Olga, Galleguita

Andres Aldáo
A José, fervor y tango de Buenos Aires

Y aunque no te conmovían los tangos, tu cara fresca me conmovía a mí y eso me bastaba. Cometiste el pecado de ser la Galleguita Olga, y tu frescura caía sobre mis sueños empapándome de ilusiones.
Y te decía con lasciva angustia que tu pubis era como un cuadro del renacimiento; y que tus piernas, largas y pálidas, eran una llamada de amor indio.
Y vos enfurruñada me crucificabas: Andá a joder a otras con esas comparaciones tontitas, y al decirlo recogiste tu cabello revuelto por la brisa.
Y vos meneabas ese garbo traído de las muñeiras de Galicia, donde tus viejos se rompieron el lomo gallego.
Y yo disfrutaba tu pantalon ajustado. Eras un ángel distraído que llegaste hasta la calle de baldosas sueltas que se rompían a tu paso y en la que gorriones incestuosos se columpiaban entre esos paraísos que se llevó el tiempo, arrugados exhaustos por inviernos tétricos lúgubres.
Y tengo en la retina tus ojos color difuso oscuros parpadeando con esa candidez deliberada que regocijaba mi corazón.
Y eras como un fresco pintado sobre una pared de barrio por un artista muerto de amor y pena. Y Sos un adulador mentiroso me decías sacudiéndome aquel dedo tan blanco y delgado que yo llamaba aguja de colchonero.
Y entonces te hacías la rata yéndote por largos días, tan largos y tan tristes me parecían que había decidido voltearme y dejarme morir.
Y entonces llegabas confundida entre un montón de sonámbulos sacándome la lengua como relamiendo una costra de chocolate.

Y aparecías como un trasgo envuelta en la niebla que trepaba del Riachuelo y yo suspirando, marmota imberbe aplanado por una ristra de emociones virginales.
Y a veces te imaginaba taconeando como una andaluza metida en esos timbos bochincheros, mientras tus piernas largas y pálidas llamada de amor indio se deslizaban entre las burbujas de la tardecita de ensueños e ilusiones, como para tomar mate con rosquitas o una taza de café renegrido con bizcochitos de grasa.
Y siempre pensándote en la cama arrullados entre las sábanas, y los sexos buscándose con premura e inocencia para gemir entre vaivenes agónicos y desesperados.
Y veía a esos tipos desgarbados que con estulticia despareja te desnudaban sin bochorno con miradas concupiscentes y salivosas.
Y me angustié el día ese en que sentada en la fonda de la calle Río Bamba susurraste: me voy.¿Que qué? me voy, y no pongas cara de cristo apuñaleado o de Che Guevara sobre el mármol sucio y frío, que me voy…
Y no supe de vos hasta que encontraron tus piernas largas y pálidas llamada de amor indio, tu cara fresca y el pubis, que era como un cuadro del renacimiento, tumbados en ese basural del Docke. Y con la sangre reseca y negra, como el alma del que te violó y te punzó la garganta, tan suave tan bella tan Olga, Galleguita .
Y tus ojos color difuso rociados por aquellos lagrimones que resbalaban con pena, porque vos Olga Galleguita te fuiste con tus pájaros a saltar de rama en rama sobre los paraísos de la barriada.
Y el fresco pintado sobre una pared de barrio por un artista muerto de amor y pena yace atribulado entre velas de colores y lágrimas de yeso.
Y ahora ya no te escucho pucha decirme con aquella voz de sonsa: Sos un adulador mentiroso, sacudiéndome aquel dedo tan blanco y delgado que yo llamaba aguja de colchonero.
Y yo que quiero dejarme morir, Olga Galleguita, porque acuchillaron tu inocencia y a la mía la murieron ?




Hambrienta que diste el mal paso

Andres Aldáo
A Saulito Drajer; más que gomía, noherma


Che pibita me pidieron una historia de putitas de “la costurerita que dio el mal paso” me aclararon… y yo che pibita los mandé a la mierda les dije: no hay costureritas no hay malos pasos lo que hay es un ragú de la gran puta.
Y quiero contar tu historia de che pibita sin escuela ni muñecas sin vasos de leche ni cacao sin mandarinas ni ciruelas sin ternura sin besos sin caricias sin vestidos sin carne ¡qué lujo che! cómo se te ocurre tamaño desatino che pibita.
Con esos jirones de pollerita gastada y esas tiras que fueron sandalias en otro tiempo otro mundo esas greñas sobre tu cabecita apenada ojos mustios tirando la manga suplicando la moneda.
Tu sonrisa disfraz de corazón sin ganas que a gatas si hace tum tam tum tam tum tam mientras las tripas se revuelven en el vacío obtuso del ragú.
Gemís por tu viejo que se amasijó en una tarde sin sol y no te queda nadie que vaya al curro o a recoger migajas de miseria en las basuras de la urbe che pibita.
Llegaste a los trece larga flaca con alguna pizca de belleza de otro tiempo alicaída remanente que adornaba a la marchanta la angurria de tus días.
Fue cuando el tipo ojos de crápula que siempre sonríe te tiró un par de mangos y un caramelo y el ojos de crápula que siempre sonríe te llevó a la pieza tumbándote sobre el sucio cotín de piojoso allí consumó la obra para que aprendas a dar el mal paso aunque no sos costurerita
Ahora che pibita ya no estás hambrienta el ragú se te fue a barajas pero dejaste tu alma colgada de la ventana con un broche de ácida esperanza.
Entre tanto los sueños ilusiones que alguna vez fantaseaste se volaron che pibita volaron alto hasta ese cielo azul que ahora contemplás desde las lágrimas que te empañan cuando ejercitás tus malos pasos en madrugadas de hotel barato.
O más tarde che pibita cuando volvés de hacerles la comedia del jadeo a esos veinte giles creídos de que compran tu amor por cuatro chirolas che pibita solitude.
Y ojos de crápula que siempre sonríe te arrebata los morlacos de tus malos pasos aunque no sos costurerita a vos que ni de palabra escuchaste alguna vez hablar de amor che pibita.
Así da vuelta la calesita y ¡qué mala pata! nunca ligás la sortija ni de chica ni luego del mal paso que te hicieron dar aunque no sos costurerita por ese ragú maldito ¿no es cierto, che pibita?
Acá termina así sigue la historia de hambrienta che pibita que sin ser costurerita le hicieron dar el mal paso ?



Vanesa Levacov


"sobre la intemperie"

A la intemperie respiro con algo mas de alivio. la vida es un lugar raro, pero me anima seguir indagando.
Todo sigue girando. yo respiro y la respiracion me ata al suelo. sobre el suelo discurre el tiempo presente.
Entonces me acuerdo de vos y de mi bufanda cuadriculada alrededor de tu cuello, esa que me sacaste ese día solo para
ver como te quedaba, o al menos eso dijiste creo.
Valoro sobremanera que me hayas convidado de tu alcaucil cuando yo ya no tenia mas.
Porque vos sos así, vos sos vos y yo soy yo. vos sos amor y a veces yo me aprovecho.
a la intemperie me dejas con todos mis miedos y mis fobias. y si no te vas?
y si te quedas?
y si nos quedamos en casa con el gato y alquilamos un DVD?

