La
mujer que me gusta llega tarde a la playa
1.
La
mujer que me gusta llega de noche a un hotel de una pequeña
ciudad marítima. Baja, va al kiosco, compra una lata de
coca, sube y desde el balcón ve una calle por la que ya
pasa poca gente. Se prueba unas nuevas calzas con mar y palmeras
fucsia. Al día siguiente está tomando agua de coco.
2.
La
mujer que me gusta trabaja en una fábrica de osos de peluche
en una pequeña ciudad marítima. De 7.30 a 6. Apenas
sale va a la playa, corcovea en el mar, camina kilómetros
ida y vuelta. Su barrio tiene antiguas plantas en flor y casas
color pastel. Le gusta usar ropa ancha, pero se la distingue por
sus reflejos en corto pelo castaño. Ve la novela nacional,
prefiere salir, disfruta especialmente de la oscuridad.
3.
El
martes a la tarde las dos mujeres que me gustan se cruzan por
la playa. Una de las mujeres que me gusta se acerca a la otra
y organiza el flirt de modo tal que la otra mujer que me gusta
se presta al juego recordando que cortó con su novia porque
era muy celosa.
4.
La
mujer que me gusta consigue su cometido. Está besando (una
fugacidad) a la mujer que le gusta. Yo estoy contenta por eso,
a la otra mujer también le gusta. Las mujeres deben separarse,
a una de las dos su ex la espera más allá surfando.
5.
La
mujer que me gusta vuelve al hotel y encuentra en la guía
telefónica la dirección de una fábrica de
peluches. Marca la página, mezcla la pequeña guía
entre los libros religiosos, vuelve a tomar agua de coco. Se le
cae sobre la remera dos veces, se siente tonta pero se divierte
pensando posibles encuentros con la mujer que podría localizar
y le gusta. Mañana al mediodía la irá a buscar
a un lugar que no conoce, tomará el ómnibus con
la facilidad de una viajera empedernida. Mañana.
6.
La
mujer que me gusta encuentra a la tarde, cuando vuelve de almorzar,
un cartel en el reloj donde ella y sus 19 compañeras marcan
tarjeta. Pero antes que ella lo vio su jefa que la llama a la
oficina para pedirle explicaciones. En el aire acondicionado glacial
ella parece muerta y congelada. La mujer que me gusta atina a
pedir servilmente disculpas y ofrecer ojitos indefensos. La vieja
bruja la perdona con desgano, sin bostezar, tensa como un perro
guardián enano. La mujer que me gusta vuelve al galpón
de trabajo pensando que esto podría hacer tambalear su
situación en la fábrica, pero no tiene miedo, trabaja
bien. A la noche comenta lo sucedido a su ex, con quien vive,
lo cual va caldeando el terreno para algo que la mujer que me
gusta no quiere precipitar pero su ex sí: el retorno, la
reconciliación.
7.
La
mujer que me gusta no logra ver al mediodía a la mujer
que le gusta. Deja un cartel en el reloj y luego toma una excursión.
Visita una ciudad. Saca fotos, bebe latas de cerveza en varias
oportunidades. Compra chucherías tachando nombres de una
lista escrita a mano, toma un barco turístico con gran
resolución. En el ómnibus de vuelta muda ve el ovni
del atardecer. Agradece a las vírgenes que recuerda con
sonrisa cómplice, como si la estuvieran acompañando
en este momento tan especial. Da vueltas por el pueblo pesquero
durante dos horas esperando encontrar a la mujer que le gusta,
pero ella no llega. Tampoco consigue un lugar donde pueda uno
tomar café y fumar un cigarrillo al mismo tiempo. Refunfuña
hasta quedarse dormida viendo televisión en la sala del
hotel. Después despierta un poco como para volver a su
habitación, desvestirse y darse una acariciada intermedia
antes de yacer con peso máximo hasta mañana.
8.
Al
otro día la mujer que me gusta recuerda la nota que dejó
en la fábrica de muñecos de peluche. Busca excusas
para no hacer absolutamente nada durante el día y cuando
llega la hora se produce un poco para el posible encuentro. Toma
el ómnibus hacia su barrio. Esta vez la encontrará.
Sí, se encuentran. Permanecen en la playa besándose
entre algas, juncos y, por qué no, estrellas de mar. ¡Qué
bien me hace todo esto! Las mujeres que me gustan prometen encontrarse
mañana pero no intercambian muchos datos más acerca
de cómo ubicarse ni de quiénes son además
de un cuerpo enamoradizo y cachondo.
9.
La
mujer que me gusta suda desnuda destapada. Un espectáculo
infantil que han tenido la mala idea de montar frente al hotel
la despierta temprano. Maldice a los niños antes del desayuno.
La mujer que me gusta espera nuevamente la hora. Al salir por
la tarde no repara en el clima, sólo a tres cuadras piensa
“podría haber traído el paraguas”. Cuando
llega al mar llovizna. Deja que el frente de tormenta se acerque
con una cola de cielo verde por detrás tronando. La empapa.
Pero no encuentra a la mujer que busca, una pared de precipitaciones
las separa. Espera que pase la gota gorda, sale a la plaza con
esperanza, camina hacia el atardecer. Cuando cansada da la vuelta
ve el arco iris entero. Sigue rumbo al arco de regreso. No ha
encontrado a la mujer que le gusta pero el cielo hace ahora de
sus hábitos una bebida poco corriente.
10.
La
mujer que me gusta lo intenta otra vez. Pero hoy es sábado,
la fábrica está cerrada. Sale la jefa mala con un
marido mudo. Dice que hoy es sábado, la fábrica
está cerrada y la mujer que me gusta no está. Le
pregunta si anda sola de vacaciones y que dónde está
su familia. Ella inventa rápido que está con las
primas y sale a la playa. Atraviesa un barrio, trata de que un
milagro ocurra: encontrarla. La marea está muy llena, se
come todo lo que antes había de arena. La mujer que me
gusta avanza rauda con pies descalzos mojados inundados.
11.
