Tríptico
Extracción,
2004, novela co-escrita con Fabio Guerrero Arévalo y Darío
Semino
Capítulo
uno: Leandro
(Escrito por Diego Arbit)
No esperaba volver a hablar tan pronto en realidad, mi idea era
llamar al silencio por un tiempo. Pero las cosas se dan de una manera
y de esa manera andamos de acá para allá, empujados
por algún capataz invisible por la angosta entrada del corral
donde se guarda el ganado. Todos los pobres personajes los sumisos
personajes que habitamos esta ciudad, porque en esta ciudad empieza
esta historia, en Buenos Aires, en Argentina, todos estos transeúntes
que sin sentido recorren la ciudad, enojados con su destino, con
su rutina diaria que devasta todo toda esta vida sin sentido toda
esta humanidad resentida violenta y triste como la ciudad, que se
choca y muge adentro del corral... No quería volver a hablar
tan pronto en realidad, tan pronto no, en un rato. Pero al rato
ya tengo otra historia para contar y es de ésta en particular
sobre esta sencilla historia quería hablar, esta historia
que comienza con dos protagonistas, uno, Leandro Torbi, un vendedor
ambulante que se cree escritor. Leandro anda por los bares de la
ciudad vendiendo sus libros, sus palabras. Por alguna razón
que desconocemos Leandro le da mucho valor a sus palabras, y por
esa razón que desconocemos anda por los bares de la ciudad,
casi todos los días de la semana tratando de vender y difundir
sus palabras. Pero sus palabras no gustan a algunas personas, algunas
personas se ofenden con lo que Leandro quiere decir en sus libros,
y es que no es muy agradable la forma de escribir del muchacho.
Ahora mismo una señora mayor se pone furiosa con un párrafo
de Torbi, una curiosa página al final del libro consta de
una larga lista de agradecimientos, al final de los agradecimientos
aparece una maldición, transcribo esa maldición tal
cual la escribió Torbi para que tengamos una idea de como
se refiere el vendedor ambulante a las cosas y a las personas.
“Pdata: En ediciones anteriores aparecía en la lista
de agradecimientos la gente de Gigir. Ojalá se les pudra
el alma, que las peores pestes y el cáncer más doloroso
los invada, que la peor desgracia caiga sobre sus familias. Es muy
feo jugar con los sentimientos de las personas.
No tienen idea hasta donde puede llegar la maldición de un
poeta.”
Qué fue lo que le pasó con la gente de Gigir quizás
más tarde lo sabremos, pero esa pregunta muy natural no se
la hizo la señora Zunilda Atrofocia Martín Álzaga.
La señora Álzaga gozaba de un dinero importante de
una comodidad que acompañó toda su larga existencia,
la señora Álzaga vivió setenta y dos años
en esta tierra de nadie, pero en su corazón guardaba un peso
una desazón una desilusión irreparable, ciento treinta
o ciento cincuenta años sin sentido sin una satisfacción
sentía que vivió Zunilda Atrofocia Martín Álzaga.
La señora Álzaga, que es la segunda protagonista de
este primer capítulo de esta historia se denominaba señora
por capricho de vieja, porque nunca visitó lecho alguno,
nunca durmió de otra manera que en soledad. Compartir su
olor con el de otra persona le repugnaba, su casa grande la recorrió
por años en soledad. Es cierto que en su juventud se masturbaba,
en el baño en el almuerzo familiar en la casa de sus tías
muy cerca de sus tías incluso con sus tías mientras
tejían. Es verdad todo eso, y también es verdad la
culpa que Zunilda sentía, mucha era la culpa, culpa en el
almuerzo familiar en el baño en la casa de sus tías.
Pero la culpa no calmaba el ardor el fuego que su chucha segregaba.
