EL HOMBRE QUE ROBÓ LA TOUR EIFFEL
No fue tanto el robo de la Tour Eiffel lo que me ocasionó dificultades, sino el volver a ponerla en su lugar antes de que nadie lo advirtiera. Todo el asunto -aunque esté mal que lo diga yo- estuvo organizado de modo admirable. Puede imaginarse con facilidad todo lo que supuso: una flotilla de camiones gigantescos para transportar la Torre hasta una de esas campiñas apacibles y llanas que se ven en el camino a Chantilly. Allí podría yacer la Torre, recostada, muy cómoda y tranquila. Cuando salimos, en la lluviosa mañana de otoño, el tránsito era muy escaso, y el que había, sólo podría definirlo como humilde. Ninguno de los que trató de pasar mis ciento dos camiones de seis ruedas, advirtió que estaban unidos como cuentas por la cadena de la Torre. Los coches particulares se adelantaban por un momento, intentando pasar, pero cuando los conductores de los Fiat y Renault veían hacia delante un camión tras otro en extensa sucesión, simplemente desistían y seguían la procesión. Por otra parte, proporcioné un camino perfectamente despejado para los automovilistas que venían hacia París: para ellos, el largo camino desde Chantilly era tan bueno como cualquier calle de dirección única. Se deslizaban por el costado, y no tenían tiempo para advertir la presencia de la Torre recostada sobre la cabina de cada uno de los camiones, en una especie de litera de muchos cientos de metros.
Tengo un gran afecto por la torre y me placía verla en reposo, después de todos esos años de guerra y niebla y lluvia y radar. El primer día que estuve allí, caminé alrededor de ella, acariciando de vez en cuando una viga, una columna: el cuarto piso parecía un poco incómodo, allí donde hacía de puente a un suave y fangoso tributario del Sena, y lo hice situar mejor. Luego volví al emplazamiento de origen... Aún me sentía nervioso pensando que alguien pudiera haber advertido su ausencia. Los grandes bloques de cemento estaban allí, vacíos. Se parecían tanto a tumbas que alguien ya había dejado una corona de flores dedicada a los Héroes de la Resistencia. Hubo un momento en que se acercó un taxi con un último par de turistas que hizo una parada allí, antes de volar hacia el oeste, cruzando el Atlántico, ante la proximidad del invierno. El hombre, acompañado de una joven, se tambaleaba un poco al caminar. Se inclinó para observar las flores y luego se enderezó, con las bien afeitadas y empolvadas mejillas congestionadas.
-Es un monumento conmemorativo -dijo.
-Comment? -preguntó el chófer.
La joven exclamó:
-Chester, dijiste que podríamos almorzar aquí.
-No hay ninguna Torre -replicó el hombre.
-Comment?
-Lo que quiero decir -explicó moviendo los brazos con énfasis- es que nos han traído a un lugar equivocado. -Hizo un esfuerzo-. Ici n'est pas la Tour Eiffel.
-Oui. Ici.
-Non. Pas du tout. Ici il n'est pas possible de manger.
El chófer bajó del coche y echó una ojeada. Me sentí un poco inquieto ante la posibilidad de que notara la ausencia de la Torre, pero subió al coche, y dirigiéndose a mí, dijo con tristeza:
-Continuamente están cambiando el nombre de las calles...
Le hablé con aire confidencial.
-Sólo quieren almorzar. Llévelos a la Tour d'Argent.
Continuaron su viaje muy felices, y ese peligro pasó.
Por supuesto que siempre existía el riesgo de que los empleados de la Torre pudieran despertar la atención pública, pero eso ya lo había tomado en cuenta. Se les pagaba cada semana, ¿y qué hombre o mujer es lo bastante tonto como para admitir que el lugar donde trabajó ha dejado de existir, hasta que la semana acabe de nuevo y vuelva a cobrar? Los cafés de las inmediaciones se convirtieron en un importante refugio para los empleados, pero a nadie le gustaba sentarse en la mesa con un compañero de trabajo para conversar de temas comprometedores. Advertí una gorra de uniforme por bistro, en un área de un kilómetro cuadrado: cada hombre estaba sentado con toda comodidad durante sus horas de trabajo, bebiendo un vaso de cerveza u otra bebida de acuerdo con su salario, levantándose de la mesa con toda puntualidad a la hora que concluía su turno de trabajo. No creo que ni siquiera estuvieran extrañados ante la ausencia de la torre. Podía ser útil y conveniente olvidarla, como los impuestos. Lo mejor era no pensar en ello: si uno pensara en eso, alguien podría esperar que tomara cartas en el asunto.
Los turistas, por supuesto, continuaban siendo el peligro principal. Los que volaban de noche daban por sentado que había una niebla baja y el ministro del Aire pasó al Quai d'Orsay, para "su aclaración" algunas quejas sobre interferencias en el radar: un nuevo invento ruso en la guerra fría. Pero pronto corrió la voz entre los guías y los chóferes que cuando un extranjero preguntaba por la Tour Eiffel, era más simple y menos complicado llevarlo a la Tour d'Argent. Allí, la gerencia no los desilusionaba, y el panorama en estos días de otoño era igualmente hermoso; y se mostraban muy felices estampando su firma en un libro, a tanto por cabeza. Yo solía entrar y escuchar lo que decían.
-Tenía la idea de que era algo con más acero -dijo uno de ellos-. Yo creía que se podía ver a través de ella.
Le expliqué que eso era cierto respecto al emplazamiento en donde estuvo.
Las vacaciones no pueden continuar por tiempo indefinido, y una mañana que andaba dando vueltas, escupiendo y lustrando un poco las columnas, llegué a la conclusión de que la Torre debía volver a su lugar de trabajo antes de que los empleados perdieran sus salarios. Sólo deseaba que con el andar del tiempo se encontrara otra persona como yo que le proporcionara un poco de aire de campo. Ahora podía asegurar que hacerlo no significaba gran riesgo. Nadie, en París, habría admitido que la Torre pudiera estar ausente cinco días sin que alguien se diera cuenta, así como ningún amante confesaría que no había advertido la ausencia de su amada.
De todos modos, volver a traer la Torre fue un asunto complicado y tuvo como consecuencia una gran desviación del tránsito. Para facilitar esto, compré a un sastre teatral uniformes de la policía, de los Gardes Mobiles, de los Gardes Républicaines y de la Académie Française. Entre los obstáculos había un mitín poujadista, un tumulto argelino y la oración fúnebre por un oscuro crítico dramático, pronunciada por un amigo mío disfrazado de ministro de Educación. Digo disfrazado, pero, por supuesto, no tuvo necesidad ni de cambiar su nombre -ni por supuesto su cara- puesto que nadie recordaba quién era ministro en el Gabinete de M. Mollet.
Los turistas tuvieron la última palabra y por rara coincidencia, mientras me encontraba en la base de mi amada Torre, que parecía estar haciendo piruetas en la bruma de la mañana, llegó en un taxi el mismo americano con la misma joven. Echó una rápida mirada y dijo:
-Esta no es la Tour Eiffel.
-Comment?
-¡Oh, Chester! -exclamó ella-. ¿Adónde nos han traído ahora? Nunca aciertan. Tengo tanta hambre, Chester... ¡He estado soñando con ese Sole Délice que comimos...!
-Lo que quieren es ir a la Tour d'Argent -le dije al chófer y los observé partir. Las flores para los Héroes de la Resistencia se habían marchitado, pero me puse una seca y descolorida en el ojal de la solapa y saludando con la mano me despedí de la Torre. No me atreví a demorarme. Podía sentirme tentado a robarla otra vez.
GRAHAM GREENE
Un cierto sentido de la realidad. Barcelona, Bruguera, 1980.
Título original: A sense of reality. Traducción: Mary Williams. Primera edición: 1963
 