La
mujer que me gusta sale a caminar por la playa. Ella y su ex están
volviendo a la punta de piedras. En el camino una ha dicho cosas
románticas que siempre funcionan. La mujer que me gusta
piensa “y, bueno”. Restablece su vínculo suspendido,
¿porque vive, come y habla con ella todo el día
sin parar? Porque alguien capitalizó la emoción
de su nuevo romance. Le dice que si se encuentra con la mujer
que conoció en la playa tendrá que darle una explicación
12.
Las
mujeres que me gustan se encuentran. Una de las mujeres que me
gusta le dice a la otra que ahora no pueden irse juntas, que adoró
estar con ella pero que ahora no da, no puede, es imposible, ni
siquiera mañana, antes de que ella se vaya de la ciudad.
La mujer que me gusta la mira sin llegar a especular con la idea
de la histeria, prefiere localizar ahí un brillo leal.
La mira fijo sin lograr borrar de la mujer que le gusta a su ex
ex. Se le trasluce el amor que queda a pesar de que a cincuenta
metros las mira la celosa, cautiva ya su presa predilecta.
13.
La
mujer que me gusta le da un beso en la mejilla apretando “push”
con un cachete indio y japonés. La presión destella.
Las mujeres que me gustan emprenden caminos separados que nunca
se han de volver a encontrar. Sin embargo las mujeres que me gustan
tendrán muchos otros romances fugaces.
14.
El
mar ha decidido rebajar la marea de a poco, esta tarde no hay
arco iris en el mismo camino de vuelta. El ómnibus que
toma hacia el hotel no es el que da toda la vuelta. Tarda apenas
cinco minutos en volver. Pero el tiempo se ha quedado corto sólo
porque ella llegó a la playa un par de horas tarde.
|
Florencia
Abbate
Acababa
de volver y sentía que nada era real. Ya me había
olvidado de mis cosas, de que existían, de su apariencia.
Me había olvidado inclusive de cómo solía ser
yo antes de irme. Yo, tan disímil a mí... no lograba
encontrarme en la luna que seguía flotando por encima de
la plaza donde antes tantas veces me sentaba a recibir la noche.
Ni en el cuerpo envejecido de mi madre. Ni en los libros que con
tanto empeño ella me había guardado. Ni siquiera en
el espejo frente al cual me descubría lo único indudable:
la cicatriz del viaje.
Hacía colas para formar parte. Horas y horas se perdían
en trámites que sólo incrementaban la extrañeza,
el delirante asombro... Pensé: la primera impresión
dura unos días. Pero aquello continuó y era tan desconcertante
que fui a ver a un médico y le dije: “Deme algo porque
yo no sé qué pasa”. Compré en una farmacia
las pastillas que me había recetado y después llamé
a una amiga. Mara insistía en recomendarme a un chino. Siempre
tenía algún chino a mano para todo... Apenas con la
ropa que llevaba, poco después me mudé a una casa
inmensa donde vivían ella y cuatro amigos más. Estaba
obsesionada con la idea de la impermanencia. Pensaba demasiado.
Supuse que me iba a hacer bien la compañía.
A los vecinos de la casa de al lado no les gustábamos ninguno
de nosotros. Formaban una feliz joven pareja pero como de otro tiempo.
A tal punto que él aún discutía si existe la
amistad entre el hombre y la mujer, sin haber registrado que su
hermano era transformista. El hermano del vecino tenía una
sensibilidad bastante afín a la nuestra. Adoraba burlarse
de sus taras y sus incapacidades. Y una vez en la puerta me dijo
que se había dado cuenta, abrazado a los 28 kilos de su amigo
internado en no sé qué hospital, que no hay nada que
alcanzar o ambicionar, que no existen ni el triunfo ni el dominio...
Algo similar creía Flavio, de los seis que habitábamos
la casa, el más reservado. Su presencia era casi imperceptible.
Francisca decía que Flavio quería atesorarse para
tiempos mejores. Lucrecia aseguraba que un par de experiencias muy
feas le habían dejado el deseo atrofiado: ningún reproche
que hacerse por actos que ya no realizaba, ninguna vanidad por esas
obras plásticas que ya no concebía, ninguna preocupación
por gente que ya no le importaba.
“No entiendo por qué esa tendencia a querer saber cosas
sobre la persona con la que te acostás”, me interrumpía
Lucrecia cuando yo comenzaba a preguntarle por su amigo Marcus.
“Marcus no es más que eso: Marcus”, me decía
y parecía que Marcus podía ser cero o un alma brillante
según cómo uno decidiera interpretarlo. Nunca llegué
a saber qué tal era despertar con él. Casi al alba,
saltaba de la cama alegando en un alemán sonámbulo
que era la hora de pasear a su perro. A mí me daba pereza
escuchar otro idioma tan temprano. Asentía con los ojos cerrados.
Lo oía salir y soñaba que se iba a hacer footing a
la plaza, comandado por un personal trainner cuyo nombre era Dogo;
que nevaba y su flamante ropa quedaba cubierta de copos de nieve;
que pasaba por al lado de un mendigo y le daba unos rublos; que
volvía a despertarme con el pelo emblanquecido y, masticando
astillitas hielo, me explicaba: “Las personas se dividen en
dos clases: los que van bien vestidos y los que van mal vestidos.
Pero hay justicia: la nieve se divide en partes iguales para todos”.
A Andrés le encantaba conversar sobre ese tipo de fenómenos:
los sueños, el sexo, la suave caída de la nieve, la
caída del sol y de la lluvia, de las hojas; también,
sus abruptas caídas. Tenía una gata llamada Eutanasia
y una novia tan celosa que entraba a su casilla y le leía
enteramente los mensajes. Cuando él se dio cuenta ella le
dijo “¿No te explicaron que nunca te conviene poner
de contraseña el nombre de tu mascota?”. Las pasiones
de Andrés se parecían demasiado a sarpullidos. Y su
ánimo cambiaba con una rapidez alarmante. Atinaba a anunciarlo
con la frase “Estoy por derrapar”, y de pronto era otro
su carácter. Esa capacidad para volver todo denso en un instante
me irritaba y deprimía. Ciertas noches daba vueltas por la
casa como estrangulado por sus propias convicciones. Durante aquellos
trances utilizaba mucho la palabra mierda: “¿Para qué
mierda querés esa estufa?”, “¿Pueden sacar
esa música de mierda?”, “Estos vecinos de mierda”,
“No sé qué mierda pretende esta mina”,
“Debo ser una mierda de persona...”. Una madrugada,
sentados en el living en un silencio hecho de inquietud petrificada,
escuchamos el murmullo de un refugio de ratas por debajo del piso
de madera. Yo tuve pánico y él me decía: “Las
ratas están ahí y corren. Las ratas también
tienen vida. ¿Qué mierda podrías hacer? ¿o
acaso te vas a mudar a otro lugar por eso?”.
