Gabriela Bejerman


La mujer que me gusta llega tarde a la playa

 

1.

La mujer que me gusta llega de noche a un hotel de una pequeña ciudad marítima. Baja, va al kiosco, compra una lata de coca, sube y desde el balcón ve una calle por la que ya pasa poca gente. Se prueba unas nuevas calzas con mar y palmeras fucsia. Al día siguiente está tomando agua de coco.

 

2.

La mujer que me gusta trabaja en una fábrica de osos de peluche en una pequeña ciudad marítima. De 7.30 a 6. Apenas sale va a la playa, corcovea en el mar, camina kilómetros ida y vuelta. Su barrio tiene antiguas plantas en flor y casas color pastel. Le gusta usar ropa ancha, pero se la distingue por sus reflejos en corto pelo castaño. Ve la novela nacional, prefiere salir, disfruta especialmente de la oscuridad.

 

3.

El martes a la tarde las dos mujeres que me gustan se cruzan por la playa. Una de las mujeres que me gusta se acerca a la otra y organiza el flirt de modo tal que la otra mujer que me gusta se presta al juego recordando que cortó con su novia porque era muy celosa.

 

4.

La mujer que me gusta consigue su cometido. Está besando (una fugacidad) a la mujer que le gusta. Yo estoy contenta por eso, a la otra mujer también le gusta. Las mujeres deben separarse, a una de las dos su ex la espera más allá surfando.

 

5.

La mujer que me gusta vuelve al hotel y encuentra en la guía telefónica la dirección de una fábrica de peluches. Marca la página, mezcla la pequeña guía entre los libros religiosos, vuelve a tomar agua de coco. Se le cae sobre la remera dos veces, se siente tonta pero se divierte pensando posibles encuentros con la mujer que podría localizar y le gusta. Mañana al mediodía la irá a buscar a un lugar que no conoce, tomará el ómnibus con la facilidad de una viajera empedernida. Mañana.

 

6.

La mujer que me gusta encuentra a la tarde, cuando vuelve de almorzar, un cartel en el reloj donde ella y sus 19 compañeras marcan tarjeta. Pero antes que ella lo vio su jefa que la llama a la oficina para pedirle explicaciones. En el aire acondicionado glacial ella parece muerta y congelada. La mujer que me gusta atina a pedir servilmente disculpas y ofrecer ojitos indefensos. La vieja bruja la perdona con desgano, sin bostezar, tensa como un perro guardián enano. La mujer que me gusta vuelve al galpón de trabajo pensando que esto podría hacer tambalear su situación en la fábrica, pero no tiene miedo, trabaja bien. A la noche comenta lo sucedido a su ex, con quien vive, lo cual va caldeando el terreno para algo que la mujer que me gusta no quiere precipitar pero su ex sí: el retorno, la reconciliación.

 

7.

La mujer que me gusta no logra ver al mediodía a la mujer que le gusta. Deja un cartel en el reloj y luego toma una excursión. Visita una ciudad. Saca fotos, bebe latas de cerveza en varias oportunidades. Compra chucherías tachando nombres de una lista escrita a mano, toma un barco turístico con gran resolución. En el ómnibus de vuelta muda ve el ovni del atardecer. Agradece a las vírgenes que recuerda con sonrisa cómplice, como si la estuvieran acompañando en este momento tan especial. Da vueltas por el pueblo pesquero durante dos horas esperando encontrar a la mujer que le gusta, pero ella no llega. Tampoco consigue un lugar donde pueda uno tomar café y fumar un cigarrillo al mismo tiempo. Refunfuña hasta quedarse dormida viendo televisión en la sala del hotel. Después despierta un poco como para volver a su habitación, desvestirse y darse una acariciada intermedia antes de yacer con peso máximo hasta mañana.

 

8.

Al otro día la mujer que me gusta recuerda la nota que dejó en la fábrica de muñecos de peluche. Busca excusas para no hacer absolutamente nada durante el día y cuando llega la hora se produce un poco para el posible encuentro. Toma el ómnibus hacia su barrio. Esta vez la encontrará. Sí, se encuentran. Permanecen en la playa besándose entre algas, juncos y, por qué no, estrellas de mar. ¡Qué bien me hace todo esto! Las mujeres que me gustan prometen encontrarse mañana pero no intercambian muchos datos más acerca de cómo ubicarse ni de quiénes son además de un cuerpo enamoradizo y cachondo.

 

9.

La mujer que me gusta suda desnuda destapada. Un espectáculo infantil que han tenido la mala idea de montar frente al hotel la despierta temprano. Maldice a los niños antes del desayuno. La mujer que me gusta espera nuevamente la hora. Al salir por la tarde no repara en el clima, sólo a tres cuadras piensa “podría haber traído el paraguas”. Cuando llega al mar llovizna. Deja que el frente de tormenta se acerque con una cola de cielo verde por detrás tronando. La empapa. Pero no encuentra a la mujer que busca, una pared de precipitaciones las separa. Espera que pase la gota gorda, sale a la plaza con esperanza, camina hacia el atardecer. Cuando cansada da la vuelta ve el arco iris entero. Sigue rumbo al arco de regreso. No ha encontrado a la mujer que le gusta pero el cielo hace ahora de sus hábitos una bebida poco corriente.

 

10.

La mujer que me gusta lo intenta otra vez. Pero hoy es sábado, la fábrica está cerrada. Sale la jefa mala con un marido mudo. Dice que hoy es sábado, la fábrica está cerrada y la mujer que me gusta no está. Le pregunta si anda sola de vacaciones y que dónde está su familia. Ella inventa rápido que está con las primas y sale a la playa. Atraviesa un barrio, trata de que un milagro ocurra: encontrarla. La marea está muy llena, se come todo lo que antes había de arena. La mujer que me gusta avanza rauda con pies descalzos mojados inundados.

 

11.

