Alicia Beber

AFECTO


!Confuso afecto!
¿juego?
¿trampa?
Ataviado de inocencia esconde
la búsqueda ancestral
el eterno hambre.
Una mujer, un hombre
sólo eso...sin edades.
Asombro por sentir
!casi lo mismo!
Deleite por soñar
!tan parecido!
Ráfaga de aire fresco
y acoso a los sentidos.
Ternura por que si
fuego sin nombre.
!Extraño afecto
es el que nos une!


es el que nos une!



 


Elena Eyheremendy

ANTOLOGÍA VIRTUAL

CONOCER

PASADIZOS DE LA ZOZOBRA


Baile de máscaras sin música de Mahler.
La destrucción se viste de codiciable fuente,
mientras los cocoteros de la Polinesia danzan
entre los moluscos de la zozobra.
quizá también trituren
los virtuales megalitos de la Isla de Pascua.

Sobre mi mesa de septiembre,
negras corolas hacen su digestión de linfa
entre urnas exhaustas y llaves que exudan
la sangre prohibida.
Toma tú ya tu lámpara. Internémonos
en los lozanos pasadizos del miedo.

EN LAS MÁRGENES

En las márgenes de las primeras ciudades,
hay heridas inmóviles que desangran
el imposible restañar de la piedra.
Y yo no siempre veo esos pacientes óleos,
esas dioritas crueles, esos bronces
donde muere el último centauro,
o Cortázar aboga por Torito, o aún se oye,
a veces, el coral desapacible
de Juanito Laguna y sus amigos.

A VECES, ME PARECE NADA

A veces, me parece nada el cavilar de Hamlet,
cuando hiede la corrupción en Dinamarca;
cuando hay niños en Formosa, en Goya
o en la calle Corrientes, creciendo en negros
huertos, según crece con ellos y se abisma
la palabra que da vértigo.

LAS CERTEZAS

Las certezas sólo pintan cartones.
Prefiero los colores
vacilantes del otoño, sus matices
duramente inestables.
Prefiero la incompleta
lectura o los pocos caminos
de aquel que se quebró
o que no se quebró,
pero dio fruto en las márgenes.

QUE NO ME CIEGUE

Que no me ciegue la opacidad de la nariz se Cirano,
ni el arabesco de su sombrero de plumas me distraiga.
¡Antes que arda mi voz con su pasión!
¡Que un corazón abierto
siempre haga mella en mi costra de crustáceo.

y que grite que nadie tiene las respuestas!,
que todo es como él, de contingencias,
de dolor,
de hoy,
de ahora.


CONSAGRACIÓN DEL SISMO

Hay borrascas que cavan barrizales en la ciudad de oro,
que levantan las cabezas del serpentario sobre la bella victoria.
Hay sismos que aniquilan los mares
y quiebran los ojos que han visto el exterminio.

Las moles de Stravinsky mueven estridencias de vientos;
pero los huesos, desvencijados, gotean
frías linfas, y los ángulos del acero
siguen absorbiendo el ápice de las espigas.

Muselinas como pavesas sobrevuelan los ojos
demudados, y apagan sus calvas alas
para volcar calvarios y cavar rojos nichos
en la espuma.

Sólo el pico parece prevalecer,
agudo,
curvando los amaneceres entre hoscas cumbreras.



Gabriela Franco
(Gabriela Franco nació en Buenos Aires en 1970. Es licenciada en letras, editora y poeta. Publicó, junto con Daniela Fiorentino, el libro de poemas Calle (Ediciones del Diego, 1999).)