Al oír a las ratas yo pensaba en los pies desnudos de Flavio.
El siempre andaba descalzo. Francisca decía que se estaba
despojando. Andrés le llamaba a aquel proceso “el devenir
villero”, e ironizaba: “Nosotros tenemos que atarnos
los cordones, bancar el sudor entre los dedos debajo de las medias,
sacar de los zapatos el barro cuando llueve y lustrarlos a veces.
San Flavio no, él es un hombre libre, es un artista, y morirá
descalzo”. Andrés no sentía el más mínimo
respeto por Flavio; eso deseaba expresar cuando decía: descalzo.
Los contactos de Flavio con el mundo eran cada vez más esporádicos
y, debo confesarlo, a mí me atraía su misterio de
reloj cucú... Me hubiese gustado preguntarle en qué
lugar vivía, ¿en la punta de sus dedos? ¿en
la música? ¿en el fondo de sus sueños? ¿a
través de sus cejas?: ¿dónde? Parecía
haber desaprendido el grueso de la lengua y preservado monosílabos
exclusivamente. Las frases de Flavio eran enigmas, piedras dejadas
ahí, guijarros de antimateria o señales que indicaban
una ejecución imposible. Ante él sentía que
mis frases estaban demasiado cargadas, no lo bastante vaciadas por
la respiración. Me preguntaba si eso se lograba descansando
los pies. Si descalzarse era una forma de aprender a tolerar la
intemperie, los huecos, lo desprovisto.
La presencia fantasmal de Flavio contrastaba con el infatigable
voluntarismo de Mara. Ella esperaba un Gran cambio. Había
decidido aplicar a no sé qué y repetía esa
palabra decenas de veces por día. Aplicar, aplicar, aplicar,
y la palabra era cada vez una goma que frotaba la misma superficie,
borrando algo reiteradas veces como con la secreta esperanza de
que al fin se hiciera un agujero. Pasaba todo el tiempo navegando
en Internet y en esas aguas pescó un amor virtual. Delante
de Lucrecia alardeaba: “Anoche recibí 14 mails de Jane
en media hora”. Lucrecia me había contado sus asuntos
con ella: “El tema es que no funciona para nada. Hacerlo con
Mara es imposible. Pero siempre volvemos a encontrarnos desnudas
de nuevo. Nos miramos y decimos: ¡Otra vez! ¡Por Dios!
¡¿Por qué lo hacemos?!”. Lucrecia además
tenía algo con una ex compañera de la Facultad. La
madre de la chica estaba con ella. Ni bien supo que Lucrecia había
hecho unos cursos de tarot la llamó, completamente eufórica.
Lucrecia me decía: “Esta mina ni enterada de que yo
me acuesto con la hija, y quiere venir hoy a casa a que le tire
las cartas; che: ¿qué onda?”. Yo notaba que
estas relaciones le causaban algún daño. Una día
en la cocina, lavando, de pronto se rascó la cabeza y murmuró:
“¿Por qué será que casi toda mi vida
está hecha de cosas que hubiese preferido no hacer?”.
Se reía pero me pareció que la risa no era clara.
Esa noche tomó unos cuantos tragos. Como se había
quedado sin dinero para salir se puso a bailar sobre la cama. Después
cayó tumbada en el colchón y se largó a llorar.
Le pregunté qué podía hacerle falta y respondió
“No sé... una familia... algo apretado”.
Para entonces yo había empezado a soñar con nieve
seca, y no atendía si en mi celular veía el teléfono
de Marcus. Que me negara tanto lo había enardecido; llamaba
sin tregua y Andrés acotaba “No sos vos, sino el orgullito,
lo que lo hace insistir”. Soñé que el viento
llenaba de nieve la cerradura de la casa y la llave no entraba,
y que luego Francisca soplaba sobre nuestras llaves como si de ese
modo intentara reanimar corazones helados. Pero creo que el corazón
de ella tampoco estaba a gusto. Decía que tenía que
soltarse y fantaseaba con el teatro. Me contó que había
salido con un tipo casado, dramaturgo. Que resulta que a él
se le paraba y se le bajaba al instante. Que llegado cierto punto
a ella se le fueron las ganas. Que él se obstinaba pero ella
no quiso. Y que él le dijo que eso ocurría porque
ella no era muy demostrativa, que no sabía lo que ella sentía,
lo que le pasaba, que ignorar sus emociones lo hacía sentir
inseguro, etcétera etcétera. Francisca le había
contestado: “Pero qué carajo importa lo que vos sentís,
lo que yo siento, lo que nos pasa y todo ese rollo de las emociones...”.
Lucrecia comenzó a parecerse a un péndulo oscilando
entre la ira y la plegaria. Había colocado en una esquina
de su cuarto un balde lleno de agua hasta la mitad. Según
ella para sofocar incendios; por alguna razón se le ocurrió
que se venía uno. Yo veía a Lucrecia inclinada sobre
ese precipicio cilíndrico, el agua turbia y en su superficie
unos insectos lentos, la cabeza de ella casi adentro, como midiendo
la distancia o queriendo llenar la otra mitad del balde con un grito.
“En este juego rendirse no vale”, me anunciaba antes
de irse a dormir. Jamás supe a qué se refería.
Mara se compró una web cam y desayunaba todas las mañanas
con su amor virtual, una chica rubia, ligeramente gorda, que comía
cereales con forma de anillos de colores. La vi una vez mientras
se despedían, con cara de sapo sedado y bigotes de nata,
pidiéndole a Mara que no se olvidara de darnos sus saludos
a los room mates. Después vi a Jane girar en su silla y aclararle
a su madre que no había entre nosotros ningún terrorista,
que sí, que era seguro, que Sudamérica no tenía
nothing to do con Medio Oriente... Yo no comprendía por qué
Mara planeaba ir a Texas ni cómo podía querer convivir
con aquellas dos rubias, diferenciadas sólo por el hecho
de que la madre ya era obesa y de mañana devoraba pollo frito.