La mujer que me gusta sale a caminar por la playa. Ella y su ex están volviendo a la punta de piedras. En el camino una ha dicho cosas románticas que siempre funcionan. La mujer que me gusta piensa “y, bueno”. Restablece su vínculo suspendido, ¿porque vive, come y habla con ella todo el día sin parar? Porque alguien capitalizó la emoción de su nuevo romance. Le dice que si se encuentra con la mujer que conoció en la playa tendrá que darle una explicación

 

12.

Las mujeres que me gustan se encuentran. Una de las mujeres que me gusta le dice a la otra que ahora no pueden irse juntas, que adoró estar con ella pero que ahora no da, no puede, es imposible, ni siquiera mañana, antes de que ella se vaya de la ciudad. La mujer que me gusta la mira sin llegar a especular con la idea de la histeria, prefiere localizar ahí un brillo leal. La mira fijo sin lograr borrar de la mujer que le gusta a su ex ex. Se le trasluce el amor que queda a pesar de que a cincuenta metros las mira la celosa, cautiva ya su presa predilecta.

 

13.

La mujer que me gusta le da un beso en la mejilla apretando “push” con un cachete indio y japonés. La presión destella. Las mujeres que me gustan emprenden caminos separados que nunca se han de volver a encontrar. Sin embargo las mujeres que me gustan tendrán muchos otros romances fugaces.

 

14.

El mar ha decidido rebajar la marea de a poco, esta tarde no hay arco iris en el mismo camino de vuelta. El ómnibus que toma hacia el hotel no es el que da toda la vuelta. Tarda apenas cinco minutos en volver. Pero el tiempo se ha quedado corto sólo porque ella llegó a la playa un par de horas tarde.