Los que van a morir

el hígado cansa
exige sueños de otro día

el hígado cansa
quiere ser león de la selva

el hígado es caldera
hace muecas, mugidos, bate palmas

el hígado es un bufón
cobra entrada, tapia casas

el hígado es un actor de comedia
se cree un tórax

el hígado es un artista
inventa, traduce, procesa

el hígado causa
quiere ser exquisito y se pudre

el hígado cáncer
disputa saberes, sabores, dolores

el hígado pesa
mata alcoholes verduritas

el hígado quiere ser el corazón
se agranda, oprime el pecho

el hígado muere
no hay discusión entre cándidos y cínicos

el cuerpo es un viejo
lleva ataduras de trapo
aduanas de agujas

el cuerpo es un viejo olvidado
no recuerda el miedo ni el deseo

el viejo es un bicho
despojado de carne

un bicho deshabitado
abrigo de tumores

los huesos son adornos
hacen nudo en el árbol

el árbol es nicho y polilla
alberga agujero en la roca
duelo, en el respeto ausente

cada día tiene su temblor
maxilar, raja, pesadilla
tiempo en lo quieto
racimo de últimos
día aguja
día punto
día jaula
ramalazo
mechones de calva en el espacio
espacio en las cuencas
anillo desorbitado en el hueso

tengo miedo y no traté de dormir
me da miedo una hoja de ave
pensé que alguien moría
es sólo una pluma
mi idea pesa
y no me dormí

estoy en el ángulo donde entra
el sol por la puerta ventana
estoy de pie y las mitades
ruedan con un rumor mojado

la ventana está abierta y el recuerdo es naranja

el pretérito de los sueños es imperfecto


qué es esta muerte despierta
esta navaja en lo inerte

no me decido a llevarte
y pasás de estación
como un equipaje

dolés como un muerto
y yo no sé
si perdí la memoria o el sueño

vació el útero y el pezón y afuera
habla un hombrecito
afuera ahora adentro antes
un varoncito
antes un varón

una depresión en el vientre

niños dobles

no hay angustia para la obsesión
entrada a los ovarios


espera el bache el borde el bordado, la teja casita de mierda, lo de mamá la pampa los pibes. vestido de saco sin sexo se vuela borrado y tocado del mapa de muerte el tocado.
dale, trincheta, pinchá que esto pudre. tejido puto sacándome puntos al minuto. picate, aguja, picá el coche rutero que encandila el día, interfiere el muerto, acopla.
qué mierda. qué embarrado me dejaste el cielo. quedó pegado un favor como yuta puta llevándose al mejor. favor tu casa, tejita, que sigue haciendo tumulto en el vacío.



María Pugliese

I
En ondas turbias
vino el agua.
Su explícita declaración de guerra
permanece de pie
sin dormir
al borde de la orilla
con las muertes a cuestas.
Mira lo que todavía queda
de la noche:
aquí guardianes que deambulan
con los ojos abiertos
allí las piedras y las manos
niebla de sangre
que se esfuerza
arde su espanto
y pulsa sin descanso.
Más allá
mira lo que todavía queda
de la noche:
un bostezo de frío
plegado sobre el barro
un bostezo otro residuo
de la risa y del alimento.
Mira abajo
mira arriba:
el cielo
amenaza

Si nada es imposible
quién reconocerá las marcas secas
el despunte de soles
las sombras aletargadas

II

Sin testigos
asisto maniatada
al despliegue de fragmentos
que danzan aromas
objetos arrojados sobre objetos
quietud

Camino
y cada paso
dibuja su laberinto de cenizas
derroteros
donde no sopla el viento

Sin testigos



V

La voluntad no repara
en detalles
Todo se abre
Nada es individual

Torsos desnudos brillan
se esparcen
se vuelven a juntar
en brillos de hierros
que se esparcen

A pesar del espanto
percibo en esos giros
un rasgo de belleza

Es de día
y caerá la noche
con su absurda obsesión
de gigante en reposo
con su infusión
desde la nuca

Nada es individual
Todo se abre

Una espalda quiebra
otra vez
en dos

De: Vigías en la noche. Inédito. (2003)



Bárbara Belloc
<Bio>

De Espantasuegras:

3

Hossana:
Oculto osario

Apenas se puede mover el viejo, está hecho concha: todo blanquito y calcáreo, quietecito en el fondo de la residencia Egeo, sin una perla en la boca ni una moneda en los bolsillos, con los huesos ensanchados como una mantarraya y un abanico estático en la mano aun más estática. Está esperando la visita, mudo, tieso; un bailarín congelado en el aire en pleno salto y sometido de inmediato a rayos X cuyos efectos lo convierten en la idea de un muerto capturada en la fugacidad del movimiento, cuando comienzan a caer al suelo las costillas, las dos rótulas, el fémur, el sacro. Es una víctima nuclear, todo él digno de relicario; esperando el más allá como quien espera un barco que zarpó recién, como quien espera cura, o amor de parte de quien no ama. Parece un aljibe. Parece una fuente de agua sin agua, de piedra. Pero el viejo escucha todo, pero no lo que pasa: escucha el río que corre y los grillos de madera, la burbuja de la valva que sube a superficie, el crujido de la piel de la serpiente.
(recuerdo de la rambla)


“A propósito de”: Italo Svevo: Senilitá.