 



Marosa Di Giorgio

MISALES, relatos eróticos
El moaré de la misa


Salió del durazno con el pelo refulgente. Se le empezó a caer como flores; se tocó las sienes, la frente, tuvo temor; en vez del pelo crecía un crespón, un crépe en ondas o rizado; se le salía como un sueño desde adentro, una locura fija, hirsuta. Caminó, resolvió quedar sin manto y sin nada; desnuda en la circunstancia extraña. El sol había pasado la mitad del día y estaba oscuro. Una comadreja subió a las ciruelas y quedó alerta. Con la barriga entrecerrada, llena de hijillos. Y murciélagas que se le habían colado ya. Proseguía; la pana crecía en vez de la melena. Pasó junto a los blancos lirios, cuyos tres picos ansiosos esperaban algo que los enrojeciese. Desde los árboles, animales másculos tendían a ella con rugidos y ansiedades, pero antes de alcanzarla caían al piso ya sin vida. Unas mariposas del sexo varón, también, aunque parecían señoritas, lograron posársele y quedaron sólo tatuadas en sus sitios fascinantes. Hubiera querido correr, pero no podía quizá por qué. Alcanzó los viejos portales de palos verdes, los deshizo, tomó el camino que siempre la había llevado a la escuela. Si la vieran las gentes de otros tiempos. desnuda con mariposas, seguida por ese escuadrón sexual y con el cabello natural pero de género


Misa del árbol

Al despegarse del árbol tomó por la callejuela, que iba empinada y en tramos y hechas con baldosas rudas. Al rato, pasaban las mujeres; jóvenes y viejas eran iguales bajo los negros hábitos y la trenza.
Al que las partía por la mitad desde la nuca al ano.
Vio que eran flacas como bien sabía. Con pechos gruesos, aunque no se veía. Algunas los llevaban sueltos y expuestos. Había tenido varias. Esa tarde iba de caza, también. Ellas, como siempre, no lo miraban. El sol estaba aún radioso.
De pronto, una se perfiló en la altura, luego se puso de frente y empezó a bajar. Él empezó a esperarla. Como si hubiese salido a esperar a Una.
Cuando Una estuvo más cerca, se encandiló. Se dijo: -Quiero atrapar a Una.
Ella pasó delante de él y para mejor vio que bajo el pollerón negro, relampagueaba una enagua de papel rosado. Los vuelos de la enagua hacían un bisbiseo, un susurro. Como si la enagua fuera el diablo. -Una -le dijo- Venga a mí, coneja, señora Una. Venga al árbol.
A las veras estaban los tazones, (del tiempo de las reinas), era porcelana transparente, con un zapallo dentro, una albahaca, un cebollón emperlado. Él vio eso vagamente, como si todo hubiese quedado ya sin precisar.
Señora Una miraba en otro jarrón y miraba mucho:
-Tiempo Violena, dijo. Y él no añadió nada. Pero adentro de eso, del jarrón, iba una caballa con caracolillos insertos que se la comían viva. Tal vez, dijo él, esto a la señora caballa dé placer. Es casi seguro que los caracolillos, al comerla, hacen de maridos.
(Y ¿cómo habría nacido esa caballa? ¿Habría llovido? No lo percibió).
La pálida mujer opinó que sí, que la señora caballa tendría gusto en eso. Que ella era de buen oído y la oía gemir.
Su cara era en forma de almendra. Llevaba desde la oreja colgada la consabida cuchara de té. Es una virgen, entonces. Qué almíbar. Pero, no dejó de temer.
-Venga, señora. El árbol está cerca. Allá podrá quitarse los negros velos, decía sin sacar ojo de lo que había debajo, el revoltijo hechizado, el vuelo de las hortensias.
Con leves pies ella iba saltando hacia abajo, al parecer, justamente adónde él ansiaba llevarle. ¡Con qué facilidad la traigo! se decía.
Le dijo llamarse Manto -mintió como siempre, sonrió para sí- y tener una maravilla para ella.
Tendió los dedos y tocó la gasa incendiada, volante. Ella se estremeció. Como si la hubiese tocado allí adentro.
Las jarras con flores y gruesas caballas se sucedían a los costados.
Él iba un poco detrás de Una (sin comprometerse) que no hablaba casi nada; a ratos, se mordía los labios.
Comenzó, como era lógico, a anochecer.
-Es raro que no pase más nadie -comentó ella y fue lo único que habló durante todo el rato.
-Es una suerte, pensó él.
En realidad, parecía haberse acabado ya todo, de un modo singular.
Él, algo perplejo, indicó: -Llegamos a mi habitación. Es allí. Es esa planta.
Ella se dirigió a la planta como si la conociese, estuviera segura de algo. Quedó de pie. El viento le levantó el vestido, se lo llevó cerca del óvalo y quedó fuera la enagua rosa, el color de las fresias.
Pero, ¿qué significa todo eso?
Él ordenó con una sonrisa arriba del bigote:
-Arrodíllese, señora. Oremos. Es bueno rezar antes. Porque después se peca tanto. Que a eso vinimos. Como usted sabrá. A pecar. La miró. Ella asintió apenas.
Así se hizo; rezaron un poco. Señora Una parecía de almendra, que le hubiesen quitado la piel marrón y estuviese blanca y expuesta.
Él le preguntó: - ¿Le duele algo? ¿Está bien, señora? ¿No tiene padres?
Sobre esto escuchó.
A todo respondía vagamente, con un leve movimiento de boca que no se sabía que era. En un instante tuvo intenciones él de deshacerse ese fardo místico, que se fuese por la escalinata, por el aire de donde había surgido.
El árbol se iba entretanto prendiendo despacio, se iba volviendo de hilos rubí; se le aparecían unas pajarillas rígidas, apenas vivas, que movían apenas la cabeza, y eran de todos colores, a cuál más luciente. Y entre ellas unas varas rectas de azul violeta con globos lilas. Todo rígido y resplandeciente.
Querida Una estaba tendida en la mesa; era en el pasto pero parecía la mesa, como esperando el regalo, sin mayor apuro ni sorpresa.
Él tironeaba de la enagua en flor advirtiendo con espanto, que la enagua procedía de ella; estaba hecha de la misma leve carne, sujeta con pedúnculos vivos a todo el cuerpo.
Era una gran enagua sexual, todo de ovarios, todo de clítoris recios, como pimpollos de rosas rojas en hilera.
-Está usted colmada... Hay muchos, varios, le decía él, triste -sin saber por qué- y gozosamente. buscaba enceguecido entre todo, entre todo el vuelo, el nervio central que atacar.
Lástima que ella no guiase en nada. Era terrible aquel delantal.
Y el árbol que se hacía inminente, que casi estorbaba con su mascarilla. ¿Por qué se habría puesto así tan guarnecido y tan rígido?
La almendra tendida en el piso esperaba. Quizá qué. Él escudriñó el viso hecho de rosas moradas. La luz del árbol caía sobre las rosas. En el árbol se encendían lirios catedralicios, que no ayudaban en nada. Al contrario.
La trenza de ella se había deshecho secretamente. Estaba todo el pelo bajo de ella como una frazada de seda.
¡Qué momentos!
Él le preguntó si no había estado casada. Ella le contestó que muy poco, un rato.
¿Cómo muy poco? ¿Cómo un rato?
-Un ratito. Y hace mucho, mucho, señor. Agregó Una.
Él buscó con su cuchillo sexual entre todo lo del viso buscando la almeja céntrica. Ella se estremecía como si la hubiese atado al cielo.
Pero a la vez parecía lejos como si no fuese ella. Él pensaba como siempre. Habrá tenido otros maridos. Todas tienen. Y le buscó la caravana que ya no estaba, tal si ella dijese: Ahora, sí, la quito.
Este detalle leve apresuró a él, la acomodó a su gusto, a su interés, ella caía de espaldas, se quedaba como de papel. Las manos se le volvían ramos.
En ese instante surgió lo que buscaba. Las dos valvas crípticas, perfumadas y de grana; tuvo miedo que se le esquivasen otra vez entre los tules y demás cosillas de fuego de la enagua. La sujetó bien e hincó el puñal. Ella dio un leve ay. El pimpollo hizo un leve plop como si se cruzaran dos papeles.
Había desde el árbol un sonido.
Ella parecía ajena a todo. Pero seguía viniendo un leve rumor de pericos y de lirios.
-¿No escucha nada? dijo él. ¿Es todo de flor, señora? Acabo de comerle la rosita. ¿Le gustó? Veo que tiene muchas.
Vaciló. Subió a mirarle los senos. Se había olvidado de eso que nunca olvidaba; miró. Grosos, bellos. Y habían quedado fuera. Con ellos no copuló.
Le miró la cara que se mecía un poco. Estaba dormida. Tenía un ojo cerrado. El otro ojo confuso y abierto, le decía: Prosiga señor, no siga. Señor, prosiga.
Él miró el árbol, rojo de misa. Era incomprensible, pero dudaba. ¿Sentarse otra vez a seguir? Cruzó la callejuela, y como no supo bien que hacer, miró los vasos (de un tiempo de reinas), en unos salía la flor de zapallo y seguía viaje. En otro bogaba una caballa pasada por un pez largo.