Florencia Abbate

Acababa de volver y sentía que nada era real. Ya me había olvidado de mis cosas, de que existían, de su apariencia. Me había olvidado inclusive de cómo solía ser yo antes de irme. Yo, tan disímil a mí... no lograba encontrarme en la luna que seguía flotando por encima de la plaza donde antes tantas veces me sentaba a recibir la noche. Ni en el cuerpo envejecido de mi madre. Ni en los libros que con tanto empeño ella me había guardado. Ni siquiera en el espejo frente al cual me descubría lo único indudable: la cicatriz del viaje.
Hacía colas para formar parte. Horas y horas se perdían en trámites que sólo incrementaban la extrañeza, el delirante asombro... Pensé: la primera impresión dura unos días. Pero aquello continuó y era tan desconcertante que fui a ver a un médico y le dije: “Deme algo porque yo no sé qué pasa”. Compré en una farmacia las pastillas que me había recetado y después llamé a una amiga. Mara insistía en recomendarme a un chino. Siempre tenía algún chino a mano para todo... Apenas con la ropa que llevaba, poco después me mudé a una casa inmensa donde vivían ella y cuatro amigos más. Estaba obsesionada con la idea de la impermanencia. Pensaba demasiado. Supuse que me iba a hacer bien la compañía.
A los vecinos de la casa de al lado no les gustábamos ninguno de nosotros. Formaban una feliz joven pareja pero como de otro tiempo. A tal punto que él aún discutía si existe la amistad entre el hombre y la mujer, sin haber registrado que su hermano era transformista. El hermano del vecino tenía una sensibilidad bastante afín a la nuestra. Adoraba burlarse de sus taras y sus incapacidades. Y una vez en la puerta me dijo que se había dado cuenta, abrazado a los 28 kilos de su amigo internado en no sé qué hospital, que no hay nada que alcanzar o ambicionar, que no existen ni el triunfo ni el dominio... Algo similar creía Flavio, de los seis que habitábamos la casa, el más reservado. Su presencia era casi imperceptible. Francisca decía que Flavio quería atesorarse para tiempos mejores. Lucrecia aseguraba que un par de experiencias muy feas le habían dejado el deseo atrofiado: ningún reproche que hacerse por actos que ya no realizaba, ninguna vanidad por esas obras plásticas que ya no concebía, ninguna preocupación por gente que ya no le importaba.
“No entiendo por qué esa tendencia a querer saber cosas sobre la persona con la que te acostás”, me interrumpía Lucrecia cuando yo comenzaba a preguntarle por su amigo Marcus. “Marcus no es más que eso: Marcus”, me decía y parecía que Marcus podía ser cero o un alma brillante según cómo uno decidiera interpretarlo. Nunca llegué a saber qué tal era despertar con él. Casi al alba, saltaba de la cama alegando en un alemán sonámbulo que era la hora de pasear a su perro. A mí me daba pereza escuchar otro idioma tan temprano. Asentía con los ojos cerrados. Lo oía salir y soñaba que se iba a hacer footing a la plaza, comandado por un personal trainner cuyo nombre era Dogo; que nevaba y su flamante ropa quedaba cubierta de copos de nieve; que pasaba por al lado de un mendigo y le daba unos rublos; que volvía a despertarme con el pelo emblanquecido y, masticando astillitas hielo, me explicaba: “Las personas se dividen en dos clases: los que van bien vestidos y los que van mal vestidos. Pero hay justicia: la nieve se divide en partes iguales para todos”.
A Andrés le encantaba conversar sobre ese tipo de fenómenos: los sueños, el sexo, la suave caída de la nieve, la caída del sol y de la lluvia, de las hojas; también, sus abruptas caídas. Tenía una gata llamada Eutanasia y una novia tan celosa que entraba a su casilla y le leía enteramente los mensajes. Cuando él se dio cuenta ella le dijo “¿No te explicaron que nunca te conviene poner de contraseña el nombre de tu mascota?”. Las pasiones de Andrés se parecían demasiado a sarpullidos. Y su ánimo cambiaba con una rapidez alarmante. Atinaba a anunciarlo con la frase “Estoy por derrapar”, y de pronto era otro su carácter. Esa capacidad para volver todo denso en un instante me irritaba y deprimía. Ciertas noches daba vueltas por la casa como estrangulado por sus propias convicciones. Durante aquellos trances utilizaba mucho la palabra mierda: “¿Para qué mierda querés esa estufa?”, “¿Pueden sacar esa música de mierda?”, “Estos vecinos de mierda”, “No sé qué mierda pretende esta mina”, “Debo ser una mierda de persona...”. Una madrugada, sentados en el living en un silencio hecho de inquietud petrificada, escuchamos el murmullo de un refugio de ratas por debajo del piso de madera. Yo tuve pánico y él me decía: “Las ratas están ahí y corren. Las ratas también tienen vida. ¿Qué mierda podrías hacer? ¿o acaso te vas a mudar a otro lugar por eso?”.
Al oír a las ratas yo pensaba en los pies desnudos de Flavio. El siempre andaba descalzo. Francisca decía que se estaba despojando. Andrés le llamaba a aquel proceso “el devenir villero”, e ironizaba: “Nosotros tenemos que atarnos los cordones, bancar el sudor entre los dedos debajo de las medias, sacar de los zapatos el barro cuando llueve y lustrarlos a veces. San Flavio no, él es un hombre libre, es un artista, y morirá descalzo”. Andrés no sentía el más mínimo respeto por Flavio; eso deseaba expresar cuando decía: descalzo. Los contactos de Flavio con el mundo eran cada vez más esporádicos y, debo confesarlo, a mí me atraía su misterio de reloj cucú... Me hubiese gustado preguntarle en qué lugar vivía, ¿en la punta de sus dedos? ¿en la música? ¿en el fondo de sus sueños? ¿a través de sus cejas?: ¿dónde? Parecía haber desaprendido el grueso de la lengua y preservado monosílabos exclusivamente. Las frases de Flavio eran enigmas, piedras dejadas ahí, guijarros de antimateria o señales que indicaban una ejecución imposible. Ante él sentía que mis frases estaban demasiado cargadas, no lo bastante vaciadas por la respiración. Me preguntaba si eso se lograba descansando los pies. Si descalzarse era una forma de aprender a tolerar la intemperie, los huecos, lo desprovisto.
La presencia fantasmal de Flavio contrastaba con el infatigable voluntarismo de Mara. Ella esperaba un Gran cambio. Había decidido aplicar a no sé qué y repetía esa palabra decenas de veces por día. Aplicar, aplicar, aplicar, y la palabra era cada vez una goma que frotaba la misma superficie, borrando algo reiteradas veces como con la secreta esperanza de que al fin se hiciera un agujero. Pasaba todo el tiempo navegando en Internet y en esas aguas pescó un amor virtual. Delante de Lucrecia alardeaba: “Anoche recibí 14 mails de Jane en media hora”. Lucrecia me había contado sus asuntos con ella: “El tema es que no funciona para nada. Hacerlo con Mara es imposible. Pero siempre volvemos a encontrarnos desnudas de nuevo. Nos miramos y decimos: ¡Otra vez! ¡Por Dios! ¡¿Por qué lo hacemos?!”. Lucrecia además tenía algo con una ex compañera de la Facultad. La madre de la chica estaba con ella. Ni bien supo que Lucrecia había hecho unos cursos de tarot la llamó, completamente eufórica. Lucrecia me decía: “Esta mina ni enterada de que yo me acuesto con la hija, y quiere venir hoy a casa a que le tire las cartas; che: ¿qué onda?”. Yo notaba que estas relaciones le causaban algún daño. Una día en la cocina, lavando, de pronto se rascó la cabeza y murmuró: “¿Por qué será que casi toda mi vida está hecha de cosas que hubiese preferido no hacer?”. Se reía pero me pareció que la risa no era clara. Esa noche tomó unos cuantos tragos. Como se había quedado sin dinero para salir se puso a bailar sobre la cama. Después cayó tumbada en el colchón y se largó a llorar. Le pregunté qué podía hacerle falta y respondió “No sé... una familia... algo apretado”.