 

MANUELA

Cuando conocí a Manuela no pude reprimir un gesto de asco en los ojos. Su rostro, desfigurado, parecía una fruta abierta a sablazos y succiones reiteradas de algún hambriento huracán o mano. No evité sus disculpas y la invité a contarme su historia después de admirar sus uñas pintadas de negro y su linda boina rosa y afelpada.
Caminamos por un asfalto pálido, que al caer el sol y sus nutrientes fúnebres, nos sedujo a sentar nuestros blandos traseros y continuar la charla. Comimos maní con chocolate y olvidamos el aire, sus burbujas llenas de hastío, y nos sacudimos los nervios y el terror sumergidas en descarnadas palabras que al nombrarse estallaban con sus núcleos, sus prohibiciones y sus condenas.
No había explicación ni lástima que apuntara al tobillo de esos recuerdos que es mejor no silenciar. Ahí estaba, bella y fresca a pesar de todo, el dolor, sus quemaduras y el espejo roto en sangre y dientes.
Un perro la había atacado, ¿un perro? Se atraganta con la avidez del suceso, el chocolate rojo mancha su boca abierta.
Un vendedor ambulante nos ofreció frutillas, -de su huerta, nos dijo, -muy dulces, nos calmarían la sed a esa hora triste de la tarde, sus conquistas y retrasos.
Había decidido dejar su rostro como una fotografía sin retoques armonizada en el transcurso de los días. No recurrir a una cirugía estética que, según Manuela, enorgullecería más al perro y a su obra.
Pude adivinar el tamaño de los dientes por el tamaño de los surcos. Le pedí acariciar aquellos músculos y fibras estiradas, y sentí sus letras, percibí sus palabras en la belleza oscura y esquiva de su osadía. La violencia de quien arranca por decir algo, por contar una historia, y deja las uñas como obsequio, para el final.