Francisca me regaló una suerte de consejo multiuso: “Lo
más sano es cambiar de perspectiva. No tenés que juzgar
nada que pase ni sentir que es triste. Solamente observalo y pensá
que así es como la gente hace hoy las cosas”. Traté
de aplicar aquellas fórmula en diferentes casos. Pero ni
así conseguía quitarme la sensación de que
se había estado yendo en cantidad todo aquello que en lo
que yo creía o que estimaba en algo.
Los calendarios son muy convencionales. Los números que aparecen
en ellos no nos representan. Se suele pensar que al dos de enero
le sigue el tres de enero, y no inmediatamente el veintiocho. Pero
esa sucesión ordenada no existe. En verdad los días
llegan como quieren y para cada uno; a veces llegan varios de golpe,
o puede suceder que un día tarde varios años en llegar.
Entonces vivís en el vacío, no entendés nada
y sufrís mucho... Ninguno sabía por qué pero
lo nuestro ocurría en un tiempo difuso, como en un after,
o en el espacio cerrado de un grano de arena inexplicable. Sólo
Eutanasia parecía capaz de distinguir los movimientos de
la vida, la captaba en lugares minúsculos, la olfateaba y
la seguía.
Flavio no pronunciaba ya ni una sola palabra. Se limitaba a poner
un disco u otro en el equipo del living. Una tarde el equipo no
anduvo. Lucrecia desenroscó una canilla del baño y
la escondió. El agua brotaba a grandes chorros y la bañadera
comenzó a desbordarse. Andrés abrió la puerta
de la casa. Pisó sobre mojado. Lo habían despedido
del trabajo y su nariz sangraba. Mara llorisqueaba con el rostro
eclipsado en la luz muerta que cubría el monitor. Un virus
acababa de quemar el mother de su máquina. Mientras tanto
Francisca veía televisión en su pieza. Me llamó
y cuando fui de inmediato señaló la pantalla: se había
acabado el uno a uno. Ella dijo “Los valores cambiaron”.
A mí me importó nada la moneda porque andaba como
loca buscando a Lucrecia. Fui a la cocina y quedé detenida
ante el reloj. Unos minutos después entró Flavio.
Nos miramos a los ojos y lo vi realmente distinto. Como si hubiese
terminado de perder la confianza en estar para algo. O tal vez como
si hubiese perdido la confianza en estar.
Si fuera cine, acaso ahora el productor habría exigido el
suicidio de algún personaje. Era un poco el clima, aunque
no para tanto. En realidad el desastre eligió como mejor
escenario la casa de al lado. La muerte no es negra. Es blanca.
Igual que el primer fogonazo de flash ante nuestra sorpresa. Tras
el fotógrafo vimos periodistas, un camión de bomberos,
policías. Nosotros ni siquiera habíamos oído
los gritos. Al vecino lo sacaron con esposas y a ella en ambulancia.
El tenía el aspecto de un contador en un mal día,
nada más que eso. Andrés prestó declaración
y Francisca capturó varias escenas absurdas con su cámara.
Lucrecia contemplaba fijamente a la vecina; la canilla asomaba como
un tótem del bolsillo de su saco. Aferrada a un brazo de
Lucrecia, Mara hacía preguntas como qué significa
ser normal, quién se anima a explicar qué es la locura,
cómo cuernos se las ingenia la gente para congraciarse con
la ciudad donde nació.
Esa noche fue la primera vez que cenamos todos juntos. Lo ocurrido
generó un irrefutable sentimiento de alianza. Compartimos
los vasos y también chistes de humor negro. Jugábamos
a pellizcarnos para salir de la duda... Aquel raro malestar se disipó
en el tintineo de cristales, el olor a comida y nuestra charla,
mucho más amistosa que siempre, vivificante. Me fui a dormir
acompañada por el eco tibio de las voces de ellos. Pero al
acostarme, no sé por qué apoyé mi mano sobre
la cicatriz del viaje y me acordé que de chica, cuando volvía
del colegio caminando, me preguntaba qué era peor, si el
lugar del cual salía o al que iba, y como mi casa y la escuela
me angustiaban en igual medida, alguna vez llegué a pensar
que mi único lugar estaba ahí, que debía ser
simplemente ese tránsito, esa zona sin techo, ese espacio
intermedio, la intemperie... Soñé con ventanas heladas,
cubiertas de nieve. Las limpiaba con la mano hasta encontrar mi
reflejo y cuando al fin me veía sus alas se abrían
de golpe; salía a la calle y empezaba a caminar bajo la luna,
sentía que me iba a congelar y que el tiempo transcurría
sin que amaneciera nunca, pasaba por la plaza y al cruzarla me resbalaba
y caía, pensaba que siempre sería invierno y faltaría
algo, y no quería levantarme porque así, hundida en
la nieve, no sentía el frío. Unos pájaros cortaban
el cielo. La música de su aleteo fugaba y volvía,
fugaba y volvía...
|
Mariana
Enriquez
La
luz o la cajita
Me
gustan los forros. No recuerdo cómo se siente recibir el
semen en mi interior, y francamente no siento que me esté
perdiendo nada. Cuando empecé a tener relaciones sexuales,
a los 15 años, eran tiempos de terror, peste rosa, paranoia
y sí, mucha muerte. El forro sirvió para que el sexo
adolescente, con toda su incertidumbre y descubrimiento, fuera eso
y no una angustia y un padecer. Y también, cómo no,
con el preservativo desaparecieron por completo los nervios de un
embarazo no deseado y el pánico de haber olvidado tomar el
anticonceptivo por la mañana. ¡Y era tan divertido
ser una pendeja y desconcertar a kiosqueros y farmacéuticos
pidiendo dos cajas, sólo por alardear!
Tanto me gusta el forro que, a veces, siento que es un fetiche.
Me gusta la expectativa, ese retraso de segundos cuando él
rasga el sobre de plástico con los dientes, manipula el látex
resbaladizo y se lo calza; esa morosidad me deja unos instantes
sola para disfrutar de mi humedad, de la piel algo irritada por
las caricias, del latido interno. Hasta asocio el olor vagamente
industrial del látex con el sexo, y tengo que decir hasta
tocar un sobre cerrado y jugar con el forro atrapado entre
los dedos -cómo se desliza, se achica, se escapa- es sumamente
erótico.