Para entonces yo había empezado a soñar con nieve seca, y no atendía si en mi celular veía el teléfono de Marcus. Que me negara tanto lo había enardecido; llamaba sin tregua y Andrés acotaba “No sos vos, sino el orgullito, lo que lo hace insistir”. Soñé que el viento llenaba de nieve la cerradura de la casa y la llave no entraba, y que luego Francisca soplaba sobre nuestras llaves como si de ese modo intentara reanimar corazones helados. Pero creo que el corazón de ella tampoco estaba a gusto. Decía que tenía que soltarse y fantaseaba con el teatro. Me contó que había salido con un tipo casado, dramaturgo. Que resulta que a él se le paraba y se le bajaba al instante. Que llegado cierto punto a ella se le fueron las ganas. Que él se obstinaba pero ella no quiso. Y que él le dijo que eso ocurría porque ella no era muy demostrativa, que no sabía lo que ella sentía, lo que le pasaba, que ignorar sus emociones lo hacía sentir inseguro, etcétera etcétera. Francisca le había contestado: “Pero qué carajo importa lo que vos sentís, lo que yo siento, lo que nos pasa y todo ese rollo de las emociones...”.
Lucrecia comenzó a parecerse a un péndulo oscilando entre la ira y la plegaria. Había colocado en una esquina de su cuarto un balde lleno de agua hasta la mitad. Según ella para sofocar incendios; por alguna razón se le ocurrió que se venía uno. Yo veía a Lucrecia inclinada sobre ese precipicio cilíndrico, el agua turbia y en su superficie unos insectos lentos, la cabeza de ella casi adentro, como midiendo la distancia o queriendo llenar la otra mitad del balde con un grito. “En este juego rendirse no vale”, me anunciaba antes de irse a dormir. Jamás supe a qué se refería.
Mara se compró una web cam y desayunaba todas las mañanas con su amor virtual, una chica rubia, ligeramente gorda, que comía cereales con forma de anillos de colores. La vi una vez mientras se despedían, con cara de sapo sedado y bigotes de nata, pidiéndole a Mara que no se olvidara de darnos sus saludos a los room mates. Después vi a Jane girar en su silla y aclararle a su madre que no había entre nosotros ningún terrorista, que sí, que era seguro, que Sudamérica no tenía nothing to do con Medio Oriente... Yo no comprendía por qué Mara planeaba ir a Texas ni cómo podía querer convivir con aquellas dos rubias, diferenciadas sólo por el hecho de que la madre ya era obesa y de mañana devoraba pollo frito. Francisca me regaló una suerte de consejo multiuso: “Lo más sano es cambiar de perspectiva. No tenés que juzgar nada que pase ni sentir que es triste. Solamente observalo y pensá que así es como la gente hace hoy las cosas”. Traté de aplicar aquellas fórmula en diferentes casos. Pero ni así conseguía quitarme la sensación de que se había estado yendo en cantidad todo aquello que en lo que yo creía o que estimaba en algo.
Los calendarios son muy convencionales. Los números que aparecen en ellos no nos representan. Se suele pensar que al dos de enero le sigue el tres de enero, y no inmediatamente el veintiocho. Pero esa sucesión ordenada no existe. En verdad los días llegan como quieren y para cada uno; a veces llegan varios de golpe, o puede suceder que un día tarde varios años en llegar. Entonces vivís en el vacío, no entendés nada y sufrís mucho... Ninguno sabía por qué pero lo nuestro ocurría en un tiempo difuso, como en un after, o en el espacio cerrado de un grano de arena inexplicable. Sólo Eutanasia parecía capaz de distinguir los movimientos de la vida, la captaba en lugares minúsculos, la olfateaba y la seguía.
Flavio no pronunciaba ya ni una sola palabra. Se limitaba a poner un disco u otro en el equipo del living. Una tarde el equipo no anduvo. Lucrecia desenroscó una canilla del baño y la escondió. El agua brotaba a grandes chorros y la bañadera comenzó a desbordarse. Andrés abrió la puerta de la casa. Pisó sobre mojado. Lo habían despedido del trabajo y su nariz sangraba. Mara llorisqueaba con el rostro eclipsado en la luz muerta que cubría el monitor. Un virus acababa de quemar el mother de su máquina. Mientras tanto Francisca veía televisión en su pieza. Me llamó y cuando fui de inmediato señaló la pantalla: se había acabado el uno a uno. Ella dijo “Los valores cambiaron”. A mí me importó nada la moneda porque andaba como loca buscando a Lucrecia. Fui a la cocina y quedé detenida ante el reloj. Unos minutos después entró Flavio. Nos miramos a los ojos y lo vi realmente distinto. Como si hubiese terminado de perder la confianza en estar para algo. O tal vez como si hubiese perdido la confianza en estar.
Si fuera cine, acaso ahora el productor habría exigido el suicidio de algún personaje. Era un poco el clima, aunque no para tanto. En realidad el desastre eligió como mejor escenario la casa de al lado. La muerte no es negra. Es blanca. Igual que el primer fogonazo de flash ante nuestra sorpresa. Tras el fotógrafo vimos periodistas, un camión de bomberos, policías. Nosotros ni siquiera habíamos oído los gritos. Al vecino lo sacaron con esposas y a ella en ambulancia. El tenía el aspecto de un contador en un mal día, nada más que eso. Andrés prestó declaración y Francisca capturó varias escenas absurdas con su cámara. Lucrecia contemplaba fijamente a la vecina; la canilla asomaba como un tótem del bolsillo de su saco. Aferrada a un brazo de Lucrecia, Mara hacía preguntas como qué significa ser normal, quién se anima a explicar qué es la locura, cómo cuernos se las ingenia la gente para congraciarse con la ciudad donde nació.
Esa noche fue la primera vez que cenamos todos juntos. Lo ocurrido generó un irrefutable sentimiento de alianza. Compartimos los vasos y también chistes de humor negro. Jugábamos a pellizcarnos para salir de la duda... Aquel raro malestar se disipó en el tintineo de cristales, el olor a comida y nuestra charla, mucho más amistosa que siempre, vivificante. Me fui a dormir acompañada por el eco tibio de las voces de ellos. Pero al acostarme, no sé por qué apoyé mi mano sobre la cicatriz del viaje y me acordé que de chica, cuando volvía del colegio caminando, me preguntaba qué era peor, si el lugar del cual salía o al que iba, y como mi casa y la escuela me angustiaban en igual medida, alguna vez llegué a pensar que mi único lugar estaba ahí, que debía ser simplemente ese tránsito, esa zona sin techo, ese espacio intermedio, la intemperie... Soñé con ventanas heladas, cubiertas de nieve. Las limpiaba con la mano hasta encontrar mi reflejo y cuando al fin me veía sus alas se abrían de golpe; salía a la calle y empezaba a caminar bajo la luna, sentía que me iba a congelar y que el tiempo transcurría sin que amaneciera nunca, pasaba por la plaza y al cruzarla me resbalaba y caía, pensaba que siempre sería invierno y faltaría algo, y no quería levantarme porque así, hundida en la nieve, no sentía el frío. Unos pájaros cortaban el cielo. La música de su aleteo fugaba y volvía, fugaba y volvía...



