Gabo <Bio>

Sobre madera rosa

Tengo un mandala
/ pintado en Jaipur
/ bajo un vaso con agua con dos gotas de gin
/ Una trampa cazadora de espíritus del Japón
/ y un espejo que atesora el origen del sueño
/ Una muñequita vudu
/ con los miembros zurcidos con pelo de cabra negra
/ Una pulsera con semillas sagradas
/ florecidas y perfumadas
Tengo un manuscrito
/ sin rótulos ni tapas
/ con grabados de una mujer partida en tres
/ Una mascara del Durbán
/ y una rueda mágica enlazada a un asno
Una falda turca de un ajuar
/ y un retrato grabado sobre madera rosa
/ Serenidad escrito en una lengua muerta
/ con sangre de niño y de casadera
Y sobre un formidable insecto embalsamado
/ con los ojos picados por querer aparearse
/ Con las alas cuarteadas y todavía con sangre
/ una imagen tuya conmigo fuera de plano.


De palabra

En mi divorcio con la palabra
/ quedé con la tenencia del silencio
/ Silencio y yo; ya sin palabra
/ somos felices sin palabra
/ Silencio quedó en la casa
/ acomodo la casa al silencio
/ que fija puertas, clausura ventanas
/ Sabe que el viento traerá a palabra
Desaparece el silencio
/ cuando aparece palabra
/ Quiero que rompa el silencio
/ si el hijo calla; la madre habla
Silencio ocupo en la cama
/ el lugar que tenía palabra
/ Se mantiene desvelado
/ si duerme el silencio vuelve palabra
/ Cortó a su madre el Silencio
/ No quiere oír hablar de palabra
/ que ha abandonado al silencio
/ Hijo sin madre; sin palabra.

Tu cama queda ahora a un tren y a un colectivo de mi cama

Tu cama queda ahora a un tren y a un colectivo de mi cama
/Ya dormimos bien lejos
/ yo en cama abierta
/ vos en cama cerrada
/ Que ahora volteas tus brazos
/ sobre una almohada dura
/ Que te sube la fiebre
/ que caes sino te canto tu canción de cuna
Que solo mi canción aleja en fila y de a una a tus angustias
/ que dormís sin pastillas
/ sin ningún sacudón
/ si te llamo y te canto una canción
Nos rumiamos eternos
/ en mi canción de cuna
/ y ahora querés que les cante a los dos
/ la que fue mi canción de cuna para vos
Nos rumiamos eternos
/ en mi canción de cuna
/ y ahora llamás para que cante a los dos
/ la que fue mi canción de cuna para vos.

Calvas margaritas

Calvas margaritas
/ Docenas de cabezas porfiadas
/ Calvas margaritas calvas
/ Me quiere mucho / poco / me quiere nada
Calvas margaritas
/ Se que conocen bien nuestra suerte
/ Calvas margaritas calvas
/ tercas en soplarme que voy a perderte
Caigo tumbado sobre tanto “me quiere”
/ Aprieto el ramo intuyendo “no me quiere
/ Blanco, amarillo y verde
Calvas margaritas
/ Ramos completos con flores cargadas
/ Calvas margaritas calvas
/ Flores de un solo pétalo
/ “me quiere nada”
Caigo tumbado sobre tanto “me quiere”
/ Aprieto el ramo intuyendo “no me quiere”
/ Blanco, amarillo y verde
Calvas margaritas
/ Docenas de cabezas porfiadas
/ Calvas margaritas calvas
/ Me quiere mucho / poco / me quiere nada.


El jardín más bello

De niño era el jardín más bello
/ Reventaba en pétalos plenos de perfume y color
/ Una exuberancia fresca de matices insolentes
/ Violento de tan suave
/ de tan fragante
/ El pasatiempo de mamá resultó en podar mis flores
/ Con su tijera de jardinera cortaba las mejores
/ Desgarraba las frutas como un ave de presa
/ Talaba árboles tiernos
/ endurecía la tierra...
Con sus manitos de madre removía la tierra
/ arrancaba las raíces de las plantas más bellas
/ Los hombres no debíamos ser jardines
/ sino campos de Marte o rústicos baldíos
/ El jardín quedó desierto y pasé desolado
/ de vergel imponente a campo abandonado
/ Soñaba en primavera con tanto color ahogado
/ de un oasis sumiso / de un edén arrancado
De niño era el jardín más bello
/ Estallaba en pétalos plenos de perfume y color
/ Una exuberancia fresca de matices insolentes
/ Violento de tan suave / de tan fragante.