La señora Álzaga tras horas de frotado de clítoris
luego de ejercitar sus dedos metía cuanto podía en
su agujero, dados, botellas, muñecas, zapatos, pequeñas
libretitas, Romeo y Julieta, La Ilíada, El Martín
Fierro, agujas de tejer hasta el fondo que luego buscaban su tías,
a veces con las manos a veces con los dientes. El ardor era muy
grande el fuego todo lo incendiaba, y Zunilda no se podía
calmar, a Zunilda nada la calmaba. Zunilda sabía que estaba
pecando, sabía que era una gran pecadora, y como pecadora
que era le temía a Dios, Zunilda temía a Dios, a su
venganza. Esa venganza no tardó mucho en llegar, porque toda
la Familia de Zunilda, madre padre y hermanas, murió en un
accidente cuando ella tenía apenas diecisiete años
de edad. Zunilda sabía que era la pecadora la responsable
de ese desastre, y sabía que si seguía pecando la
ira de Dios iba a continuar, pero Zunilda seguía cachonda.
Toda la semana de Luto en la casa casi vacía de los Martín
Álzaga Zunilda le dio sin asco a la chucha, por la mañana,
terminando por la noche, antes de descansar, a veces incluso un
poco mientras dormía. Fue por eso que Zunilda no pudo más
de tanta culpa y se castigó echándose nafta en la
chucha y tirándose un fósforo encendido delante de
las tías, la chucha se encendió y las tías
tardaron en poder apagarla. Tres meses estuvo internada en un hospital
Zunilda Atrofocia, los tejidos destruidos entre sus piernas perdieron
toda sensibilidad, a veces se meaba es verdad, pero ya no era una
pecadora.
Zunilda dedicó el resto de su vida a la lectura de poetas
puritanos y novelas rosas, muchos años después, en
su ancianidad dedicó su vida a los libros de autoayuda, y
ella misma se animó a escribir algunas cosas, llenaba y llenaba
sus libretitas con palabras, casi siempre sentada en un bar. Y sentada
en un bar fue como llegó a su mesa un libro de Torbi. El
libro de Leandro en verdad la impresionó, leyó algunas
páginas sueltas, pero cuando terminó de leer la maldición
a Gigir fue demasiado. Zunilda habló a Torbi un rato largo,
intentaba hacerle entender lo mal que hacía en escribir esas
cosas, ella le deseaba lo mejor a Torbi, le deseaba que se convirtiera
en un gran escritor, pero le pedía por favor que no escribiera
esas cosas, es que esas cosas la asustaban. Pero Zunilda notó
que no conseguía convencer al vendedor ambulante, que se
creía escritor, y por eso Zunilda no le devolvió los
libros a Torbi, le compró ese libro y todos los libros que
Torbi tenía en su mochila. A todos esos libros Zunilda los
quemó, y siguió comprándolos a todos, para
quemarlos. Zunilda llamaba a Torbi varias veces por día,
muchas veces en realidad, y le leía algún capítulo
de un libro de autoayuda, si no atendía le dejaba su lectura
en el contestador. Torbi se volvió temeroso de salir a la
calle, porque cada vez que salía la señora Álzaga
se le aparecía, como por arte de magia, casi todos sus ejemplares
iban a parar al horno, casi todas sus palabras desaparecían.
Sin embargo Torbi se dio cuenta que no estaba tan mal que pocas
personas recibieran sus palabras, porque alguno que otro libro la
señora Álzaga no podía rescatar, no estaba
nada mal el dinero que la señora Álzaga le daba. Gracias
a ese dinero Torbi escribió más libros, muchos libros
en realidad. Palabras y palabras sin sentido que llenaban a la vieja
de fantasías macabras, que hacían que la vieja se
meara antes de quemar los libros. Casi a tres manos escribía
Torbi para recibir el dinero de la señora Zunilda Atrofocia.
Casi no podía escribir más, ya casi no podía
escribir más, pero más libros más dinero, eso
lo sabía Torbi. Por eso tuvo que revelar su pequeño
secreto a un par de amigos, a su mina de oro la tuvo que compartir
con un par de amigos pidiéndoles que le ayudaran a escribir
un libro, lleno de injurias a Dios a esta vida espantosa a este
destino irreparable de eternos corderos en el corral de los vencidos,
esta vida sin sentido de acá para allá no termina
nunca, porque nuestros hijos nos repiten siguen nuestra existencia
prolongan nuestra podredumbre nuestra miseria nada nos va a enriquecer,
quizás materialmente la señora Zunilda, y la vida
acomodada que le ofrecía Zunilda convencía bastante
a Leandro Torbi.