Mariana Enriquez

 La luz o la cajita

Me gustan los forros. No recuerdo cómo se siente recibir el semen en mi interior, y francamente no siento que me esté perdiendo nada. Cuando empecé a tener relaciones sexuales, a los 15 años, eran tiempos de terror, peste rosa, paranoia y sí, mucha muerte. El forro sirvió para que el sexo adolescente, con toda su incertidumbre y descubrimiento, fuera eso y no una angustia y un padecer. Y también, cómo no, con el preservativo desaparecieron por completo los nervios de un embarazo no deseado y el pánico de haber olvidado tomar el anticonceptivo por la mañana. ¡Y era tan divertido ser una pendeja y desconcertar a kiosqueros y farmacéuticos pidiendo dos cajas, sólo por alardear!
Tanto me gusta el forro que, a veces, siento que es un fetiche. Me gusta la expectativa, ese retraso de segundos cuando él rasga el sobre de plástico con los dientes, manipula el látex resbaladizo y se lo calza; esa morosidad me deja unos instantes sola para disfrutar de mi humedad, de la piel algo irritada por las caricias, del latido interno. Hasta asocio el olor vagamente industrial del látex con el sexo, y tengo que decir hasta tocar un sobre cerrado y jugar con el forro atrapado entre
los dedos -cómo se desliza, se achica, se escapa- es sumamente erótico.
Y se me debe notar, porque no tengo historias aterradoras para contar; nunca encontré en mi cama a un hombre que no quiera usar preservativo, nunca escuché las excusas que a veces me cuentan mis amigas: les aprieta, los aprisiona, no sienten nada, les arruina la erección -¡vamos muchachos que eso siempre puede recuperarse una vez dentro del látex!-, los desclimatiza, les corta el mambo. Y no sé cómo reaccionaría ante la propuesta: imagino que el señor de marras saldría eyectado por la ventana. Hace dos semanas, estuve con mi chico en la oscuridad total. El todavía no conocía los recovecos de mi habitación, y en el revoltijo de ropa -suya, mía- que yacía sobre el piso, no podía encontrar sus pantalones. Cuando lo logró, después de encender una vela con el encendedor que encontró tanteando el piso, descubrió que tenía los bolsillos vacíos. Me miró desde ahí por un instante, y enseguida su cara desapareció en la oscuridad porque la vela era sólo un mínimo cabo que entonces se extinguió para siempre. Me levanté para buscar mis propios forros en el cajón, mientras él -lo escuchaba- seguía rebuscando entre medias, ropa interior, remeras. Después lo escuché gritar tras chocarse con la cama, y le pedí que encendiera la luz. "¡Tampoco la encuentro!" se rió, ciego. Yo, que no necesito luz para orientarme en mi cuarto, lo ayudé y dejé que nos revelara la impiadosa luz de una lamparita pelada a la que nunca termino de encontrarle la pantalla que la oculte. El estaba sentado, revolviendo su billetera y acariciándose la rodilla dolorida, con la sonrisa más hermosa del mundo. Finalmente encontramos la cajita gris en un rincón, que había caído fuera del bolsillo. Nunca se nos ocurrió abandonar, renunciar, ceder ante la adversidad y correr un riesgo que, al día siguiente, nos hubiera colmado de dudas los ojos -y no de risas y hambre y besos en la ducha-. Ni siquiera volvimos a la cama, porque preferimos empezar todo de vuelta después de los quince minutos de arqueología ahí mismo, perdidos entre las ruinas de nuestro vestuario.



Elsa Drucaroff

 

Una noche (más) sin lavarse los dientes

El tipo te gusta, mucho. Y hay onda. Y te invitó a salir esta noche. Va a pasar hoy, estás segura. Elegís con cuidado la ropa interior, el vestido corto. Estás feliz. "Disfrutá, que éste es el mejor momento", te decís mientras vas para la ducha. El momento de la expectativa, del histeriqueo, de las conversaciones que unen. Conocer, seducir, verbos sublimes que preparan el otro momento único: un cuerpo completamente nuevo y su modo desconocido de desearte, la mutua calentura acumulada, la impaciencia, la hora de la develación. Estás contenta en la ducha
cuando aparece el maldito pensamiento: "él debería usar..." "Debería, ¿no?", te preguntás con la esperanza de encontrar adentro tuyo una respuesta razonable que demuestre que no, no tendría por qué, vos dale tranquila... Pero sabés que es inútil, no existe respuesta razonable. El debería usar. Sos una mujer inteligente. Leés los diarios. ¿Cómo encontrar en este anochecer del 2004 un argumento razonable para no usar preservativo? Tendría que usarlo, te repetís. Y aunque pusiste el baño
de espuma que reservás para estas ocasiones, te hundís sin placer en el agua y te acordás con rabia de la fiesta de tu primera juventud, cuando todo era tan libre, tan fácil... Es como un flash molesto, los ojos cerrados guardan la impresión todavía un rato y después ya fue. Cuando salís del baño hay que resolver el color de la sombra de ojos y si esa cartera es la que mejor combina. No vas a arruinarte el ritual. Salís de casa linda como una reina y decidís pensar sólo en él: sus frases, sus
tonos, lo imaginás desnudo. Pero no sos ignorante ni te querés enfermar. Leés los diarios. Entrás a una farmacia que está cerrando. Comprás forros. "Va a usar", te prometés. "Esta vez lo voy a hacer". Porque otras veces no lo hiciste. Cada vez que un tipo no quiso, no se lo puso. Y él va a resistir, suponés, porque no es de los jovencitos, a ésos muchas veces no hay ni que decirles nada. Es un tipo de tu edad, de los veinteañeros que decían que cuidarse era problema de las minas. De los que despreciaban la vida sexual de sus padres ("cogen con forro y con el camisón puesto, qué gris", y se sentían intensos, en technicolor). Para alguien de la generación del tipo que vas a ver, para vos misma, no hay nada más patético, represivo, que un forro. Primero no te animabas ni a plantearles que se lo pusieran, a ver si creían que vos estabas enferma. Cuando juntaste argumentos y coraje descubriste la cara de fastidio y te callaste. Una vez insististe y escuchaste: "No". No. Sin vueltas, duro, firme como un muro. Tenías que decir lo mismo vos también. Irte. Pero te quedaste. Y tuviste miedo durante, pero sobre todo después. Tenés miedo
todavía hoy. Por eso acumulás argumentos: que tampoco cogés tanto (con una vez, basta), que nunca estuviste con uno que se picara (¿y si no te lo dijo?), que ninguno tenía historias homosexuales (¿cómo sabés?), que igual los gays se cuidan (¿todos?), ¿y con quiénes estuvieron los que estuvieron con vos? Hay noches en que no podés dormir, son pocas, pero terribles. Das vueltas en la cama y repetís cada argumento a favor, cada argumento en contra, te acordás otra vez de cuando encontraste a Nora y te contó que Juan había tenido..., se había acostado con... ¿Fue antes? ¿Fue después? Te prometés hacerte el análisis, te puteás porque no te
vas a animar. Basta. Ahora estás con él, preciosa, sentadita en el restorán con velas y delicioso vino tinto. Y todo está saliendo maravilloso. Deliciosa conversación. Deliciosas miradas. Un tipo tan interesante... ¿No lee los diarios? "Se lo tengo que decir", pensás.
"Hay que esperar que me bese".¿O sacar el tema en abstracto, como para dejarlo sentado desde lo ideológico? Comentario social: los cambios en la sexualidad: "antes era todo tan libre, tan posible, y ahora hay que..." ¿Cómo vas a hacerlo pensar en eso si lo que querés es que te coja? Y ya está, llegó el gran momento. Te entregás con fruición a largos besos en la vereda y esperás su "¿vamos?" para susurrar, lo más sensual que te sale: "lo hacemos con preservativo, ¿sí?" "No tengo",
dice él rápidamente y podría haberse ahorrado el "tengo", sería igual. "Yo traje", insistís. "No uso", dice. Entonces algo pasa. ¿Sos vos? Te escuchás: -"Entonces, no." El te mira. "No", repetís. Te estás dando vuelta para irte cuando te toma el brazo. ¿Era así de fácil? Entran al telo y vos estás eufórica. Sacás el preservativo, lo ponés sobre la mesita de luz. Por si fuera poco, lo que imaginaste es tal cual. Esa sí es una noche. Qué hombre. Cómo toca, cómo acaricia, cómo se hace acariciar. Vos misma le ponés el forro, las chicas jóvenes hacen eso, dicen. Y te dejás poner boca abajo, y sentís que pasa algo raro, te das vuelta... ¿Qué hacés? -preguntás. El no contesta. Se sacó el forro. Te besa para que no hables, te da vuelta otra vez y no descubre que llorás bajito y mucho menos, después, que fingís un orgasmo. A la madrugada volvés a tu casa. Evitás lavarte los dientes para zafar del espejo. No
pegás un ojo. "No se pica...", empezás.