Y se me debe notar, porque no tengo historias aterradoras para contar;
nunca encontré en mi cama a un hombre que no quiera usar
preservativo, nunca escuché las excusas que a veces me cuentan
mis amigas: les aprieta, los aprisiona, no sienten nada, les arruina
la erección -¡vamos muchachos que eso siempre puede
recuperarse una vez dentro del látex!-, los desclimatiza,
les corta el mambo. Y no sé cómo reaccionaría
ante la propuesta: imagino que el señor de marras saldría
eyectado por la ventana. Hace dos semanas, estuve con mi chico en
la oscuridad total. El todavía no conocía los recovecos
de mi habitación, y en el revoltijo de ropa -suya, mía-
que yacía sobre el piso, no podía encontrar sus pantalones.
Cuando lo logró, después de encender una vela con
el encendedor que encontró tanteando el piso, descubrió
que tenía los bolsillos vacíos. Me miró desde
ahí por un instante, y enseguida su cara desapareció
en la oscuridad porque la vela era sólo un mínimo
cabo que entonces se extinguió para siempre. Me levanté
para buscar mis propios forros en el cajón, mientras él
-lo escuchaba- seguía rebuscando entre medias, ropa interior,
remeras. Después lo escuché gritar tras chocarse con
la cama, y le pedí que encendiera la luz. "¡Tampoco
la encuentro!" se rió, ciego. Yo, que no necesito luz
para orientarme en mi cuarto, lo ayudé y dejé que
nos revelara la impiadosa luz de una lamparita pelada a la que nunca
termino de encontrarle la pantalla que la oculte. El estaba sentado,
revolviendo su billetera y acariciándose la rodilla dolorida,
con la sonrisa más hermosa del mundo. Finalmente encontramos
la cajita gris en un rincón, que había caído
fuera del bolsillo. Nunca se nos ocurrió abandonar, renunciar,
ceder ante la adversidad y correr un riesgo que, al día siguiente,
nos hubiera colmado de dudas los ojos -y no de risas y hambre y
besos en la ducha-. Ni siquiera volvimos a la cama, porque preferimos
empezar todo de vuelta después de los quince minutos de arqueología
ahí mismo, perdidos entre las ruinas de nuestro vestuario.
|
|
Elsa
Drucaroff
Una
noche (más) sin lavarse los dientes
El
tipo te gusta, mucho. Y hay onda. Y te invitó a salir esta
noche. Va a pasar hoy, estás segura. Elegís con cuidado
la ropa interior, el vestido corto. Estás feliz. "Disfrutá,
que éste es el mejor momento", te decís mientras
vas para la ducha. El momento de la expectativa, del histeriqueo,
de las conversaciones que unen. Conocer, seducir, verbos sublimes
que preparan el otro momento único: un cuerpo completamente
nuevo y su modo desconocido de desearte, la mutua calentura acumulada,
la impaciencia, la hora de la develación. Estás contenta
en la ducha
cuando aparece el maldito pensamiento: "él debería
usar..." "Debería, ¿no?", te preguntás
con la esperanza de encontrar adentro tuyo una respuesta razonable
que demuestre que no, no tendría por qué, vos dale
tranquila... Pero sabés que es inútil, no existe respuesta
razonable. El debería usar. Sos una mujer inteligente. Leés
los diarios. ¿Cómo encontrar en este anochecer del
2004 un argumento razonable para no usar preservativo? Tendría
que usarlo, te repetís. Y aunque pusiste el baño
de espuma que reservás para estas ocasiones, te hundís
sin placer en el agua y te acordás con rabia de la fiesta
de tu primera juventud, cuando todo era tan libre, tan fácil...
Es como un flash molesto, los ojos cerrados guardan la impresión
todavía un rato y después ya fue. Cuando salís
del baño hay que resolver el color de la sombra de ojos y
si esa cartera es la que mejor combina. No vas a arruinarte el ritual.
Salís de casa linda como una reina y decidís pensar
sólo en él: sus frases, sus
tonos, lo imaginás desnudo. Pero no sos ignorante ni te querés
enfermar. Leés los diarios. Entrás a una farmacia
que está cerrando. Comprás forros. "Va a usar",
te prometés. "Esta vez lo voy a hacer". Porque
otras veces no lo hiciste. Cada vez que un tipo no quiso, no se
lo puso. Y él va a resistir, suponés, porque no es
de los jovencitos, a ésos muchas veces no hay ni que decirles
nada. Es un tipo de tu edad, de los veinteañeros que decían
que cuidarse era problema de las minas. De los que despreciaban
la vida sexual de sus padres ("cogen con forro y con el camisón
puesto, qué gris", y se sentían intensos, en
technicolor). Para alguien de la generación del tipo que
vas a ver, para vos misma, no hay nada más patético,
represivo, que un forro. Primero no te animabas ni a plantearles
que se lo pusieran, a ver si creían que vos estabas enferma.
Cuando juntaste argumentos y coraje descubriste la cara de fastidio
y te callaste. Una vez insististe y escuchaste: "No".
No. Sin vueltas, duro, firme como un muro. Tenías que decir
lo mismo vos también. Irte. Pero te quedaste. Y tuviste miedo
durante, pero sobre todo después. Tenés miedo
todavía hoy. Por eso acumulás argumentos: que tampoco
cogés tanto (con una vez, basta), que nunca estuviste con
uno que se picara (¿y si no te lo dijo?), que ninguno tenía
historias homosexuales (¿cómo sabés?), que
igual los gays se cuidan (¿todos?), ¿y con quiénes
estuvieron los que estuvieron con vos? Hay noches en que no podés
dormir, son pocas, pero terribles. Das vueltas en la cama y repetís
cada argumento a favor, cada argumento en contra, te acordás
otra vez de cuando encontraste a Nora y te contó que Juan
había tenido..., se había acostado con... ¿Fue
antes? ¿Fue después? Te prometés hacerte el
análisis, te puteás porque no te
vas a animar. Basta. Ahora estás con él, preciosa,
sentadita en el restorán con velas y delicioso vino tinto.
