Anunciación de Marcelo


Como un disco acabado
que gira y gira y gira
ya sin música
empecinado y mudo
y olvidado.
Bueno
así.
Idea Vilariño

Frente al espejo, Bico jugaba al bowling con los dientes y la lengua. Yo estaba parado detrás suyo, viendo caer sobre el mármol los huesos amarillentos de sus maxilares. Ahora sí se parecía a un dibujo de Schiele, sonriéndome a través del reflejo con ojos de chow-chow en celo.
Volví del ácido y allí estaba él, sentado a mi lado en el suelo, armando un cigarrillo con esos dedos torpes que tenía y que tantas veces intentaron tocarme más de lo convenido. Yo había encendido la pipa antes de preguntarle por sus dientes. El atinó una mueca deforme y comprobé que los tenía tan sucios de tabaco y pizza ugi’s como siempre. “Estás bajando, boludo”, necesitó decir. A esta altura de la noche, sus exégesis innecesarias ya rozaban la perfección absoluta.
Nos fuimos caminando del brazo por Humberto Primo. Bico aullaba los versos de Contramarca mientras yo simulaba los quejidos de un bandoneón. Entonces encontré la piedra. Caí de boca contra la calle llovida. Un hilo de sangre quería ser arroyo en una de las hendiduras del empedrado. Bico me levantó como pudo, tironeándome las rastas. “Hijo de puta”, balbucí. Y él se rió como un caballo en tanto me ofrecía un kleenex para limpiar la herida.
Lo cierto es que no pude imitar más al bandoneón. El resto del camino transcurrió entre mis lamentos y el popurrí arrabalero de Bico. “¿Te duele?”, preguntaba a cada rato. Y yo, en sistemática respuesta interna a la misma pregunta, recordaba el caballito de batalla de Marcelo: “Todo es cuestión de hermenéutica, ¿viste?”
En el baño de La Giralda me limpié la sangre con el agua de un mingitorio rebalsado. De pronto sentí que de allí en más todo iría bien. Nada que ver con cicatrizaciones ni coágulos: ese líquido infecto me representó no sé qué rito bautismal contemplado en un documental de la BBC años atrás. Escupí en la bacha y volví a la mesa.
- La fuerza domesticadora de lo pequeño -, remarcó Bico a la luz del hexagrama. Se conocía el I-Ching de memoria, no precisaba consultar terrible mamotreto a la hora de descifrar las líneas del dibujo.
- El trazo yin, el trazo yang. Yinyán, buena idea para una marca de chicles.
Todavía era temprano. En realidad siempre era temprano. Hacía varios meses que la palabra dormir no figuraba en mi vocabulario. “¿Probaste con flores de Bach?”
- ¿También tenía invernaderos? Creí que sólo hacía música.
A Bico nunca le gustaron mis chistes. Tal vez fueran malos, lo reconozco. Pero una carcajada de cortesía resulta atinada de vez en cuando.
- Dice que te concentres en conseguir aquellas cosas que están a tu alcance, que no te comprometas en empresas que de antemano sabés inalcanzables -, concluyó.
- Tu maestro chino la tendría muy clara, pero su sabiduría no me hace mella. ¿Adónde estaría yo si le hubiese dado importancia a los vaticinios que
Me interrumpió. “No son vaticinios. Además, tu posición actual no es lo que yo llamaría “de privilegio”. Solo como un perro y con la boca partida al medio. Sos grotesco.”
Empecé a llorar. El mozo me alcanzó un repasador y se lo llené de mocos. Miré el reloj de la pared, espié de refilón el calendario que se bamboleaba bajo un ventilador. Eran el día y la hora. La anunciación de Marcelo habría comenzado.

* * *
Como en una de esas estúpidas canciones folclóricas: el rancho perdido al fondo del monte, sentado en un banquito rengo, esperando a mi gaucho con el mate calientito. La diferencia es que a mí el mate se me enfrió hace rato.
Otra vez la alarma del reloj. Suena y la cabeza me baila hip hop arriba del cuerpo. Que está quieto el cuerpo sobre el colchón sin sábanas con aureolas de café y meo. Bico entra y dice que ayer me comporté como un pelotudo. “Sencillamente”, recalca. Entonces ni siquiera le pregunto si trajo algunas botellas, ya veo como viene la mano. Se sienta al borde de la cama y alisa los pelos de mis piernas: “ponete un calzoncillo al menos”, aconseja en su rol de idishe mame. Y yo me rasco las pelotas solamente para embroncarlo.
Le pregunto si se acuerda de la cuando nos drogamos con nuez moscada siguiendo las instrucciones de William Burroughs. Él campea una perorata acerca de la filosofía beatnik exclusivamente para entrenados. Para entrenados en sus peroratas, no en filosofía beatnik. “A veces pienso que deberías expurgar esa mayéutica pajera que tenés”, bromeo. Bico me mira con ojos de perro chino y replica que sí, que se acuerda de cuando nos drogamos con nuez moscada. “Fue una experiencia adverbial”, comenta.
Aquella tarde nos acomodamos frente al televisor a mirar un capítulo repetido de los X-Files mientras diluíamos en polvillo en agua. Estábamos pasados de rosca. Habíamos transformado tres días en uno solo y a la larga se notaba, aunque ninguno se atrevía a reconocerlo. Bico tuvo la idea del experimento. Andaba de un lado a otro con El almuerzo desnudo bajo el brazo. Hasta le leía pasajes a los mozos de Pernambuco.
Según Burroughs, los indígenas sudamericanos se daban sus buenos saques con la sustancia, caían en estados convulsivos que luego eran interpretados proféticamente. Nosotros nos olvidamos de ese punto. Quizá tuvimos alguna actitud premonitoria, lindante con lo esotérico, pero no le llevamos el apunte. “No hagamos eso nunca más. Es inseguro”, recapacita Bico.
El cuarto aparece en perspectiva, como una de esas láminas que preparaba durante el secundario para las clases de dibujo. Le digo a Bico que su nueva apariencia – punto de fuga resulta admirable. “Sencillamente”, recalco. “Ni se te ocurra mover un dedo.”
Visto el cuarto de esta manera, caigo en la cuenta de lo fetichista que soy. No tengo siquiera una foto carné de Marcelo, y sin embargo aparece por todas partes. La camina roja colgada en la silla, por ejemplo. La llevaba puesta el día que lo conocí, no me atreví a lavarla. Algunos poemas que copié en las paredes. Las botas turquesa de gamuza arrumbadas en un rincón: a Marcelo le gustaban, no pude volver a ponérmelas.
Bico me golpea un hombro. “¿Te preparo algo de comer?”
- Ni se te ocurra mover un dedo -, repito.

* * *

Volviendo al tema. Revolviendo cajones encontré una carta que le escribí. Habérsela entregado hubiese anticipado el desastre. Dice:
“Querido Marcelo:
Guardo esas cosas tuyas que no sabés que son tuyas. ¿Cómo es posible?, te preguntarás. ¿Acaso tenés cosas fuera del inventario? Claro que sí, chiquito. Yo soy el que las conserva. Para que no te quepan dudas, paso a enumerarlas antes de que se acabe Lust for life.

Carozo de aceituna que dejaste sobre una servilleta en Los Inmortales.
Boleto del 132 que tomamos el veintisiete de febrero a las doce cuarenta y cinco.
Pañuelo de papel con el que te secaste el semen del ombligo.
Colilla de jockey club que recogí de la vereda mientras fingía atarme los cordones.
Chicle que abandonaste dentro de un cenicero.
Pastilla de mentol ídem.
Recortes de barro seco escapados de tu suela sobre el parqué.
Restos milenarios de una tuca que robé de tu pipa tallada.
Huellas dactilares en un disco de Gloria Gaynor.
Cuatro pendejos que te arranqué del pubis.
(...)
Se acabó Lust for life”

