EL
HOMBRE QUE ROBÓ LA TOUR EIFFEL
No fue tanto el robo de la Tour Eiffel lo que me ocasionó
dificultades, sino el volver a ponerla en su lugar antes de que
nadie lo advirtiera. Todo el asunto -aunque esté mal que
lo diga yo- estuvo organizado de modo admirable. Puede imaginarse
con facilidad todo lo que supuso: una flotilla de camiones gigantescos
para transportar la Torre hasta una de esas campiñas apacibles
y llanas que se ven en el camino a Chantilly. Allí podría
yacer la Torre, recostada, muy cómoda y tranquila. Cuando
salimos, en la lluviosa mañana de otoño, el tránsito
era muy escaso, y el que había, sólo podría
definirlo como humilde. Ninguno de los que trató de pasar
mis ciento dos camiones de seis ruedas, advirtió que estaban
unidos como cuentas por la cadena de la Torre. Los coches particulares
se adelantaban por un momento, intentando pasar, pero cuando los
conductores de los Fiat y Renault veían hacia delante un
camión tras otro en extensa sucesión, simplemente
desistían y seguían la procesión. Por otra
parte, proporcioné un camino perfectamente despejado para
los automovilistas que venían hacia París: para ellos,
el largo camino desde Chantilly era tan bueno como cualquier calle
de dirección única. Se deslizaban por el costado,
y no tenían tiempo para advertir la presencia de la Torre
recostada sobre la cabina de cada uno de los camiones, en una especie
de litera de muchos cientos de metros.
Tengo un gran afecto por la torre y me placía verla en reposo,
después de todos esos años de guerra y niebla y lluvia
y radar. El primer día que estuve allí, caminé
alrededor de ella, acariciando de vez en cuando una viga, una columna:
el cuarto piso parecía un poco incómodo, allí
donde hacía de puente a un suave y fangoso tributario del
Sena, y lo hice situar mejor. Luego volví al emplazamiento
de origen... Aún me sentía nervioso pensando que alguien
pudiera haber advertido su ausencia. Los grandes bloques de cemento
estaban allí, vacíos. Se parecían tanto a tumbas
que alguien ya había dejado una corona de flores dedicada
a los Héroes de la Resistencia. Hubo un momento en que se
acercó un taxi con un último par de turistas que hizo
una parada allí, antes de volar hacia el oeste, cruzando
el Atlántico, ante la proximidad del invierno. El hombre,
acompañado de una joven, se tambaleaba un poco al caminar.
Se inclinó para observar las flores y luego se enderezó,
con las bien afeitadas y empolvadas mejillas congestionadas.
-Es un monumento conmemorativo -dijo.
-Comment? -preguntó el chófer.
La joven exclamó:
-Chester, dijiste que podríamos almorzar aquí.
-No hay ninguna Torre -replicó el hombre.
-Comment?
-Lo que quiero decir -explicó moviendo los brazos con énfasis-
es que nos han traído a un lugar equivocado. -Hizo un esfuerzo-.
Ici n'est pas la Tour Eiffel.
-Oui. Ici.
-Non. Pas du tout. Ici il n'est pas possible de manger.
El chófer bajó del coche y echó una ojeada.
Me sentí un poco inquieto ante la posibilidad de que notara
la ausencia de la Torre, pero subió al coche, y dirigiéndose
a mí, dijo con tristeza:
-Continuamente están cambiando el nombre de las calles...
Le hablé con aire confidencial.
-Sólo quieren almorzar. Llévelos a la Tour d'Argent.
Continuaron su viaje muy felices, y ese peligro pasó.
Por supuesto que siempre existía el riesgo de que los empleados
de la Torre pudieran despertar la atención pública,
pero eso ya lo había tomado en cuenta. Se les pagaba cada
semana, ¿y qué hombre o mujer es lo bastante tonto
como para admitir que el lugar donde trabajó ha dejado de
existir, hasta que la semana acabe de nuevo y vuelva a cobrar? Los
cafés de las inmediaciones se convirtieron en un importante
refugio para los empleados, pero a nadie le gustaba sentarse en
la mesa con un compañero de trabajo para conversar de temas
comprometedores. Advertí una gorra de uniforme por bistro,
en un área de un kilómetro cuadrado: cada hombre estaba
sentado con toda comodidad durante sus horas de trabajo, bebiendo
un vaso de cerveza u otra bebida de acuerdo con su salario, levantándose
de la mesa con toda puntualidad a la hora que concluía su
turno de trabajo. No creo que ni siquiera estuvieran extrañados
ante la ausencia de la torre. Podía ser útil y conveniente
olvidarla, como los impuestos. Lo mejor era no pensar en ello: si
uno pensara en eso, alguien podría esperar que tomara cartas
en el asunto.
Los turistas, por supuesto, continuaban siendo el peligro principal.