Marta Dillon

Lo que promete una caja de doce

Que una se acostumbra a todo es una afirmación (bastante vulgar) a laque se llega por simple acumulación de experiencia. Qué se yo, hace poco menos de dos años creía que nunca podría asumir con naturalidad la vida sexual (activa) de mi hija adolescente. Ahora no sólo estoy adaptada a esa revelación espeluznante sino que me he acostumbrado a desayunar con su novio legañoso en mi cocina y hasta soy capaz de preguntar, cuando
van a dormir a la casa del susodicho, si tienen forros suficientes como en otra época le sugería llevarse una camperita por si refresca. Y ni antes ni ahora el revoleo cansino de los ojos de mi niña tratando de quitarse de encima la marca insoportable de su madre ha hecho mella en mi necesidad de tener una seguridad que siempre está un poco más allá de
mis posibilidades. Porque, claro, puedo llenarle los bolsillos de forros de mil colores que igual nada me asegura que llegarán al lugar correcto de la anatomía del susodicho. Y mejor no seguir por ese rumbo porque una también tiene sus límites. Lo cierto es que una se acostumbra a casi todo y hasta es posible olvidar cómo era la vida (sexual) antes de que
el forro se convirtiera en el mejor aliado para gozar sin temor de los placeres del cuerpo y, por qué no, del alma. ¿O acaso el alma no pega sus brincos después de una noche, una tarde o una mañana en la que el abandono de la urbanidad nos lleva de narices por sus rastros más húmedos, olorosos, pringosos y otra clase de adjetivos que sólo se reservan para esos casos?
Cuando desperté a mi propio amanecer sexual, el forro era un objeto casi anacrónico, un método anticonceptivo que las chicas modernas despreciábamos porque nuestra afirmación de independencia nos llevaba a tomar religiosamente cápsulas diarias de las que una podía quejarse más o menos, pero a las que nos rendíamos porque de alguna manera empezar a tomarlas hablaba de una toma de conciencia, de un reconocimiento a ese
otro objeto que, decían -no tengo edad para recordarlo- había iniciado la era de la liberación (sexual) femenina. No me acuerdo cuándo vi uno por primera vez, creo que fue en el aula del colegio secundario, inflado y perdida su razón de ser, un chiste que los varones nos hicieron a las chicas haciéndolo volar de mano en mano en un guiño que nos obligaba (a nosotras) a poner la mano donde ellos la imaginaban y una todavía no se
atrevía. ¿Y cuándo fue que se transformó en el amable presagio de placeres posibles? No después de haber recibido mi diagnóstico de VIH positivo, porque en ese momento, la verdad, de coger ni hablar. Fue después, mucho después, podría decir incluso que fue después de que dos amigas me relataran una escena que quedó grabada en mi memoria, a pesar de lo nimio del asunto. Resulta que las chicas se preparaban para un campamento de Semana Santa, un campamento militante con todo lo que trae el fervor de unos cientos de jóvenes que se sienten hermanados por una causa y que saben que después de las discusiones vendrá el abandono en los brazos de un compañero o compañera que sabrá qué hacer para consolarnos de las injusticias del mundo capitalista. La cita era en
Constitución, en la estación de tren, a esa hora en que la gente camina como hormigas a las que se les pateó su laboriosa estructura de vivienda. Y ellas, con la excitación lógica por lo que vendría hormiguéandoles también en la panza, dejaron para último momento los últimos detalles. Había que comprar forros, era necesario tener forros si una pretendía asegurarse una correcta preparación para cualquier (im)previsto. Corrieron al kiosco, esperaron su turno igual que esperaban el suyo una docena de personas a sus espaldas. Y, como para que la cosa no fuera tan cruda, empezaron pidiendo chicles, pastillitas, un paquete de cigarrillos y una cajita de preservativos; esto último dicho en un murmullo que intentaba esquivar las miradas torvas en la nuca, que de ésas también hay. ¡Qué gusto que ledieron al señor del kiosco! "¿Quieren forros? Está bien, pero ¿qué forros?", preguntó el
hombre. Cualquiera, dijeron ellas, dos cajas. "No, cualquiera no, cualquiera no es una decisión", se hacía el canchero. "Porque hay de muchas clases. Los hay con textura para hacer cosquillas en la chuchi, los hay extra large, super premium, lubricados, con espermicida, con gusto a frutilla, de colores..." A esa altura, los colores estaban instalados en la cara de mis amigas y tal vez llevadas por ese calor en las mejillas dijeron implemente, "los de cajita roja", pagaron y se fueron sin mirar atrás y con una decisión que congeló la estúpida sonrisa del señor del kiosco. No es que el relato haya sido demasiado sorprendente, pero para mí, vieja trasnochadora y audaz cruzada en contra de los límites, tenía un tono que desconocía y que me abrió, tranquilamente, una puerta que ahora es un portón automático: ellas se preparaban sin un resto de vergüenza, sin temor a volver con su tesoro intacto en el bolsillo, para una noche de sexo fugaz, sin culpa y sin paranoia, ¡una noche perfecta! Y yo, que todavía no sabía si me volvería a atrever a mostrarme desnuda delante de nadie, pues fui tranquilamente al supermercado y me compré una caja de doce, la mejor caja de forros que hay -aunque por suerte todas se acaban alguna vez- por la cantidad de promesas que ofrecen, y la puse en mi cartera como un reaseguro de que la vida volvería a besarme en la boca. Y si no era la vida, pues sería un hombre, a quien amorosamente coronaría en algún momento con un gracioso sombrero de látex para invitarlo a entrar -con la morosidad del caso- a visitar la flor de mi secreto, que sabe abrirse cada vez mejor -la experiencia no es en vano-, sin culpa y sin paranoia.