* * *


Cansina, rotamente caminábamos la niebla. Yo llevaba la campana de vidrio atorada con luciérnagas. Que se encendía y apagaba en una intermitencia alucinante. No teníamos país, y sin embargo recorríamos las callejas de un mundo fisurado a nuestro nombre. Buscábamos a lo mejor una esquina plácida donde masturbarnos mutuamente con el pensamiento engrapado en hombres sin rostro, sin miembros, existentes porque sí y no me hagas más preguntas que se me corta el polvo.
Digo la campana de vidrio y las luciérnagas que Marcelo cazó para mí no sin antes advertirme que morirían enseguida. “Se acabará la luz cuando menos lo esperes”, sentenció. Y fue así como a mitad de la niebla Bico interrumpió Contramarca y me juntó del suelo forcejeándome las rastas.
Una puta se rió del incidente. Y nosotros supimos que era una puta por el color de los labios y la frondosidad de sus ingles impúdicas. “Che, bandoneón, tocate algo”, gritó más ramera que nunca mientras Bico pasaba un kleenex por mi boca de sangre. Pensé un insulto que descarté por obvio. A esa hora de la noche no hay mujer vulnerable a los improperios. A esa hora las mujeres son, sin dudas, postes trillados a la vera de un cantero. “Que te den por el culo.”
Cuán lejos estábamos de nuestras respectivas camas, cada una con su colchón y su fragancia. Dormir se había convertido en un trabajo impreciso, arduo y sin la recompensa habitual de sueños. Más ahora que la anunciación de Marcelo rondaba mi mente y aledaños. Entonces continuar de pie, dándole manija a la agripnia, el logos y las praxis unificados.
Trabajo no hay. Las épocas de estudiante se petrificaron en un título ampuloso que ni yo sé qué significa. Los padres llenaron las maletas y se largaron en busca de tierras incógnitas. Aun quedan los hermanos, encerrados en el cuarto del fondo, ahogando con almohadas sus contraflores y falta envido. Sólo Bico permanece junto a mí luego de que Marcelo regurgitara las despedidas y se despachara con toda esa historia de la anunciación. Mierdas afines.
Por eso en La Giralda Bico me acaricia el brazo cuando lloro, le lleno de mocos el repasador al mozo. Suena la radio y te esperé bajo la lluvia dos horas mil horas como un perro que perdió la sarna y las partituras del conservatorio. Amén de esas reputas ganas de que Lou Reed me cantara al oído que este es un día perfecto para beber sangría en la placita Almagro.
“Extraño el útero, Bico. Mi vieja se casó preñada a pesar de sus dotes santurronas.”
Bico se apoya en la vidriera. Concluye que por Corrientes siempre pasa la misma gente. Que todos tienen el pelo pintado del mismo color.
“Verde como la yerba que mamá fumaba mientras me alquilaba el útero. El desalojo llegó precozmente.”
“Atate el pelo que no se te ven los ojos.”


* * *


Me das asco Marcelo muerto como estás alfeñique de pus bijouterie de sangre muerto durante la anunciación el mandato de ouija no me dijiste que la moto te callaste mientras me empujabas a la ceguera de un camino que recién amaneció en Plaza Italia con lágrimas y una caja vacía de fasos kent super lights a la deriva la anunciación que no explicaste sólo la ouija el tablero los números el alfabeto un muerto que parla Ramsés Segundo ignoraste la moto o no sabías la moto ahora descerebrado sin habla si souvenirs de una noche romántica donde jamás culeamos por la sencilla razón de que no tengo consuelo mucho menos ahora que te moriste que salió tu moto hecha lata en la portada de Crónica yo no sabía que de eso se trataba al fin la anunciación ni que el tablero de ouija contenía tantas verdades me das asco te dije asco porque es la primera vez que veo un muerto tan de cerca a mi abuelo no lo quise ver amortajado como vos pero más viejo veinticuatro años tenías te mató un camión de manliba o te estrellaste contra porque quisiste la anunciación es un pedazo de mierda que hiede como vos hedés a mierda flacuchito pelo largo un símbolo de paz entre las tetillas un collarcito de fideos tu traición no fue dejarme fue morirte fue la anunciación el tablero de ouija las flechas de San Sebastián que te inventaste quisiste ser San Marcelo Bico tiene razón cuando dice que eras más drogón que los drogones y eso que Bico y yo somos bastante drogones te aplastó la basura del camión los estigmas patrios escudos banderas escarapelas himnos que tarareaban las maestras gordas con su pelo verde me das asco recalco hay manos tramposas viaductadas por venas kármicas Bico te tira el I-Ching posmórtem “el acercamiento” bonito hexagrama si estuvieras vivo pero muerto estás te tocó por una vez el huevo podrido se lo tiro al distraído ya no leerás libros que te preste ni me devolverás libros prestado ni seremos amantes ni nada los gusanos llegarán inevitablemente harán casita en tu ojete inmaculado era lindo chuparlo muerto como los muertos más muertos qué sucederá con tu suscripción al Correo de Unesco qué sucederá con la foto de Morrison que pegaste a la pared montado en una motocicleta y desfallecido castrado de respiración garabateado con heridas que quieren hablar anunciación es una palabra que suena a otras cosas a sirenas pero no de ambulancias a gritos pero no de dolor Bico me pregunta si leí la Biblia un gargajo sobre ese libro puto sí leí la Biblia algunas veces en el baño porque es más cómoda que el Clarín me das asco vos y tu muerte entre latas de mountain dew y honda xr nadie prepara un réquiem en tu honor te lloro y te beso la boca fría pegoteada no se puede abrir no volveré a sentir tu lengua te adoro tus ojos lloran plasticola no huelas así que tu perfume era otro el mosquitero te sienta mal las moscas verdes te sientan mal quisiera suicidarme como vos quizás lo hiciste es tarde te quiero te extraño te asco me das asco y vomito a tus pies se tambalea el cajón te limpiaron la sangre no encuentro sangre por ningún lado la moto el cielo negro de tanta noche amontonada quisiera llevarme algo tuyo los mozos de La Giralda son mala gente y deberían ocupar tu lugar ahora te llevan antes vinieron con electrodos a soldar la caja barata Bico me abraza me da un kleenex siempre tiene kleenex me sangra la nariz saco bichos por las uñas tengo frío Bico me pone su suéter no sé qué haré cómo arribaré al consuelo nunca lloré por cosas iguales a una muerte podrido estarás fresco y luego reseco como suelen los cadáveres no me dijiste de la moto el crash pensé que la anunciación era otra cosa.

* * *

“Tu sobaco huele a pizzería”, dice Bico y retira la nariz del lugar, repelido. “Si al menos entendieras cómo te quiero”, medita tontamente. “Si al menos te bañaras...”
Es increíble cómo cambiaron las cosas en media página. De hecho, el cuarto es el mismo desde la misma perspectiva antojadiza donde los mismos dos tipos practican imbéciles deportes verbales que nadie se arriesgaría a interpretar. Por lo menos hay un poco más de whisky y algunas florecitas adornando y alguna melodía gospel perdiéndose en el cielorraso.
“Algunas actitudes mías no tienen nombre. Quiero decir, “actitudes” es una nombre que les queda chico. Esto que hice por vos, por ejemplo”, razona Bico. “¡Profanar una tumba!”, se admira.
Le pido que se calle. “Callate, Prometeo, y dame fuego.” Me enciende el cigarrillo con los restos de un zippo que fuera muy lindo. “Habrá sido el último favor que te pida”, le prometo. Entonces vuelve a ser un chow-chow y yo me quedo tranquilo por un rato.
“¿Cómo es el cementerio?”, pregunto. No se me ha derramado una sola gota de daiquiri.
“Superpoblado de muertos, imaginate. En medio de la oscuridad me costó encontrar a Marcelo”, relata Bico.
“¿Dónde está Marcelo?”
“Al fondo de todo, de cara al cielo. Tienen un agujerito las tumbas para que los muertos puedan mirar el cielo. Cuando llueve gotea pero se la aguantan.”
“Yo también te quiero, Bico.”