Los que volaban de noche daban por sentado que había una
niebla baja y el ministro del Aire pasó al Quai d'Orsay,
para "su aclaración" algunas quejas sobre interferencias
en el radar: un nuevo invento ruso en la guerra fría. Pero
pronto corrió la voz entre los guías y los chóferes
que cuando un extranjero preguntaba por la Tour Eiffel, era más
simple y menos complicado llevarlo a la Tour d'Argent. Allí,
la gerencia no los desilusionaba, y el panorama en estos días
de otoño era igualmente hermoso; y se mostraban muy felices
estampando su firma en un libro, a tanto por cabeza. Yo solía
entrar y escuchar lo que decían.
-Tenía la idea de que era algo con más acero -dijo
uno de ellos-. Yo creía que se podía ver a través
de ella.
Le expliqué que eso era cierto respecto al emplazamiento
en donde estuvo.
Las vacaciones no pueden continuar por tiempo indefinido, y una
mañana que andaba dando vueltas, escupiendo y lustrando un
poco las columnas, llegué a la conclusión de que la
Torre debía volver a su lugar de trabajo antes de que los
empleados perdieran sus salarios. Sólo deseaba que con el
andar del tiempo se encontrara otra persona como yo que le proporcionara
un poco de aire de campo. Ahora podía asegurar que hacerlo
no significaba gran riesgo. Nadie, en París, habría
admitido que la Torre pudiera estar ausente cinco días sin
que alguien se diera cuenta, así como ningún amante
confesaría que no había advertido la ausencia de su
amada.
De todos modos, volver a traer la Torre fue un asunto complicado
y tuvo como consecuencia una gran desviación del tránsito.
Para facilitar esto, compré a un sastre teatral uniformes
de la policía, de los Gardes Mobiles, de los Gardes Républicaines
y de la Académie Française. Entre los obstáculos
había un mitín poujadista, un tumulto argelino y la
oración fúnebre por un oscuro crítico dramático,
pronunciada por un amigo mío disfrazado de ministro de Educación.
Digo disfrazado, pero, por supuesto, no tuvo necesidad ni de cambiar
su nombre -ni por supuesto su cara- puesto que nadie recordaba quién
era ministro en el Gabinete de M. Mollet.
Los turistas tuvieron la última palabra y por rara coincidencia,
mientras me encontraba en la base de mi amada Torre, que parecía
estar haciendo piruetas en la bruma de la mañana, llegó
en un taxi el mismo americano con la misma joven. Echó una
rápida mirada y dijo:
-Esta no es la Tour Eiffel.
-Comment?
-¡Oh, Chester! -exclamó ella-. ¿Adónde
nos han traído ahora? Nunca aciertan. Tengo tanta hambre,
Chester... ¡He estado soñando con ese Sole Délice
que comimos...!
-Lo que quieren es ir a la Tour d'Argent -le dije al chófer
y los observé partir. Las flores para los Héroes de
la Resistencia se habían marchitado, pero me puse una seca
y descolorida en el ojal de la solapa y saludando con la mano me
despedí de la Torre. No me atreví a demorarme. Podía
sentirme tentado a robarla otra vez.
GRAHAM GREENE
Un cierto sentido de la realidad. Barcelona, Bruguera, 1980.
Título original: A sense of reality. Traducción: Mary
Williams. Primera edición: 1963 |
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MANUELA
Cuando conocí a Manuela no pude reprimir un gesto de asco
en los ojos. Su rostro, desfigurado, parecía una fruta
abierta a sablazos y succiones reiteradas de algún hambriento
huracán o mano. No evité sus disculpas y la invité
a contarme su historia después de admirar sus uñas
pintadas de negro y su linda boina rosa y afelpada.
Caminamos por un asfalto pálido, que al caer el sol y sus
nutrientes fúnebres, nos sedujo a sentar nuestros blandos
traseros y continuar la charla. Comimos maní con chocolate
y olvidamos el aire, sus burbujas llenas de hastío, y nos
sacudimos los nervios y el terror sumergidas en descarnadas palabras
que al nombrarse estallaban con sus núcleos, sus prohibiciones
y sus condenas.
No había explicación ni lástima que apuntara
al tobillo de esos recuerdos que es mejor no silenciar. Ahí
estaba, bella y fresca a pesar de todo, el dolor, sus quemaduras
y el espejo roto en sangre y dientes.
Un perro la había atacado, ¿un perro? Se atraganta
con la avidez del suceso, el chocolate rojo mancha su boca abierta.
Un vendedor ambulante nos ofreció frutillas, -de su huerta,
nos dijo, -muy dulces, nos calmarían la sed a esa hora
triste de la tarde, sus conquistas y retrasos.
Había decidido dejar su rostro como una fotografía
sin retoques armonizada en el transcurso de los días. No
recurrir a una cirugía estética que, según
Manuela, enorgullecería más al perro y a su obra.
Pude adivinar el tamaño de los dientes por el tamaño
de los surcos. Le pedí acariciar aquellos músculos
y fibras estiradas, y sentí sus letras, percibí
sus palabras en la belleza oscura y esquiva de su osadía.
La violencia de quien arranca por decir algo, por contar una historia,
y deja las uñas como obsequio, para el final.
Mariela Arzadun
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| Witold Gombrowicz a Juan Carlos Gómez
de helena balzac >
> Vence, 25 de noviembre de 1964
> Yo le estoy suplicando, Goma, desde que
> dejé las costas sudamericanas, que no me mande certificadas.