4

Trance
y óstracas turquesas

Fr. 1
Es un dilema: la compañía es dulce, pero la soledad está buena.

Fr. 2
Cipris bella de los mil collares vuelta de flores y bulbos
como nudillos de la mano que corren por la piel blanca,
rosada de ella, rosada de luna blanca sobre la tierra negra,
reina cauta y parca que no falla y si quiere viene y trae alas:
un estruendo
me parte
el alma.

Fr. 3
O a la inversa: qué buena es tu compañía
de loba en el lupanar, o luna, en el poema.
Así tanto me complacía sola, en la sombra,
sentir el placer igual a un dilema.


“A propósito de”: Safo: Fragmenta.

De Célsica:

26.11
Soy de vocación lavandera. A la mañana temprano, el mediodía o pasada la medianoche lavo la ropa a mano, con agua de la manguera al costado de la rejilla y enjuagándola contra las baldosas como una piedra. No canto en voz alta, pero canto mentalmente alguna melodía del momento, que siempre cambia y me gusta. A veces lavo en silencio, mejor si es de noche, y escucho el rumor del agua en la tela, el calado del desague y el silbido de garganta de la cañería. Llegar a la soga y ver la hilera de ropa como un cuadro vivo colgado para nadie, al aire los colores, las siluetas, los breteles, la flor negra flotante, me da pena de soledad aunque la luna llena la cuide y se vaya. ¿A mí, alguien me cuida? Supongo que vos, a distancia. Vos, a quien tanto me cuesta dejar en paz y hacer aparte.

14.10
Por ahora, las fantasías bastan y sobran para tenerme en pie. Como un coco bebe la savia de la palmera y tiene sueños que ni en sueños intuyo. Como pasar el día entero con un amante y refrenar el deseo, el día entero, para confesarse verdades completamente inciertas.

placeres ilusorios 

cuándo llegué y por qué camino
no lo sé

cuándo me iré y por qué camino
de entre los miles que se abren
entre los siete cielos y estos siete
mares de los placeres ilusorios
no lo sé

esta vida que tengo se parece al viento
que sopla las velas y aúlla - su puro vacío

atrapada en alas fabulosas
en hojas de palmera
en aves en floración
en lechos de ríos secos
en manos que se abren como bocas
que susurran
¿cómo podría creer que es mío el goce?
¿cómo podría ignorarlo?



Cecilia Perna

CHINERÍAS

-I-

Dragón y Doncella

*

Ejército pequeño
como escamas
silenciosas en la planta de los pies
en el Dragón
que espera ver la lluvia
finísima
abrirse muy despacio hasta mojar
el propio cuerpo.

*

Ninguna doncella vale el peso
dorado y escamoso
que habita en el Guardián
de aquella puerta.

*

Es así, es lo primero
que aprenda la doncella a respetar
el fuego
del Dragón que le fue dado
y lo vuelva la luz
de fuego en sí
para su cuerpo.

*

Después -sólo después-
llegará el Rey que estuvo ausente
y sin usar el sable
besará las escamas perladas del Dragón
como de jade
y podrá subir la Luna
fría y blanca
del alivio hasta su cuerpo.

*

Y el Dragón le dará de su boca
el ardor para llamar
la Luna
y bajarla del cielo hasta sí
como una carga suave
como el mundo.

-II-

Sable y Luna


*

Si la Luna en el agua se cortara
con el filo del sable
que está ausente
entonces un hilito
de luz sobre la calma
del agua
estancada de la noche.