Juan Andres Sala <Bio>


Ferrocarril del Sur

Va
con orgullo
el Señor
De las Pampas.
Con su soñado
negro traje,
Con sus impecables
brillantes
y me habla
cuando lo miro:
con su casi ronca voz.
Va... el tren




“Homenaje a Federico García Lorca”


Ahí baja la novia con tules de negro

Lleva la quietud de su amado muerto

Lleva en su mano el hedor cercano

Lento su paso, su paso lento

alza a vista, mira, sonríe

A la espera en la Luz

Un puñal acerado

B o r b o t é a

Fin

Cuando se disipa el amor

junto en el cristal al piso
en el capullito de la cristalina
se desarma y se desama

cuando disipa el amor

al traspasar el alambrado
en el verdín a orillas de la roca.
Sangra profundamente sangra




Germán Weissi <Bio>

con Hernán.


I

3 meses después y
el llamado de Hernán
hoy sábado
y esto va a ser un poema
cómico
o un poema muy, muy triste?
siquiera va a ser un poema?

II

Preguntas como
qué nos paso?
cómo llegamos a esto?
en qué nos convertimos
y esto que soy / y esto que sos
y ya lo tengo todo escuchado.

III

Hernán provoca la conversación
reestablece
el contacto entre nosotros
y asi como lo desata
lo redirecciona
o me manda a callar
y esta noche no voy a querer
estar sujeto a sus ganas.

IV

Las respuestas no llegan mas
no sé si aun las estamos pensando
desmenuzando
y presiento
que nos despreciamos demasiado
que nunca
escuchamos las preguntas.

V

De fondo
incontrastable
Liliana Felipe.

VI

Hernán plantea las preguntas
y para mi sus preguntas
son zonas minadas de emociones
yo refuto el ataque
desafiándolo / solo desafiándolo
voy a perderle miedo
y exijo
sus propias respuestas
sus respuestas primero
si tiene tan bien pensadas las preguntas
debe tener asumidas las respuestas.

VII

Y entonces
decime qué pensas vos
qué es esto que sos vos
y mas temiblemente
qué es esto que soy yo
pero sin malas palabras.

VIII

Hernán me encuentra debil
compara
nuestro viaje a Mar del Plata
con esta espantosa / aliviante
incomunicacion.

IX

- querés llamarme? / prefería hablar por Tel

- si, te llamo

- si querés

- si, quiero

- vos querés?

cuán feo suena decirte

recordame tu número

- 4 29*924*

- yo tampoco recuerdo el tuyo

- 4 9*8049*

atendés vos?

- estoy solo

X

Mientras tanto
Paul se disgusta / no me quiere hablando
con Hernán
me recomienda que vuelva a regalarlo
y que esta vez ate mejor
el moño
y Facu esta demasiado cansado
para quedarse mas tiempo despierto
y hoy
agradezco al Cielo
me disculpo
por mi tambaleante fe
porque hoy si creo
que lo llamé
con la mente.



