AMOR HOMO

Alguna vez, en su afán clasificatorio, el anciano etnólogo atinó a ensayar una notable distinción destinada a encuadrar al conjunto de las culturas que en el mundo son y han sido. Instalando como eje la afición, o no, por las sustancias capaces de alterar la percepción con fines hedonistas más que curativos, las diferenció en culturas fungófilas y culturas fungófobas. La nuestra, occidental, capitalista, de fuerte tradición judeocristiana, se enclava en tanto adalid de la segunda. Y, dígase de paso, de tantas otras prácticas no menos etnocéntricas que expulsivas. No en vano su matriz de pensamiento aspira a la validez universal tanto en el tiempo como en el espacio.
Tamaños preceptos bien pueden hacerse extensivos a múltiples aspectos de la vida, entre los cuales las disposiciones relativas a la sexualidad, su ejercicio y orientación, ocupan un sitial de privilegio. Así como han abundado las culturas homófilas, la actual se puede tachar de homófoba sin temor al error. Operación esta última que, para empezar, exige del repudio de la evidencia de que las dos formaciones sociales e históricas de las que Occidente se dice heredero (Grecia y Roma) fueron a todas luces homófilas. Renovada operatoria capaz de instalar la desmentida de la prueba de realidad en tanto fundamento y la pretensión ecuménica de la discriminación al modo de creencia oficialmente institucionalizada.
Homo o hétero, lo que no logra sucumbir jamás a las arbitrariedades del poder es la sexualidad. Hétero u homo, la sexualidad brinda su generoso, polimorfo cauce a las vicisitudes del amor. Homo o hétero el amor se reserva su inalienable derecho de triunfar.

Jorge Pinedo



AMOR MÍSTICO

Del que nada se sabe pero se goza, místificado, ese amor hace Uno allí en el cielo, jamás en la tierra donde se disuelve lo que sobre ella queda.
Vivencia del éxtasis, el amor místico construye una totalidad que se torna ajena de tan propia, se hace identidad de tal reflejo, fabrica el etéreo cuerpo divino a partir de la argamasa de lo profano donde al cuerpo sólo le resta el sacrificio, la inmolación; el amor místico se sirve de la carne como medium y del espíritu como Todo.
Voz del mortal que al rebotar en la bóveda divina retorna como llamado –orden, invocación, imperio, espíritu, alma, self- . al medieval sirvió de ; a la inocencia del psicótico, de diagnóstico. Ahora, de excusa tanto a la escabulliente responsabilidad del cobarde moral cualunque como a la indigencia intelectual del infatuado.
Hoy cuando los celos de El del Nombre Prohibido y Belcebú ya han dejado de disputarse a la dama (acordaron habitarla); hoy cuando han impuesto la idea de que Dios no es inconsciente sino que ha muerto (ergo existe), resucita ávido en el/la winner y su corte. Reciclada religiosidad que exige del testimonio experiencial, vívido, de los manuales de onanismo, los best seller del sentido inamovible en el Olimpo de Ubú: "autoayúdate que te autoayudarás". Luego, junto a Dios y todos los santos se alinean los bronces difuntos-y no tanto-, junto a toda unción enmascarada de Razón, fetiche, teoría, ideologismo o devoción: Perón y Lacan, Boca y La Difunta Correa, el Yo y Pilates. Brillantes u oscuros, siempre completos, dioses vivos, jamás castrados.
Herida que cura, fuego que refresca, el amor místico condena al habitante de la corteza de este gris planeta a purgar la pena de su canina existencia en el fervor argentino, en la hoguera áurea que cuece la estofa de una experiencia de purificada pasividad.

Jorge Pinedo



por Jorge Pinedo

MITOS DE LA LUZ

Joseph Campbell Trad. de Miguel Grinberg

Marea
Buenos Aires, 2004
206 págs.

 