Y todo está saliendo maravilloso. Deliciosa conversación.
Deliciosas miradas. Un tipo tan interesante... ¿No lee los
diarios? "Se lo tengo que decir", pensás.
"Hay que esperar que me bese".¿O sacar el tema
en abstracto, como para dejarlo sentado desde lo ideológico?
Comentario social: los cambios en la sexualidad: "antes era
todo tan libre, tan posible, y ahora hay que..." ¿Cómo
vas a hacerlo pensar en eso si lo que querés es que te coja?
Y ya está, llegó el gran momento. Te entregás
con fruición a largos besos en la vereda y esperás
su "¿vamos?" para susurrar, lo más sensual
que te sale: "lo hacemos con preservativo, ¿sí?"
"No tengo",
dice él rápidamente y podría haberse ahorrado
el "tengo", sería igual. "Yo traje",
insistís. "No uso", dice. Entonces algo pasa. ¿Sos
vos? Te escuchás: -"Entonces, no." El te mira.
"No", repetís. Te estás dando vuelta para
irte cuando te toma el brazo. ¿Era así de fácil?
Entran al telo y vos estás eufórica. Sacás
el preservativo, lo ponés sobre la mesita de luz. Por si
fuera poco, lo que imaginaste es tal cual. Esa sí es una
noche. Qué hombre. Cómo toca, cómo acaricia,
cómo se hace acariciar. Vos misma le ponés el forro,
las chicas jóvenes hacen eso, dicen. Y te dejás poner
boca abajo, y sentís que pasa algo raro, te das vuelta...
¿Qué hacés? -preguntás. El no contesta.
Se sacó el forro. Te besa para que no hables, te da vuelta
otra vez y no descubre que llorás bajito y mucho menos, después,
que fingís un orgasmo. A la madrugada volvés a tu
casa. Evitás lavarte los dientes para zafar del espejo. No
pegás un ojo. "No se pica...", empezás.
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Marta
Dillon
Lo
que promete una caja de doce
Que
una se acostumbra a todo es una afirmación (bastante vulgar)
a laque se llega por simple acumulación de experiencia. Qué
se yo, hace poco menos de dos años creía que nunca
podría asumir con naturalidad la vida sexual (activa) de
mi hija adolescente. Ahora no sólo estoy adaptada a esa revelación
espeluznante sino que me he acostumbrado a desayunar con su novio
legañoso en mi cocina y hasta soy capaz de preguntar, cuando
van a dormir a la casa del susodicho, si tienen forros suficientes
como en otra época le sugería llevarse una camperita
por si refresca. Y ni antes ni ahora el revoleo cansino de los ojos
de mi niña tratando de quitarse de encima la marca insoportable
de su madre ha hecho mella en mi necesidad de tener una seguridad
que siempre está un poco más allá de
mis posibilidades. Porque, claro, puedo llenarle los bolsillos de
forros de mil colores que igual nada me asegura que llegarán
al lugar correcto de la anatomía del susodicho. Y mejor no
seguir por ese rumbo porque una también tiene sus límites.
Lo cierto es que una se acostumbra a casi todo y hasta es posible
olvidar cómo era la vida (sexual) antes de que
el forro se convirtiera en el mejor aliado para gozar sin temor
de los placeres del cuerpo y, por qué no, del alma. ¿O
acaso el alma no pega sus brincos después de una noche, una
tarde o una mañana en la que el abandono de la urbanidad
nos lleva de narices por sus rastros más húmedos,
olorosos, pringosos y otra clase de adjetivos que sólo se
reservan para esos casos?
Cuando desperté a mi propio amanecer sexual, el forro era
un objeto casi anacrónico, un método anticonceptivo
que las chicas modernas despreciábamos porque nuestra afirmación
de independencia nos llevaba a tomar religiosamente cápsulas
diarias de las que una podía quejarse más o menos,
pero a las que nos rendíamos porque de alguna manera empezar
a tomarlas hablaba de una toma de conciencia, de un reconocimiento
a ese
otro objeto que, decían -no tengo edad para recordarlo- había
iniciado la era de la liberación (sexual) femenina. No me
acuerdo cuándo vi uno por primera vez, creo que fue en el
aula del colegio secundario, inflado y perdida su razón de
ser, un chiste que los varones nos hicieron a las chicas haciéndolo
volar de mano en mano en un guiño que nos obligaba (a nosotras)
a poner la mano donde ellos la imaginaban y una todavía no
se
atrevía. ¿Y cuándo fue que se transformó
en el amable presagio de placeres posibles? No después de
haber recibido mi diagnóstico de VIH positivo, porque en
ese momento, la verdad, de coger ni hablar. Fue después,
mucho después, podría decir incluso que fue después
de que dos amigas me relataran una escena que quedó grabada
en mi memoria, a pesar de lo nimio del asunto. Resulta que las chicas
se preparaban para un campamento de Semana Santa, un campamento
militante con todo lo que trae el fervor de unos cientos de jóvenes
que se sienten hermanados por una causa y que saben que después
de las discusiones vendrá el abandono en los brazos de un
compañero o compañera que sabrá qué
hacer para consolarnos de las injusticias del mundo capitalista.
La cita era en
Constitución, en la estación de tren, a esa hora en
que la gente camina como hormigas a las que se les pateó
su laboriosa estructura de vivienda. Y ellas, con la excitación
lógica por lo que vendría hormiguéandoles también
en la panza, dejaron para último momento los últimos
detalles. Había que comprar forros, era necesario tener forros
si una pretendía asegurarse una correcta preparación
para cualquier (im)previsto. Corrieron al kiosco, esperaron su turno
igual que esperaban el suyo una docena de personas a sus espaldas.
Y, como para que la cosa no fuera tan cruda, empezaron pidiendo
chicles, pastillitas, un paquete de cigarrillos y una cajita de
preservativos; esto último dicho en un murmullo que intentaba
esquivar las miradas torvas en la nuca, que de ésas también
hay. ¡Qué gusto que ledieron al señor del kiosco!