Marosa Di Giorgio (Salto, Uruguay) vio por primera vez la luz en 1932. Es más conocida por su obra poetisa, compilada en el libro Los papeles salvajes, aunque también ha publicado narrativa: Misales (1993); Camino de las pedrerías (1997), Reina Amelia (1999) y La rosa mística (2003). Aparte de la citada antología, acá van algunos de sus poemarios: Humo (1955), Druída (1959), Historial de las violetas (1965), Clavel y tenebrario (1979), Mesa de esmeralda (1985) y Membrillo de Lusana (1989).


 

 


Alejandra / Dalia Rosetti


Tengo que confesártelo Alejandra, estuve enamorada de vos. Sin que vos te dieras cuenta. Mi vida era pensar en vos y deslumbrarme de tu exotismo de reina soberbia. De mala. Eras tan mala que yo no podía dejar de amarte. Eras un guerrero que yo imaginaba que me protegía. Me enamoré cuando te llevé un libro de mierda que yo había escrito y publicado y vos lo aceptaste con gracia y amabilidad y me dijiste “Hagamos una muestra”. Nunca nadie me había mirado con ojos tan brillantes y misteriosos. Nunca había conocido a una chica que calzara 40. Tu mundo era algo nunca visto para mí. Lleno de cds exóticos. Música electrónica. Y yo Gilda, Rodrigo y los dados negros. Rata blanca. De tu mano me llevaste, y me presentaste a todos tus amigos y yo, imaginaba que eras mi novia y que me presentabas como a tu perro amado. En realidad al lado tuyo me sentía una princesa blanca como vos, aunque yo fuera negra mas clara que el carbón. Después me invitaste a Brasil. Yo te regalé un cuadro que nunca entendí por qué te gustó y vos me pagaste el pasaje. Una princesa al lado de la emperadora que me convertía en princesa. Si vos te ibas yo era un fantasma con cuerpo que se dedicaba a seducir chicos que no me interesaban pero que quería cojérmelos para cojerlos como si fueras vos. Besarlos como me imaginaba que besarían tus pálidos labios de mujer de nobleza. De porcelana, de Durax. Yo tenía los ojos puestos en vos. Y no en tus tetas ni en tu culo. Si en tu concha que se la mostrabas a todos los que esperaban el barco que nos llevaría en mi fantasía... a la isla del Amor. Nunca te la depilabas y usabas tangas o para mí lucían como micro tangas porque yo podía ver, Alejandra, entre ellas todo. A pesar que los pelos a su vez no me dejaban ver nada pero, mi imaginación, se desplazaba con un machete hacia tu concha y volaba como los buitres negros que estaban en el puerto. Viajamos en el barquito que se movía para todos lados. Yo casi vomito el pancho con salsa que me había comido antes de zarpar. Después unos pendejos zarpados quisieron hacerse los langas con vos. Y vos les abriste las piernas y se quedaron mudos. Después las cerraste y les diste un baile intelectual de aquellos. Yo me hubiera cojido a alguno por mi nececidad de cojerte a vos. Pero por suerte con vos me di cuenta que eran unos tarados y que seguro la tenían chiquita. O que si alguno la tenía grande no sabía moverla bien. Pero tus palabras, el vals que les diste era mi orgasmo. Yo con vos me sentía una foto autografiada por una grande. Vos mi... amiga. Mi amor. Mi ídola. Mi objeto seductivo. Yo era un bebé y vos una teta. Toda una teta para alguien que no era yo. Alejandra...
Llegamos a un hostal en medio de la selva y nos descompusimos del calor y del pánico que le teníamos a los bichos. ¿Te acordás de las arañas pollito y las lagartijas trepadas al techo? Y vos y yo en la misma cama tapadas por un tul blanco, mirando el techo sin tocarnos. Yo igual podía dormir. Porque soñando estaba mas cerca de tuyo. El amor. Nunca te lo dije pero mientras dormías yo estiraba una pata para tocarte el pié. ¿Te diste cuenta y te hiciste la boluda?. Estuvimos 5 días sin ver el mar. Porque transpirábamos mucho hasta llegar a él y vomitábamos apenas salíamos por el sendero de piedras concheto que habían hecho los del hotel. La primera vez que lo hicimos, nunca lo voy a olvidar, vos me diste la mano para bajar por un caminito estúpido. Y allí vimos el mar, el horizonte. Quise abrazarte, besarte, tirarte al pizo para sentir el poder de los pinches del piso en nuestros cuerpos. Y allí estaba el mar del Brazil, que nos habían contado que era calentito ¡Un sueño! pero el mar estaba lleno de algas y bichos que si te picaban te ponían hongos en la piel ramificándose, porque los huevitos se convertían en flor de gusanos que te hacían mierda toda la pierna. Teníamos que cuidarnos. El paisaje, la selva era hostil para una dama como vos y una princesa como yo. Vos igual te metiste, porque fuiste inteligente y personal, y lo hiciste con ojotas. Yo te esperaba en la playa en tetas. Mientras los tractores pasaban repletos de mulatos, negros y gente cheta de la capital. Realmente ni me miraban. Te miraban a vos que estabas como Iemanjá en el agua. Como una madre amarga, tan linda. Después saliste del mar con las ojotas llenas de caracoles y le pedimos en brasilero, a un chico que pasaba en zunga que nos saque una foto. Yo, la tengo guardada. Parecemos dos futbolistas. Nos faltan las pelotas. Aunque algo de tetas teníamos. Y ahora que veo la foto, las tuyas son mas grandes.
Después de esa experiencia en la playa, volvimos y vos te quedaste en la hamaca paraguaya leyendo, libros y libros que te habías traído desde Buenos Aires. Gabriela Mistral, sus obras completas y no me acuerdo ya que mas.¡Qué buenas tapas que tenían esos libros! Flayeras, marmoladas. Yo me pegaba unos emboles tremendos adentro en la cama. Hacía ruiditos como una idiota adentro de la pieza para que te acuerdes de mí y me hables. Pero tu lectura era un sacramento. Una unción. Una comunión. Era un domingo permanente de misas interminables. Mi santa. ¡Cómo odiaba a tus malditos libros!.Yo un día me escapé sola a la playa y lloré por vos, por el lazo infernal que tenías con ellos. Rapté el que menos te gustaba ( vos me lo dijiste “Este libro es incomprensible”) y le arranqué todas las hojas desesperada como si estuviera arrancándote la bombacha. Había una fuente de lodo donde las turistas americanas y europeas se daban baños con el barrito blando que caía del alud, desnudas como si nada. Yo me metí también. Me saqué todo y con las hojas entre mis manos me froté todo el cuerpo gimiendo “Alejandra, Alejandra, Alejandra”.Todos los brasileros re copados se hacían la paja, al ritmo de nuestros cuerpos re copados de estar desnudas y de estar siendo humectadas de ese semen morado. Habían algunos Argentinos que con una actitud mas cool se tocaban apenas debajo de sus trajes de baño largotes con flores o escoceses. ¿Te acordás del pendejito que cuando nos vió en tetas en nuestra segunda incursión a la playa se pajeaba? Nos dimos cuenta por sus movimientos. Se escondía detrás de unas piedras y saltaba como un monito. Pero a mi me dio miedo. ¿Y si nos seguía? El tul no nos protegería de él. Me asusté. También me asustó una señora que me miró y que con sus ojos sin anteojos me dijo “¡Que puta!”. Yo la puta de la fantasía.
Luego de estar una semana encerradas en la selva decidimos, vos (mi amor) y yo, mudarnos a un hotel en la costa para no tener que caminar hasta la playa y poder observar la paradisíaca imágen de las palmeras con el mar desde el balcón del hotel. Mirábamos las motos de agua que se desplazaban saltando olas, Fzz, Fzz + Prrrrrrrr, Prrrrrrr. Y también a las chicas que iban al baño en un riacho que estaba a nuestra derecha, porque de allí, salía toda la caca de la isla. Aparte si nos descomponíamos el baño nos quedaba re cerca. El hotel se llamaba “A perla du mar” y estaba atendido por cinco mujeres que nos trataban re bien. A vos te llamaba desde EE.UU. tu novio. Yo no tenía celos no sé por que. Le tenía mas celos a tus libros. Malditos libros ¿Por qué mierda te gusta tanto leer loca? y a mí que me encanta charlar. Crear cosas y mas con vos, Ale. Yo de vez en cuando bajaba al arena e intentaba pensar cosas bellas, disfrutar del paraíso en el que estábamos. Todo era maravilloso pero de repente todo ese despliegue de color y belleza me comenzó a arruinar la vista y no pude mas que deprimirme. Mis ojos comenzaron a sangrar la luz que proyectaba la Vírgen. María a través de la naturaleza. De repente se hizo de noche y mientras lloraba lejos de ti, a unos veinte metros, la ví, a ella, acostada en una hamaca paraguaya y le escribí un poema de amor bajo la luna llena. Para desviar el amor que te tenía a vos y sentir que de alguna manera podía tenerlo con ella a pesar de que ella era mi madre. ¡Vírgen que bella que sos! Con tu cabello rubio y ondulado como el arena. Y le escribí este poema:

Poema a la Vírgen María


¡Vírgen mía!
Mi casa
mi regazo.
En tus pechos enormes,
en tus brazos mullidos,
con tu calor me envuelves.
Aunque estés allá lejos
en la hamaca paraguaya.
Yo, aquí
lloro y río.
Vos como una ciega casi ni me ves.
Pero tu cariño me llega desde donde proviene la luz,
desde tu ranchito.

Sólo tu cariño me interesa
¡Te lo juro!
Mi Diosa Reina
mi, sólo mi.
Todos los seres de éste planeta en putrefaccion
y en crecimiento si igual
son tus amantes.
¡Vírgen mía!
Como a la luna
todos te adoran.
Sin pecado
todos te aman y te desean.
Porque eres Vírgen, vírgen.

¡Vírgen mía!
Prometo no desvirgarte.
¡Acercate!
¡Sal de la hamaca!
¡Ven a mí!
Te amo.


Bueno, y tu novio comenzó a llamarte cada vez mas seguido. Y seguía sin importarme. Yo ya había conocido el amor a María y a Alexandra que era una chica que estaba re fuerte y que era escritora y que paraba en nuestro ex hotel, el de la selva. Yo me acercaba a su cuarto y escuchaba su máquina de escribir sin que ella se diera cuenta, hasta que un día ella salió y me pescó justo haciéndome la paja en su palier. Ella si que era una potra. No se enojó, me dijo:
- Hola
- Hola- le contesté-
- ....¡Qué bela é vocé...¿Qui vocé está facendo ahí no chaõ tan calentiña?
- ....
- Vein potrilliño, vein dentro bebúm.
- .... - y paso.
Pasé y me sacó todo. De un saqué. Como si yo fuera una Barbie. Ella era tetona y culona y una topadora. Ella jugó con mi cuerpo y yo aproveché lo máximo posible esa carne que tenía a mi alcance. Aparte era tan dulce. Todo el tiempo me decía “qué bonichiña que é vocé!” “Ay... pichuchiña” “Garotchiña” “Conchiña prezouza”. Después de acabar las dos salimos de la mano a pasear, a ver artesanías. Vos, Ale, no sabías donde estaba. Yo estaba allí, en el lugar donde vos no estabas. De repente Alexandra me compró una pulceriña que habían hecho unos mocosos bastante atrevidos, de canutillos multicolor. Después nos fuimos a un anfiteatro en la cima del morho y allí nos besamos delante de todos los turistas y nos volvimos a calentar. Hasta que nos fuimos re podridas del bodrio que era la obra de “teatro” y bajamos el morho por cualquier lado, en pedo por el amor, por lo que sentíamos la una por la otra. De repente descubrimos que unos chicos también estaban perdidos y bajamos de la mano (previo susto de que nos violen) haciendo espamento porque la ropa se nos enganchaba en la maleza y porque la bajada era escarpada e irregular, con muchos pozos. A mí se me enganchó la zandalia en una piedra y Alexandra me liberó. Cuando aterrizamos en la playa miré la cabaña en dónde el otro día había estado la Vírgen. Pero ese día no estaba. La luna ya estaba menguando y eso me dio miedo. Siempre me dá miedo ver a la luna desforme. Es como que si se le quemara la cara. Como que está desapareciendo para siempre como mi vida. Me hace recordar a la muerte. Espantosa. Cerré los ojos bien fuerte y le dije a Alexandra que nos desaciéramos de los chicos lo mas rápido posible, porque ya estaban un poco pesados (babosos y argentinos).
- Chau chicos...Somos Lesbianas.
- Dale que seguro que les gusta la pija.
- No... chau. A mí me gusta la pija pero no la tuya.- le contesté-
- Si no la viste.
- Pero debe ser igual a tu cara. Chau
- Adeus. –les contestó ella.
Y nos escapamos hacia las luces de una super fiesta llena de puestos donde venían caipiriña re barata. Nos tomamos cuatro cada una!!!!!
- Qué fiestón!
- Estau buenísimo! Eu gosto muito deste lugar!
- La música es muy pegadiza
- Si...é Braziul. A gente é gostoza. Vamos danzar com aqueles mininos.
- ¿Cuáles?
- Esos. Os pequeniños.
- Dale. Pero si hoy nos perdemos nos buscamos mañana.
- Si, meu amorr. Veim para mía pousada. Eu starei esperandou por voucé.
Ahí nos separamos. Yo arengué con el pendejo hijo de los dueños de la posada de la selva que tenía 17 años. Diez años menos que yo!!!!!. El.... me llevó a la playa atrás de unas especies de totoras brasileras. Y comenzamos a hacer el amor sin forro. Yo de repente me dí cuenta y pensé : “Yo ¿Soy lesbiana? Este pendejo puede tener sida.” Así que le pregunté si tenía camisiña y me dijo que no. Yo le dije que era un poco poco precavido. El me contestó que la arena hacía de camisiña.
- Mirá lindo, yo soy grande y sé de todo esto. La arena no sirve para nada. Sólo sirve para rasparme. Sólo te puedo hacer un pete...pero a condición de que mañana me presentes a Petro - un negraso que vivía en la posada que trepaba las palmeras para bajar cocos o bananas, no me acuerdo- ¿Qué te parece?
- Haceme el pete.
Y bueno se lo hice. Linda pijita. Fácil. Igual ejaculó afuera porque, aparte de lo del sida, me da asco la leche. Menos la de un alemán super macho y limpito que una vez me apuntó y me dió en el ojo. Y no lo digo en joda. De verdad, de verdad.
Al otro día yo ya no quería estar con Petro. Pero pendejiño ya le había dicho y bueno...tuve que estar. Por suerte fue rápido y yo fingí un orgasmo perfecto. El se quedó contento y yo me fui a buscar a Alexandra.