Entonces él le quita el papel de diario a la lápida. Es un pedazo de mármol blanco, tallado con el nombre completo de Marcelo. 1971-1997 escribió alguien. Que en paz descanse, escribieron también. No fue fácil robarla, acota Bico. Claro, el cementerio de Flores es muy negro de noche. Aunque de día es negro y la gente no lo nota.
Soy tan cursi con la lápida entre mis manos. Leo el epitafio, para que Bico se entere: “Fue feliz mientras pudo”. La madre no se rompió demasiado la cabeza al redactarlo. Seguramente estaba recordando los cinturonazos que le dio de chico.
“¿Dónde la vas a poner?”, pregunta Bico. “Al fondo de todo, por supuesto”, respondo.
“Ya veremos cuando venga María Juana a quitarnos las penas”, remata Bico, posterior a mi bostezo. “¿No te dan ganas de llorar?”
Hace frío y el llanto se congela en un territorio indeterminado del ojo. Siento el hielo prendido en alguna zona, como con ganchos. “Quizá cuando esté solo frente a la lápida. La tendré por siempre, aun hay tiempo.”
Bueno sería intentar una fogata sobre la alfombra: quemar los libros y la ropa. Bueno sería pegar unos cuantos alaridos: ¿alguna vez pegué un alarido de veras?
“¿Por qué no vamos a la bailanta, Bico? Movemos un poco el culo y de paso nos levantamos un par de gronchos.”
Todavía hay tiempo para llorar sobre la lápida. Marcelo sabrá esperar.
“¡Avemaríapurísima!, ¡te sale sangre de la oreja! Tanto escucharme, Bico querido. Te quiero mucho a pesar de que nunca me hayas confesado cómo te llamás en realidad. Bico es un apodo hermosísimo. ¿Nunca te lo dije?”
Marcelo está mirando el cielo por el agujerito del cajón que pasa por el agujerito de la tierra. Porque lápida ya no tiene. Pronto le pondrán una nueva.
“¿Por qué no te quitás los calvin, Bico? Una dos tres cuatro veces te vi desnudo nomás. Tenés un buen trozo. ¿Nunca te lo dije?”
Las florecitas del jarrón son para la lápida. Bico no advierte que son de plástico, que no se marchitan. “¿Las flores de plástico no se marchitan?”
“Marcelo era medio sádico. Quería que le tire del pelo, que le arañe el estómago, que le arranque pedazos de barba mientras curtíamos. ¿Nunca te lo dije?”
Para navidad Bico quedará exento de regalarme nada. Con la lápida ya está hecho. Estará vacío debajo de mi arbolito.
“A veces quisiera pegarme un tiro. Matarme lisa y llanamente. Nuestra cultura no avala el suicidio. ¿Marcelo se suicidó? La historia de la anunciación parecía coherente. Yo nunca pensé que la anunciación se trataba de su cuerpo hecho papilla contra un camión de basura. A veces quisiera pegarme un tiro. Matarme lisa y llanamente. ¿Nunca te lo dije?”


De “La rabia en el vientre” (2002)
Diego Manso

 
 
Empomarse a papá

“Has querido matar a tu padre para ocupar su lugar.
Pues bien: ahora eres el padre, pero el padre muerto.”
Sigmund Freud

 


Tiempo antes de morir fulminado, mi padre limpiaba sus herrajes con hisopos y aceite perfumado. Nunca llegó a oler bien: adivinábamos el vagar hediondo de su cuerpo merced a esa conjunción de tuco rancio y goma quemada que vertía por la casa durante los fines de semana. Mi padre apestaba a cueva despreciada por las ratas, a fosa comunitaria donde varios centenares de muertos reventaban sus intestinos y vesículas clamando por la pudrición que jamás llegaba.
Mi padre despertaba envuelto en su robe de cachemira y se acicalaba frente al espejo mientras vocalizaba los veinte grandes éxitos de Ramona Galarza y derrochaba escupitajos contra el mármol de la bacha. Papacito era tan gentil con sus muchachos – tan amoroso-, que daba pena verlo de cara al inodoro, batiéndose el pecho, cuando un vómito imprevisto le surcaba la garganta y debían acudir las enfermeras con su arsenal de fórceps. Innumerables veces mi padre estuvo a punto de perder la vida a causa de una vomitona atragantada. Innumerables veces las enfermeras hurgaron con enormes pinzas la boca de mi padre hasta dar con el líquido negro que se asentaba en el estómago. Sin embargo, un día escupió parte del páncreas, y ya nadie pudo remediar los calambres que le sobrevinieron ni la consecuente postración que lo dejó pendiente de una cama y un ano contranatura.
Ya no volvió a ser el mismo papaíto infeliz que propinaba latigazos en la espalda, ni el mismo artista del insulto, ni el mismo folclórico rufián que escribía Nación con zeta. La suya fue una decadencia digna del mejor prócer que encuentres en el vademécum: San Martín, Belgrano, Horacio Guarany..., el que más te guste. Una decadencia que se expresaba a través de balbuceos: si quería fumar señalaba el atado de 43/70 con la nariz y golpeteaba la lengua contra el paladar, si nos olvidábamos de darle de comer – cosa bastante frecuente- chillaba como un cuervo y escupía bilis a quienes lo rodearan; si quería que le prendieran el televisor movía tanto la cabeza que se la daba de lleno contra los hierros de la cama. A veces sangraba luego de todo ese artilugio estéril: para permitir que la sangre fluyera tan libre como un arroyo en las colinas, yo me limitaba a extender con un punzón la lastimadura que se había provocado: así papi purificaría su alma, o lo que quedara de ella después de una vida tan ajetreada y sin sentido.
Una noche decidí leerle Los hermanos Karamazov para entretenerlo un rato. A cada párrafo, el muy puerco se tiraba unos pedos de esos que parecen agujerear colchones con potencia de taladro japonés. Lo felicité por su buena digestión, pero le advertí que se mantenga atento a los síntomas porque las cuatro patas de pollo desmenuzadas que había ingerido durante la cena estaban infectadas por la salmonella, al parecer una bacteria nada sentadora. Lo vi palidecer, estirar la lengua hacia el mentón, revolear los ojos como si fueran bolitas lecheras. Le recordé que según prescripción médica tenía prohibido provocarse el vómito, que semejante acto podía ser tan fatal como la carne de pollo. “No podés darte el lujo de escupir lo que te queda de páncreas”, dije. Así que diluí tres tabletas de rohipnol en medio vaso de agua y le inyecté el líquido en la carótida.
Pobre papá. Qué angustia contemplarle las escaras de las nalgas, los derrames varicosos de las piernas, el reservorio del ano contranatura desbordado, las moscas que visitaban sus múltiples lastimaduras. Daba pena comprobar las ironías de la humana existencia y concluir que ni yo mismo estaba exento de acabar mis días en la calamidad más aberrante (toco madera).
Otra noche lo oí gemir desde mi habitación. Miré el reloj de Mickey Mouse a las tres y cuarto de la madrugada y esperé que los demás se levantaran para socorrerlo. Ninguno lo hizo. De manera que me cubrí con la robe de cachemira que había pertenecido a papá y caminé hasta el cuarto forrándome las manos con guantes de látex. Sus gritos provocaban úlceras en los tímpanos: estaba siendo succionado por el colchón al tiempo que una pareja de murciélagos chirriaba el himno nacional alrededor de la lámpara. Posición de firme y a entonar las patrias estrofas: “Oíd mortales el grito sagrado, libertad libertad libertad...” Mi padre seguía vociferando como sus admirados folcloristas de antaño. “Hear humans the sacred scream, freedom freedom freedom...”, canté también en inglés. “Entendez des etres humains le sacré criez, liberté liberté liberté...”, canté en francés para demostrar mi ductilidad idiomática. Y ahí seguía papá, fustigando el patriotismo que su hijo –o sea yo- había heredado de sus argénteos cromosomas. Una vez coronado de gloria (crowned of glory / couronné de gloire), rescaté a mi padre del colchón voraz levantándolo por el pellejo. Lo ubiqué al otro lado de la cama, donde le arranqué los resortes que se le habían incrustado al cuerpo. “Un alarido más y te extirpo las amígdalas con las uñas”, amenacé.
El pasado es como una mancha en la pared que resiste sucesivos revoques y manos de pintura. Por más que procure ocultarlo a fratachazo limpio, la humedad siempre resurge de los embates higienistas. Por eso, ¿cómo olvidar la tarde que me caí de la bicicleta y papi me llamó maricón inservible?, ¿cómo olvidar las redadas que organizaba en mi cuarto para confiscar los juguetes que irían a parar a la fogata? Papito quemaba todo lo que nosotros amábamos: arrojaba dibujos a las llamas, prendas de vestir, cuadernos garabateados, libros de cuentos. Papito llegó a autoproclamarse Nerón durante uno de los delirios místicos que le atacaban una vez al mes. Papito se sabía mierda en estado puro y hacía lo posible para demostrarlo entre las veinticinco paredes de la casa. Parecía una sarmentosa alimaña escarbando intersticios secretos en busca de la carroña filial que alimentara sus tripas resecas.
Pero ya estaba degradándose en la cama el día que descubrí el testamento enrollado entre sus cosméticos. Lo leí con la misma paciencia que utilizaría para leer un tratado de física cuántica: nos legaba una ínfima cantidad de dinero, lo mínimo que una ley abyecta exigía. Todo lo demás pasaría a engrosar las arcas de Cáritas apenas de produjese el deceso. Me encolericé: rompí la imagen que el espejo me devolvía: era demasiado parecido a él; demasiado verdes mis ojos, casi como los suyos.
Caminé hasta la habitación donde mi padre se babeaba al compás de una zamba ridícula y lechosa: “Cómo olvidarte Cerrillo, / si por tu culpa tengo mujer...” Me aferré a sus pezones como si fueran las solapas de un saco y lo zamarreé hasta arrancarle pedazos de piel. “Hijo de puta”, le dije. El testamento se volvió papel picado contra su rostro autista, salpicado por pústulas verdinegras. “Hijo de puta”, le dije. Pensé violarlo por el ano contranatura pero me pareció una idea demasiado trillada. “Hijo de puta”, creo que repetí mientras guardaba mi erección tras los botones de la bragueta.
Enseguida me acordé de la anguila eléctrica que nadaba pacíficamente en la pecera de la cocina. Ese bicharraco podía emitir numerosas descargas desde 450 a 600 voltios en intervalos muy cortos. Me calcé los guantes de amianto y saqué el pez del agua: la electricidad que manaba era tan poderosa que, aun a pesar de la protección, sentía algunas cosquillas en las palmas. Papá se recuperaba de la sacudida cuando me vio venir con el pez y el frasco de vaselina. Le lubriqué el ano, el verdadero ano ya inutilizado, hasta que supe que la anguila entraría con comodidad en el canal.
La cabeza del animal se perdió primero en el recto. Papaíto se contorsionaba sobre el lado benévolo del colchón, remontando unos alaridos sobrehumanos. Nada más tuve que hacer: la anguila resbaló por el orificio (su cuerpo pringoso facilitaba la tarea) y se guareció en el intestino grueso para jamás salir. La muerte de mi padre fue fulminante.
Lo velamos durante siete días y siete noches, donde encendimos un total de tres mil sahumerios sai-baba. Los murciélagos venían a visitarnos a cada rato, obsequiándonos un popurrí de canciones patrias entre las que se destacaban Aurora, la Marcha de San Lorenzo y Evita capitana. Lloré lo justo, no fuera que se despegaran las pestañas postizas.