Bueno, su
> última, además de ser certificada expres, es
la más estúpida que hasta la
> fecha recibí. Acaso no sabe que Fredy (1) ha sido editado
en Italia hace
> cuatro años? Se imagina, tontamente, que no he recibido
su penúltima con
la
> carta yugoslava ¡y da la casualidad que la recibí!
No venga haciendo líos
> con Arnesto (2), cuyo prefacio me resulta lleno de brillos
y hechizos,
> además de ser muy talentoso como todo lo que escribe
él. Va a ver, Goma,
que
> terminará por sembrar entre nosotros desconfianza y
recelo, ya verá, la
> gente lo repite todo, no sea pavo. Como si fuese poco Ud. en
vez de
mandarme
> noticias, trata, según parece, en cinco carillasde enseñarme
la filosofía
de
> Sartre. ¡jua, jua, jua! Lo de que el dolor o el placer
cobran sentido
dentro
> de la perspectiva del existente, de su mundo, de su situación,
de su
> finalidad, de su futuro, de su proyecto, eso lo sabe cualquier
niño. Lo
que
> no saben algunos adultos recién iniciados es que en
Sartre (como en todo
> cartesiano) el ser se funda en la conciencia, es decir, que
si Ud. es
> consciente de este vaso, el vaso es (aunque no le procuraría
ni placer ni
> dolor). Esto es lo que yo condeno, tarado, pues lo sé
hondamente que la
> existencia no es una relación suelta tranquila, sino
una relación
convulsa -
> y no una libertad (igual en qué sentido) sino una tensión.
Todas las
> estupideces de Sartre provienen del hecho que se relacionó
con el dolor
con
> una tranquilidad doctoral típica para los cartesianos.
No comprendió ni el
> cuerpo ni el dolor. Por lo tanto le sugiero, goma, amistosamente
que diga
a
> todos los amigos que lo considero a usted bastante tarado.
Salú.
>
> W.G.
> (1): Fredydurke, si primera novela. 1937
> (2): Ernesto Sábato.
>
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Maria llegó al pueblo con
su familia, dispuesta a radicarse y disfrutar de la belleza natural
de esa región.
Los vecinos chismosos, miraban sin disimulo a las tres mujeres que
fregaban la casa elegida. Los comentarios pasaban de boca en boca,
suponiendo e inventando historias sobre la vida de las tres mujeres
que continuaban con sus tareas sin prestar atención a los
demás.
A los pocos días, Maria se integra a la escuela. Sus compañeros,
influenciados por los padres le dieron una bienvenida fría,
mostrándose indiferentes.
Ocupó el último banco, conciente de la mirada curiosa
y burlona de todos. Tuvo deseos de marcharse, sin embargo temblando
y con deseos de llorar permaneció quieta en su sitio.
Los días siguientes no fueron mejores. La tristeza iba en
aumento al comprobar que nadie se le acercaba para entablar amistad,
ni siquiera para hacerle alguna pregunta.
No entendía muy bien el por qué, aunque ya había
pasado esa fea situación en otras ocasiones.
Después de cavilar toda la noche sin poder conciliar el sueño,
anuncia su deseo de abandonar la escuela.
Mamá Gloria, como si lo estuviera esperando preparó
el desayuno y con la misma paciencia de siempre, se sentó
a los pies de la cama dispuesta a escuchar el repetido problema
que le ocasionaban a su hija. Mamá Guadalupe ocultando sus
lágrimas permanece de pie junto a la puerta, sin intervenir.
Antes de que fuese demasiado tarde para llegar a la escuela, mamá
Gloria acarició el rostro de su joven hija, logrando una
sonrisa y un“ las quiero mucho a las dos”.
Segura de sus sentimientos y convicciones, entra con la cabeza bien
alta y la mirada desafiante. Ya no camina hasta el fondo del salón
y decide sentarse en el primer bando que encuentra desocupado.
La clase de historia le resultaba aburrida, sumado al insomnio de
la noche anterior apenas lograba mantener los ojos abiertos y tragarse
los bostezos.
Abrió su cuaderno y fingió tomar notas.
Un golpecito en su espalda evita
que se quede dormida. Gira la cabeza y se topa cara a cara con Isabel,
que en un susurro le dice: - aguanta... falta poco para que termine
– y siente la mano pequeña de ella sobre su hombro.
El contacto fugaz y la mirada tierna de Isabel, la perturban al
punto que olvida el cansancio y la modorra. Termina la clase y tímidamente
le dice – gracias-.
- Por nada... hasta mañana... descansa, se nota que lo necesitas
– le contesta Isabel y se va.
Maria regresa contenta, comprendiendo que mamá Gloria tiene
razón cuando asegura que los seres humanos no somos iguales,
que debemos respetarnos y aceptarnos sin discriminar a nadie, que
lo más importante es que los sentimientos sean buenos.
Llena de incertidumbre llega a la escuela al día siguiente,
deseando que Isabel le dirija la palabra. Siente el rubor quemando
sus mejillas y no atina a decir nada, cuando no bien entra, Isabel
acude a su encuentro y sin más le anuncia: - Te voy a presentar
a mis amigos. -
- ¿Que tal andas? ...- se interesa la rubia alta.