Toc..Toc..Toc.. Golpeé en su puerta con los Walkmans puestos en mis oídos escuchando. Marcelino, el cumbiero más romántico después de Leo Mattioli. Recordé a Dalila y a Gilda. Y comprendí que a pesar de todo lo que me había pasado con esos chicos yo tenía una tendencia mas hacia las mujeres. Me gusta coger con ellas. Concha contra concha. Ese vacío. Es como una sopapa que te hace volar. O pelvis–pierna contra concha. Cualquier cosa contra concha. Un enjambre que puede no acabar nunca y dejarte calentita por una semana. O acabar y estar felíz por un día o por lo que sea. Eso me calienta mucho. Yo... Dalia Rosetti se lo recomiendo a todas las chicas:
“Búsquense a una amiga, su mejor amiga, una colega, una piba de la bailanta o de la disco y vallan para adelante. En un baño, una pieza de una casa de algún amigo, en la cama de los padres de tu mejor amiga. Donde están las máquinas que hacen subir y bajar los ascensores. En una terraza en invierno. Bue...lo típico en una plaza. En tu dto de Barrio norte o de once. Es muy lindo chupar una concha, tienen que escarbar entre los pelitos hasta llegar a la parte suavecita y meter la lengua por donde puedan. Por el orto también. Si eran mejores amigas van a serlo más aún. Se van a mirar cómplices en las fiestas, en la facu. Pueden tener sus respectivos novios. Y pueden coger a escondidas o decírcelos a ellos y si son modernos se van a copar y hasta puede que se calienten más y que tengan mejor sexo con ustedes.”
Bueno Alejandra, nunca pasó nada entre nosotras. Sólo esa vez que estuvimos con Alejandro, los tres. Pero él era demaciado centro. Yo no lo sentí como que estabas con migo. Era un juego de todos con todos.
Aparte y nada que ver pero te lo digo hoy. Yo cojí con tu ex novio, el que te llamaba por teléfono, pero antes de que fuera tuyo. Nunca me lo perdonaste. No sé si fue por eso que nunca me diste pelota. Y ahora pienso que el único que me haría hétero para siempre sería Rodrigo... pero ya no está mas con nosotras. Igual cada vez que escucho una de sus canciones en el colectivo, en el negocio, en la calle, en la plaza, en la bailanta, en el bar, en casa, en la casa de mis papás, en la casa de mis amantes, es mi penetración total. Rodrigo y yo para siempre en un vuelo eterno por el cosmos de mi imaginación.
“Te amo Potro”. Y conozco a un señor que era tu mejor amigo. Te lo digo para que desde el cielo pienses un poquito en mí.

Erica Jacquemain

Caracolillos en julio/


Hoy vuelvo a este café una vez más desde aquella tarde de julio.
Tomo la única mesa desocupada y dejo en espera el atado de diez todavía sin abrir, mirando como quien no quiere mirar con nostalgia a las dos rubias sentadas enfrente, en nuestra mesa. Y es un poco como si ella fueras vos y ella fuera yo esa tarde y nuevamente contándonos remendados trozos de vida entre caracolillo y caracolito.
La conversación vecina llega hasta mi mesa vestida de un alemán geométrico y esparcido pese a la cercanía andrógina de las dos cabezas... No reparé esa vez si alguien oía nuestra charla de esta manera, pero sí recuerdo que vos hablabas bajo y yo acerqué mi cara a la tuya para atrapar tu historia y también, claro, porque me moría por besarte. Qué poco nos importaba la gente... parecíamos estar solo nosotras en el lugar, atesorando palabras y miradas en cofres preciosos; nadie como vos y yo quería tanto esas porciones de vida desnudas por primera vez.
Una música suave que llega y se dispersa en el aroma a especias tal como me lo describiste. Tanta falta haces para hacer la tarde tangible, y este café, y este cuerpo. Y en tu silla esa espalda extranjera tan desconocida, si supiera. A este lugar se le escapó tu risa, y tu acomodarte el pelo al sacarte la boina. Si vieras como el gato negro lucha por desdibujarse de la servilleta a falta de los poemas.
Desde que llegué pasaron dos cafés cargados y siete capítulos de Rayuela. “Como un encuentro lo menos casual” te me vas revelando en varios pasajes, y así mientras leo te busco y vos me dejas encontrarte mientras paso las partes que más te gustan, y entonces “reconstruimos los puentes y ya no lloras más a gritos”.
Pero dónde estas?... porque estando acá es como si nunca me hubiera ido, como si vos hubieras salido un instante a comprarme cigarrillos y ya volvieras, mientras te espero fumando los últimos. Como si aún fuéramos promesa, y entre risas y terrores tuviéramos la oportunidad de palpar aquello de lo que están hechos los sueños. O como si todavía no hubieras vuelto del baño, con la servilleta escrita en el bolsillo, y yo podría adelantarme a pagar la cuenta antes de largarnos a tiritar la noche que después sabríamos la más fría del año.
El desfile de rostros a través de la ventana rueda sobre la luz de la tarde que se va apagando. Adentro, en un entrar y salir del libro, las caras rotaron de lugar, de gesto o desaparecieron. Y ya ocurrió el renovarse de los cuerpos a pesar del mío, todavía en su posición de abrazo que espera.
Si cierro los ojos aún puedo verte sentada en esa silla ahora vacía, con el abrigo largo y gastado que tu mamá detestaría, la bufanda azul, esa heroica alegría por tu libro de Estructuralismo descubierto en oferta.
Antes de irme me pregunto dónde guardarte fuera de mí sino detrás de este muro de palabras que te cuentan?... Nunca nadie excepto vos descubrió el secreto souvenir en estos azúcares y la grandeza oculta en el verdadero fin de las servilletas. Y ya el lenguaje va cayendo en su sueño alucinado y el viento pega en la cara de un libro que se cierra. Duelen los ojos amor, y afuera el frío tiembla en la memoria.