 

De “La rabia en el vientre”(2002)
Diego Manso

 
 
El sistema chino


"fruta boa,
coração é o quintal da pessoa"
Milton Nascimento



Cuando puso un pie fuera de la escalera mecánica, Perla Bensalem tuvo la primer contracción. Se curvó por el dolor entre los pasajeros de las seis de la tarde y se apretó contra el estómago el bolso con flores amarillas donde el bañador húmedo empañaba el espejo de mano y arruinaba sin remedio unas pegatinas de Happy Hanuka que supo comprar dos meses atrás, cuando aun pensaba en adornar los regalos que nunca hizo. Doblada caminó hasta los molinetes, boqueando como un pez al que alguien le negara el sosiego del acuario. Quiso gritar, prorrumpir en una sarta de invectivas y repámpanos, pero el único hilo de voz se le estrangulaba garganta abajo y se callaba allí donde la contracción tijereteaba los restos de aire. Nadie pareció darse cuenta de qué le sucedía. Los pasajeros la esquivaban como se esquiva una cagarruta, mirándola primero de soslayo y luego maniobrando un leve zigzag para no pisarla. Hubiese pedido socorro. Se hubiese apartado del tumulto. Se hubiese arrojado al suelo para poder retorcerse con comodidad. Sin embargo, se aferró al borde del molinete esperando que el dolor pasara. Sabía que tarde o temprano aquello iba a sucederle, aunque no sospechó que fuera tan temprano, ni que la sorprendería sin preparativos ahora que tenía que hacer tres estaciones hasta la combinación, y luego tres más hasta su casa. Trató de erguirse. Lentamente fue enderezándose, alzando la cabeza al tiempo que el resto del cuerpo acompañaba el movimiento con extremada resignación. Miró hacia los costados una vez recompuesta. Se acomodó las hebillas que le sujetaban el flequillo y cruzó el molinete.
El tren rojo se detuvo a mitad del andén. Perla Bensalem encontró un lugar entre un estudiante de secundario y una cincuentona que tejía a croché. Se apoyó el bolso con flores amarillas sobre la falda y trató de mantener la mirada al frente. La mujer tejía y en ese ejercicio de entrelazar los ganchillos le propinaba algunos codazos. “Embarazo es sinónimo de vergüenza” , recordó Perla las palabras del profesor Magaldi. El muy cerdo estaba sentado sobre el borde del escritorio, quitándose de las manos el polvo de tiza, cuando soltó aquella frase. Ella le aplicó una trompada que le abrió una herida sobre el ojo izquierdo. “Misterios de la semántica”, se justificó el profesor, y se dio vuelta para recoger sus libros. Perla observó la arruga de la camisa que se formaba bajo el triángulo de los tiradores. Observó la nuca afeitada del profesor: tomó impulso y golpeó allí con el lomo del bibliorato donde se amontonaban las páginas de la tesina. El profesor Magaldi emitió un jadeo. Quedó tendido de medio cuerpo sobre el escritorio. Inmóvil.
Inmóvil como lagartija al fondo de un terrario, Perla notó que su vestido rojo se mimetizaba con el tapizado. Creyó que cualquiera podría confundirla con una continuidad del asiento, una giba demasiado exagerada, sin mayores miras que la simple ornamentación. Mientras tanto, las estaciones se sucedían tal cual lo acostumbrado, aunque esta vez le pareció que eran siglos los que transcurrían entre una y otra. Siglos y metros de lana que la mujer a su derecha urdía en maniobras interminables. “Todos tenemos la red de subterráneos convenientemente zurcida en la memoria”, pensó Perla Bensalem al tiempo que veía el ovillo anaranjado apoyado en el suelo, girando a medida que la mujer avanzaba con el tejido. Enseguida llegó la segunda contracción. Volvió a oprimir el bolso con flores amarillas contra el estómago y aspiró el aire del vagón. El profesor Magaldi apareció con un cuello ortopédico la semana siguiente. Un cuello ortopédico celeste. Cuando fumaba, el humo pegaba contra el plástico que sostenía la barbilla y le emborronaba el rostro por algunos segundos. Dijo a la clase que abandonaba la cátedra. Qué lástima, dijeron las neohippies en el bar de Puán. Perla sorbió el café, como ahora sorbía el aire del vagón. “¿Te pasa algo, querida?", soltó la mujer el tejido. Que no, respondió Perla Bensalem con la cabeza, porque no podía hablar. Y ahora la mujer volvía a su chichonera, su mantilla, sus escarpines o lo qué diablos fuera que estaba tejiendo. Perla exhaló el último bocado de aire. La contracción cesó de pronto dejándole un resto húmedo entre las piernas. No podía tocarse delante de toda esa gente para comprobar si era sangre o líquido amniótico. Así que abrió el bolso y hurgó en el interior. Allí estaban las pegatinas de Happy Hanuka, regomosas por el contacto con el bañador húmedo. “Jag Hanuka Sameaj!”, dijo el dependiente que se las vendió. Y Madre encendió la primer vela del menorah. Y Padre repartió los primeros regalos. Y mientras Perla vomitaba todo los latkes de la cena, Madre encendía velas y Padre repartía regalos. Hasta el día quinto. “Jag Hanuka Sameaj!”, dijo la empleada del Sanatorio al entregarle el sobre blanco. Aun Perla abrigaba la esperanza de que fuese una falsa alarma.
El tren se detuvo y Perla bajó al andén. Caminó unos metros hasta la escalera de salida. Subió los peldaños dificultosamente, prendida del pasamanos. Algo le chorreaba entre las piernas. Miró hacia abajo y verificó aquello que maliciaba: dos vetas de sangre le alcanzaban los muslos y seguían su tránsito hacia las rodillas. Se apuró. Sólo quedaban las tres estaciones de la combinación. Pero tenía que limpiarse, no le parecía decoroso tomar el próximo tren con ese pegote bajándole. Ya lo sentía en las pantorrillas. Cuando abandonó la escalera buscó el baño. Anduvo a lo largo de un pasillo con cabinas de fotomatón y cerrajerías y salones de lustrado. Iba sola, caminando sobre una línea verde que se extendía hasta el final. Encontró el baño y se metió en un compartimiento. Entonces llegó la contracción definitiva. “Jag Hanuka Sameaj!”, dijo Madre, que ya tenía encendidas las ocho velas del menorah. Todo el asunto debía mantenerse en el más absoluto secreto, por eso Perla Bensalem no pidió dinero prestado y prefirió apelar a métodos artesanales. “El profesor Magaldi se mudó a un lugar con chamamé, Corrientes o Chaco, sabe Dios”, explicó el adjunto. En un quiosco de diarios de Retiro, Perla leyó el título en la portada de una revista femenina:

Abortos fáciles,
sin médicos, sin riesgos

Muchas de las técnicas eran archisabidas. Que el perejil o los huesos de pollo. Sin ir más lejos, Melina Blejman había abortado de Diego Grinberg con una cucharilla de postre. Aquellos métodos que leía en la revista le parecían propios de negras villeras que se dejan trincar por cualquiera en los reservados de la bailanta y se purgan de esa manera al primer atraso. Hasta que de pronto leyó el Sistema Chino. Consistía en masticar semillas de lychee. Unas cuantas, no se especificaba la cantidad. En una verdulería de Arribeños compró dos kilos de la fruta. Al día siguiente desayunó algunas semillas. Se llevó el resto al natatorio de Hebraica y las terminó sentada en el banco del vestuario. Cuando bajó al subte tuvo la primer contracción.
Por el hilo musical sonaba una canción muy antigua. A horcajadas del inodoro Perla Bensalem echó todo. Usó el bañador húmedo como mordaza para que no se oyeran sus gemidos desde afuera. Fueron dos o tres impulsos. No más. Madre pregunto de dónde sacaste estas frutas tan raras. “Se llaman lychee”, respondió Perla. Madre preguntó si siempre se vendían descarozadas. “Si las querés descarozadas te las venden descarozadas”, respondió Perla. Y Madre se puso el delantal rosado que decía Shalom en la pechera y buscó un recipiente para preparar la macedonia.

 

Inédito
Diego Manso

 
 

Jorge Luis Borges


Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yocamino por Buenos Aires y me demoro, acaso yamecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel. De Borges tengo noticias por el correo, veo su nombre en una terna de profesores o en
un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson. El otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que he logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizás porque lo bueno ya no es de! nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí
podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre . Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus
libros que en muchos otros o que en el rasgueo de una guitarra. Hace años traté de librarme de él y pasé de las mitologías de arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es de olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.



Javier Martínez Foffani

 

 

EL SECRETO DE LAS PALOMAS


Había estado tan obsesionado con esa idea que finalmente me tiré por la ventana. Caía demasiado rápido, y si pretendía sobrevivir, debía desplegar al máximo mi cuerpo para aumentar la resistencia del aire. No lograba una forma aerodinámica adecuada y el asfalto se acercaba peligrosamente. Desesperado, encogí las piernas contra mi pecho y puse los pulgares debajo de las axilas, extendiendo los codos. Intenté aletear. Lentamente el vello de mi pecho comenzó a crecer y a mudarse en frágiles plumones. Con mis músculos acalambrados y padeciendo tortuosos espasmos alcancé la metamorfosis. Cerré los ojos, y sin rezar, me impulsé con mis débiles plumas en lo que podía ser la última oportunidad de salvar mi vida.
Recorrí la ciudad durante dos meses; de día volaba casi sin descanso y por las noches dormía en las cornisas de los edificios más altos. Aquella tarde regresé a mi departamento y me posé sobre la baranda del balcón. Un rato después, entró el nuevo inquilino con cara de preocupación. Recogió los antiquísimos papiros que yo había escondido detrás de un zócalo y los leyó atentamente. En ellos se relataba toda la historia de la aviación: desde Ícaro hasta las naves interestelares. Fue, entonces, cuando descubrí a mi lado a la misteriosa paloma que había signado mi destino. Se sonrió, me guiñó un ojo como diciéndome parece que pronto seremos una bandada.

 

 
 
Theodore Sturgeon

UN PLATO DE SOLEDAD

Si está muerta, pensé, jamás la encontraré en esta blanca riada de luz lunar sobre el mar blanco, con el oleaje que va y viene sobre la pálida, pálida arena como un gran champú. Casi siempre, los suicidas que se clavan un cuchillo o se pegan un tiro en el corazón toman la precaución de desnudarse el pecho; el mismo extraño impulso hace que, por lo general, los que se suicidan en el mar vayan desnudos.
Un poco más temprano, pensé, o más tarde, y proyectarían sombras las dunas y la espasmódica respiración de la espuma. Ahora la única sombra real era la mía, una cosa pequeña allí debajo, pero suficientemente negra como para alimentar la negrura de la sombra de un zeppelín.
Un poco antes, pensé, y podría haberla visto caminar arrastrando los pies por la orilla plateada, buscando un sitio bastante solitario donde morir. Un poco después y mis piernas se rebelarían contra ese trote difícil por la arena, la exasperante arena que no podía sostener y no estaba dispuesta a ayudar a un hombre con prisa.
Mis piernas cedieron entonces y me arrodillé de pronto, sollozando: no por ella, todavía, sino por el aire. Había tantas corrientes: viento, y espuma enredada, y colores sobre colores y tonos de colores que no eran colores sino variaciones de blanco y plateado. Si una luz como aquélla fuera sonido, sonaría como el mar en la arena, y si mis oídos fueran ojos, verían esa luz.
Me quedé allí en cuclillas, jadeando en medio del remolino, y entonces me golpeó el agua, una ola rápida y poco profunda, que al tocarme las rodillas saltó y giró como pétalos de flor, mojándome hasta la cintura. Apreté los ojos con los nudillos para que se abrieran de nuevo. Tenía en los labios el mar con el sabor de las lágrimas, y toda la noche blanca gritaba y lloraba en voz alta.

Los hombros blancos de ella eran una curva más alta entre los montículos de espuma. Debió de sentirme –quizá grité-, porque se volvió y me vio y la cara se le crispó y soltó un desgarrador aullido de desesperación y de furia, y entonces se arrojó al mar y se hundió.
Me quité los zapatos y corrí hacia las olas, gritando, buscando, tratando de aferrar destellos de blanco que entre mis dedos se convertían en frío y sal. Me zambullí delante de ella y su cuerpo de golpeó un costado mientras una ola me azotaba la cara y nos revolcaba a los dos. Boqueé dentro del agua sólida, abrí los ojos debajo de la superficie y vi una luna deforme, blanco verdosa, que pasaba volando mientras yo giraba. Entonces, debajo de mis pies volvió a haber arena como una ventosa, y tenía la mano izquierda enredada en el pelo de la mujer.
La ola que se retiraba la remolcó, y por un momento se me escapó de la mano como el vapor de una sirena. En ese momento tenía la certeza de que estaba muerta, pero en cuanto quedó sobre la arena hizo un esfuerzo y se levantó.
Me golpeó en la oreja, un golpe húmedo, duro, y un dolor agudo me perforó la cabeza. La mujer tiró alejándose de mí, y todo el tiempo mi mano estuvo enganchada en su pelo. No podría haberla soltado aunque quisiera. Se volvió hacia mí con la siguiente ola, y me aporreó y trató de clavarme las uñas, y nos hundimos más en el agua.
-¡No… no… no sé nadar! –grité, y ella me arañó más.
-Déjame en paz –gritó-. Dios mío, ¡por qué (dijeron las uñas) no puedes… dejarme (dijeron las uñas) en paz! (dijo el puño duro y pequeño).
Así que le bajé la cabeza hasta el hombro blanco; y con el canto de la mano libre la golpeé dos veces en el cuello. Volvió a flotar y la llevé hasta la orilla.
La llevé hasta donde una duna se interponía entre nosotros y la ancha y ruidosa lengua del mar y el viento quedaba en algún sitio por encima de nosotros. Pero seguí habiendo la misma luz. Le froté las muñecas y le acaricié la cara y dije “Tranquila”, y “Todo está bien” y palabras que solía usar para un sueño que había tenido mucho, mucho antes de saber de la existencia de ella.
La mujer estaba inmóvil, boca arriba, con la respiración silbándole entre los dientes, con los labios esbozando una sonrisa que los ojos fruncidos y apretados convertían no en sonrisa sino en tortura. Estuvo bien y consciente durante mucho rato mientras seguía respirando entre dientes y con los ojos cerrados y apretados.
-¿Por qué no pudiste dejarme en paz?- preguntó al fin. Abrió los ojos y me miró. Tenía tanto sufrimiento que no le quedaba sitio para el miedo. Volvió a cerrar los ojos y dijo-: Sabes quién soy.
-Lo sé –dije.
Se echó a llorar.