Jorge Orozco

ROBERTA
Se planteó fresco, entiéndanlo. El mundo está lleno de colores sin escrúpulos, amordazados en sus besos de luna sin orejas. Entiéndanlo. Sólo se trata de romper el formato de la huella que dajamos al pasar. Esto no es nada. Sólo podemos olvidar los zapatos, ponernos zapatillas y empezar a nadar con nuevas antiparras. Para ver mejor en el calor del smog matutino.
Entre mate y bizcocho, un pez, con su noticia de asalto y el correspondiente pedido de muerte por parte del damnificado. El dios mordido en su cola quiere comer de su cabeza. Caliento más el agua, la yerba y sus malezas en conserva, suspiran y consumen la manteca.
Te ví, Roberta, te ví.
Detrás del cristal rojo cae el zorzal deprimido en su conquista. Da vueltas, da vueltas y al final retuerce el pico. Lombrices alertas sobre el húmedo cadáver lastimoso. Agujeros que son palas.
Peligro. Nena muerta.
Te ví, Roberta.
Esta mañana sacudiste las sábanas rotas hasta brotar sangre. Te enojaste con tus cortinas salpicadas, enroscada en huracanes grises viciados de caracoles y sapos.
No le diste de comer al gato. Olvidaste los cordones en la olla del estofado sin lavar. No quisiste recordar. La noche te había secuestrado la sonrisa y el olor a lunar fresco.
Te asomaste a la ventana. De un segundo piso. Demasiado cerca para un riñón explotado y una boca sin dientes. Demasiado lejos del placer y su músculo virgen. Demasiado estirada en nervios y narices oxidadas.
Peregriné en tu sombra y no pude rescatarte. No puedo.
Reservé el lugar en el ventanal para empujar al perro negro y sin paladar. Promete hiel.
Te fuiste pronto. Te fuiste sin esperar el remolino de agujas, el pinchazo puro de aire, bien otoñal.
Esquivaré el alcohol en vientre. Retorceré serpientes por saciar para que quieran más.
Le meteré el dedo a la vida como un puñal.
Sangraré. Sanaré. Sangraré.
Sólo por los tajos se cría un vientre de raíces verdes. Ventilando pájaros. Soltando puercos. Salando impertinencias. El degollado es el que ríe y el que vive más. El estímulo no vende. El quejido hunde el rostro en el cielo y se queda sin ojos. Sin hijos. Se busca la crueldad y se muere.
Reverdecí en la constancia del capricho. El ajuar de novia que se escapa con sus flores aplastadas. Oxigenadas. Por el mar y sus cortezas. Esa humedad en la boca. Cereza.
Te ví, Roberta.
Seduciendo al fotógrafo que se dedica aguardar las fotografías de los muertos. Vejetes decrépitos que suben por el humo del ascensor porque ya no tienen piernas.
Recordá, Roberta. Se parece a aquel puerco sin oráculo, aquel hombre sin fin que te dejó por tu mejor amiga. La suculenta Sabrina, de pechos como pinzas, que rompía el aire y los ojos al pasearse en sol y ropa fina.
Ya no te explico más. El derroche de bondad no tiene estilo ni remilgos. Salgo a colgar poemas en lugar de consejos o de esquemas de poder sagrado. El fruto sólo llega al estómago cuando hay de veras ganas. El resto es puro regocijo del que tiende látigos contra su cuello, si está aburrido de rebotar palabras en su cabeza. Y explota de agujeros para hacer más lugar. Ahorrar reflexión y vomitar asfixias. Delante de los demás solemos monologar con nuestro propio egoísmo, de penas sin dueño y con correas.
Átenme a mis ruinas, quiero lamer piedras como una ramera y hallar pozos de sangre. Clávenme con alcohol a un árbol y rasúrenme con pieles. Frotarse la mente no es tan fácil. La miel arrulla las rodillas en cuero sin alfileres.
¡Somos todos gatos, somos todos gatos!
Algún día nos sacudiremos los ombligos y desaparecerán todas las ballenas con sus llagas tristes.
No habrán más fogatas con flores de arena dulce.
Ni calambres en escabeche con legumbres de costumbre.
Lloverán cucharas frías con almanaques de gelatina negra.
Me amordazaré a un poste de luz y gritaré tu nombre.
El amarillo o el turqueza. Alguno sangrará por tu lengua de tulipa mojada. Se quemarán tus alas rotas al caer la tarde como angustia de madera fría.
Los broches en la soga amarga sorprenderán al prender la ropa líquida, que desfonda el brillo de roca sin dientes ni perla.
Me colgaré como la ropa.
Seré viento con retina.



Poemas del libro Bienamado, de Julián López
Editorial Carne Argentina, 2004

Coagulatio


Yo vengo de un sitio en el espacio
una ciudad de príncipes varones
llenos de espada, de masculinidad
llenos de semen, de profunda sangre luminosa.
En jornadas de perpetuo atardecer
solté las velas de mi propio abdomen;
el impulso del salto fue tremendo
fantástico y hermoso
y ese mismo eterno día comencé a llegar.

Nadie supo nada de este otro sitio del espacio;
los príncipes, todos, ocultaron sus espadas
y yo me enamoré de las mujeres.
Aún nada he dicho de mi nuevo hogar
era y es una matriz hembra
y yo me enamoré de las demasiado mujeres
¿Quién lo hubiera dicho?

Lo que ocurre es que un príncipe
a veces no sabe de su espada
ni del dolor que supone ser un hombre.
Del lugar de dónde vengo recuerdo sólo unas pocas cosas
la suavidad y la ternura
y una cara que aún no encuentro.

Un príncipe perdido
confundido en medio de otros príncipes lejanos
recibiendo la espada mortal
en el himen del alma en virgo
¿Quién va a entender la sangre que brota de este infierno?