Esta historia apenas empieza, sus ramas son interminables y sus
protagonistas cambian en cada página quizás, porque
a cada página el narrador cambia, y quién sabe qué
es lo que puede pasar, allá los miedos de uno se mezclan
con las fantasías ridículas de otro narrador, acá
mismo las miserias de uno no se comparan con las miserias del próximo
escritor, estos tres miserables que dedican sus horas miserables
a respirar la mierda de la ciudad, la mentira de la ciudad, la miseria
de la vida se respira en estas páginas quizás, en
algunas páginas quizás, ya veremos...
Capítulo 5: Dorio
(Escrito por Darío Semino)
Notas
para una posible novela:
La
novela requerida entonces, debe empezar a escribirse. Llegó
la hora, después de los lloriqueos y correspondientes ataques
de pánico, de recopilar oraciones con la intención
de...
Primer momento. Observación de la vida cotidiana. La dictadura
de la ironía y el cinismo déspota. Básicamente,
un mecanismo de defensa y en última instancia un modo de
preservar el status quo.
El dilema de la viejita. Desde el comienzo del día uno se
levanta a la mañana. Respira frío o calor (dependiendo
de la época del año), se baña, desayuna, se
cambia… Y sale. Abrimos la puerta para salir de casa y entrar
al mundo exterior. Uno sube al colectivo para ir a trabajar y saca
boleto con una somnolencia ritual en cada gesto. Uno, ese mismo
que sacó boleto, se sienta en un asiento, el único
asiento que hay vacío, en la tercera fila, no muy atrás,
y se dispone a dormitar. Pero el colectivo se mueve, frena, dobla,
salta al pasar por los baches de las calles (cortesía del
Gobierno de la Ciudad) y uno, que intenta dormitar tranquilo, perdiéndose
en reflexiones literarias, que si Onetti que si Borges, uno abre
los ojos, tan sólo por una milésima de segundo. Y
ahí es que la ve. Amenazante, parada sobre dos tambaleantes
piernas de alambre, vigorosa en su senectud, agresiva y suplicante
a la vez. La viejita.
El dilema comienza porque uno lleva acumulado en su interior bastante
neurosis e incertidumbre. Ahí está, he ahí
la viejita. En un intento ingenuo por negar lo evidente uno voltea
hacia ambos lados. Registra frenético los demás asientos,
sólo para corroborar que están todos llenos. Y no
sólo eso. Porque el problema no es que todos los asientos
estén ocupados sino que ninguna de esas personas estén
dispuestas a darle el asiento a la viejita. Así comienza
el dilema. Como un quiebre entre dos seguridades. Uno piensa, en
primera instancia, que es su deber darle el asiento a la viejita.
Pero por otro lado se encuentra con que nadie más parece
dispuesto a hacer tal cosa. Entonces tal vez la viejita no sea en
realidad tan viejita como para darle el asiento. Quien le ofreciera
su lugar correría el alto riesgo de faltarle el respeto.
Ya que es bien sabido que pocas cosas son tan terribles como la
ira de una vieja que en realidad no es tan vieja.
Es bien sabido que el dilema no tiene resolución posible,
al menos no con resultados positivos. Si cedemos el asiento tenemos
que seguir el viaje de parados. Si no lo hacemos tendremos que hacernos
la idea de que hasta el fin del mismo vamos a estar sintiéndonos
culpables e incómodos con la viejita mirándonos.
(La
premisa que motiva lo que antecede es clara: pasar de la vida a
la escritura, generando un documentalismo literario. No se trata,
es importante entenderlo, de un abuso más de la cualidad
mimética sino más bien de un modo de exploración.