*

Es porque está sólo en dos partes
en el agua
en lo negro
del cielo salpicado
aunque alguien
alguna vez pensó
en cargarla con las manos
suavemente
desplazarla para darle
movimiento.

*

Pero sólo el sable ausente
podría recortarla de verdad
del fondo oscuro
del cielo o de las aguas
estancadas
y transportarla de noche
en el golpe
inmenso de la carga
delicada
sin partirla.



Marosa Di Giorgio (Uruguay, 1932-2004)

Del libro Los papeles salvajes
(Ganador del I Premio Internacional de Poesía en lengua castellana, Festival Internacional de Poesía de Medellín, 2001)

15
En octubre, noviembre, se abre el "jazmín del cielo". Así, todo queda azul. Celeste. Y comienzan las representaciones, las comedias. Ya, no nos llaman por nuestros nombres, sino "Santa Amelia", "Santa Isabel". A lo sumo, "Estrella". Al pasar, a cada uno, dicen en voz baja, "Estrella". Y vamos entre los aparadores y los otros muebles, mostrando alas y coronas. Mi madre espía lo que yo recito, y mi prima toca en el piano algo que es siempre, igual. Cumplimos un extraño argumento que abarca toda la casa y el jardín.
Entonces, las criadas laboran recatadamente. Y las gallinas, también, se dan cuenta, y van al bosquecillo, y ponen sus huevos sin anunciarlos.

9
El invierno es una casa cerrada, sin pintar. Es un altar boca abajo. El descenso a los infiernos. No la habitual honguera, sino el piso fracturado; los tablones rotos, llevan a otro piso igual, y a otro.
Ése desciende a los infiernos con un vestido rojo que tiene ala. No sé quién es. Ya bajaron dos o tres. Para siempre, jamás.
En cada puerta sale y crece el lirio blanco; una mano de adentro, por una hendija, lo saca y lo pone en la olla. Él hierve en el frío, se esponja como nieve. Por un rato hay hilachas blancas por todo el cuarto.
Dentro de la cama yo ofrezco mi ostra, pequeña, oval, ribeteada de coral, por donde Juan lleva y hunde su puñal. Que me parte en dos. Después, yo lo abrazo. Como si no me hubiera querido matar.


10
Dijo: -Vengo de Lhasa y de Altai.
Era de noche y en el humo de la cocina se balanceaban los murciélagos de siempre.
Se quitó el manto estrellado y quedó con ropa de lana negra.
El manto fue al suelo y era de tela tan liviana que se arrolló y se achicó pareciendo sólo un puntito, una luciérnaga.
Miró bien donde se quedaba ese punto y guardó en la memoria.
-¿Siguen acá?
-Pero, si es la primera vez que nos ve. No vino nunca, no estuvo.
Le explicamos lo que había detrás de la casa.
Quiso ir y fuimos. Pero, olvidamos el farol.
A la débil luz de las estrellas estaba el enramado y abajo cerdos y pavos, graznando semidormidos.
Un hombre rígido como una estatua parecía estar cuidando.
Vimos todo casi con luz de fósforo.
Esos animales eran como gruesos pecados. Carnales. Capitales.
Retrocedíamos con un poco de miedo. Pasamos de nuevo el jardín de azucenas. Los pecados quedaron gruesos y movientes.
Dentro de la cocina buscó en el suelo, el manto. Seguía del tamaño de una luciérnaga. Al colocárselo se desenrolló y brilló, grande como una sábana.
Tuvo prisa por irse, ansiedad, como si le fuéramos a cerrar la puerta.

