
no seguimos necesitando afirmar con un mínimo de claridad
y contrastabilidad en qué consiste ser sujeto después
de las desconstrucciones estructuralistas, marxistas y psicoanalíticas.
Un
ejemplo más. En octubre de 2000 una lectora de la novela
Sabor a hiel, con la cual la locutora televisiva española
Ana Rosa Quintana se estrenaba en la literatura, reveló que
muchas páginas de ese relato estaban copiadas de Album de
familia, de Danielle Steel, y otras del libro de Ángeles
Mastretta Mujeres de ojos grandes. Sorprendida por el descubrimiento,
la “autora” intentó justificar el plagio diciendo
que los párrafos importados habían caído en
su relato “por un problema de inexperiencia, un error informático
y un fallo de los documentalistas”. ¿Documentalistas?
En el mundo editorial suele hablarse de negros al referirse a quienes
trabajan anónimamente para que un supuesto literato firme,
“práctica generalizada –según el diario
El País– en el salvaje mercado del best seller”.
La
cuestión trasciende esta novela editada por Planeta que vendió
más de cien mil ejemplares. Pregunta Juan José Millás:
“¿Por qué una locutora famosa no puede alquilar
su nombre para vender un folletín? También el Rey
y el presidente del Gobierno firman discursos que les escriben otros
sin que nadie se escandalice. ¿Por qué pedirle a una
presentadora de televisión más que a un Jefe de Estado?”
Más allá del juego humorístico, la comparación
entre una trampa editorial, una táctica publicitaria y un
modo de producción delegada de los discursos políticos
plantea la necesidad de considerar los problemas de correlación
entre construcciones verbales y referentes empíricos, la
adecuación entre conceptos y cosas, no sólo como un
asunto semántico. Está en cuestión el sentido
pragmático que adquiere el problema de la representación
en interacciones diferentes. Se trata de los esquemas compartidos
de valoración de los pactos de confiabilidad que dan consistencia
a unos y otros modos de interactuar. Toda referencia, afirma Paul
Ricoeur, “es correferencia”, o sea que se construye
con los otros.
En
un sentido, es útil detectar que las identidades son producto
de las narraciones y actuaciones. Pero el entusiasmo posmoderno
por esta ficcionalización de los sujetos, por el carácter
construido de las identidades, no se justifica del mismo modo en
contextos lúdicos o de riesgo. El travestismo, interesante
como ocasional juego carnavalesco o experiencia personal, no es
un modelo para todos. ¿Puede existir sociedad, es decir pacto
social, si nunca sabemos quién nos está hablando,
ni escribiendo, ni presentando ponencias? Convivir en sociedad es
posible en tanto haya sujetos que se hagan responsables. No se trata
de regresar a certezas fáciles del idealismo ni del empirismo,
ni de negar cuánto imaginamos de lo real, de los otros y
de nosotros mismos al representarnos en el lenguaje. Se trata de
averiguar si en cierto grado es viable hallar formas empíricamente
identificables, no sólo discursivamente imaginadas, de subjetividad
y de alteridad.
En
los últimos años estas cuestiones comienzan a aparecer
en los debates epistemológicos y en las incertidumbres de
la investigación. James Clifford plantea, por ejemplo, si
alguien que estudiara la cultura de los espías de computadoras
(hackers) podría lograr que su trabajo se aceptase como tesis
de antropología no habiendo entrado nunca en contacto físico
con un espía. ¿Podrían considerarse los meses,
incluso años, pasados en la Red como trabajo de campo? “La
investigación bien podría aprobar la exigencia de
estadía prolongada y el examen de ‘profundidad‘/interactividad.
(Sabemos que en la Red pueden ocurrir algunas conversaciones extrañas
e intensas). Y el viaje electrónico es, después de
todo, una especie de dépaysement. Podría incrementar
la observación participante intensa en una comunidad diferente,
y ello sin la exigencia de tener que dejar físicamente el
hogar. Cuando pregunté a varios antropólogos si les
parecía que esto podía considerarse trabajo de campo,
por lo general respondieron “tal vez”; incluso, en un
caso, “por supuesto”. Pero cuando insistí –sigue
Clifford–, preguntándoles si supervisarían una
tesis doctoral en Filosofía que se basara principalmente
en este tipo de investigación descorporalizada, dudaron o
dijeron que no: tales experiencias no podrían aceptarse en
la actualidad como trabajo de campo”.