Esperé, y cuando dejó de llorar había sombras entre dunas. Un largo rato.
-No sabes quién soy –dijo-. Nadie sabe quién soy
-Estaba en los periódicos –dije.
-¡Eso! –Abrió despacio los ojos y su mirada recorrió mi cara, mis hombros, se detuvo en mi boca, me tocó un fugaz instante los ojos. Hizo una mueca y apartó la mirada-. Nadie sabe quién soy.
Esperé a que se moviese o dijese algo.
-Cuéntamelo –dije al fin
-¿Quién eres tú? –preguntó ella, todavía mirando para otro lado.
-Alguien que…
-Te escucho.
-Ahora no –dije-. Quizá más tarde.
La mujer se incorporó y trató de ocultarse.
-¿Dónde están mis ropas?
-Yo no las vi.
-Ah –dijo ella-. Ya recuerdo. Me las saqué y les eché arena encima, donde las taparía una duna, donde las escondería como si nunca hubieran existido… Odio la arena. Quería ahogarme en la arena, pero no me dejaba… ¡No debes mirarme! –La mujer miró a un lado y a otro, buscando-. ¡No puedo quedarme así en este sitio! ¿Qué puedo hacer? ¿Adónde puedo ir?
-Vamos –dije.
La mujer dejó que la ayudara y después apartó con violencia la mano.
-No me toques –dijo, volviendo apenas la cabeza-. No te me acerques.
-Vamos –dije de nuevo, y caminé por la duna que se curvaba bajo la luz lunar, se inclinaba hacia el viento y bajaba hasta convertirse no en duna sino en playa-. Vamos.
Señalé detrás de la duna.
Al fin me siguió. Miró por encima de la duna donde le llegaba al pecho, y de nuevo donde le llegaba a la rodilla.
-¿Allí?
Asentí.
-Está tan oscuro… -Atravesó la duna y se metió en la profunda oscuridad de aquellas sombras lunares. Avanzó con cautela, buscando con los pies, hasta donde la duna era más alta. Se hundió en la oscuridad y desapareció. Me senté en la arena, a la luz-. No te me acerques –escupió.
Me levanté y retrocedí. Invisible en aquellas sombras, dijo:
-No te vayas.
Esperé, y entonces vi que su mano asomaba saliendo de las nítidas sombras.
-Allí –dijo-, allí. En la oscuridad. Quiero que seas… No te me acerques… Quiero que seas… una voz.
Hice lo que me pedía y me senté en las sombras quizás a unos dos metros de ella.
Me lo contó. No de la manera en que aparecía en los periódicos.

Tenía quizás diecisiete años cuando ocurrió. Estaba en el Parque Central de Nueva York. Hacía demasiado calor para un día de comienzos de primavera, y las laderas castañas tenían una capa de verde de exactamente la misma consistencia que la escarcha de aquella mañana en las piedras. Pero la escarcha había desaparecido y la hierba era valiente y había tentado a cientos de pares de pies para que dejaran el asfalto y el cemento y fueran a pisarla.
Entre ellos estaban los de la mujer. El suelo fértil fue una sorpresa para esos pies, lo mismo que el aire para los pulmones. Sus pies, mientras caminaban, dejaron de ser zapatos, y su cuerpo tuvo conciencia de ser más que ropa. Era el único tipo de día que puede lograr que alguien criado en la ciudad levante la mirada. Ella lo hizo.
Por un momento se sintió separada de la vida que vivía, en la que no había fragancia, en la que no había silencio, en la que nada encajaba de verdad y en la que nada se satisfacía. En ese momento la ordenada desaprobación de los edificios que rodeaban el pálido parque no podía alcanzarla; durante dos, tres limpias bocanadas de aire no le importó que todo el ancho mundo perteneciese a imágenes proyectadas en una pantalla; a diosas delicadamente acicaladas en aquellas torres de acero y cristal; que perteneciese, en resumen, siempre, siempre, a algún otro.
Así que levantó la mirada, y allí, encima de ella, estaba el platillo.
Era hermoso. Dorado, con una terminación mate como una uva de Concord verde. Producía un sonido apenas audible, un acorde compuesto por dos tonos y un silbido apagado como el viento en el trigo maduro. Iba a un lado y a otro como una golondrina, planeando, ascendiendo y bajando. Daba vueltas, brillando, se elevaba y descendía como un pez. Era como todas esas cosas vivas, pero además de esa belleza tenía todo el encanto de las cosas torneadas y bruñidas, medidas, mecánicas, métricas.
Al principio no sintió ningún asombro, pues aquello esa tan diferente de todo lo que había visto antes que tenía que ser una ilusión óptica, una falsa evaluación de tamaño y velocidad y distancia que en un momento se resolvería como reflejo en un avión o el persistente resplandor de un soplete de soldar.
Apartó la mirada y de repente se dio cuenta de que muchas otras personas lo veían, de que también veían algo. La gente, a su alrededor, había dejado de moverse y de hablar y estiraba el cuello hacia arriba. Alrededor de ella había un globo de silencio asombroso, y fuera de él sentía el ruido de la vida en la ciudad, el gigante de respiración pesada que nunca inhala.
Volvió a mirar hacia arriba y por fin empezó a darse cuenta de lo grande que era y de lo lejos que estaba el platillo. No: de lo pequeño que era y de los cerca que estaba. Era exactamente del tamaño del círculo más grande que podía trazar con las dos manos, y flotaba a menos de cincuenta centímetros de su cabeza.

Entonces llegó el miedo. Retrocedió y levantó un antebrazo, pero el platillo seguía allí flotando. Se inclinó de lado, torció el cuerpo, saltó hacia adelante, miró hacia atrás y hacia arriba para ver si se había librado de él. Al principio no pudo verlo; después, al mirar más hacia arriba, lo encontró, cerca y reluciente, vibrando y canturreando, exactamente encima de la cabeza.
Se mordió la lengua.
Por el rabillo del ojo vio que un hombre se persignaba. Lo hizo porque me vio aquí con una aureola sobre la cabeza, pensó. Y eso fue lo más importante que le había ocurrido en toda la vida. Nadie la había mirado y hecho un gesto de respeto, nunca, jamás. Debido al terror, al pánico y al asombro, el consuelo de ese pensamiento se le metió en la cabeza y quedó allí, para sacarlo y mirarlo de nuevo en momentos de soledad.
Pero lo más fuerte ahora era el terror. Retrocedió, mirando hacia arriba, ensayando un ridículo paso de baile. Podría haber chocado con alguien. Había muchas personas conteniendo el aliento y estirando el pescuezo, pero no tocó a nadie. Dio varias vueltas y descubrió, horrorizada, que era el centro de una multitud opresiva que señalaba algo. El mosaico de ojos miraba desorbitado y el círculo interior usaba sus muchas piernas para empujar alejándose de ella.
La suave nota del platillo se volvió más grave. El objeto se inclinó, bajó dos o tres centímetros. Alguien gritó, y la gente se alejó en todas direcciones, se arremolinó y volvió a calmarse en un nuevo equilibrio dinámico, un anillo mucho más grande a medida que más y más personas corrían a engrosarlo contra los esfuerzos del círculo interior para escapar.
El platillo zumbó y se inclinó…
La mujer abrió la boca para gritar, cayó de rodillas y el platillo la golpeó.
Le cayó sobre la frente y quedó allí pegado. Casi pareció que la levantaba. La mujer se irguió de rodillas, hizo un esfuerzo por llegar a aquello con las manos y entonces se le agarrotaron los brazos. Durante quizá un segundo el platillo la mantuvo rígida, entonces le envió un temblor extático por todo el cuerpo y la soltó. La mujer cayó al suelo, golpeando dolorosamente los muslos contra los tacones y los tobillos.
El platillo cayó a su lado, rodó una vez sobre el borde describiendo un pequeño círculo y se detuvo. Quedó allí quieto y apagado y metálico, diferente y muerto