- ¿Cómo te sientes hoy...? se te ve muy bien –
le asegura el gordito simpático.
Estos saludos le llegaron como la más bonita melodía,
aunque notó que algunos aún se resistían a
conversar con ella, el milagro de la admisión la lleno de
dicha.
Sabía que en algún momento empezarían las preguntas
pero no le importó.
Seguiría una vez más los consejos de mamá Gloria
y mamá Guadalupe. Ellas le enseñaron que la verdad
ante todo, es el camino correcto. Los afectos nobles son lo que
cuenta y que ante Dios todos somos hermanos, seres humanos sin poder
para juzgar a nuestros semejantes sólo por el hecho de que
sean, en algunos aspectos, diferentes al resto.
El momento temido llegó con la invitación a la fiesta
de cumpleaños de un compañero.
La belleza y la humildad de Maria, hacían que los varones
la colmaran de atenciones y provocara la envidia de algunas compañeras.
Casi al finalizar la reunión, la más feúcha
del grupo quizás furiosa por las conquistas de Maria, a los
gritos la enfrentó: - ¿tienes padre... o nos contaras
que falleció?...
Suspirando hondo, Maria se puso de pie y sus ojos recorrieron el
rostro de los presentes.
En algunos notó la risa contenida, en otros la indiferencia
y en el resto la desaprobación ante la impertinencia de la
interrogación.
Sin perder la calma, pausadamente
le explicó. Mi familia esta compuesta por dos mujeres maravillosas
que formaron pareja porque son lesbianas... se aman tanto como seguramente
se aman tus padres... me quieren, me cuidan, me educan y me protegen
con cariño como lo hacen contigo tus padres... yo estoy orgullosa
de ellas... por su bondad, por que son excelentes personas, por
que siempre están dispuestas a ayudar a los que lo necesitan...
y por muchas cosas más...
Recogió sus pertenencias y salió de la casa, suponiendo
que ya sus compañeros volverían a dejarla de lado.
Reconoció la voz de Isabel que la llamaba, acompañada
por otros jóvenes que dispuestos a romper la tensión
del incidente se acercaron y risueños, le regañaron
que se marchara sola y sin saludar.
FEANJOFRA
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| Una
cancion olvidable de los Rolling Stones
La persiguió un leve vapor de nesquik y tostaditas, mientras
cerraba la puerta. Chau, mami.
Viole esta tirada en la alfombra,
repasa logica apoyada en un codo. El jumper se le desparrama. A
veces restrega un poco las piernas y desacomoda los muñecos
que Mica usa de almohada. Cuando no lo hace, se le despierta una
mueca.
Mica deja una mano cerca de su taza y otra apretujada entre un osito
blanco y un dragon verde. Enrosca rulitos en la alfombra. Repite
casi de memoria una frase, y deja que la carpeta que sujetaba se
resbale lentamente a un costado.
Si, desde la radio, mick jagger
se callara, se detendria mas el tiempo.
Viole no cambia nunca nada. Mica repasa las veces que vio, una y
mil, los banderines de la primaria, la estrellita luminosa pegada
en el techo, el cajon donde escondian la coleccion de figuritas.
Ahi guardan los cigarrillos, ahora que aprenden a fumar.
Viole apenas despega las rodillas
del suelo. El jumper se le desparrama. Se le despierta una mueca:
una sonrisa quebrada. Desacomoda un poco los muñecos y a
Mica se le revuelve el pelo.
Lo desenreda mientras apoya un mejilla
en la alfombra y la mirada en la mueca. Fssssss. Una burbujita la
recorre a toda Mica. Conoce ese gesto, separando muy poquito los
labios, brillando apenas. Aparece cuando Viole se rie de sus chistes
complices. Tambien cuando hay algo que la inquieta.
Un millon de burbujas suben interminables.
Le recorren la sangre.
Araña y arruga fuerte la alfombra a su alcance, como si fuera
su propia alma.
La siente explotar en minimos agujeritos, liviana.
Se evita mas duda.
El movimiento es torpe cuando la
asalta, por debajo de la pollera a cuadros, deslizandole un dedito.
Afuera atardece.
Paula
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Gabriela
M. Musmeci
LA
MUJER QUE PARIÓ UN ESPÍRITU
Llegó
tarde a la primera clase de una profesora a la que no conocía,
o peor, a la que conocía solamente por su fama y eso parecía
suficiente porque Elena Paláos era la docente más
extraña y temida de la Facultad, daba la cátedra de
Antigua con gran solvencia pero cada vez que hablaba sobre mitología…era
en el momento en que hablaba de mitología cuando su cara
entraba en estado de gracia, en esos momentos su fascinación
era tan inmensa que contagiaba la embriaguez bulliciosa del vino
cuando es compartido, Irene había escuchado decir que presenciar
una clase de la Paláos era como ver a una pareja besándose
en la plaza: desataba el deseo de protagonizar sin demoras una pasión
propia.