Mariela Arzadun

 
 
Witold Gombrowicz a Juan Carlos Gómez de helena balzac

>
> Vence, 25 de noviembre de 1964
> Yo le estoy suplicando, Goma, desde que
> dejé las costas sudamericanas, que no me mande certificadas. Bueno, su
> última, además de ser certificada expres, es la más estúpida que hasta la
> fecha recibí. Acaso no sabe que Fredy (1) ha sido editado en Italia hace
> cuatro años? Se imagina, tontamente, que no he recibido su penúltima con
la
> carta yugoslava ¡y da la casualidad que la recibí! No venga haciendo líos
> con Arnesto (2), cuyo prefacio me resulta lleno de brillos y hechizos,
> además de ser muy talentoso como todo lo que escribe él. Va a ver, Goma,
que
> terminará por sembrar entre nosotros desconfianza y recelo, ya verá, la
> gente lo repite todo, no sea pavo. Como si fuese poco Ud. en vez de
mandarme
> noticias, trata, según parece, en cinco carillasde enseñarme la filosofía
de
> Sartre. ¡jua, jua, jua! Lo de que el dolor o el placer cobran sentido
dentro
> de la perspectiva del existente, de su mundo, de su situación, de su
> finalidad, de su futuro, de su proyecto, eso lo sabe cualquier niño. Lo
que
> no saben algunos adultos recién iniciados es que en Sartre (como en todo
> cartesiano) el ser se funda en la conciencia, es decir, que si Ud. es
> consciente de este vaso, el vaso es (aunque no le procuraría ni placer ni
> dolor). Esto es lo que yo condeno, tarado, pues lo sé hondamente que la
> existencia no es una relación suelta tranquila, sino una relación
convulsa -
> y no una libertad (igual en qué sentido) sino una tensión. Todas las
> estupideces de Sartre provienen del hecho que se relacionó con el dolor
con
> una tranquilidad doctoral típica para los cartesianos. No comprendió ni el
> cuerpo ni el dolor. Por lo tanto le sugiero, goma, amistosamente que diga
a
> todos los amigos que lo considero a usted bastante tarado. Salú.
>
> W.G.
> (1): Fredydurke, si primera novela. 1937
> (2): Ernesto Sábato.
>

 
 
TRES MUJERES

Maria llegó al pueblo con su familia, dispuesta a radicarse y disfrutar de la belleza natural de esa región.
Los vecinos chismosos, miraban sin disimulo a las tres mujeres que fregaban la casa elegida. Los comentarios pasaban de boca en boca, suponiendo e inventando historias sobre la vida de las tres mujeres que continuaban con sus tareas sin prestar atención a los demás.
A los pocos días, Maria se integra a la escuela. Sus compañeros, influenciados por los padres le dieron una bienvenida fría, mostrándose indiferentes.
Ocupó el último banco, conciente de la mirada curiosa y burlona de todos. Tuvo deseos de marcharse, sin embargo temblando y con deseos de llorar permaneció quieta en su sitio.
Los días siguientes no fueron mejores. La tristeza iba en aumento al comprobar que nadie se le acercaba para entablar amistad, ni siquiera para hacerle alguna pregunta.
No entendía muy bien el por qué, aunque ya había pasado esa fea situación en otras ocasiones.
Después de cavilar toda la noche sin poder conciliar el sueño, anuncia su deseo de abandonar la escuela.
Mamá Gloria, como si lo estuviera esperando preparó el desayuno y con la misma paciencia de siempre, se sentó a los pies de la cama dispuesta a escuchar el repetido problema que le ocasionaban a su hija. Mamá Guadalupe ocultando sus lágrimas permanece de pie junto a la puerta, sin intervenir.
Antes de que fuese demasiado tarde para llegar a la escuela, mamá Gloria acarició el rostro de su joven hija, logrando una sonrisa y un“ las quiero mucho a las dos”.
Segura de sus sentimientos y convicciones, entra con la cabeza bien alta y la mirada desafiante. Ya no camina hasta el fondo del salón y decide sentarse en el primer bando que encuentra desocupado.
La clase de historia le resultaba aburrida, sumado al insomnio de la noche anterior apenas lograba mantener los ojos abiertos y tragarse los bostezos.
Abrió su cuaderno y fingió tomar notas.