También podemos sugerir la idea, o quizás la excusa,
hedonista. Si fuéramos intelectualmente correctos encontraríamos
una justificación psicoanalítica, ya que el deseo
de placer y sus respectivas represiones siempre corren por cuenta
de los psicoanalistas. ¿Pero qué deseo, qué
placer? Existe una pequeña aunque irrefutable satisfacción
en el hecho de escribir, no sólo por la ilusión catárquica
y la posibilidad de mandarnos la parte posteriormente, más
allá de eso existe el placer del trazo, porque la escritura
es, en su grado más primitivo, un trazo y nada más
que un trazo. [gracias Barthes] Entonces escribiríamos esto
por mero placer masturbatorio, como si usáramos nuestro semen
para llenar la hoja. Y a su vez podríamos plantearnos las
ventajas liberadoras que hay en ese placer. Disfrutar de la cuestión
post- orgásmica para limpiar la mente y crear desde un estado
de tranquilidad y pureza. Lo que muchos llaman soltar la mano.
Pero volviendo al tema del documentalismo literario habría
que formular un conjunto de reglas que nos permitan desarrollar
el género de forma independiente. Sin caer en la pedantería
de la copia, ya no de la realidad, sino de otros géneros
ya existentes, por ejemplo el periodismo. [tema aparte] Tampoco
queremos hacer literatura realista ni ninguno de sus derivados,
por ejemplo el costumbrismo, el naturalismo decimonónico,
o la exageración cientificista del noveau roman. El documentalismo
literario se encuentra más allá de esas y otras posturas,
supera todos los debates posibles acerca de la labor literaria y
está llamado a ser el nuevo punto de inflexión de
la historia de la literatura. El futuro es nuestro, el género
ya está listo, listo para cambiar todas las reglas, solamente
falta definirlo.)
Historia
del surgimiento, auge y caída del documentalismo literario
Los comienzos del documentalismo literario se remontan a los últimos
años del siglo XX. Entre 1998 y 1999 se produjo el famoso
encuentro casual, en los pasillos de la facultad de filosofía
y letras de la Universidad de Buenos Aires, de los dos jóvenes
que serían los responsables de llevar a cabo una de las revoluciones
más particulares en las estructuras literarias modernas.
Estos dos estudiantes de letras se llamaban: Antonio di Korda y
Maximiliano Abrahan Enrique José Wilbur Esccelotto, argentino
el primero y uruguayo el segundo. Esccelotto y di Korda se hicieron
amigos inmediatamente “mientras nos comíamos un pancho”,
según recordara posteriormente en su biografía el
uruguayo.
Los primeros borradores del manifiesto fueron redactados en esos
años aunque pasaron rápidamente al olvido junto con
muchas otras teorías que formulaban los amigos como una forma
de divertirse. “Nos juntábamos en la facultad, a veces
íbamos al bar de enfrente, que con una hemorragia de creatividad
había sido bautizado Platón, y nos pasábamos
horas discutiendo, en ocasiones nos perdíamos las clases.
Permanentemente escribíamos manifiestos que pretendían
desarticular las nociones críticas que nos imponían
nuestros profesores. El documentalismo literario fue uno de esos
manifiestos, así nació, y muy pronto se traspapeló
entre teorías y conversaciones manchadas de café”.
Pero ese borrador no estaba destinado al olvido. Pocos años
después fue recuperado por di Korda quien se sintió
absolutamente sorprendido de haber sido el autor de un texto tan
innovador. Los dos amigos volvieron a redactar el manifiesto varias
veces hasta obtener la versión definitiva, la cual fue publicada
en internet, en la hoy ya mítica página de di Korda:
www.archideconstruidos.com.ar . Inmediatamente después de
terminar con el planteo teórico di Korda y Esccelotto comenzaron
a producir textos que avalaran el manifiesto. De estos primeros
años son las mejores obras del escritor argentino, entre
el 2002 y el 2006 escribe y publica en internet: La odisea de las
puertas, El pene de Francis Scott Fitzgerald, Llamarse di Korda,
Marilyn, El cementerio de las fantasías, La etiqueta de la
cerveza, Borges nunca fue joven y Gutiérrez, el tigre de
Balvanera. Dueño de un estilo único, que oscila entre
el cinismo cotidiano y el fanatismo mediático di Korda fue
un creador incansable cuya prosa es tan vertiginosa como lo fue
su vida. Se casó por primera vez a los dieciocho años
con Eleonora Ascasubi, su novia de la secundaria. Ese primer matrimonio,
al igual que los otros cuatro, iba a durar muy poco. Di Korda era
una persona apasionada y ecléctica, que poseía un
talento desmedido y una capacidad de acción desbordante.