Entró al aula con la mayor discreción posible. Recién
terminaba de ubicarse en el asiento más cercano a la puerta,
segura de que nadie había advertido su entrada, cuando la
Paláos inesperadamente la miró sobre el marco de sus
lentes pequeños:-Señorita Irene Kalos, tiene media
falta- le dijo, Irene se sintió azotada por el chasquido
de su propio nombre, porque si no estaba soñando la Paláos
la había llamado por su nombre…¿cómo
era posible que lo supiera si jamás se habían visto,
si Irene acababa de entrar a la Universidad desprovista de todo
honor capaz de hacerla registrable? No respondió, la inquietud
la picaneó un largo rato, no encontraba una posición
cómoda en la silla y tampoco en el aula pero lentamente sintió
que iba relajándose y fue entonces cuando Irene comenzó
a disfrutar su primera cita con la mitología sumida en un
apasionamiento hijo de la pasión de la Paláos. Eran
ciertos los comentarios acerca de que resultaba imposible abstraerse
de esa profesora, la Paláos desplegaba una seducción
de túnicas y tinajas, una envolvente caricia milenaria. El
ritmo de sus silencios creaban un embeleso narcótico en medio
de sus palabras
-Dejemos por un momento la historia de Grecia y hablemos sobre su
mitología, deben haber escuchado nombrar a Zeus ¿no
es cierto? Zeus era el padre de todos los dioses del Olimpo, entre
sus predilecciones se hallaba la práctica del amor carnal
con seres mortales- de pronto la Paláos pareció ausentarse,
como si se hubiese embebido de otro tiempo… Irene casi podía
verla, sin saber por dónde, colarse a otro lugar que parecía
serle más propio: -los mortales tienen cierto encanto –comenzó
a decir la profesora- se ven tan indefensos, tan pequeños…pero
inexplicablemente siempre terminan por dominar; pueden ser víctimas
de muchos males en cambio el único mal que aqueja a los inmortales
es la eternidad.... hace siglos vengo preguntándome quiénes
son verdaderamente los débiles….los hombres hablan
de la eternidad como si se tratase de la juventud eterna o de la
felicidad eterna...¡están tan equivocados!, sepan que
la eternidad no es más que la permanencia infinita de lo
que somos, entonces la eternidad también puede ser la soledad
eterna, la tristeza eterna...-
La Paláos hablaba a través de sí como si sus
palabras fueran flechas que había tragado y ahora se dirigían
a su propio centro. Abruptamente volvió al tono docente y
a Zeus: -algunos mitólogos intentan justificar la conducta
de Zeus asegurando que las relaciones del dios con las mortales
tenían como fin crear semidioses que terminaran con la presencia
de los monstruos que acechaban pueblos y caminos, pero no era Zeus
el único que sentía debilidad por los mortales, también
Lesba, una diosa injustamente despreciada por sus pares, gozaba
de las relaciones carnales con mujeres terrenas.... digo “injustamente
despreciada” porque si bien es cierto que Lesba era implacable
en la venganza, jamás, jamás -enfatizó- actuaba
sin causa suficiente. Lesba se había enterado que en Atenas
habitaba una jovencita llamada Calías que no sólo
era de una gran belleza sino que además tenía fama
de ser avezada en las artes del sexo, aunque sólo lo practicaba
con varones Lesba estaba decidida a seducirla y para conseguirlo
se encarnó en un apuesto mancebo, tal como lo había
planeado conquistó rápidamente a Calías, pero
todo se malogró con el primer beso...un beso magistral....un
rozar de almas.... Calías sospechó que ese beso no
provenía de un hombre porque ella, que había conocido
muchas bocas, sabía que ningún varón podía
besar de una forma tan, tan perfecta. El rechazo de la insignificante
mortal fue rotundo, ¡estúpida criatura!...entonces
Lesba se enfureció y manifestándose como la deidad
que era, desplegó todo su odio y preñó a Calías
con el mero acto de apoyar su mano sobre el hombro de la joven.
Esa gestación duró tres meses al cabo de los cuales
Calías parió una luz blanca que se escurrió
de su entrepierna, le rodeó el cuello .....y la ahorcó”-
Por
debajo de la atención que Irene le prestaba a la profesora
corría un hilo de inquietud, creía conocer ese torrente
que era la Paláos, creía haberse debatido en esas
aguas turbias y aunque no entendiera por qué, aunque de pronto
lo único que la rodeara fuera el misterio, sintió
que la había reencontrado.
Apenas terminó la clase Irene se apuró para interceptar
a la profesora en uno de los pasillo de la universidad, allí
donde el olor a madera seduce al aire y lo posee como si también
el aire pudiese ser caoba y cedro y eucaliptus; los nervios la ahogaban
a tal punto que no reconoció su propia voz cuando dijo: -lamento
haber llegado tarde- la voz de la Paláos tampoco le pareció
igual:-no llegaste tarde, nos encontramos porque las dos llegamos
a tiempo- respondió.
La mano de la profesora se le ahuecó en el hombro, la miró
desde el infinito, sus ojos parecían dos universos oscuros
desembocando en la sangre de Irene al modo de dos ríos de
estrellas negras que desembocaban en una bahía joven…y
la bahía fue fecundada. Alcanzó a sentir esa ocupación,
pudo adivinar una venganza antigua.