 

Tríptico
Extracción, 2004, novela co-escrita con Fabio Guerrero Arévalo y Darío Semino

Capítulo uno: Leandro
(Escrito por Diego Arbit)


No esperaba volver a hablar tan pronto en realidad, mi idea era llamar al silencio por un tiempo. Pero las cosas se dan de una manera y de esa manera andamos de acá para allá, empujados por algún capataz invisible por la angosta entrada del corral donde se guarda el ganado. Todos los pobres personajes los sumisos personajes que habitamos esta ciudad, porque en esta ciudad empieza esta historia, en Buenos Aires, en Argentina, todos estos transeúntes que sin sentido recorren la ciudad, enojados con su destino, con su rutina diaria que devasta todo toda esta vida sin sentido toda esta humanidad resentida violenta y triste como la ciudad, que se choca y muge adentro del corral... No quería volver a hablar tan pronto en realidad, tan pronto no, en un rato. Pero al rato ya tengo otra historia para contar y es de ésta en particular sobre esta sencilla historia quería hablar, esta historia que comienza con dos protagonistas, uno, Leandro Torbi, un vendedor ambulante que se cree escritor. Leandro anda por los bares de la ciudad vendiendo sus libros, sus palabras. Por alguna razón que desconocemos Leandro le da mucho valor a sus palabras, y por esa razón que desconocemos anda por los bares de la ciudad, casi todos los días de la semana tratando de vender y difundir sus palabras. Pero sus palabras no gustan a algunas personas, algunas personas se ofenden con lo que Leandro quiere decir en sus libros, y es que no es muy agradable la forma de escribir del muchacho. Ahora mismo una señora mayor se pone furiosa con un párrafo de Torbi, una curiosa página al final del libro consta de una larga lista de agradecimientos, al final de los agradecimientos aparece una maldición, transcribo esa maldición tal cual la escribió Torbi para que tengamos una idea de como se refiere el vendedor ambulante a las cosas y a las personas.
“Pdata: En ediciones anteriores aparecía en la lista de agradecimientos la gente de Gigir. Ojalá se les pudra el alma, que las peores pestes y el cáncer más doloroso los invada, que la peor desgracia caiga sobre sus familias. Es muy feo jugar con los sentimientos de las personas.
No tienen idea hasta donde puede llegar la maldición de un poeta.”
Qué fue lo que le pasó con la gente de Gigir quizás más tarde lo sabremos, pero esa pregunta muy natural no se la hizo la señora Zunilda Atrofocia Martín Álzaga. La señora Álzaga gozaba de un dinero importante de una comodidad que acompañó toda su larga existencia, la señora Álzaga vivió setenta y dos años en esta tierra de nadie, pero en su corazón guardaba un peso una desazón una desilusión irreparable, ciento treinta o ciento cincuenta años sin sentido sin una satisfacción sentía que vivió Zunilda Atrofocia Martín Álzaga. La señora Álzaga, que es la segunda protagonista de este primer capítulo de esta historia se denominaba señora por capricho de vieja, porque nunca visitó lecho alguno, nunca durmió de otra manera que en soledad. Compartir su olor con el de otra persona le repugnaba, su casa grande la recorrió por años en soledad. Es cierto que en su juventud se masturbaba, en el baño en el almuerzo familiar en la casa de sus tías muy cerca de sus tías incluso con sus tías mientras tejían. Es verdad todo eso, y también es verdad la culpa que Zunilda sentía, mucha era la culpa, culpa en el almuerzo familiar en el baño en la casa de sus tías. Pero la culpa no calmaba el ardor el fuego que su chucha segregaba. La señora Álzaga tras horas de frotado de clítoris luego de ejercitar sus dedos metía cuanto podía en su agujero, dados, botellas, muñecas, zapatos, pequeñas libretitas, Romeo y Julieta, La Ilíada, El Martín Fierro, agujas de tejer hasta el fondo que luego buscaban su tías, a veces con las manos a veces con los dientes. El ardor era muy grande el fuego todo lo incendiaba, y Zunilda no se podía calmar, a Zunilda nada la calmaba. Zunilda sabía que estaba pecando, sabía que era una gran pecadora, y como pecadora que era le temía a Dios, Zunilda temía a Dios, a su venganza. Esa venganza no tardó mucho en llegar, porque toda la Familia de Zunilda, madre padre y hermanas, murió en un accidente cuando ella tenía apenas diecisiete años de edad. Zunilda sabía que era la pecadora la responsable de ese desastre, y sabía que si seguía pecando la ira de Dios iba a continuar, pero Zunilda seguía cachonda. Toda la semana de Luto en la casa casi vacía de los Martín Álzaga Zunilda le dio sin asco a la chucha, por la mañana, terminando por la noche, antes de descansar, a veces incluso un poco mientras dormía. Fue por eso que Zunilda no pudo más de tanta culpa y se castigó echándose nafta en la chucha y tirándose un fósforo encendido delante de las tías, la chucha se encendió y las tías tardaron en poder apagarla. Tres meses estuvo internada en un hospital Zunilda Atrofocia, los tejidos destruidos entre sus piernas perdieron toda sensibilidad, a veces se meaba es verdad, pero ya no era una pecadora.
Zunilda dedicó el resto de su vida a la lectura de poetas puritanos y novelas rosas, muchos años después, en su ancianidad dedicó su vida a los libros de autoayuda, y ella misma se animó a escribir algunas cosas, llenaba y llenaba sus libretitas con palabras, casi siempre sentada en un bar. Y sentada en un bar fue como llegó a su mesa un libro de Torbi. El libro de Leandro en verdad la impresionó, leyó algunas páginas sueltas, pero cuando terminó de leer la maldición a Gigir fue demasiado. Zunilda habló a Torbi un rato largo, intentaba hacerle entender lo mal que hacía en escribir esas cosas, ella le deseaba lo mejor a Torbi, le deseaba que se convirtiera en un gran escritor, pero le pedía por favor que no escribiera esas cosas, es que esas cosas la asustaban. Pero Zunilda notó que no conseguía convencer al vendedor ambulante, que se creía escritor, y por eso Zunilda no le devolvió los libros a Torbi, le compró ese libro y todos los libros que Torbi tenía en su mochila. A todos esos libros Zunilda los quemó, y siguió comprándolos a todos, para quemarlos. Zunilda llamaba a Torbi varias veces por día, muchas veces en realidad, y le leía algún capítulo de un libro de autoayuda, si no atendía le dejaba su lectura en el contestador. Torbi se volvió temeroso de salir a la calle, porque cada vez que salía la señora Álzaga se le aparecía, como por arte de magia, casi todos sus ejemplares iban a parar al horno, casi todas sus palabras desaparecían. Sin embargo Torbi se dio cuenta que no estaba tan mal que pocas personas recibieran sus palabras, porque alguno que otro libro la señora Álzaga no podía rescatar, no estaba nada mal el dinero que la señora Álzaga le daba. Gracias a ese dinero Torbi escribió más libros, muchos libros en realidad. Palabras y palabras sin sentido que llenaban a la vieja de fantasías macabras, que hacían que la vieja se meara antes de quemar los libros. Casi a tres manos escribía Torbi para recibir el dinero de la señora Zunilda Atrofocia. Casi no podía escribir más, ya casi no podía escribir más, pero más libros más dinero, eso lo sabía Torbi. Por eso tuvo que revelar su pequeño secreto a un par de amigos, a su mina de oro la tuvo que compartir con un par de amigos pidiéndoles que le ayudaran a escribir un libro, lleno de injurias a Dios a esta vida espantosa a este destino irreparable de eternos corderos en el corral de los vencidos, esta vida sin sentido de acá para allá no termina nunca, porque nuestros hijos nos repiten siguen nuestra existencia prolongan nuestra podredumbre nuestra miseria nada nos va a enriquecer, quizás materialmente la señora Zunilda, y la vida acomodada que le ofrecía Zunilda convencía bastante a Leandro Torbi.
Esta historia apenas empieza, sus ramas son interminables y sus protagonistas cambian en cada página quizás, porque a cada página el narrador cambia, y quién sabe qué es lo que puede pasar, allá los miedos de uno se mezclan con las fantasías ridículas de otro narrador, acá mismo las miserias de uno no se comparan con las miserias del próximo escritor, estos tres miserables que dedican sus horas miserables a respirar la mierda de la ciudad, la mentira de la ciudad, la miseria de la vida se respira en estas páginas quizás, en algunas páginas quizás, ya veremos...