"¿Quieren forros? Está bien, pero ¿qué
forros?", preguntó el
hombre. Cualquiera, dijeron ellas, dos cajas. "No, cualquiera
no, cualquiera no es una decisión", se hacía
el canchero. "Porque hay de muchas clases. Los hay con textura
para hacer cosquillas en la chuchi, los hay extra large, super premium,
lubricados, con espermicida, con gusto a frutilla, de colores..."
A esa altura, los colores estaban instalados en la cara de mis amigas
y tal vez llevadas por ese calor en las mejillas dijeron implemente,
"los de cajita roja", pagaron y se fueron sin mirar atrás
y con una decisión que congeló la estúpida
sonrisa del señor del kiosco. No es que el relato haya sido
demasiado sorprendente, pero para mí, vieja trasnochadora
y audaz cruzada en contra de los límites, tenía un
tono que desconocía y que me abrió, tranquilamente,
una puerta que ahora es un portón automático: ellas
se preparaban sin un resto de vergüenza, sin temor a volver
con su tesoro intacto en el bolsillo, para una noche de sexo fugaz,
sin culpa y sin paranoia, ¡una noche perfecta! Y yo, que todavía
no sabía si me volvería a atrever a mostrarme desnuda
delante de nadie, pues fui tranquilamente al supermercado y me compré
una caja de doce, la mejor caja de forros que hay -aunque por suerte
todas se acaban alguna vez- por la cantidad de promesas que ofrecen,
y la puse en mi cartera como un reaseguro de que la vida volvería
a besarme en la boca. Y si no era la vida, pues sería un
hombre, a quien amorosamente coronaría en algún momento
con un gracioso sombrero de látex para invitarlo a entrar
-con la morosidad del caso- a visitar la flor de mi secreto, que
sabe abrirse cada vez mejor -la experiencia no es en vano-, sin
culpa y sin paranoia.
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Por Mariano Dorr
Preguntale (fragmentos)
En
busca del costicismo perdido.
Victoria. Nos decimos tantas cosas lindas vos y yo. Una de las últimas
fue “te voy a escribir una novela”. Eso nos da mucha
risa a los dos. Me prestaste Habrá que poner la luz de Damián
Ríos, Eloisa Cartonera, ahí el chico le dice a su
chica: “es la última vez que te escribo una novela”,
y yo te digo que es la primera vez que lo hago, todavía no
se si va a ser la última. Pero tengo un plan, mi novela es
una carta de amor. Si todo va bien, Victy, no puede fallar. Pero,
varias cosas: tengo pensado escribirla toda entera sentado acá,
en el living de mi casa; igualmente no descarto la posibilidad de
escribir algunas partes en mi habitación, pero voy a tratar
de hacerlo aquí, porque por ahí que llamás
y voy a estar mejor preparado para atenderte más rápido
que un bombero.
Me tendría que hacer el remedio para el asma, pero no quiero
despegarme del teclado. ¿Viste la cara que pongo cuando expiro
el aire? Me gusta poner esa cara, sobre todo cuando voy solo en
el colectivo o cuando vos me mirás. Es un loquito que me
gusta hacer. Ahora no tengo un ataque de asma, así que si
no lo hago no pasa nada. Lo hago más tarde y listo, cuando
termine la primera escena de mi novela de amor, la primera escena
de esta carta que te escribo.
Y sí; andá haciéndote la idea de que esta carta
va a ir de un lado para otro, porque la verdad es que pienso disparar
para donde se me pinte. Por eso mi novela (la tuya, mi amor) se
llama “preguntale”. Es únicamente el resultado
de escribirte una carta completamente al natu. A vos Victoria Turman,
a nadie más que a vos le escribo esta novela. Que nadie se
confunda.
·
Lunares, lunares, lunares usa mi vícktima y vicktimaria.
Vickísima. Blancos sobre un fondo rojo, tu vestido de loca;
otro, blanco, con lunares negros, hermoso, y tu pollera, mi preferida,
con lunarcitos rosas sobre un fondo blanco. Divina. Corazones, corazones
alados, un collage con estrellas, nardos y rosas y margaritas de
colores, agua mineral, caramelos de dulce de leche, tu lápiz
labial. El decorado de nuestra historia de amor es todo lo que vos
y yo queramos que sea. Tu cartera, con un libro de Aira o de Jaime
Bayly, la agenda con una figurita de los tacos de Barbie en la portada,
con cartas de amor que nadie más que vos puede leer. Si querés
podemos jugar a completar este párrafo, ¿qué
cosas se te ocurren, Vickía, mi amor?
·
Cuando tomás un café tus ojos se cierran un poco;
está caliente, mi amor, cuidado. Hay algo entre tus ojos
y tu risa, como una fórmula mágica, una alquimia.
Hechicera, te miro y pienso: ¿qué tienen tus ojos?
Con sólo mirarme decís muchas cosas, del amor, de
nosotros; cambiás la dirección, dejás de mirarme
fijo al ojo izquierdo y mirás el derecho, como si modificaras
algo, un rodeo, querías decirme algo más y tu sonrisa
aparece, contenida, sin despegar los labios. Que me amás,
que no diga pavadas, que vos tenés toda la razón,
que soy un exagerado, que querés acostarte conmigo, que hiciste
algo de mala que sos, que estás loca por mí y que
aún así no me confíe, que sos terrible, y todo
me lo decís en un segundo, con una mirada.
Tu
casa tiene una energía blanca. Me gusta llegar y dejar mi
mochila en tu cuarto, mirar el desorden, cosas preciosas que siempre
tenés por ahí, libros tirados, recuerdos de otro chico,
ropa hecha un bollo en la cama de abajo (la verdadera está
en el entrepiso y es de dos plazas y la amo), me desvivo buscando
más y más fotos costis para llevarme a casa. “No
te miro, te admiro...” le dice el director de esa peli bizarra
a Victoria Abril en una escena muy famosa de Átame. Tus fotos,
tus autorretratos, me quedaría horas con cada una pero vos
te fastidiás y me decís: “pasala”, si
estás ahí conmigo, o si no: “¡Mariano
Dorr, vení!”, me gritás desde la compu, leyendo
mails, y yo entonces dejo alguna chuchería que me tenía
loco, unos zapatos brillantes, algo que me ruboriza, dejo todo y
voy a verte. Antes de salir de tu cuarto le doy un besito a una
foto en la que estás desnuda, atendiendo el teléfono
paradita como una princesa.