Pasaron noventa días. El abdomen de Irene crecía a
una velocidad que triplicaba la normal, ni en su casa ni en su vida
había lugar para un bebé y lo más increíble
de todo era que desde el verano no se acostaba con nadie. Cada noche
se dormía con la esperanza de que la pesadilla desapareciera
como un conjuro cuando llegara la mañana, pero la ilusión
se desvanecía al palpar su vientre, la realidad estaba allí
en la piel tensa y estriada y en los pechos pequeños vacíos
de alimento.
Ese día su cuerpo se despertó antes que ella, se levantó
particularmente nerviosa, entró al baño a ducharse;
el agua golpeaba la enorme dividiéndose en arroyos blancos
que se diluían a sus pies. Comenzaron las contracciones,
Irene no conocía nada del asunto aunque tuvo la certeza de
que el trabajo de parto se había iniciado. ¿Dónde
parir un hijo sin padre ni conocido ni desconocido que nacía
en el tercer mes de gestación? Salió de la ducha,
la segunda contracción la obligó a sostenerse del
borde del lavabo, algo se rajó en su interior y un líquido
caliente le corrió por la entrepierna encharcando el piso.
Otra. La necesidad de pujar era inminente, la transpiración
brotaba de su cuerpo sin secar, gotas sobre gotas humedecían
lo húmedo. Un pujo más, el vientre comenzó
a aplanarse mientras el alivio la relajaba tanto que la acercaba
al desmayo. Abrió los ojos con miedo y curiosidad morbosa,
de su entrepierna se escurría una luz fría y blanca
que se elevaba hasta el cielorraso, Irene tenía los ojos
tan abiertos que la piel parecía a punto de romperse. La
luz quedó suspendida allí unos cuantos segundos disfrutando
sádicamente del asombro de Irene, el futuro se instaló
en su cara, sus rasgos supieron antes que ella lo que pasaría
como lo saben los animales del campo y los del bosque y aún
las víctimas de los dioses del Olimpo. De pronto ese hijo
inasible descendió sobre ella para ocupar un lugar entre
sus piernas. La lengua luminosa, ahora caliente y luminosa, la lamía
regocijándose en la búsqueda del lugar exacto e Irene
sintió como nunca que el orgasmo no era otra cosa más
que la búsqueda del orgasmo. Parecía todo un riesgo
soltar el borde de la pileta porque las piernas, apenas separadas
por aquel pequeño espacio creado para el gemido ya casi no
la sostenían. Cuando la ofrenda roja, ávidamente encarnada,
latía con más fuerza dentro del cuenco oscuro, la
luz filial abandonó la entrepierna de y con una velocidad
sólo posible para los olímpicos, volvió a entrar
en el cuerpo parturiento con la indolencia de un acto repetido durante
siglos, pero nuevo, otra vez.
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A proposito
de la solitaria Coco Chanel
1.
Un escritorio? Una máquina de coser? Un paraguas? Quién
lo deja? Abre la ventana, en una mañana fría y oscura
de pesar y lluvia.
2.
En la escena, las trenzas de Coco Chanel se deshacen en sus cantos
sobre las mesas de un pequeño cabaret de provincia.
3.
Su canto de sirenas llega lejos. Desolada, convierte en piedra a
los parroquianos.
4.
Acodada en la máquina, sin cojer y escribiente, sueña.
Viste invisible vestidos que confecciona con harapos rojos.
5.
Sueña que cabalga sobre la orgía vestida de hombre.
Sueña que sabe llevar el traje de la verdad andrógina.
6.
Pero su cuerpo- entre la viruela y la estulticia- es como el de
Eva después del pecado. No la cubras con flores o con ramos
olivos sino con pequeños papeles estremecidos, de leche o
de tinta.
7.
¿Quien acaricia? Con ojos empañados, el acto amoroso
de los amantes, será cubierto por el sudario más negro.
8.
Belfos humeantes sobre el pequeño de rostro rosa. Se acerca
viajando como una tormenta, el médico rural. Soy la herida
que florecerá.
9.
No soy puta, soy brillante. Fui lastimada por hombres rudos y estúpidos.
Pero escribo poemas. ¿Quien me aplaude, póstumamente?.
10.
Coco con poncho rojo punzó piensa un minuto, sobre el tiempo.
Deambula como una sombra a la intemperie. En el follaje, intensamente,
con los sin nombre, se abraza.
11.
Luego con dos mujeres se besa, corriendo, elísea, odalisca
y murguera, con un collar de perlas en la boca.
12.
Coco en el suelo. Llora. Yace con ese primer amante suyo, muerto.
13.
Coco soy yo.
Ezequiel Romero
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extraño
desatino |
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| ...y
hay un alto grado de flúor en su boca |
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| -Será
de tanto que le ponen al dentífrico? |
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| ...
o los clorets |
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| |
| pero
tanto como usted dice... me asusta |
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| -Si
señor, un alto grado de flúor en su boca tiene
usted. |
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| -Y
eso es bueno? |
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| -Es
un placer! |
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| -Encantado,
Julián... |
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| -No.