Pero esas cualidades, como suele ocurrir, venían acompañadas
por la sombra de los excesos y la locura. A lo largo de los cuarenta
y cinco años que duró su vida di Korda no sólo
se casó cinco veces, la última con un futbolista sudafricano,
sino que también se dedicó al periodismo, la docencia,
la militancia sindical, la actuación y el paracaidismo. Se
jactaba de hablar cinco idiomas y disfrutaba de rodearse de famosos.
Las crónicas de la época lo describen como un personaje
imprescindible de la noche porteña, habitué de las
orgías organizadas por Cacho Alvarez, quien por esos años
había abandonado la política. También era conocido
como di Korda el loco, por sus ataques de delirio y su perversa
obsesión con Marilyn Monroe, a quien buscaba en todas las
mujeres rubias que se cruzaban por su camino. Muchos sostienen que
esa fue la causa del breve pero intenso romance que mantuvo con
la veterana actriz Mihrta Lhegrand. Finalmente el genial escritor,
el polémico personaje murió el 5 de octubre de 2020,
el mismo día de su cumpleaños, atragantado con un
hueso de pollo. Dejó escrita una de las obras más
originales del habla castellana, compuesta, aparte de los ya mencionados,
por Canibalismo, Remoto Control, Sobacos ensopados, En busca del
buscón perdido, 34 rph, Joyce estaba del orto,
Soliloquio/Coloquio, Santa Monroe y Solidez entre los más
destacados. Todos sus textos mantienen la premisa de la experimentación
permanente postulada desde sus comienzos, fue tal vez el único
escritor que llevó hasta las últimas consecuencias
el mecanismo transforterizo, o de desaparición de las fronteras.
Por eso es imposible determinar si sus libros son novelas, ensayos,
poemas o artículos periodísticos.
Muy diferente fue la vida de Esccelotto. Hijo de un panadero italiano,
Esccelloto nació exactamente el mismo día que su amigo,
el 5 de octubre de 1975. Pero aparte de eso y de su afinidad ideológica,
Esccelloto no tuvo nada que ver con di Korda. Su obra consta de
un solo libro el cual tuvo sucesivas reediciones a lo largo de los
años. Octopuso, tal es el nombre de la obra, fue reeditado,
siempre con agregados, unas sesenta y siete veces, y consta exactamente
de tres mil doscientas cuarenta y siete páginas. Hay que
tener en cuenta que Esccelotto vivió ciento catorce años
y escribió hasta el último día de su vida.
Su juventud la pasó en Montevideo, de donde partió
a los dieciocho años con su familia para instalarse en Buenos
Aires. Diez años más tarde volvería a Montevideo
y se quedaría allí para siempre. Extremadamente celoso
de su privacidad, nunca fue una figura pública, daba muy
pocas entrevistas y nunca permitía que lo filmaran o lo fotografiaran.
Antes de morir exigió tajantemente que jamás se publicara
ninguna biografía suya que no fuera la que hizo su esposa
Celeste Klein. Y nunca fue a recibir ninguno de los incontables
premios que se le ofrecían, rechazó el premio Cervantes,
el Príncipe de Asturias y el Nobel.
Hablar de Esccelloto significa hablar de Octopuso, el descomunal
libro que elude todas las definiciones. Hasta el día de hoy
los críticos no logran llegar a un acuerdo acerca de su naturaleza.
Mientras que algunos detractores sostienen que se trata simplemente
de una novela larga otros tienden a considerarlo no sólo
como la manifestación más acabada sino también
como la superación misma de la transfronterización.