Por Mariano Dorr
Preguntale (fragmentos)

En busca del costicismo perdido.

Victoria. Nos decimos tantas cosas lindas vos y yo. Una de las últimas fue “te voy a escribir una novela”. Eso nos da mucha risa a los dos. Me prestaste Habrá que poner la luz de Damián Ríos, Eloisa Cartonera, ahí el chico le dice a su chica: “es la última vez que te escribo una novela”, y yo te digo que es la primera vez que lo hago, todavía no se si va a ser la última. Pero tengo un plan, mi novela es una carta de amor. Si todo va bien, Victy, no puede fallar. Pero, varias cosas: tengo pensado escribirla toda entera sentado acá, en el living de mi casa; igualmente no descarto la posibilidad de escribir algunas partes en mi habitación, pero voy a tratar de hacerlo aquí, porque por ahí que llamás y voy a estar mejor preparado para atenderte más rápido que un bombero.

Me tendría que hacer el remedio para el asma, pero no quiero despegarme del teclado. ¿Viste la cara que pongo cuando expiro el aire? Me gusta poner esa cara, sobre todo cuando voy solo en el colectivo o cuando vos me mirás. Es un loquito que me gusta hacer. Ahora no tengo un ataque de asma, así que si no lo hago no pasa nada. Lo hago más tarde y listo, cuando termine la primera escena de mi novela de amor, la primera escena de esta carta que te escribo.

Y sí; andá haciéndote la idea de que esta carta va a ir de un lado para otro, porque la verdad es que pienso disparar para donde se me pinte. Por eso mi novela (la tuya, mi amor) se llama “preguntale”. Es únicamente el resultado de escribirte una carta completamente al natu. A vos Victoria Turman, a nadie más que a vos le escribo esta novela. Que nadie se confunda.
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Lunares, lunares, lunares usa mi vícktima y vicktimaria. Vickísima. Blancos sobre un fondo rojo, tu vestido de loca; otro, blanco, con lunares negros, hermoso, y tu pollera, mi preferida, con lunarcitos rosas sobre un fondo blanco. Divina. Corazones, corazones alados, un collage con estrellas, nardos y rosas y margaritas de colores, agua mineral, caramelos de dulce de leche, tu lápiz labial. El decorado de nuestra historia de amor es todo lo que vos y yo queramos que sea. Tu cartera, con un libro de Aira o de Jaime Bayly, la agenda con una figurita de los tacos de Barbie en la portada, con cartas de amor que nadie más que vos puede leer. Si querés podemos jugar a completar este párrafo, ¿qué cosas se te ocurren, Vickía, mi amor?
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Cuando tomás un café tus ojos se cierran un poco; está caliente, mi amor, cuidado. Hay algo entre tus ojos y tu risa, como una fórmula mágica, una alquimia. Hechicera, te miro y pienso: ¿qué tienen tus ojos? Con sólo mirarme decís muchas cosas, del amor, de nosotros; cambiás la dirección, dejás de mirarme fijo al ojo izquierdo y mirás el derecho, como si modificaras algo, un rodeo, querías decirme algo más y tu sonrisa aparece, contenida, sin despegar los labios. Que me amás, que no diga pavadas, que vos tenés toda la razón, que soy un exagerado, que querés acostarte conmigo, que hiciste algo de mala que sos, que estás loca por mí y que aún así no me confíe, que sos terrible, y todo me lo decís en un segundo, con una mirada.