La muchacha se quedó allí tendida, mirando vagamente el azul grisáceo del buen cielo de primavera, y vagamente oyó unos silbatos.
Y algunos gritos tardíos.
Y una voz potente y estúpida gritando “¡Aire, necesita aire!”, lo que hizo que todo el mundo se acercara más.
Entonces no quedó mucho cielo a causa de la mole vestida de azul con los botones metálicos y la libreta de cuero sintético.
-Bueno, bueno, ¿qué pasó aquí? Todos atrás, por favor.
Y las oleadas cada vez más amplias de observación, interpretación y comentario: “La derribó.” “Alguien la derribó.” “Alguien la derribó y…” “A plena luz del día…” “El parque va a tener que ser…”, etcétera, etcétera: la adulteración del hecho hasta que se perdió del todo, porque la excitación es mucho más importante.
Alguien con un hombro más duro que el resto, y también con una libreta en la mano, se abrió paso con ojo de testigo, dispuesto a cambiar “...una morena bonita…” por “una morena atractiva” para las ediciones vespertinas, pues “atractiva” es lo menos que puede ser una mujer si es víctima en las noticias.
La placa brillante y la cara rubicunda se inclinaron sobre ella:
-¿Estás muy herida, hermana?
Y los ecos que se fueron perdiendo entre la multitud: Muy herida, muy herida, herida muy grave, la molió a palos, a plena luz del día…
Y otro hombre más, delgado y resuelto, gabardina de color habano, mentón partido y una sombra de barba:
-¿Así que un platillo volador? Muy bien agente yo me hago cargo.
-¿Y quién demonios es usted para hacerse cargo?
El destello de una cartera de cuero marrón, una cara tan cerca por detrás que la barbilla se apretó contra el hombro de la gabardina. La cara dijo, con temor: “FBI” y los ecos de aquello también se fueron alejando. El policía asintió: todo el policía se inclinó en un solo cabeceo genuflexo.
-Busque ayuda y despeje esta zona –dijo la gabardina.
-¡Sí, señor! –dijo el policía.
“FBI, FBI”, murmuró la multitud, y encima de la mujer hubo más cielo para mirar.
Se incorporó y había gloria en su cara.
-El platillo me habló –cantó la mujer.
-Cállese –dijo la gabardina-. Ya tendrá oportunidad de hablar.
-Sí, hermana –dijo el policía-. Dios mío, este gentío podría estar lleno de comunistas.
-Cállese usted también –dijo la gabardina.
Alguien entre la multitud dijo a algún otro que un comunista había golpeado a esa muchacha, mientras que otro hizo correr la voz que la muchacha había sido golpeada porque era comunista.
Empezó a levantarse, pero unas manos solícitas la obligaron a sentarse de nuevo. Ya había treinta policías en el lugar.
-Puedo caminar –dijo ella.
-Tómeselo con calma –le dijeron.
Colocaron una camilla a su lado y la pusieron a ella encima y la taparon con una manta grande.
-Puedo caminar –dijo mientras la llevaban entre la multitud.
Una mujer se puso pálida y volvió la cabeza.
-¡Ay, qué horrible!
Un hombre pequeño, con ojos redondos, la miraba y miraba sin sacarle los ojos de encima, relamiéndose.
La ambulancia. La metieron dentro. La gabardina ya estaba allí.
Un hombre de chaqueta blanca con las manos muy limpias:
-¿Cómo ocurrió, señorita?
-Está prohibido hacer preguntas –dijo la gabardina-. Seguridad.
El hospital.
-Tengo que volver a trabajar –dijo la muchacha.
-Quítese la ropa –le dijeron.
Entonces, por primera vez en su vida, tuvo un dormitorio para ella. Cada vez que se abría la puerta, veía a un policía afuera. Se habría muy a menudo para dejar pasar al tipo de civiles que eran muy amables con los militares y al tipo de militares que eran aún más amables con ciertos civiles. No sabía qué hacían ni qué querían. Cada día le hacía cuatro millones quinientas mil preguntas. Aparentemente nunca hablaban entre ellos, porque cada uno le hacía las mismas preguntas una y otra vez.
-¿Cómo se llama?
-¿Qué edad tiene?
-¿Dónde nació?
A veces la ponían en extraños aprietos con las preguntas.
-Su tío. Se casó con una mujer de Europa Central, ¿Verdad? ¿De qué sitio de Europa Central?
-¿A qué clubes o a qué organizaciones fraternales perteneció? ¡Ah! Hablando de aquella banda de estafadores de la calle Sesenta y tres, ¿Quién estaba realmente detrás?
Una y otra vez:
-¿Qué quiso decir cuando dijo que el platillo le había hablado?
Y ella decía:
-Me habló.
Y ellos decían:
-Y dijo…
Ella negaba con la cabeza.
Había muchos que gritaban y después muchos que eran amables. Nadie había sido nunca tan amable con ella, pero pronto comprendió que nadie estaba siendo amable con ella. Lo que hacían era tratar de que se relajara, que pensara en otras cosas, para poder dispararle de pronto la pregunta: “¿Qué quiere decir con eso de que le habló?”

Pronto fue como mamá o como la escuela o como cualquier otro sitio, y se quedaba con la boca cerrada y los dejaba gritar. Una vez la sentaron durante horas y horas en una silla dura con una luz delante de los ojos y no le dieron nada de beber. En su casa había un tragaluz sobre la puerta del dormitorio y su madre solía dejar la luz de la cocina encendida toda la noche, todas las noches, para que no tuviese miedo. La luz no le molestaba nada.
La sacaron del hospital y la metieron en la cárcel. En algunos sentidos eso era bueno. La comida. La cama también estaba bien. Por la ventana veía a muchas mujeres haciendo ejercicio en el patio. Le explicaron que ellas tenían camas mucho más duras.
-Aunque le parezca mentira, usted es una joven muy importante.
Al principio eso fue agradable, pero como siempre resultó que no lo decían de verdad. Siguieron trabajando con ella. Una vez le llevaron el platillo. Estaba dentro de una enorme caja de madera con candado y ésta metida a su vez en una caja de acero con cerradura Yale. El platillo sólo pesaba un kilo, pero cuando terminaron de empaquetarlo hicieron falta dos hombres para llevarlo y cuatro hombres con armas para custodiarlos.
Le hicieron representar toda la escena de cómo había ocurrido, mientras unos soldados sostenían el platillo sobre su cabeza. No fue lo mismo. Había hecho muchas muescas y sacado muchos pedazos del platillo, y además tenía aquel color gris apagado. Le preguntaron si sabía algo, y por una vez les contó.
-Ahora está vacío –dijo.
Con la única persona que hablaba era con un hombre pequeño y barrigón que la primera vez que estuvo solo con ella le dijo:
-Mira, me da asco ver cómo te han tratado. Pero quiero que entiendas que yo tengo que hacer mi trabajo. Mi trabajo consiste en descubrir por qué no les cuentas lo que dijo el platillo. Yo no quiero saber qué dijo, y jamás te lo preguntaré ni siquiera quiero que me lo cuentes. Averigüemos, nada más, por qué guardas ese secreto.
Averiguarlo llevó horas de conversación sobre una neumonía que había tenido y la maceta que había hecho en segundo grado y que su madre había arrojado por la escalera de incendios y cómo la habían dejado en la escuela y el sueño de tener una copa de vino entre las manos y mirar por encima a un hombre.
Y un día, tal como le vino a la cabeza le explicó por qué no quería contar nada a cerca del platillo.
-Porque habló conmigo, y eso a nadie más le incumbe.
Hasta le contó lo del hombre que se había persignado aquel día. Era la única otra cosa propia que tenía.
El hombre era agradable. Fue el que le advirtió sobre el juicio.
-No me corresponde decirte esto, pero te van a dar un tratamiento completo. Juez y jurado y todo lo demás. Mi consejo es que digas lo que quieras, nada más y nada menos. Y no dejes que te saquen de quicio. Tienes derecho a ser dueña de algo.
Se levantó, soltó un juramento y se fue.