Sucede que yo mismo estoy tan sorprendido
que la experiencia en la materia
me ha dejado fascinado,
una alteza sin contorno
enfrentando la ofensiva tempestad de lo concreto.

Es difícil reponerse de una saga de amoríos con los árboles
y que un príncipe se quede así de quieto
no parece legado de prosapias estelares
por eso es improbable
que se cruce algún destino.

Un linaje sutil
condenado a la tarea del pantano,
órbita esencial abrazada en los extremos por Venus y por Marte.
No es sencillo ser lo gris
pero es preciso encarnar ese perfume medio
y madurar el arquetipo
urge ser del alevoso modo arbóreo
echar raíces, estarse quieto, soportar.

Frente al jardín insular
de la sirena mogólica,
la del agua muy muy dulce
y el magnífico manglar.
Que soy un marinero desolado
de hidrografía desconcierta,
de lo extraño.
Vengo del mundo,
me susurro en lo íntimo
para no asustarme
y la sirena replicante
me da una furia
me da sed.
Marinero inamado
y en lo oscuro
junto a delfines y junto a atunes
y criaturas no iluminadas.
¿Qué es hoy Pizarnik?
¿Y qué Alejandra?
A quien servirle un té negro
endulzado con mucho azúcar,
un fondo de cristales
que siga aún almibarando.
¿Quién es ese tajo que deambula?
Cuando el marinero
no era aún un hombre
las sirenas de la sed
venían en sobre deshidratadas y huecas,
sólo era necesaria la pecera
y esperar la vista hasta el chispazo;
pero la carne de criatura
al tiempo se infectaba.
Otra vez a encarnar.
¿Qué es hoy Alejandra?
una metrópoli gruesa
tumba también de un hilo dorado,
de una escama quieta.
¿Qué Pizarnik?
Estar entre la cocina y su espalda
nada más, sólo ese trayecto.
En la época del incinerador común,
la chimenea humeante
la utopía irresponsable.
La masacre.
Meter la mano en su cartera
con lisura trémula y antilopada;
desaparecer el frasco
aparecer desde atrás
en el anuncio de mis pasos
mientras ella escribe.
No perturbar con tintineo
de humeante taza en vértigo
pero que sepa que ahí estoy yo
que mis dedos le avanzan
ineficaz pócima imitación porcelana.
Un marinero hipnotizado
por la nave encallada de tu huesos,
hermosa sirena formada
en mi siempre lágrima despierta
en desaparecidos dientes.
¿Cómo deslizarse,
a quién observar ahora?
De cerca para que no llore
de lejos
para que aún trabaje en su poema
¿a quién decir lo siento?
Es muy poco
lo que puede hacer
un niño de siete años
que se está ahogando.
Región de patrias


Sin la patagonia de tus ojos
miranda en la que flamearon
banderines rayados,
matas de centeno,
sol rosado.
Lejano de la estepa oscura
que se echaba más allá de tus pupilas
al tiempo que este continente
ponía su rumor de volcán,
un ardor secreto
que ocultaba tu deleite.
Fuera ya
del país olímpico del que fui atleta,
escaldador de hielos insondados
para revertir al fin, nuevos ríos
que humectarían princesa.
Cálido pie arena
lengüita de mar frío
que merodeó mi soledad
y me dio falso perímetro,
condenada felicidad
de antemano
que ahora tiene puesto
el repeat en Go or go ahead
del disco de Rufus Wainwright
y el volumen muy muy alto.

De Moderno Manual para el Joven Practicante, de Julián López. Inédito.


Una actriz con guardapolvo blanco. Un cable de alta tensión. Un hornero muerto.

Composición tema: el tren

Me acuerdo de la primera vez que me enfilé junto a mamá, las tías, la abuela y mis hermanas para ver pasar el último convoy del atardecer.
Ah! el profundo poema transversal que da sentido al horizonte vacuno.
Ese es un acontecimiento sólo comparable al Bar Mitzva de los seres humanos y reviste el mismo carácter litúrgico y sagrado.
Recuerdo la doble sensación que me produjo dejar que mi alma sea penetrada por la belleza seca y existencial de los signos incomprensibles de la vida. El mismo horror y la misma maravilla eternas del desflore.
Tener la certeza plena de que antes del tren yo era una y que ahora la rotura es para siempre, que el dolor es para siempre, la hermosura es para siempre.
¡Qué dulce y extraña y primeriza tristeza se apoderó de mi alma y de las que a mi lado contemplaban el rítmico pasar del tren!