·
Entró a la escribanía un chico de dos metros, un cuerpo
muy trabajado, pelo largo castaño oscuro, remera negra y
terriblemente canchero. No sé cómo pasó pero
en un segundo ya estaba hablando de todas las veces que había
visto ballenas en su vida y de los tiburones que se había
comido y de su traje de buzo profesional. Todavía callabas,
escuchabas nada más. Te volviste loca de verlo y oírlo
hablar de peces de colores, y dedujiste que yo estaría celoso.
Tu hermano también estaba loco con el buzo, que venía
a hacer no sé qué trámite para volver a Brasil
y meterse abajo del agua. Yo quería hablarle de mi hermano
Juan Manuel y de su viaje a Fernando de Noronha, una isla sobre
el norte de Brasil donde estuvo buceando en el 2002, cuando se enamoró
de Paula. No le dije nada, vos estabas tan pendiente de él
que me daba impresión dirigirle la palabra. Te dije que por
ahí me iba a lo de Elizabeth, que ella me había dicho
que me esperaba en su casa. “¿Por qué me decís
así? A vos lo que te pasa es que estás celoso del
equis”, dijiste señalando con las cejas a este chico
de remera negra. No lo podía creer, me lo decías en
su propia cara, no te importaba nada. Resumen: te dije que no, que
estaba todo bien, que te iba a comprar una coca ligth para matar
el calor insoportable y desaparecí todo el rato que pude,
unos diez minutos. Cuando volví no tenía la coca ligth
en la mano ni ninguna otra bebida, ya me lo había gastado
todo en las hamburguesas del mediodía. Tu hermano estaba
atendiendo a alguien y vos a solas con el buzo, un poco recostada
en tu escritorio, hablando de pulmones, branquias y peces. Qué
horror, pensé, me voy ya. Vos te reías nerviosa y
te sacabas esa especie de delantal que usás en el trabajo,
para estar más cómoda en musculosa. “Costi”,
me dijiste en chiste, adelante de él otra vez. Un descuido
tuyo, mi amor. No te preocupes, me voy a lo de Elizabeth y se me
pasa. No tengo ganas de enseñarte nada, si no aprendiste
que hay cosas que no se deben hacer, no sé, no quiero enseñártelas
en este momento. Mejor me voy y me olvido de la cara que ponés
cuando el buzo te habla de una ballena azul divina que descubrió
mirando una sombra gigante proyectada en el fondo del mar –sombra
provocada gracias a la intensidad de una luna espléndida.
La ballena estaba justo encima de él, ¡ay!, pudo verla
el chongo, como flotando, inmóvil, cuando miró el
cielo de la superficie marina, y cuando la criatura de diez metros
o más se dirigía hacia él, en el momento de
impactar con su cuerpo… ¡lo esquivó!, y él
se tomó de su enorme cola de ballena. Qué costi, pensé,
Victoria debe estar volviéndose loca. Me estaba yendo, el
buzo entró al despacho de la Dra. Equis y vos me dijiste:
“Mariano Dorr, quedate”, y yo: “ay, Victoria,
por favor...”, y me fui. Tengo Moby Dick al lado mío;
si tuviera quinientas páginas menos lo leería esta
misma noche.
Iba
pensando en el subte: No voy nada al cumpleaños de Martín,
me voy a casa y no la llamo nunca más, o por lo menos hasta
mañana o pasado, a menos que me llame ella. No importa, lo
fundamental es que al cumpleaños no voy, después veo
qué hago. No puede ser que sea tan descarada. Me pidió
que la acompañase al trabajo, y lo hice. Todo porque estamos
enamorados. Ella me pide que la acompañe porque está
enamorada de mí, yo me quedo a su lado toda la tarde porque
estoy enamorado de ella. Viene un chongo del mar y ella, equis enorme
con el chongo. No da. Ahora llego a lo de Elizabeth y me preparo
un destornillador y le cuento todo. Ella me va a dar la razón,
Vicky es terrible.
·
Te amo, Victoria, esta novela es para vos, quiero que la leas, quiero
que la corrijas, quiero que la escribas toda otra vez desde el comienzo.
·
El recital de Dani Umpi fue algo increíble, estábamos
todos alucinados. Yo lo estaba escuchando por primera vez: no lo
podía creer. Dani cantaba sobre “toda la gente de Tauro”
y después “Maldita primavera”. Esta vez fuiste
vos la que te emocionaste. Te asomaban unas lagrimitas hermosas
y Fernanda te dio un premio por llorar de la emoción. Una
tortuguita divina, parecida a la que tiene Lirio Lucero en el sillón
de su casa. Hermosa. Terminó el recital y nos quedamos un
rato bailando en B&F precisamente el disco de Dani Umpi. Yo
me compré Aún soltera. Dios mío, mi amor, qué
buena novela. Dani Umpi es un genio.
Ay, Vickiro, mi viajera perdida de la mente, divina, cada día
te amo más, chiquitito, hermoso. Te amo, Vick. Nos fuimos
caminando por Acuña de Figueroa y medio que tuvimos una especie
de costicismo en plena calle, paramos porque venía gente.
¿A dónde fuimos después, mi amor? ¿A
tomar un capuchino al maxikiosco de Corrientes y Pueyrredón?
Ay, Victoria, nos decimos cosas muy hermosas vos y yo. ¿Sabías
que sos mi artista favorita? Quiero que me escribas una novela,
que publiques todos tus mails y tus cartas costis y tu diario íntimo.
Sos la chica más sexy del mundo. Todo el mundo te ama y te
persigue. Me hacés enloquecer de amor, Victoria. Quiero hacerme
un tatuaje en la espalda con tu nombre, Vicky Turman, y hacer una
película con vos; quiero filmarte caminando con tacos altos
por la calle, comprando frutas en una verdulería costi. Sos
la mejor actriz del mundo. Cuando te conocí no podía
creer el aura que tenías. Tengo que escribir ya mismo La
doble, pero antes confesá, mi amor. Confesá si tuviste
el costicismo desde que vos y yo somos novios. Sos capaz de cualquier
cosa. Quiero saber todos los detalles y casarme con vos, Victoria.
¿Vos,
mi amor, querés casarte conmigo?
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