Capítulo 5: Dorio
(Escrito por Darío Semino)

Notas para una posible novela:

La novela requerida entonces, debe empezar a escribirse. Llegó la hora, después de los lloriqueos y correspondientes ataques de pánico, de recopilar oraciones con la intención de...


Primer momento. Observación de la vida cotidiana. La dictadura de la ironía y el cinismo déspota. Básicamente, un mecanismo de defensa y en última instancia un modo de preservar el status quo.
El dilema de la viejita. Desde el comienzo del día uno se levanta a la mañana. Respira frío o calor (dependiendo de la época del año), se baña, desayuna, se cambia… Y sale. Abrimos la puerta para salir de casa y entrar al mundo exterior. Uno sube al colectivo para ir a trabajar y saca boleto con una somnolencia ritual en cada gesto. Uno, ese mismo que sacó boleto, se sienta en un asiento, el único asiento que hay vacío, en la tercera fila, no muy atrás, y se dispone a dormitar. Pero el colectivo se mueve, frena, dobla, salta al pasar por los baches de las calles (cortesía del Gobierno de la Ciudad) y uno, que intenta dormitar tranquilo, perdiéndose en reflexiones literarias, que si Onetti que si Borges, uno abre los ojos, tan sólo por una milésima de segundo. Y ahí es que la ve. Amenazante, parada sobre dos tambaleantes piernas de alambre, vigorosa en su senectud, agresiva y suplicante a la vez. La viejita.
El dilema comienza porque uno lleva acumulado en su interior bastante neurosis e incertidumbre. Ahí está, he ahí la viejita. En un intento ingenuo por negar lo evidente uno voltea hacia ambos lados. Registra frenético los demás asientos, sólo para corroborar que están todos llenos. Y no sólo eso. Porque el problema no es que todos los asientos estén ocupados sino que ninguna de esas personas estén dispuestas a darle el asiento a la viejita. Así comienza el dilema. Como un quiebre entre dos seguridades. Uno piensa, en primera instancia, que es su deber darle el asiento a la viejita. Pero por otro lado se encuentra con que nadie más parece dispuesto a hacer tal cosa. Entonces tal vez la viejita no sea en realidad tan viejita como para darle el asiento. Quien le ofreciera su lugar correría el alto riesgo de faltarle el respeto. Ya que es bien sabido que pocas cosas son tan terribles como la ira de una vieja que en realidad no es tan vieja.
Es bien sabido que el dilema no tiene resolución posible, al menos no con resultados positivos. Si cedemos el asiento tenemos que seguir el viaje de parados. Si no lo hacemos tendremos que hacernos la idea de que hasta el fin del mismo vamos a estar sintiéndonos culpables e incómodos con la viejita mirándonos.

(La premisa que motiva lo que antecede es clara: pasar de la vida a la escritura, generando un documentalismo literario. No se trata, es importante entenderlo, de un abuso más de la cualidad mimética sino más bien de un modo de exploración. También podemos sugerir la idea, o quizás la excusa, hedonista. Si fuéramos intelectualmente correctos encontraríamos una justificación psicoanalítica, ya que el deseo de placer y sus respectivas represiones siempre corren por cuenta de los psicoanalistas. ¿Pero qué deseo, qué placer? Existe una pequeña aunque irrefutable satisfacción en el hecho de escribir, no sólo por la ilusión catárquica y la posibilidad de mandarnos la parte posteriormente, más allá de eso existe el placer del trazo, porque la escritura es, en su grado más primitivo, un trazo y nada más que un trazo. [gracias Barthes] Entonces escribiríamos esto por mero placer masturbatorio, como si usáramos nuestro semen para llenar la hoja. Y a su vez podríamos plantearnos las ventajas liberadoras que hay en ese placer. Disfrutar de la cuestión post- orgásmica para limpiar la mente y crear desde un estado de tranquilidad y pureza. Lo que muchos llaman soltar la mano.
Pero volviendo al tema del documentalismo literario habría que formular un conjunto de reglas que nos permitan desarrollar el género de forma independiente. Sin caer en la pedantería de la copia, ya no de la realidad, sino de otros géneros ya existentes, por ejemplo el periodismo. [tema aparte] Tampoco queremos hacer literatura realista ni ninguno de sus derivados, por ejemplo el costumbrismo, el naturalismo decimonónico, o la exageración cientificista del noveau roman. El documentalismo literario se encuentra más allá de esas y otras posturas, supera todos los debates posibles acerca de la labor literaria y está llamado a ser el nuevo punto de inflexión de la historia de la literatura. El futuro es nuestro, el género ya está listo, listo para cambiar todas las reglas, solamente falta definirlo.)