Un golpecito en su espalda evita que se quede dormida. Gira la cabeza y se topa cara a cara con Isabel, que en un susurro le dice: - aguanta... falta poco para que termine – y siente la mano pequeña de ella sobre su hombro.
El contacto fugaz y la mirada tierna de Isabel, la perturban al punto que olvida el cansancio y la modorra. Termina la clase y tímidamente le dice – gracias-.
- Por nada... hasta mañana... descansa, se nota que lo necesitas – le contesta Isabel y se va.
Maria regresa contenta, comprendiendo que mamá Gloria tiene razón cuando asegura que los seres humanos no somos iguales, que debemos respetarnos y aceptarnos sin discriminar a nadie, que lo más importante es que los sentimientos sean buenos.
Llena de incertidumbre llega a la escuela al día siguiente, deseando que Isabel le dirija la palabra. Siente el rubor quemando sus mejillas y no atina a decir nada, cuando no bien entra, Isabel acude a su encuentro y sin más le anuncia: - Te voy a presentar a mis amigos. -
- ¿Que tal andas? ...- se interesa la rubia alta.
- ¿Cómo te sientes hoy...? se te ve muy bien – le asegura el gordito simpático.
Estos saludos le llegaron como la más bonita melodía, aunque notó que algunos aún se resistían a conversar con ella, el milagro de la admisión la lleno de dicha.
Sabía que en algún momento empezarían las preguntas pero no le importó.
Seguiría una vez más los consejos de mamá Gloria y mamá Guadalupe. Ellas le enseñaron que la verdad ante todo, es el camino correcto. Los afectos nobles son lo que cuenta y que ante Dios todos somos hermanos, seres humanos sin poder para juzgar a nuestros semejantes sólo por el hecho de que sean, en algunos aspectos, diferentes al resto.
El momento temido llegó con la invitación a la fiesta de cumpleaños de un compañero.
La belleza y la humildad de Maria, hacían que los varones la colmaran de atenciones y provocara la envidia de algunas compañeras.
Casi al finalizar la reunión, la más feúcha del grupo quizás furiosa por las conquistas de Maria, a los gritos la enfrentó: - ¿tienes padre... o nos contaras que falleció?...
Suspirando hondo, Maria se puso de pie y sus ojos recorrieron el rostro de los presentes.
En algunos notó la risa contenida, en otros la indiferencia y en el resto la desaprobación ante la impertinencia de la interrogación.

Sin perder la calma, pausadamente le explicó. Mi familia esta compuesta por dos mujeres maravillosas que formaron pareja porque son lesbianas... se aman tanto como seguramente se aman tus padres... me quieren, me cuidan, me educan y me protegen con cariño como lo hacen contigo tus padres... yo estoy orgullosa de ellas... por su bondad, por que son excelentes personas, por que siempre están dispuestas a ayudar a los que lo necesitan... y por muchas cosas más...
Recogió sus pertenencias y salió de la casa, suponiendo que ya sus compañeros volverían a dejarla de lado.
Reconoció la voz de Isabel que la llamaba, acompañada por otros jóvenes que dispuestos a romper la tensión del incidente se acercaron y risueños, le regañaron que se marchara sola y sin saludar.

FEANJOFRA

 
 
Una cancion olvidable de los Rolling Stones


La persiguió un leve vapor de nesquik y tostaditas, mientras cerraba la puerta. Chau, mami.

Viole esta tirada en la alfombra, repasa logica apoyada en un codo. El jumper se le desparrama. A veces restrega un poco las piernas y desacomoda los muñecos que Mica usa de almohada. Cuando no lo hace, se le despierta una mueca.
Mica deja una mano cerca de su taza y otra apretujada entre un osito blanco y un dragon verde. Enrosca rulitos en la alfombra. Repite casi de memoria una frase, y deja que la carpeta que sujetaba se resbale lentamente a un costado.

Si, desde la radio, mick jagger se callara, se detendria mas el tiempo.
Viole no cambia nunca nada. Mica repasa las veces que vio, una y mil, los banderines de la primaria, la estrellita luminosa pegada en el techo, el cajon donde escondian la coleccion de figuritas. Ahi guardan los cigarrillos, ahora que aprenden a fumar.

Viole apenas despega las rodillas del suelo. El jumper se le desparrama. Se le despierta una mueca: una sonrisa quebrada. Desacomoda un poco los muñecos y a Mica se le revuelve el pelo.

Lo desenreda mientras apoya un mejilla en la alfombra y la mirada en la mueca. Fssssss. Una burbujita la recorre a toda Mica. Conoce ese gesto, separando muy poquito los labios, brillando apenas. Aparece cuando Viole se rie de sus chistes complices. Tambien cuando hay algo que la inquieta.

Un millon de burbujas suben interminables. Le recorren la sangre.
Araña y arruga fuerte la alfombra a su alcance, como si fuera su propia alma.
La siente explotar en minimos agujeritos, liviana.

Se evita mas duda.

El movimiento es torpe cuando la asalta, por debajo de la pollera a cuadros, deslizandole un dedito.

Afuera atardece.

Paula

 
 