Tu casa tiene una energía blanca. Me gusta llegar y dejar mi mochila en tu cuarto, mirar el desorden, cosas preciosas que siempre tenés por ahí, libros tirados, recuerdos de otro chico, ropa hecha un bollo en la cama de abajo (la verdadera está en el entrepiso y es de dos plazas y la amo), me desvivo buscando más y más fotos costis para llevarme a casa. “No te miro, te admiro...” le dice el director de esa peli bizarra a Victoria Abril en una escena muy famosa de Átame. Tus fotos, tus autorretratos, me quedaría horas con cada una pero vos te fastidiás y me decís: “pasala”, si estás ahí conmigo, o si no: “¡Mariano Dorr, vení!”, me gritás desde la compu, leyendo mails, y yo entonces dejo alguna chuchería que me tenía loco, unos zapatos brillantes, algo que me ruboriza, dejo todo y voy a verte. Antes de salir de tu cuarto le doy un besito a una foto en la que estás desnuda, atendiendo el teléfono paradita como una princesa.
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Entró a la escribanía un chico de dos metros, un cuerpo muy trabajado, pelo largo castaño oscuro, remera negra y terriblemente canchero. No sé cómo pasó pero en un segundo ya estaba hablando de todas las veces que había visto ballenas en su vida y de los tiburones que se había comido y de su traje de buzo profesional. Todavía callabas, escuchabas nada más. Te volviste loca de verlo y oírlo hablar de peces de colores, y dedujiste que yo estaría celoso. Tu hermano también estaba loco con el buzo, que venía a hacer no sé qué trámite para volver a Brasil y meterse abajo del agua. Yo quería hablarle de mi hermano Juan Manuel y de su viaje a Fernando de Noronha, una isla sobre el norte de Brasil donde estuvo buceando en el 2002, cuando se enamoró de Paula. No le dije nada, vos estabas tan pendiente de él que me daba impresión dirigirle la palabra. Te dije que por ahí me iba a lo de Elizabeth, que ella me había dicho que me esperaba en su casa. “¿Por qué me decís así? A vos lo que te pasa es que estás celoso del equis”, dijiste señalando con las cejas a este chico de remera negra. No lo podía creer, me lo decías en su propia cara, no te importaba nada. Resumen: te dije que no, que estaba todo bien, que te iba a comprar una coca ligth para matar el calor insoportable y desaparecí todo el rato que pude, unos diez minutos. Cuando volví no tenía la coca ligth en la mano ni ninguna otra bebida, ya me lo había gastado todo en las hamburguesas del mediodía. Tu hermano estaba atendiendo a alguien y vos a solas con el buzo, un poco recostada en tu escritorio, hablando de pulmones, branquias y peces. Qué horror, pensé, me voy ya. Vos te reías nerviosa y te sacabas esa especie de delantal que usás en el trabajo, para estar más cómoda en musculosa. “Costi”, me dijiste en chiste, adelante de él otra vez. Un descuido tuyo, mi amor. No te preocupes, me voy a lo de Elizabeth y se me pasa. No tengo ganas de enseñarte nada, si no aprendiste que hay cosas que no se deben hacer, no sé, no quiero enseñártelas en este momento. Mejor me voy y me olvido de la cara que ponés cuando el buzo te habla de una ballena azul divina que descubrió mirando una sombra gigante proyectada en el fondo del mar –sombra provocada gracias a la intensidad de una luna espléndida. La ballena estaba justo encima de él, ¡ay!, pudo verla el chongo, como flotando, inmóvil, cuando miró el cielo de la superficie marina, y cuando la criatura de diez metros o más se dirigía hacia él, en el momento de impactar con su cuerpo… ¡lo esquivó!, y él se tomó de su enorme cola de ballena. Qué costi, pensé, Victoria debe estar volviéndose loca. Me estaba yendo, el buzo entró al despacho de la Dra. Equis y vos me dijiste: “Mariano Dorr, quedate”, y yo: “ay, Victoria, por favor...”, y me fui. Tengo Moby Dick al lado mío; si tuviera quinientas páginas menos lo leería esta misma noche.

Iba pensando en el subte: No voy nada al cumpleaños de Martín, me voy a casa y no la llamo nunca más, o por lo menos hasta mañana o pasado, a menos que me llame ella. No importa, lo fundamental es que al cumpleaños no voy, después veo qué hago. No puede ser que sea tan descarada. Me pidió que la acompañase al trabajo, y lo hice. Todo porque estamos enamorados. Ella me pide que la acompañe porque está enamorada de mí, yo me quedo a su lado toda la tarde porque estoy enamorado de ella. Viene un chongo del mar y ella, equis enorme con el chongo. No da. Ahora llego a lo de Elizabeth y me preparo un destornillador y le cuento todo. Ella me va a dar la razón, Vicky es terrible.
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Te amo, Victoria, esta novela es para vos, quiero que la leas, quiero que la corrijas, quiero que la escribas toda otra vez desde el comienzo.
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El recital de Dani Umpi fue algo increíble, estábamos todos alucinados. Yo lo estaba escuchando por primera vez: no lo podía creer. Dani cantaba sobre “toda la gente de Tauro” y después “Maldita primavera”. Esta vez fuiste vos la que te emocionaste. Te asomaban unas lagrimitas hermosas y Fernanda te dio un premio por llorar de la emoción. Una tortuguita divina, parecida a la que tiene Lirio Lucero en el sillón de su casa. Hermosa. Terminó el recital y nos quedamos un rato bailando en B&F precisamente el disco de Dani Umpi. Yo me compré Aún soltera. Dios mío, mi amor, qué buena novela. Dani Umpi es un genio.

Ay, Vickiro, mi viajera perdida de la mente, divina, cada día te amo más, chiquitito, hermoso. Te amo, Vick. Nos fuimos caminando por Acuña de Figueroa y medio que tuvimos una especie de costicismo en plena calle, paramos porque venía gente. ¿A dónde fuimos después, mi amor? ¿A tomar un capuchino al maxikiosco de Corrientes y Pueyrredón? Ay, Victoria, nos decimos cosas muy hermosas vos y yo. ¿Sabías que sos mi artista favorita? Quiero que me escribas una novela, que publiques todos tus mails y tus cartas costis y tu diario íntimo. Sos la chica más sexy del mundo. Todo el mundo te ama y te persigue. Me hacés enloquecer de amor, Victoria. Quiero hacerme un tatuaje en la espalda con tu nombre, Vicky Turman, y hacer una película con vos; quiero filmarte caminando con tacos altos por la calle, comprando frutas en una verdulería costi. Sos la mejor actriz del mundo. Cuando te conocí no podía creer el aura que tenías. Tengo que escribir ya mismo La doble, pero antes confesá, mi amor. Confesá si tuviste el costicismo desde que vos y yo somos novios. Sos capaz de cualquier cosa. Quiero saber todos los detalles y casarme con vos, Victoria.

¿Vos, mi amor, querés casarte conmigo?

 


 


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