Para comprender la herida espiritual que provoca esta conmovedora ceremonia tal vez sea necesario aclarar que habitualmente el color verde se yergue como el discurso hegemónico de las de mi especie: la visión del pasto, la humedad del pasto, el olor y el sabor del pasto. Esa es la realidad cotidiana con la que el universo, la mente creadora condenó a mi familia, los ocho estómagos que regurgitan verde una y otra vez. Una y otra vez el mondongo.

Pero es preciso ser libertaria, es preciso ser temeraria para atreverse, para animarse a desaceptar lo establecido y lanzarse al vacuo vacío de la existencia, para proyectar el mugido solitario y único que profiere el alma en angustia.
Eso es enfilarse a ver pasar el ferrocarril.
Y tan sólo ocasionalmente nos entregamos a la más devocional de nuestras actividades: levantar la cabeza, traspasar la espesura negra de las mejores pestañas que gestó la naturaleza y entregar la mirada al melancólico pasaje del tren.
Tan sólo ocasionalmente nos damos a la contemplación de esa rústica y metálica oruga que atraviesa la distancia entre las ciudades donde faenan a los míos.
Y volver a pastar, a mirar el verde, a dormir parada e incómoda en el medio de la húmeda pampa, y a soportar pajaritos que se posan en una como si una fuera sólo una posadera.
Hasta un nuevo atardecer y un nuevo convoy por el que hacer acopio de mirada.
La materia cárnica y observante en cuatro patas.
La herida existencial de la carne sin conciencia tras la tranquera, el ganado perdido.
El churrasco, la tira de asado, la marucha, la colita de cuadril, las mollejas.



Motos. (selección)
Consuelo Fraga
<Bio>



De la casa al trabajo

El vientito
me limpia la cabeza.
Se lleva restos de palabras
o el pegote del sueño
que empasta la mañana.
Ojo, siempre es mejor la ruta
pero a veces te toca la oficina
(como decía uno:
el que no hace otra cosa
tiene que laburar todos los días).

Con el andar
viene un pedazo de canción
creo que de Vilma Palma
con una rubia en el avión
directo a Brasil, con una rubia
dispuesto a morir.
La canto entre los autos
y llegando al semáforo
ya tengo ganas de bailar.
Seguir el ritmo
acompañarlo con la moto,
todo es así
cuando el trayecto es suave.

Es temprano, no hay tráfico.
En la luz colorada un solo auto.
Ondulando me arrimo y mi cadera
lleva la moto hasta la cebra peatonal.
Sí, sí, no te han mentido, soy mujer
por los anillos podés verlo
ya que no ves mi cara
cubierta por el casco.

No te ofrezco más pistas
pero me banco tu mirada
de arriba abajo y sin embargo
me vas a decir: “flaco
donde queda la calle tal”
o “cuánto sale
una máquina de éstas”.

No da para charlar.
Se abre el semáforo y arranco,
voy un poco más rápido que antes
es divertido si agarrás la onda verde
jugar a no bajar las patas.
No te molestes, paso de sobra,
tu espejo sano, el mío también.

Tres autos más atrás
dejé un nenito enamorado
de la moto, el casco y el atuendo.
Mamá, cuando sea grande quiero
nada nene, la moto es peligrosa.

 

Camino del Buen Ayre

Nada mejor que un generoso almuerzo
para llenar el hueco de una noche esperando.
Quería saber si estabas bien, entero y a mi alcance.
¡Bienvenida la yapa! Seguís siendo vos:
el que sabe si es bueno el vino de la casa.

–Vengo a veces –dijiste. Y seguimos comiendo–.
Me siento allá en la barra. Llegó el postre, la cuenta.
¡Qué lindo una siestita! Y nadie nos detuvo
para avisarnos: “cuidado, les quedó un hilo
suelto en la conversación”.

“No señales”.

Viste cómo es:
en la velocidad
solo resisten las palabras
que convertimos en un gesto.

Debería estar prohibido, amor
el señalar desde una moto.
Querías decirme algo, pero

adentro de los cascos
ya no se puede pedir explicación:

¿Qué es
yo me señalo
y yo señalo ahí?
¿yo pertenezco?

Sí, ya sé, con el brazo vos quisiste decir:
“agarro ese camino cuando voy para allá”.
Sin embargo quedó tu gesto
desafiándonos.

Me arruinó la siesta.