Más acá del nomadismo
De
pronto, advertimos que esta pregunta recogida por Clifford envejeció
en menos de una década. La observación etnográfica
de cómo trabajan los antropólogos lleva, ante todo,
a dar vuelta la cuestión. Ya no consiste en decidir si es
aceptable considerar Internet como objeto de estudio. Más
bien: ¿es posible hacer investigación sin Internet?
¿Cuántos antropólogos no se sientan diariamente
ante su computadora, o ante la de un cibercafé si están
en trabajo de campo, y consultan su correo, hablan con los compañeros
de su universidad y con los colegas de otros países, buscan
biblio y hemerografía, leen los diarios de su distante ciudad
y de otras, envían desde un pueblo campesino la inscripción
a un congreso o su avance de tesis al director? Además, descubren
que muchos de sus informantes –indígenas, pobres urbanos,
estudiantes y funcionarios de Ong– también lo hacen.
¿Cómo dejar fuera del análisis ese vasto pedazo
de lo real que es lo virtual?
¿Por
qué acompañar a los indígenas o los trabajadores
de un sindicato afectados por la privatización de sus frentes
de trabajo y no acompañarlos cuando siguen en Internet, desde
sus organizaciones locales, las movilizaciones lejanas donde se
pide al gobierno nacional y a las cumbres mundiales que la diversidad
lingüística y el acceso igualitario al software sean
reconocidos como demandas, tan legítimas como la posesión
de la tierra y la educación?
Las
exigencias en el control del conocimiento deben modificarse en la
medida en que cambió la noción clásica de sujeto
y el modo de estudiarlos. Aun sin abismarnos en las incertidumbres
de lo virtual, el problema se agudiza por las múltiples pertenencias
de los sujetos en tiempos de migraciones masivas y el acceso fácil
a signos de identificación de muchas sociedades. Dado que
millones de personas no son ya sujetos de tiempo completo de una
sola cultura, debemos admitir que la versatilidad de las identificaciones
y las formas de tomar posición requieren metodologías
híbridas. Pero hibridación no es indeterminación
total, sino combinación de condicionamientos específicos.
Al estudiar estas mezclas, el saber científico no puede dejarse
llevar por la simple celebración de las facilidades nomádicas
y para conseguir disfraces. Podemos esperar que la ciencia se diferencie
de otras formas de conocimiento, como las artísticas, mediante
algún tipo de contrastabilidad y racionalidad. Al menos,
es la preocupación que encontramos en la larga tradición
desconstruccionista del sujeto: no simple disolución sino
una renovada exigencia de coherencia filosófica, necesidad
de dar consistencia a la ciudadanía y verosimilitud a las
interacciones sociales.
|
| http://www.cultura.clarin.com/suplementos/cultura/ultimo/index.html |
| |
|
|
| |
La
muerte de un lenguaje femenino - BBC |
El
nushu era utilizado por las mujeres para comunicarse entre ellas.
La anciana Yang Huanyi murió a sus más de noventa años
de edad, y con ella se llevó el único idioma en el mundo
hablado sólo por mujeres.
Yang era la última conocedora del nushu, un idioma en el sur
de China que durante al menos 400 años sirvió como lenguaje
para las mujeres que querían compartir sus secretos con sus
hermanas y amigas, a salvo de los oídos indiscretos de los
hombres.
La anciana aprendió el idioma antes de casarse, pero sus hijas
y nietas no lo quisieron aprender.
Como el nushu, se calcula que por lo menos 6.000 idiomas en el mundo
están bajo el riesgo de extinción.
Bordados y objetos
Se cree que el nushu fue creado por campesinas analfabetas que, ante
su desconocimiento del mandarín por la falta de acceso a la
educación, decidieron crear su propio lenguaje.
Se han recopilado objetos inscritos en nushu (Imagen cortesía
de China Radio Internacional)
El nushu, que en chino significa "escritura de mujeres",
era utilizado para escribir las "cartas del tercer día",
libros que las madres daban a sus hijas después del matrimonio.
Su escritura era alargada y se utilizaba en bordados, abanicos y piezas
del ajuar de las mujeres.
La adquisición de estos objetos es difícil, porque una
tradición dicta que las pertenencias de las mujeres deben ser
quemadas junto a sus cuerpos en el momento de su muerte.
Sin embargo, el gobierno chino creó en 2002 un museo en Jiangyong,
el lugar donde nació Yang, para conservar por lo menos 300
objetos inscritos en nushu.
Yang fue una de las principales representantes de China en la Conferencia
de las Naciones Unidas sobre la Mujer en 1995, y entregó todos
sus escritos a la Universidad de Qinghua para que los estudiara.
El idioma no fue conocido en los círculos internacionales hasta
1983. |
|
| |
|
| |
|
|
|