Gabriela M. Musmeci

LA MUJER QUE PARIÓ UN ESPÍRITU

Llegó tarde a la primera clase de una profesora a la que no conocía, o peor, a la que conocía solamente por su fama y eso parecía suficiente porque Elena Paláos era la docente más extraña y temida de la Facultad, daba la cátedra de Antigua con gran solvencia pero cada vez que hablaba sobre mitología…era en el momento en que hablaba de mitología cuando su cara entraba en estado de gracia, en esos momentos su fascinación era tan inmensa que contagiaba la embriaguez bulliciosa del vino cuando es compartido, Irene había escuchado decir que presenciar una clase de la Paláos era como ver a una pareja besándose en la plaza: desataba el deseo de protagonizar sin demoras una pasión propia.
Entró al aula con la mayor discreción posible. Recién terminaba de ubicarse en el asiento más cercano a la puerta, segura de que nadie había advertido su entrada, cuando la Paláos inesperadamente la miró sobre el marco de sus lentes pequeños:-Señorita Irene Kalos, tiene media falta- le dijo, Irene se sintió azotada por el chasquido de su propio nombre, porque si no estaba soñando la Paláos la había llamado por su nombre…¿cómo era posible que lo supiera si jamás se habían visto, si Irene acababa de entrar a la Universidad desprovista de todo honor capaz de hacerla registrable? No respondió, la inquietud la picaneó un largo rato, no encontraba una posición cómoda en la silla y tampoco en el aula pero lentamente sintió que iba relajándose y fue entonces cuando Irene comenzó a disfrutar su primera cita con la mitología sumida en un apasionamiento hijo de la pasión de la Paláos. Eran ciertos los comentarios acerca de que resultaba imposible abstraerse de esa profesora, la Paláos desplegaba una seducción de túnicas y tinajas, una envolvente caricia milenaria. El ritmo de sus silencios creaban un embeleso narcótico en medio de sus palabras
-Dejemos por un momento la historia de Grecia y hablemos sobre su mitología, deben haber escuchado nombrar a Zeus ¿no es cierto? Zeus era el padre de todos los dioses del Olimpo, entre sus predilecciones se hallaba la práctica del amor carnal con seres mortales- de pronto la Paláos pareció ausentarse, como si se hubiese embebido de otro tiempo… Irene casi podía verla, sin saber por dónde, colarse a otro lugar que parecía serle más propio: -los mortales tienen cierto encanto –comenzó a decir la profesora- se ven tan indefensos, tan pequeños…pero inexplicablemente siempre terminan por dominar; pueden ser víctimas de muchos males en cambio el único mal que aqueja a los inmortales es la eternidad.... hace siglos vengo preguntándome quiénes son verdaderamente los débiles….los hombres hablan de la eternidad como si se tratase de la juventud eterna o de la felicidad eterna...¡están tan equivocados!, sepan que la eternidad no es más que la permanencia infinita de lo que somos, entonces la eternidad también puede ser la soledad eterna, la tristeza eterna...-
La Paláos hablaba a través de sí como si sus palabras fueran flechas que había tragado y ahora se dirigían a su propio centro. Abruptamente volvió al tono docente y a Zeus: -algunos mitólogos intentan justificar la conducta de Zeus asegurando que las relaciones del dios con las mortales tenían como fin crear semidioses que terminaran con la presencia de los monstruos que acechaban pueblos y caminos, pero no era Zeus el único que sentía debilidad por los mortales, también Lesba, una diosa injustamente despreciada por sus pares, gozaba de las relaciones carnales con mujeres terrenas.... digo “injustamente despreciada” porque si bien es cierto que Lesba era implacable en la venganza, jamás, jamás -enfatizó- actuaba sin causa suficiente. Lesba se había enterado que en Atenas habitaba una jovencita llamada Calías que no sólo era de una gran belleza sino que además tenía fama de ser avezada en las artes del sexo, aunque sólo lo practicaba con varones Lesba estaba decidida a seducirla y para conseguirlo se encarnó en un apuesto mancebo, tal como lo había planeado conquistó rápidamente a Calías, pero todo se malogró con el primer beso...un beso magistral....un rozar de almas.... Calías sospechó que ese beso no provenía de un hombre porque ella, que había conocido muchas bocas, sabía que ningún varón podía besar de una forma tan, tan perfecta. El rechazo de la insignificante mortal fue rotundo, ¡estúpida criatura!...entonces Lesba se enfureció y manifestándose como la deidad que era, desplegó todo su odio y preñó a Calías con el mero acto de apoyar su mano sobre el hombro de la joven. Esa gestación duró tres meses al cabo de los cuales Calías parió una luz blanca que se escurrió de su entrepierna, le rodeó el cuello .....y la ahorcó”-