Historia del surgimiento, auge y caída del documentalismo literario


Los comienzos del documentalismo literario se remontan a los últimos años del siglo XX. Entre 1998 y 1999 se produjo el famoso encuentro casual, en los pasillos de la facultad de filosofía y letras de la Universidad de Buenos Aires, de los dos jóvenes que serían los responsables de llevar a cabo una de las revoluciones más particulares en las estructuras literarias modernas. Estos dos estudiantes de letras se llamaban: Antonio di Korda y Maximiliano Abrahan Enrique José Wilbur Esccelotto, argentino el primero y uruguayo el segundo. Esccelotto y di Korda se hicieron amigos inmediatamente “mientras nos comíamos un pancho”, según recordara posteriormente en su biografía el uruguayo.
Los primeros borradores del manifiesto fueron redactados en esos años aunque pasaron rápidamente al olvido junto con muchas otras teorías que formulaban los amigos como una forma de divertirse. “Nos juntábamos en la facultad, a veces íbamos al bar de enfrente, que con una hemorragia de creatividad había sido bautizado Platón, y nos pasábamos horas discutiendo, en ocasiones nos perdíamos las clases. Permanentemente escribíamos manifiestos que pretendían desarticular las nociones críticas que nos imponían nuestros profesores. El documentalismo literario fue uno de esos manifiestos, así nació, y muy pronto se traspapeló entre teorías y conversaciones manchadas de café”.
Pero ese borrador no estaba destinado al olvido. Pocos años después fue recuperado por di Korda quien se sintió absolutamente sorprendido de haber sido el autor de un texto tan innovador. Los dos amigos volvieron a redactar el manifiesto varias veces hasta obtener la versión definitiva, la cual fue publicada en internet, en la hoy ya mítica página de di Korda: www.archideconstruidos.com.ar . Inmediatamente después de terminar con el planteo teórico di Korda y Esccelotto comenzaron a producir textos que avalaran el manifiesto. De estos primeros años son las mejores obras del escritor argentino, entre el 2002 y el 2006 escribe y publica en internet: La odisea de las puertas, El pene de Francis Scott Fitzgerald, Llamarse di Korda, Marilyn, El cementerio de las fantasías, La etiqueta de la cerveza, Borges nunca fue joven y Gutiérrez, el tigre de Balvanera. Dueño de un estilo único, que oscila entre el cinismo cotidiano y el fanatismo mediático di Korda fue un creador incansable cuya prosa es tan vertiginosa como lo fue su vida. Se casó por primera vez a los dieciocho años con Eleonora Ascasubi, su novia de la secundaria. Ese primer matrimonio, al igual que los otros cuatro, iba a durar muy poco. Di Korda era una persona apasionada y ecléctica, que poseía un talento desmedido y una capacidad de acción desbordante. Pero esas cualidades, como suele ocurrir, venían acompañadas por la sombra de los excesos y la locura. A lo largo de los cuarenta y cinco años que duró su vida di Korda no sólo se casó cinco veces, la última con un futbolista sudafricano, sino que también se dedicó al periodismo, la docencia, la militancia sindical, la actuación y el paracaidismo. Se jactaba de hablar cinco idiomas y disfrutaba de rodearse de famosos. Las crónicas de la época lo describen como un personaje imprescindible de la noche porteña, habitué de las orgías organizadas por Cacho Alvarez, quien por esos años había abandonado la política. También era conocido como di Korda el loco, por sus ataques de delirio y su perversa obsesión con Marilyn Monroe, a quien buscaba en todas las mujeres rubias que se cruzaban por su camino. Muchos sostienen que esa fue la causa del breve pero intenso romance que mantuvo con la veterana actriz Mihrta Lhegrand. Finalmente el genial escritor, el polémico personaje murió el 5 de octubre de 2020, el mismo día de su cumpleaños, atragantado con un hueso de pollo. Dejó escrita una de las obras más originales del habla castellana, compuesta, aparte de los ya mencionados, por Canibalismo, Remoto Control, Sobacos ensopados, En busca del buscón perdido, 34 rph, Joyce estaba del orto,
Soliloquio/Coloquio, Santa Monroe y Solidez entre los más destacados. Todos sus textos mantienen la premisa de la experimentación permanente postulada desde sus comienzos, fue tal vez el único escritor que llevó hasta las últimas consecuencias el mecanismo transforterizo, o de desaparición de las fronteras. Por eso es imposible determinar si sus libros son novelas, ensayos, poemas o artículos periodísticos.
Muy diferente fue la vida de Esccelotto. Hijo de un panadero italiano, Esccelloto nació exactamente el mismo día que su amigo, el 5 de octubre de 1975. Pero aparte de eso y de su afinidad ideológica, Esccelloto no tuvo nada que ver con di Korda. Su obra consta de un solo libro el cual tuvo sucesivas reediciones a lo largo de los años. Octopuso, tal es el nombre de la obra, fue reeditado, siempre con agregados, unas sesenta y siete veces, y consta exactamente de tres mil doscientas cuarenta y siete páginas. Hay que tener en cuenta que Esccelotto vivió ciento catorce años y escribió hasta el último día de su vida.
Su juventud la pasó en Montevideo, de donde partió a los dieciocho años con su familia para instalarse en Buenos Aires. Diez años más tarde volvería a Montevideo y se quedaría allí para siempre. Extremadamente celoso de su privacidad, nunca fue una figura pública, daba muy pocas entrevistas y nunca permitía que lo filmaran o lo fotografiaran. Antes de morir exigió tajantemente que jamás se publicara ninguna biografía suya que no fuera la que hizo su esposa Celeste Klein. Y nunca fue a recibir ninguno de los incontables premios que se le ofrecían, rechazó el premio Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Nobel.
Hablar de Esccelloto significa hablar de Octopuso, el descomunal libro que elude todas las definiciones. Hasta el día de hoy los críticos no logran llegar a un acuerdo acerca de su naturaleza. Mientras que algunos detractores sostienen que se trata simplemente de una novela larga otros tienden a considerarlo no sólo como la manifestación más acabada sino también como la superación misma de la transfronterización. El libro se plantea en un principio como la corroboración empírica de la teoría de la novela. “Todo lo que puede escribirse puede escribirse en la novela.” Pero a medida que el texto avanza se desprende no sólo del discurso sino también de la intención de ficcionalización, para terminar convirtiéndose en una refutación de la misma cita que pretendía corroborar. Hay especialistas que sitúan en Octopuso el final de la novela post-moderna que había comenzado con Ulises de James Joyce. Otros no están de acuerdo y consideran que Octopuso no es un solo libro, es más bien una recopilación de libros que se realizó a lo largo de los noventa años que duró su escritura. Más allá de las discusiones es indudable que Octopuso ocupa un lugar fundamental, para bien o para mal, en la historia de la literatura universal.
El documentalismo literario no acabó en las obras de di Korda y Esccelotto. Después de que el manifiesto fuera publicado en internet muchos jóvenes escritores que no encontraban un modo de expresión adecuado se sintieron identificados con la propuesta. Es importante tener en cuenta que el documentalismo literario fue uno de los primeros movimientos en desarrollarse paralelamente en varios países del mundo. Durante la primer década del milenio existió una escuela de escritores documentalistas en los cinco continentes, escribiendo en diferentes idiomas y sin conocerse entre ellos. La lista de nombres es larga y heterogénea, se destacan en ella el español Albertino Sanchez, el colombiano Fernando Nágera, los estadounidenses John Somerset y Melanie Rodriguez, el nicaragüense Ricardo Félix de la Haya, el alemán Werner Kretksz, la inglesa Eva Johnson Mills, el japonés Ryunosuke Nishi, el ruso Alexander Gorlof y la escritora india conocida como Avalokitesvara que también fue la tercer esposa de di Korda.
A principios de la década del 10´ el documentalismo literario se había ramificado subterráneamente por todo el globo. El reconocimiento para sus dos creadores se plasmó en cierto rédito económico de las ventas de sus libros a pesar de que nunca fueron tan masivos como prestigiosos. En 2012, con el dinero obtenido por sus múltiples trabajos, di Korda fundó la Editorial Sandokán como un espacio desde el cual combatir el monopolio de las grandes editoriales manejadas por empresas multinacionales. La elección del nombre es una manera de honrar a quien representaba el primer acercamiento a la literatura para el niño di Korda.
A medida que fue avanzando la segunda década del siglo se generó en la literatura a nivel mundial una situación particular debido a la aparición del documentalismo literario. Se produjo una división del terreno entre quienes postulaban al nuevo género como la única forma posible de hacer literatura y quienes se negaban a aceptar las innovaciones propuestas por el manifiesto. El segundo grupo de escritores continuó desarrollando una noción de la literatura que no tenía en cuenta siquiera la existencia del manifiesto y sus seguidores. Podría decirse que el documentalismo literario casi nunca fue atacado sino simplemente despreciado, negado con indiferencia. La figura polémica y mediática de di Korda produjo que muchos literatos consideraran que el movimiento carecía de contenido y solidez.
Todavía hoy existen muchas interrogantes acerca del documentalismo literario. Una vez pasado su momento de mayor efervescencia fue lentamente quedando de lado. A pesar de esto su influencia se plasmó en la mayoría de los escritores de las generaciones siguientes de forma tal vez inconsciente. Muchos de los nombres que le dieron brillo al movimiento están actualmente olvidados o se destacan como individuos independientes pero no como parte de un grupo.


Bueno, bueno, acabo de inventar la historia de un movimiento. La incapacidad de redactar un manifiesto engendra la capacidad para inventar sus consecuencias. Es una de las posibilidades de la escritura. Si no tengo nada que escribir me invento un linaje, una corriente en la cual situarme. Me hago el borgeano y listo.

Extraído de: “El genio y la parsimonia, una biografía de Maximiliano Escceloto” de Celeste Klein. Editorial Sandokán.

 


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