Primero vino un hombre y durante un largo rato le explicó cómo podría atacar la tierra desde el espacio sideral, seres mucho más fuertes y listos que nosotros, y quizá ella tenía la clave para la defensa. De manera que había contraído esa deuda con el mundo entero. Y aunque no atacasen la tierra, pensemos en la ventaja que ella podría dar a ese país sobre los enemigos. Después le apuntó con un dedo y dijo que lo que ella hacía equivalía a trabajar para los enemigos de su país. Y resultó que ese hombre era quién la iba a defender en el juicio.
El jurado la declaró culpable de desacato al tribunal y el juez recitó una larga lista de castigos que podía aplicarle. Le aplicó uno y lo suspendió. La volvieron a meter otro tiempo en la cárcel, y un buen día la soltaron.
Al principio fue maravilloso. Consiguió un trabajo en un restaurante y una habitación amueblada. Había aparecido tanto en los periódicos que su madre no la quería en casa. Su madre estaba borracha casi todo el tiempo y a veces le daba por romper todo el barrio, pero igual tenía ideas muy especiales sobre la decencia, y aparecer todo el tiempo en los diarios por espionaje no era lo que ella consideraba ser respetable. Así que puso su nombre de soltera en el buzón y pidió a su hija que no volviese nunca más a vivir con ella.
En el restaurante conoció a un hombre que la invitó a salir. La primera vez que le ocurría. Gastó todo lo que tenía en comprar un bolso rojo haciendo juego con los zapatos. No eran del mismo tono, pero todo era rojo. Fueron al cine y después él no trató de besarla ni nada parecido, sino que trató de averiguar qué le había dicho el platillo volador. Ella no contó nada. Volvió a casa y lloró toda la noche.
Después unos hombres se sentaron en un reservado y se pusieron a hablar, y cada vez que ella pasaba cerca callaban y la fulminaban con la mirada.

Hablaron con el jefe, y el jefe se acercó y le contó que eran ingenieros electrónicos que trabajaban para el gobierno y tenían miedo de hablar del trabajo mientras ella anduviese por allí: ¿Acaso no era una especie de espía? La echaron.
Una vez vio su nombre en una máquina tocadiscos. Metió una moneda y tecleó aquel número, y la canción decía “el platillo volador bajó un día y le enseñó una nueva manera de tocar que no explicaré, pero ella me llevó fuera de este mundo”. Y mientras la escuchaba, alguien del lugar la reconoció y la llamó por su nombre. Cuatro de ellos la siguieron hasta su casa y tuvo que trancar la puerta.

A veces estaba bien durante meses seguidos, entonces alguien la invitaba a salir. Tres de cada cinco veces lo siguieron a ella y al que la había invitado. Una vez el hombre que estaba con ella arrestó al hombre que iba detrás. Dos veces el hombre que iba detrás arrestó al hombre que estaba con ella. Cinco de cada cinco veces trataban de sacarle información sobre el platillo volador. A veces salía con alguien y fingía que era una cita verdadera, pero no lo hacía bien.
Así que se mudó a la costa y consiguió un puesto de limpiadora nocturna de oficina y tiendas. No había muchos sitios que limpiar, pero eso también significaba que había menos personas que recordaran su cara de los periódicos. Como un reloj, cada dieciocho meses algún periodista volvía a sacar toda la historia en una revista o en un suplemento dominical; y cada vez que alguien veía un faro en una montaña o una luz en un globo sonda, tenía que ser un platillo volador, y tenía que haber chistes trillados sobre la voluntad del platillo volador de contar secretos. Entonces, por dos o tres semanas, ella no salía a la calle durante el día.
Una vez pensó que lo había conseguido. La gente no la quería, así que empezó a leer. Durante un tiempo las novelas estuvieron muy bien, hasta que descubrió que la mayoría eran como las películas: sobre la gente guapa que es la verdadera dueña del mundo. De modo que aprendió cosas: sobre los animales, los árboles. Una asquerosa ardilla atrapada en el alambre de una cerca la mordió. Los animales no la querían. A los árboles no les importaba.
Entonces se le ocurrió la idea de las botellas.
Reunió todas las que pudo y escribió en papeles y los metió dentro y las tapó con el corcho. Recorría a pie kilómetros de playa arrojando las botellas lo más lejos posible. Sabía que si la persona apropiada encontraba una, daría a esa persona la única cosa en el mundo que le ayudaría. Esas botellas la sostuvieron durante tres años continuos. Todo el mundo tiene que hacer algo en secreto.
Y por fin llegó el momento en que eso dejó de servir. Uno puede seguir tratando de ayudar a alguien que quizá existe; pero pronto se deja de fingir que existe esa persona. Y eso es todo. El fin.
-¿Tienes frío?-pregunté cuando terminó de contarme.
Las olas eran más tranquilas y las sombras más largas.
-No –respondió ella desde las sombras. De repente dijo-: ¿Crees que estaba furiosa contigo porque me viste sin ropa?
-¿Por qué no habrías de estarlo?
-¿Sabes una cosa? No me importa. No hubiera querido… No hubiera querido que me vieras ni siquiera con vestido de baile o con una túnica. Es imposible cubrir mi esqueleto. Se nota; está allí hagas lo que hagas. No quería que me vieras. En absoluto.
-¿Yo o cualquiera?
La muchacha vaciló.
-Tú.
Me levanté y me estiré y caminé un poco, pensando.
-El FBI ¿No intentó impedirte que tiraras esas botellas?
-Sí, claro. Gastaron no se cuanto dinero de los contribuyente recogiéndolas. Todavía hacen alguna inspección de vez en cuando. Pero se están cansando. Todos los mensajes de las botellas dicen lo mismo.
Se echó a reír. No sabía que pudiese hacerlo.
-¿De qué te ríes?
-De todos: los jueces, los carceleros, las máquinas tocadiscos, la gente. ¿Sabes que no me habría ahorrado ningún problema si les hubiera contado todo al principio?
-¿No?
-No. No me habrían creído. Lo que querían era una nueva arma. Ciencia superior de una raza superior para destruir a esa raza superior si tenían la oportunidad o la nuestra si no la tenían. Todos esos cerebros –musitó, con más asombro que desdén-, todas esas medallas. Piensan “raza superior” y asocian eso con “ciencia superior”. ¿Acaso no se les ocurre que una raza superior también tiene sentimientos superiores, tal vez risa superior o hambre superior? –Hizo una pausa-. ¿No es hora de que me preguntes qué dijo el platillo?
-Te lo diré –mascullé.

Hay en ciertas almas vivas
Una atroz forma de soledad,
Tan grande que debe ser compartida
Como la compañía que comparten los seres inferiores.
Esa soledad es mía y quiero que con esto sepas
Que en la inmensidad
Hay alguien más solo que tú.

-Santo Dios –dijo ella, con fervor, y se echó a llorar -. ¿Y a quién está dirigido?
-A la persona más sola…
-¿Cómo lo sabías? –susurró la muchacha.
-¿Acaso no fue lo que pusiste en las botellas?
-Sí –dijo ella-. Cuando la situación se vuelve insoportable, cuando a nadie le importas ni le importaste nunca… tiras una botella al mar y con ella se va una parte de tu soledad. Te sientas y piensas que alguien, en alguna parte, la encontrará… y que por primera vez descubrirá que es posible comprender la peor cosa que existe.
La luna se estaba poniendo y las olas habían callado. Miramos hacia arriba, hacia las estrellas.
-No sabemos lo que es la soledad. La gente pensó que era un platillo, pero no lo era. Era una botella con un mensaje dentro. Tuvo que cruzar un océano más grande, todo el espacio, sin muchas probabilidades de encontrar a alguien. ¿Soledad? Nosotros no conocemos la soledad.
Cuando pude le pregunté por qué había tratado de matarse.
-Lo que me dijo el platillo –explicó- me ayudó. Quería… retribuirle el favor. Estaba lo bastante mal como para recibir ayuda; quería saber si estaba los bastante bien como para ayudar. ¿Nadie me quiere? Perfecto. Pero no me digas que nadie, en ninguna parte quiere mi ayuda. Eso no lo puedo soportar.
Respiré hondo.
-Encontré una de tus botellas hace dos años. Desde entonces te he estado buscando. Cartas de mareas, tablas de corrientes, mapas y… mucho caminar. Aquí oí hablar de ti y de las botellas. Alguien me dijo que habías dejado de hacerlo, que ahora te daba por salir a caminar por las dunas de noche. Yo sabía por qué. Corrí hasta aquí.
Necesitaba aspirar otra vez.
-Tengo un pie deforme. Pienso bien, pero las palabras no me salen de la boca como están en mi cabeza. Tengo esta nariz. Jamás tuve relación con una mujer. Nunca me quisieron contratar para trabajos donde tuvieran que mirarme. Tú eres hermosa –dije-. Tú eres hermosa.
La muchacha no dijo nada, pero fue como si saliera de ella una luz, más luz y menos sombra que las que podría proyectar la experta luna. Entre las muchas cosas que eso significaba era que hasta la soledad tiene un límite para quienes están suficientemente solos durante suficiente tiempo.

 
 

 

 


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