Por debajo de la atención que Irene le prestaba a la profesora corría un hilo de inquietud, creía conocer ese torrente que era la Paláos, creía haberse debatido en esas aguas turbias y aunque no entendiera por qué, aunque de pronto lo único que la rodeara fuera el misterio, sintió que la había reencontrado.
Apenas terminó la clase Irene se apuró para interceptar a la profesora en uno de los pasillo de la universidad, allí donde el olor a madera seduce al aire y lo posee como si también el aire pudiese ser caoba y cedro y eucaliptus; los nervios la ahogaban a tal punto que no reconoció su propia voz cuando dijo: -lamento haber llegado tarde- la voz de la Paláos tampoco le pareció igual:-no llegaste tarde, nos encontramos porque las dos llegamos a tiempo- respondió.
La mano de la profesora se le ahuecó en el hombro, la miró desde el infinito, sus ojos parecían dos universos oscuros desembocando en la sangre de Irene al modo de dos ríos de estrellas negras que desembocaban en una bahía joven…y la bahía fue fecundada. Alcanzó a sentir esa ocupación, pudo adivinar una venganza antigua.
Pasaron noventa días. El abdomen de Irene crecía a una velocidad que triplicaba la normal, ni en su casa ni en su vida había lugar para un bebé y lo más increíble de todo era que desde el verano no se acostaba con nadie. Cada noche se dormía con la esperanza de que la pesadilla desapareciera como un conjuro cuando llegara la mañana, pero la ilusión se desvanecía al palpar su vientre, la realidad estaba allí en la piel tensa y estriada y en los pechos pequeños vacíos de alimento.
Ese día su cuerpo se despertó antes que ella, se levantó particularmente nerviosa, entró al baño a ducharse; el agua golpeaba la enorme dividiéndose en arroyos blancos que se diluían a sus pies. Comenzaron las contracciones, Irene no conocía nada del asunto aunque tuvo la certeza de que el trabajo de parto se había iniciado. ¿Dónde parir un hijo sin padre ni conocido ni desconocido que nacía en el tercer mes de gestación? Salió de la ducha, la segunda contracción la obligó a sostenerse del borde del lavabo, algo se rajó en su interior y un líquido caliente le corrió por la entrepierna encharcando el piso. Otra. La necesidad de pujar era inminente, la transpiración brotaba de su cuerpo sin secar, gotas sobre gotas humedecían lo húmedo. Un pujo más, el vientre comenzó a aplanarse mientras el alivio la relajaba tanto que la acercaba al desmayo. Abrió los ojos con miedo y curiosidad morbosa, de su entrepierna se escurría una luz fría y blanca que se elevaba hasta el cielorraso, Irene tenía los ojos tan abiertos que la piel parecía a punto de romperse. La luz quedó suspendida allí unos cuantos segundos disfrutando sádicamente del asombro de Irene, el futuro se instaló en su cara, sus rasgos supieron antes que ella lo que pasaría como lo saben los animales del campo y los del bosque y aún las víctimas de los dioses del Olimpo. De pronto ese hijo inasible descendió sobre ella para ocupar un lugar entre sus piernas. La lengua luminosa, ahora caliente y luminosa, la lamía regocijándose en la búsqueda del lugar exacto e Irene sintió como nunca que el orgasmo no era otra cosa más que la búsqueda del orgasmo. Parecía todo un riesgo soltar el borde de la pileta porque las piernas, apenas separadas por aquel pequeño espacio creado para el gemido ya casi no la sostenían. Cuando la ofrenda roja, ávidamente encarnada, latía con más fuerza dentro del cuenco oscuro, la luz filial abandonó la entrepierna de y con una velocidad sólo posible para los olímpicos, volvió a entrar en el cuerpo parturiento con la indolencia de un acto repetido durante siglos, pero nuevo, otra vez.

 

A proposito de la solitaria Coco Chanel

1.
Un escritorio? Una máquina de coser? Un paraguas? Quién lo deja? Abre la ventana, en una mañana fría y oscura de pesar y lluvia.
2.
En la escena, las trenzas de Coco Chanel se deshacen en sus cantos sobre las mesas de un pequeño cabaret de provincia.
3.
Su canto de sirenas llega lejos. Desolada, convierte en piedra a los parroquianos.
4.
Acodada en la máquina, sin cojer y escribiente, sueña. Viste invisible vestidos que confecciona con harapos rojos.
5.
Sueña que cabalga sobre la orgía vestida de hombre. Sueña que sabe llevar el traje de la verdad andrógina.
6.
Pero su cuerpo- entre la viruela y la estulticia- es como el de Eva después del pecado. No la cubras con flores o con ramos olivos sino con pequeños papeles estremecidos, de leche o de tinta.
7.
¿Quien acaricia? Con ojos empañados, el acto amoroso de los amantes, será cubierto por el sudario más negro.
8.
Belfos humeantes sobre el pequeño de rostro rosa. Se acerca viajando como una tormenta, el médico rural. Soy la herida que florecerá.
9.
No soy puta, soy brillante. Fui lastimada por hombres rudos y estúpidos. Pero escribo poemas. ¿Quien me aplaude, póstumamente?.
10.
Coco con poncho rojo punzó piensa un minuto, sobre el tiempo. Deambula como una sombra a la intemperie. En el follaje, intensamente, con los sin nombre, se abraza.
11.
Luego con dos mujeres se besa, corriendo, elísea, odalisca y murguera, con un collar de perlas en la boca.
12.
Coco en el suelo. Llora. Yace con ese primer amante suyo, muerto.
13.
Coco soy yo.


Ezequiel Romero

 
extraño desatino
 
 
 
 
 
...y hay un alto grado de flúor en su boca
 
-Será de tanto que le ponen al dentífrico?
 
... o los clorets
 
... o la ser
 
 
...no sé
 
 
flúor consumo, si
 
pero tanto como usted dice... me asusta
 
-Si señor, un alto grado de flúor en su boca tiene usted.
 
-Y eso es bueno?
 
-Es un placer!
 