Es un placer tener un alto grado de flúor en su boca
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| como
tiene usted, quise decirle.. |
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| -Ah!
pensé que me decía encantado de conocerlo...
eso |
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| -No,
si yo entendí que pensó que le dije encantado
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| por
“encantado de conocerlo” luego de decirme
encantado. |
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| -Se
ve entonces que usted tiene un gran poder de observación. |
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| -Imagínese!
... soy odontóloga. |
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| -Odontóloga
u odontólogo? |
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| -Por
qué esa pregunta... insolente! |
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| -No...
no es insolencia. Me gustan así travestis... |
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-A bueno, entonces podemos charlar... |
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| -Si,
a calzón quitado nena, si yo soy loca. |
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| -Ah...
no se te nota nada |
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| -Es
que yo soy loca hombre |
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| -Ah
nena... el sexo mas complicado! |
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| -Decímelo
a mi, puto. Si lo padezco en vez de disfrutarlo |
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| -Y
el pibe se fue silbando bajito, sin entender nada |
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y
se olvidó de dejarle la orden firmada. |
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Inés
González
Itinerarios
“Los
instantes se siguen los unos a los otros: nada les presta
la ilusión de
un contenido o la apariencia de una significación;
se desenvuelven; su
curso no es el nuestro; contemplamos su fluir, prisioneros
de una percepción estúpida.”
(E. M. Cioran) |
La inconsciencia todavía me abrumaba, entre sueños
divisaba sombras y vestigios de luz. Se mezclaban, aparecían
y desaparecían. Yo seguía inmóvil. Las sábanas
estaban encima de mi cara como si quisieran resguardarme del nuevo
día. Aun sin levantarme, realizaba el reconocimiento de todas
las cosas. Desde esa perspectiva no parecen cotidianas pero en fin,
es un ejercicio repetitivo y sin razón. Los ojos pesados,
la cara empastada y el peso del cuerpo me traían a la realidad.
Había que levantarse. Me levanté despacio, sentándome
al borde de la cama. Me acomodé el pelo, que aun hacía
las veces de sombra en la claridad que ya inundaba la habitación.
Arrastrando los pies desnudos, estampados de a ratos con las patas
de cuanto mueble encontraba al paso, dolorida y sin saber qué
estaba pasando, llegué a la ducha.
El agua caliente me despertaba la piel. Me entregué a sus
placeres. Me daba frío, se hacía esperar, luego me
calmaba, más tarde me quemaba y volvía a recomenzar
con su rito despabilador. El éxtasis de nuestro ritual llegaba
cuando al fin me recorría el rostro. Parecía que me
iba a devolver algo grande cuando abriera los ojos. Pero ese placer
también debía culminar.
Todas las cosas debían culminar, así parecía.
Había que levantarse, había que salir de la ducha,
había que salir de casa, había que salirse del cuerpo,
había que morir. Necesitaba escuchar música, me envolví
en la toalla y qué mejor en ese momento que el Réquiem
de Mozart.
Las cosas dejaban de ser cotidianas también con esos acordes
pesados y grandes, ya no eran como cuando desperté, ni eran
como el día anterior, ni siquiera eran como alguna otra vez
en que escuché la misma música. Desde el sillón
todo parecía como en la música, parecía desvanecerse.
De pronto tu cara, la suya y la nuestra. De pronto la casa vieja,
las paredes sin reboque. Del techo colgaba un foquito de luz que
se movía de lado a lado, quizás el cable que lo sostenía
fuera muy largo. Tu cara. Tu cara tenía rastros de alcohol
y tu pelo blanco asentaba esas huellas. Tu pelo blanco, tu pelo
largo, tus zapatos rotos y tu nariz aguileña. Tu nariz roja,
tu nariz vieja, tu nariz y tu aliento te dejaban desnudo. Te tambaleabas
y murmurabas palabras sin fuerza, palabras sueltas, palabras vacías.
Vacías para mí que te miraba.
La suya, la suya era dura, era fría. Los ojos se le desorbitaban,
las venas se le hinchaban de impotencia, de furia y de cansancio.
Ella te miraba y nos miraba. Ella te reprochaba. Nosotros escuchábamos.
El foquito se movía casi como tu cuerpo.
En la pared, la sombra de tus puños, la sombra de tus brazos
fuertes, la sombra de nuestros gritos y la sombra de la vergüenza,
del dolor. El pasillo tenue me llevaba al halo de luz que venía
de la puerta. Los gritos me perseguían. La luz quedaba más
lejos. Los llantos más cercanos. Los golpes secos parecían
meterse en los oídos e invadir cada recóndito lugar
del alma.
De pronto la luz, sus caras y el patio improvisado. El sol de invierno
que calmaba el frío. Nosotros nos mirábamos, no decíamos
nada. El silencio, el viento y la puerta cerrada. El perro parecía
adivinar todas las cosas, nos hacía jugar. El cielo azul
nos daba los colores perdidos en el gris del paisaje.
La puerta verde estaba cerrada, le faltaba pintura en varias partes.