11
Era terrible. Pero, habíamos pasado a vivir en la Prehistoria. Mi madre decía: Pero ¿cómo vinimos a dar a Esta Chacra!...
Y ponía en esas palabras un acento inimitable.
Teníamos miedo de que entrara un río a la cueva o algún animal.
Volaban unos gigantescos caballos fulgurantes. Tenían diversos focos prendidos; en la cola y por el lomo.
Hacían estrépito. Cuando se unían en lo alto llovían piedras preciosas.
Recordábamos la vida anterior a través de neblinas. Mi hermana, mi padre, abuelos y demás familiares.
Nos había tocado a mi madre y a mí mudarnos a la Prehistoria!
Entretanto se acercó la edad de desovar, de fornicar y de empollar.
Mi madre hacía que no veía, pero hasta en sueños tenía inquietud.
Yo seguía ayudándola a encontrar huevos, que partíamos con una piedra hasta que saltara la yema, verde tal la hierba. Y también comíamos de una flor: crecía grande como una campana, como una sábana, como una carpa. La picoteábamos a toda hora.
Acepté a un ser no muy grande; me husmeaba desde las primeras menstruaciones. Era color zafiro, sombrío, informe, con forma de cono.
Recuerdo el día inicial, cuando nos metimos en el hueco de un tronco, y nos enlazamos a copular.
Mi madre, a lo lejos, daba un silbo.
Era una copulación profusa, infinita. Pasamos horas así y días. Yo daba a entender que seguiría toda la vida, así. Eso deseaba.
Pero, una mañana, él se desprendió de a poco, descendió del árbol y rápidamente, quedó pequeño, del tamaño de un dedal, y vi cómo se escondía adentro de la tierra. Sin salir jamás.

(De "Lumínile", en "Rosa Mística". Interzona, Buenos Aires, 2003).

Desaparecieron una medalla, una cucharita, una dentadura de turquesa, una dentadura de coral, un traje de almanaque.
En el momento más increíble huía un objeto.
Se pensó en Dios, en una rata, en el Destino.
Cada uno espiaba y era espiado.
Hasta que un día divisé al ladrón, proyectándose de una manera un poco torpe y apasionada como quien va a realizar un acto sexual, se lanzó sobre el objeto.
Oculta, lo escudriñé bien, y anoté todo.
Y quien lo creaba tuvo una alteración, de pronto.
Y así, el robo se frustró,
el ladrón se diluyó.
Y quedaron unas cerezas corriendo por el suelo.
De ti sacaban las estrellas como tazas

De Los papeles salvajes. Editorial Arca, 1963.


Te conocí el día primero de mi infancia,
a lo lejos te confundes con la abuela, de cerca eres
el aparador de donde
ella sacaba el almíbar y las tazas.
De ti bajaron los ladrones;
en ti vivían la Virgen María y los Tres Reyes:
Melchor, Gaspar y Baltasar;
de ti bajaban los pastores y los gatos,
los gatos, serios como hombres, con sus bigotes
y sus ojos de enamorados.
Esclava negra sosteniendo criaturitas, inmóviles, nacaradas.
Virgen María de velo negro, de velo blanco, allá en el patio.
Eres la abuela, eres mamá, eres marosa, todo eres, con tu eterna
juventud, tu vejez eterna, niña de comunión, niña de novia,
niña de muerte.
De ti sacaban las estrellas como tazas,
las tazas como estrellas.
Estuvo oculto en tus ramos el libro del destino.
Te has quedado lejos, te has ido lejos.
Pero voy retrocediendo hacia ti,
voy avanzando hacia ti...
Te veré en el cielo.
No puede ser la eternidad sin ti.



 


Diana Bellesi


VI

Ahora que nunca volverás, mi amiga,
y no tejeremos recuerdos y palabras
como una estera que nos proteja del viento.
Para sentarnos allí,
y contar la saga, noche a noche
mientras se consume el kerosen de las lámparas.
Ahora que nunca,
sólo a mí me toca
darles vuelta a los niños
la cara.
Y guardar risas, gestos furiosos,
miradas
que hacían el amor
la danza.
Aquella melodía humana
compartida en ciudades
en carreteras salvajes
hoteles y carpas,
aquella melodía
que ya no escuchás, mi amiga,
y se hace humo, en el aire lento del mañana.

Detrás de los fragmentos
3

En tiempo de langostas
o sequía

en tiempo de mentira

cuando los cerealistas
se lanzaban
a quiebras fraudulentas

nube negra
pájaro de rapiña

o era alto el arancel
llegado el momento
de cambiar por vacas
al gringo
y todo su esfuerzo

mis abuelas cambiaron
el percal de sus vestidos
por las ásperas bolsas
que sobraban
del maíz
o del trigo

En tiempo de langostas
o sequía

en tiempo de mentira