-Encantado, Julián...
 
-No. Es un placer tener un alto grado de flúor en su boca
 
como tiene usted, quise decirle..
 
-Ah! pensé que me decía encantado de conocerlo... eso
 
 
-No, si yo entendí que pensó que le dije encantado
 
 
por “encantado de conocerlo” luego de decirme encantado.
 
 
-Se ve entonces que usted tiene un gran poder de observación.
 
-Imagínese! ... soy odontóloga.
 
 
-Odontóloga u odontólogo?
 
 
-Por qué esa pregunta... insolente!
 
 
-No... no es insolencia. Me gustan así travestis...
 
-A bueno, entonces podemos charlar...
 
-Si, a calzón quitado nena, si yo soy loca.
 
-Ah... no se te nota nada
 
-Es que yo soy loca hombre
 
-Ah nena... el sexo mas complicado!
 
-Decímelo a mi, puto. Si lo padezco en vez de disfrutarlo
 
 
-Entonces hacete cargo!
 
 
-Cargo de qué
 
 
-De lo que soy!
 
 
-Y el pibe se fue silbando bajito, sin entender nada
 
 
y se olvidó de dejarle la orden firmada.

 

 

Inés González

 


Itinerarios

“Los instantes se siguen los unos a los otros: nada les presta la ilusión de
un contenido o la apariencia de una significación; se desenvuelven; su
curso no es el nuestro; contemplamos su fluir, prisioneros de una percepción estúpida.”
(E. M. Cioran)

 