El libro se plantea en un principio como la corroboración
empírica de la teoría de la novela. “Todo lo
que puede escribirse puede escribirse en la novela.” Pero
a medida que el texto avanza se desprende no sólo del discurso
sino también de la intención de ficcionalización,
para terminar convirtiéndose en una refutación de
la misma cita que pretendía corroborar. Hay especialistas
que sitúan en Octopuso el final de la novela post-moderna
que había comenzado con Ulises de James Joyce. Otros no están
de acuerdo y consideran que Octopuso no es un solo libro, es más
bien una recopilación de libros que se realizó a lo
largo de los noventa años que duró su escritura. Más
allá de las discusiones es indudable que Octopuso ocupa un
lugar fundamental, para bien o para mal, en la historia de la literatura
universal.
El documentalismo literario no acabó en las obras de di Korda
y Esccelotto. Después de que el manifiesto fuera publicado
en internet muchos jóvenes escritores que no encontraban
un modo de expresión adecuado se sintieron identificados
con la propuesta. Es importante tener en cuenta que el documentalismo
literario fue uno de los primeros movimientos en desarrollarse paralelamente
en varios países del mundo. Durante la primer década
del milenio existió una escuela de escritores documentalistas
en los cinco continentes, escribiendo en diferentes idiomas y sin
conocerse entre ellos. La lista de nombres es larga y heterogénea,
se destacan en ella el español Albertino Sanchez, el colombiano
Fernando Nágera, los estadounidenses John Somerset y Melanie
Rodriguez, el nicaragüense Ricardo Félix de la Haya,
el alemán Werner Kretksz, la inglesa Eva Johnson Mills, el
japonés Ryunosuke Nishi, el ruso Alexander Gorlof y la escritora
india conocida como Avalokitesvara que también fue la tercer
esposa de di Korda.
A principios de la década del 10´ el documentalismo
literario se había ramificado subterráneamente por
todo el globo. El reconocimiento para sus dos creadores se plasmó
en cierto rédito económico de las ventas de sus libros
a pesar de que nunca fueron tan masivos como prestigiosos. En 2012,
con el dinero obtenido por sus múltiples trabajos, di Korda
fundó la Editorial Sandokán como un espacio desde
el cual combatir el monopolio de las grandes editoriales manejadas
por empresas multinacionales. La elección del nombre es una
manera de honrar a quien representaba el primer acercamiento a la
literatura para el niño di Korda.
A medida que fue avanzando la segunda década del siglo se
generó en la literatura a nivel mundial una situación
particular debido a la aparición del documentalismo literario.
Se produjo una división del terreno entre quienes postulaban
al nuevo género como la única forma posible de hacer
literatura y quienes se negaban a aceptar las innovaciones propuestas
por el manifiesto. El segundo grupo de escritores continuó
desarrollando una noción de la literatura que no tenía
en cuenta siquiera la existencia del manifiesto y sus seguidores.
Podría decirse que el documentalismo literario casi nunca
fue atacado sino simplemente despreciado, negado con indiferencia.
La figura polémica y mediática de di Korda produjo
que muchos literatos consideraran que el movimiento carecía
de contenido y solidez.
Todavía hoy existen muchas interrogantes acerca del documentalismo
literario. Una vez pasado su momento de mayor efervescencia fue
lentamente quedando de lado. A pesar de esto su influencia se plasmó
en la mayoría de los escritores de las generaciones siguientes
de forma tal vez inconsciente. Muchos de los nombres que le dieron
brillo al movimiento están actualmente olvidados o se destacan
como individuos independientes pero no como parte de un grupo.
Bueno, bueno, acabo de inventar la historia de un movimiento. La
incapacidad de redactar un manifiesto engendra la capacidad para
inventar sus consecuencias. Es una de las posibilidades de la escritura.
Si no tengo nada que escribir me invento un linaje, una corriente
en la cual situarme. Me hago el borgeano y listo.
Extraído de: “El genio y la parsimonia, una biografía
de Maximiliano Escceloto” de Celeste Klein. Editorial Sandokán. |