Las paredes que la envolvían eran grises. De este lado, el
frío, el viento, el día, los juegos, las calles de
tierra, el alambrado. De aquel, ustedes y el miedo.
Aquí estaba Mozart, la penumbra y el tiempo que apuraban
los siguientes pasos cotidianos. Me vestí rápido,
intentando combinar los colores. Era mejor el negro de ocasión,
no tenía ganas de pensar en eso, no tenía tiempo.
Me enmascaré de oficina y salí.
El ascensor estaba siempre arriba. Para todo había que esperar.
El ascensor, el semáforo, el colectivo. Al fin vino. El ruido
seco de la puerta y enfrente, el espejo. Qué imagen tan distinta
nos devuelve de lo que acabábamos de ser. Planta baja. Otro
ruido seco. El riguroso “buen día” al portero
que me esperaba a diario para ensayar esa frase. También,
sin que lo supiera, me esperaba para reafirmar la rutina.
El suelo, baldosas grises, líneas, desniveles, vidrieras,
cordones, semáforos, un rostro que devuelve la mirada, un
perro, el aire, el ruido de bocinas, una ambulancia, alguien que
me choca, esperar... El semáforo otra vez, un murmullo cerca,
una mirada perdida, rostros, rostros, zapatos, muchos zapatos, colores,
el viento, el frío, veredas rotas, de otros colores, un olor,
olor a panadería, olor de día, frases sueltas que
me digo, la escalera, el molinete, el subte, la espera.
Entré al vagón aquel atestado de gente, entre empujones
y apuros. Apretada entre roces, miradas frías, otras complacientes,
otras ausentes, alientos de mañana y el sueño que
permanecía como un halo invisible. ¿Dónde irían
a parar los pensamientos de toda esa gente? Si hubiera podido ver
en ese momento todo aquello que imaginaban o pensaban, habría
visto si eso que veíamos delante era lo que se llama cotidianeidad.
Me entretuve mirando la fisonomía de todos esos rostros y
en algunos casos sus expresiones. Pueyrredón. Pensar que
con tan pocos elementos somos tan diferentes: un par de ojos, un
par de cejas, la nariz, la boca y el pelo. Esos pocos elementos
combinados armaban tu cara, la de ella, la suya, la mía.
Ninguno era igual a otro. Todos decían algo diferente. En
aquel momento me preguntaba para qué perdía el tiempo
en cosas como esas. Sería porque me había olvidado
a Schopenhauer.
Facultad de Medicina. Volví a mirar: unos ojos negros, unas
cejas finas, una barba desprolija, un pelo blanco, unas manos finas,
una alianza, un pelo blanco, ¿un pelo blanco? Sí,
era un pelo blanco. Eras vos, sos vos, ¿por qué estás
acá? Me mirabas desde el tumulto de combinaciones de elementos.
Volví a mirarte para convencerme, sí, eras vos. Tribunales.
Miré hacia un lado y hacia el otro como buscando ayuda, pero
nadie sabía de tu presencia, estarían buscando otras.
Seguías ahí con tu pelo blanco, con tu nariz aguileña,
con tu tambaleo. Tenías el mismo aspecto de siempre. La camisa
blanca, un poco sucia y rota en algunas partes. El cinturón
negro, el pantalón negro que arrastraba el ruedo por debajo
de tus zapatos. Tus zapatos que alguna vez habían sido finos,
tus zapatos gastados. 9 de Julio.
Todavía llevabas el anillo de oro, milagrosamente lo tenías.
Me mirabas desde el fondo. No decías nada. No te dije nada.
En las paredes del túnel por el que viajábamos divisé
la sombra de tus brazos fuertes, los gritos, los golpes secos. Ese
mismo túnel no tenía un halo de luz. Cerré
los ojos un instante. Catedral.
Otra vez los empujones, las pisadas, el apuro. El molinete, la escalera,
los zapatos, muchos zapatos, tu sombra. Gente y más gente.
El túnel. La luz. Florida. Había empezado a llover,
no tenía paragüas. Caminé despacio mirando hacia
arriba. Recordé la ducha. Algún empujón perdido
de alguien que corría. La ducha. La oficina. El ascensor.
Esperar.
Inés González , Marzo de 2003
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Irma
Elena Marc
<Bio>
DEJA VU
Mi sueño recurrente es que voy al baño en una plaza.
Siento pánico, angustia, desesperación, cómo
puedo hacer algo tan privado a la vista de todo el mundo. En el
sótano de la Alcaldía de la Jefatura de Rosario, donde
estoy presa por razones políticas, no hay puertas entre los
baños y la sala común, sabemos que las celadoras ponen
un purgante a la comida. Hay compañeras que resisten casi
hasta reventar esta forma de tormento. Acaso las más obstinadas
sean las que rápidamente se quebraron y, vaya uno a saber
por qué, se niegan a entregar esa poca privacidad, ese resto
de autoestima que aún les quedan. Me resulta conmovedor contemplar
esa rara forma de coraje o de cobardía, según se mire.
Yo no sufro. En realidad se trata simplemente de un dèjá
vû y es bella la plaza en la que voy al baño.
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