9 de julio

Acelerás
más a fondo y te perdieron.
Los jodí a todos,
podés pensar,
pero estás lejos y ya
no tiene gracia.
Adelante
tenés un cruce.
No vas a preguntar.
Preferís dar
dos o tres vueltas
por las tuyas
pispear
desde la entrada.

Siempre te gusta comer bien.
El motor no lo apagás
hasta que la parrilla te convenza.

=

Para volver pusiste la reserva. No es lejos
pero que nunca falte combustible.
Tranquila igual porque en el pantalón
tenés el papelito ése y a cambio
el circo amablemente te concede
llenar el tanque y seguir viaje.



La edad de mi motocicleta

Es una suerte que a las motocicletas
nadie pretenda calcularles la edad
como a los perros
multiplicándoles por siete
los años que hace que dan vueltas.

A los treinta compré mi primera moto.
Ella tenía la edad en que a las mujeres
nos conviene más –suelen decir–
buscar asilo en la elegancia. Entera, fuerte,
vi una moto preciosa. ¿Será que es para mí, Berti?
¡La quiero! ¿Podré yo manejar a los cincuenta?
¿Cuánto tiempo tenemos? No anda el reloj.
No marca los kilómetros...
¿Y qué te importa, para qué
necesitás saber?
No necesito, es cierto.
Solo un zopenco vendería esta moto

preciosa esos reflejos en el falso tanque
se ven si estás al sol y no pensás:
¿cómo se llama ese color?
Me gustó igual escucharte decir
borravino y saber después
el nombre que figura en el catálogo
de la pintura original: candy
y otra palabra que también suena
a brillantina roja en sobrecitos.

Tenía ese lomo inmenso
que te pedía una palmada
para quedarse en paz toda la noche.
En el costado del asiento un tajo
como una herida que no se arregla con costura.
Lomoescritorio, lomomesa.
Tu espalda torpe de tan fiel,
tus cables despeinados.

=

Un día empezó el ruido.
Estuve como madre primeriza
escuchando la panza de su cría.
El ruido adentro del motor.
No fueron las palabras de los tontos
que si te anda en un cilindro en tres o en cuatro.
Fue no poder pensarla despanzurrada.
La tuve que soltar.

Un poco parecido a la primera caída.
Cuando se va de eje, apoyala en el piso.
Acompañala. Apenas se lastima.




La prehistoria de mi motocicleta

Mi primer diario tenía hojas lisas,
la tapa blanca de cuerina
y filetes dorados.
Regalo de una navidad de los siete años.
Desde que me compré la moto
ya no le escribí más, pobre querido diario.

Tres años antes, un sueño.
Es madrugada, mi casa, estoy en el garage.
Apoyadito ahí en un rincón, veo un cuadro de moto,
cuadro cromado.

Yo no sabía por entonces lo que era un cuadro
menos qué significa de algo “estar cromado”.
De modo que en el sueño lo que veo ahí
tiene un nombre más simple: unos caños plateados.

Pienso: ¿este armazón es para mí?
Con algún interés pero sabiendo
que yo no quiero un armazón.
Afuera llueve.

Un mes después tuve otro sueño.
Es Colonia, pero la casa de Montevideo.
Estamos sin saber dividiendo una herencia
o preparando algo con esa luz
escasa, la que tuvimos siempre
en el comedor de Eduardo Acevedo.

Yo tengo que seguir hasta Montevideo
y me ronda la idea de alquilar una moto.
Aun sin tener registro –pienso–
así despacito, en el viaje tranquila
puedo aprender a manejar.

Ahí pasé como un año sin noticias
hasta que vino el tercer sueño.
Va mi cielo manejando su goldwing
por una avenida,
atrás voy yo de acompañante.
Vamos bajando y de pronto aparece
un puente que no existe en la vigilia.

Pienso: un acceso a la autopista
y en eso veo que el asfalto del puente
debajo nuestro se está volviendo
medio ondulado y en la parte de arriba
el puente ahora es de caños y la moto
una gran bicicleta que mi amor pedalea.

Vamos más bien por la derecha, parece más seguro.
En el punto más alto la moto es otra vez
una moto y bajamos: una montaña rusa.
Fuerte es el juego. Cuando termina la bajada
y él se arrima al costado, descansamos
contentos en el cordón de la vereda.

Un día pensé: cuando cumpla treinta años
quiero tener mi propia moto. –Bueno –dijeron.
y me compré la goldwing de color borravino.
Como el diario, con filetes dorados.