Comparte anaqueles y catálogos con R. Bach, P. Cohelo, W. Dyer, Osho, W. Dresel, D. Chopra, y nuestros J. Narosky, J. Bucay y V. Sueyro, entre tantos otros bestselleristas encuadrados dentro de esos géneros denominados espiritualismo, autoayuda, en fin, las variantes posmodernas del pensamiento mágico en su multitud de recetas para la salvación individual. El nombre de Joseph Campbell (EE.UU., 1904- 1987), sin embargo, intenta ser instalado –sin lograrlo- por sus apologistas y beneficiarios (suman multitud quienes beben aún de esa generosa ubre) como antropólogo a la vera de los especialistas en mitos: M. Eliade, Sir J. Frazer, C. Lévi-Strauss, R. Graves, G. Dumézil, P. Vernant, P. Grimal, A. Krappe. R. Callois, P. Brunel, R. Trousson, es decir todos aquellos que hicieron de tales relatos fundacionales un cuerpo riguroso y sistemático de aproximación a distintos espectros culturales.
Muy por el contrario, el afán de Campbell procuró transformar tamaños relatos en manuales new age destinados a justificar las cobardías propias del ocio burgués. Catapultado a la fama hacia la primera mitad del siglo XX por la divulgación de una versión pre hippie de cierto orientalismo, alcanzó sus cinco minutos de gloria cuando George Lucas utilizó sus premisas a fin de recrear la atmósfera de mistificación vigente en la primera parte de Star Wars. A caballo de sus libros El héroe de las mil caras, El vuelo del ganso salvaje, Las máscaras de Dios y algunos otros, el homónimo del creador de la sopa enlatada generó una industria de refritos basados en las desgrabaciones magnetofónicas de las charlas reunidas en The Joseph Campbell Audio Collection, buena parte de las mismas registradas en el Sarah Lawrence College, un terciario para señoritas, mayor espacio académico que se le permitió ocupar.
En esta línea se inscribe Mitos de la luz – metáforas orientales de lo eterno, una compilación ejecutada por David Kudler, por cierto sumamente respetuoso del espíritu original. Tanto es así que conserva a la letra las claves de la creencia campbelliana, basada en el principio fundador del reduccionismo: todo tiene que ver con todo. A partir de tal premisa se trazan diversos caminos de iniciación esotérica trazados al modo del Juego de la Oca, donde se avanza y retrocede. La cabal ausencia de sistematicidad permite juntar en una misma estofa retazos de teorías contradictorias entre sí (como las de Freud, Adler, y Jung), cuando no francos dislates (la división entre oriente y occidente se encuentra a los sesenta grados al Este de Greenwich), simplificaciones (El banquete de Platón relata nada más que una fiesta de borrachos), entre abundancia de mistificaciones ramplonas (“El alma en sí, en su estado puro, recuerden, es traslúcida”), todo alrededor de un neto predominio de mitos solares, en detrimento de los cosmogónicos, de fertilidad, fálicos, matriarcales, tesmofóricos, etc.
Precisamente es la vía de la infatuación, ese fervor por la propia divinidad, el anzuelo tendido hacia la promesa de redención donde Campbell alcanza el efecto de masa: “... el misterio del ser de este libro en tu manos es idéntico al misterio del ser del universo”. Hace de los mitos una herramienta para “ayudarte a armonizar tu vida individual con la vida general, la vida de la sociedad y la del universo”; así, en la segunda persona de los predicadores. Una pátina de ecumenismo tampoco alcanza a fin de encubrir un sistema ideológico hiperindividualista (“Una imagen mítica es un poder externo que viene en tu auxilio; a través de ella puedes lograr la liberación de las ataduras del ámbito mundano”); conformista (“Y el problema consiste en que te pongas a tono con el mundo tal cual es, no como debiera ser”), cuando no abiertamente facho: “¿Qué le sucedería a un cuerpo si los pies dijeran: ‘Quiero ser la cabeza’? ¿O si la cabeza dijera: ‘Quiero ser el corazón’? ¿Cómo llamamos a eso cuando ocurre en un cuerpo? Lo llamamos cáncer. Del mismo modo, lo que denominamos democracia, desde este punto de vista, es un cáncer”.
Falacias históricas, inexactitudes, imprecisiones, anuncio de evidencias que jamás desarrolla son algunos de los mecanismos de la oratoria abusados por Campbell en la propuesta de caminos identificatorios (“... con lo eterno que está dentro de ti...”) que prometen inmortalidad y completud: “... puedes sobrevivir a cualquier cosa. El mito te ayudará a hacerlo”.
No se comprende cómo uno de los más eximios helenistas universitarios argentinos, Leandro Pinkler, no solo prologue sino que además difunda este “oráculo de la vida humana”, sin considerar algo del ámbito de lo privado: una mística personal tendiente a “crear una nueva mitología planetaria de evolución espiritual”. Por fortuna los mitos continuarán regulando el modo en que las comunidades estipulan sus íntimas diferencias de generaciones, de sexo y de grupos sociales, por fuera de la conciencia; sin importarles los pininos por metamorfosearlos en manuales de autoayuda. Impecable la traducción de Miguel Grinberg.

por jorge pinedo, agradecemos a Página 12, suplemento Radar Libros