La inconsciencia todavía me abrumaba, entre sueños divisaba sombras y vestigios de luz. Se mezclaban, aparecían y desaparecían. Yo seguía inmóvil. Las sábanas estaban encima de mi cara como si quisieran resguardarme del nuevo día. Aun sin levantarme, realizaba el reconocimiento de todas las cosas. Desde esa perspectiva no parecen cotidianas pero en fin, es un ejercicio repetitivo y sin razón. Los ojos pesados, la cara empastada y el peso del cuerpo me traían a la realidad.
Había que levantarse. Me levanté despacio, sentándome al borde de la cama. Me acomodé el pelo, que aun hacía las veces de sombra en la claridad que ya inundaba la habitación. Arrastrando los pies desnudos, estampados de a ratos con las patas de cuanto mueble encontraba al paso, dolorida y sin saber qué estaba pasando, llegué a la ducha.
El agua caliente me despertaba la piel. Me entregué a sus placeres. Me daba frío, se hacía esperar, luego me calmaba, más tarde me quemaba y volvía a recomenzar con su rito despabilador. El éxtasis de nuestro ritual llegaba cuando al fin me recorría el rostro. Parecía que me iba a devolver algo grande cuando abriera los ojos. Pero ese placer también debía culminar.
Todas las cosas debían culminar, así parecía. Había que levantarse, había que salir de la ducha, había que salir de casa, había que salirse del cuerpo, había que morir. Necesitaba escuchar música, me envolví en la toalla y qué mejor en ese momento que el Réquiem de Mozart.
Las cosas dejaban de ser cotidianas también con esos acordes pesados y grandes, ya no eran como cuando desperté, ni eran como el día anterior, ni siquiera eran como alguna otra vez en que escuché la misma música. Desde el sillón todo parecía como en la música, parecía desvanecerse.
De pronto tu cara, la suya y la nuestra. De pronto la casa vieja, las paredes sin reboque. Del techo colgaba un foquito de luz que se movía de lado a lado, quizás el cable que lo sostenía fuera muy largo. Tu cara. Tu cara tenía rastros de alcohol y tu pelo blanco asentaba esas huellas. Tu pelo blanco, tu pelo largo, tus zapatos rotos y tu nariz aguileña. Tu nariz roja, tu nariz vieja, tu nariz y tu aliento te dejaban desnudo. Te tambaleabas y murmurabas palabras sin fuerza, palabras sueltas, palabras vacías. Vacías para mí que te miraba.
La suya, la suya era dura, era fría. Los ojos se le desorbitaban, las venas se le hinchaban de impotencia, de furia y de cansancio. Ella te miraba y nos miraba. Ella te reprochaba. Nosotros escuchábamos. El foquito se movía casi como tu cuerpo.
En la pared, la sombra de tus puños, la sombra de tus brazos fuertes, la sombra de nuestros gritos y la sombra de la vergüenza, del dolor. El pasillo tenue me llevaba al halo de luz que venía de la puerta. Los gritos me perseguían. La luz quedaba más lejos. Los llantos más cercanos. Los golpes secos parecían meterse en los oídos e invadir cada recóndito lugar del alma.
De pronto la luz, sus caras y el patio improvisado. El sol de invierno que calmaba el frío. Nosotros nos mirábamos, no decíamos nada. El silencio, el viento y la puerta cerrada. El perro parecía adivinar todas las cosas, nos hacía jugar. El cielo azul nos daba los colores perdidos en el gris del paisaje.
La puerta verde estaba cerrada, le faltaba pintura en varias partes. Las paredes que la envolvían eran grises. De este lado, el frío, el viento, el día, los juegos, las calles de tierra, el alambrado. De aquel, ustedes y el miedo.
Aquí estaba Mozart, la penumbra y el tiempo que apuraban los siguientes pasos cotidianos. Me vestí rápido, intentando combinar los colores. Era mejor el negro de ocasión, no tenía ganas de pensar en eso, no tenía tiempo. Me enmascaré de oficina y salí.
El ascensor estaba siempre arriba. Para todo había que esperar. El ascensor, el semáforo, el colectivo. Al fin vino. El ruido seco de la puerta y enfrente, el espejo. Qué imagen tan distinta nos devuelve de lo que acabábamos de ser. Planta baja. Otro ruido seco. El riguroso “buen día” al portero que me esperaba a diario para ensayar esa frase. También, sin que lo supiera, me esperaba para reafirmar la rutina.
El suelo, baldosas grises, líneas, desniveles, vidrieras, cordones, semáforos, un rostro que devuelve la mirada, un perro, el aire, el ruido de bocinas, una ambulancia, alguien que me choca, esperar... El semáforo otra vez, un murmullo cerca, una mirada perdida, rostros, rostros, zapatos, muchos zapatos, colores, el viento, el frío, veredas rotas, de otros colores, un olor, olor a panadería, olor de día, frases sueltas que me digo, la escalera, el molinete, el subte, la espera.
Entré al vagón aquel atestado de gente, entre empujones y apuros. Apretada entre roces, miradas frías, otras complacientes, otras ausentes, alientos de mañana y el sueño que permanecía como un halo invisible. ¿Dónde irían a parar los pensamientos de toda esa gente? Si hubiera podido ver en ese momento todo aquello que imaginaban o pensaban, habría visto si eso que veíamos delante era lo que se llama cotidianeidad.
Me entretuve mirando la fisonomía de todos esos rostros y en algunos casos sus expresiones. Pueyrredón. Pensar que con tan pocos elementos somos tan diferentes: un par de ojos, un par de cejas, la nariz, la boca y el pelo. Esos pocos elementos combinados armaban tu cara, la de ella, la suya, la mía. Ninguno era igual a otro. Todos decían algo diferente. En aquel momento me preguntaba para qué perdía el tiempo en cosas como esas. Sería porque me había olvidado a Schopenhauer.
Facultad de Medicina. Volví a mirar: unos ojos negros, unas cejas finas, una barba desprolija, un pelo blanco, unas manos finas, una alianza, un pelo blanco, ¿un pelo blanco? Sí, era un pelo blanco. Eras vos, sos vos, ¿por qué estás acá? Me mirabas desde el tumulto de combinaciones de elementos. Volví a mirarte para convencerme, sí, eras vos. Tribunales.
Miré hacia un lado y hacia el otro como buscando ayuda, pero nadie sabía de tu presencia, estarían buscando otras. Seguías ahí con tu pelo blanco, con tu nariz aguileña, con tu tambaleo. Tenías el mismo aspecto de siempre. La camisa blanca, un poco sucia y rota en algunas partes. El cinturón negro, el pantalón negro que arrastraba el ruedo por debajo de tus zapatos. Tus zapatos que alguna vez habían sido finos, tus zapatos gastados. 9 de Julio.
Todavía llevabas el anillo de oro, milagrosamente lo tenías. Me mirabas desde el fondo. No decías nada. No te dije nada. En las paredes del túnel por el que viajábamos divisé la sombra de tus brazos fuertes, los gritos, los golpes secos. Ese mismo túnel no tenía un halo de luz. Cerré los ojos un instante. Catedral.
Otra vez los empujones, las pisadas, el apuro. El molinete, la escalera, los zapatos, muchos zapatos, tu sombra. Gente y más gente. El túnel. La luz. Florida. Había empezado a llover, no tenía paragüas. Caminé despacio mirando hacia arriba. Recordé la ducha. Algún empujón perdido de alguien que corría. La ducha. La oficina. El ascensor. Esperar.


Inés González , Marzo de 2003



 

Irma Elena Marc
<Bio>

 

DEJA VU

Mi sueño recurrente es que voy al baño en una plaza. Siento pánico, angustia, desesperación, cómo puedo hacer algo tan privado a la vista de todo el mundo. En el sótano de la Alcaldía de la Jefatura de Rosario, donde estoy presa por razones políticas, no hay puertas entre los baños y la sala común, sabemos que las celadoras ponen un purgante a la comida. Hay compañeras que resisten casi hasta reventar esta forma de tormento. Acaso las más obstinadas sean las que rápidamente se quebraron y, vaya uno a saber por qué, se niegan a entregar esa poca privacidad, ese resto de autoestima que aún les quedan. Me resulta conmovedor contemplar esa rara forma de coraje o de cobardía, según se mire. Yo no sufro. En realidad se trata simplemente de un dèjá vû y es bella la plaza en la que voy al baño.