| Motos. (selección)
Consuelo Fraga <Bio>
De la casa al trabajo
El vientito
me limpia la cabeza.
Se lleva restos de palabras
o el pegote del sueño
que empasta la mañana.
Ojo, siempre es mejor la ruta
pero a veces te toca la oficina
(como decía uno:
el que no hace otra cosa
tiene que laburar todos los días).
Con el andar
viene un pedazo de canción
creo que de Vilma Palma
con una rubia en el avión
directo a Brasil, con una rubia
dispuesto a morir.
La canto entre los autos
y llegando al semáforo
ya tengo ganas de bailar.
Seguir el ritmo
acompañarlo con la moto,
todo es así
cuando el trayecto es suave.
Es temprano, no hay tráfico.
En la luz colorada un solo auto.
Ondulando me arrimo y mi cadera
lleva la moto hasta la cebra peatonal.
Sí, sí, no te han mentido, soy mujer
por los anillos podés verlo
ya que no ves mi cara
cubierta por el casco.
No te ofrezco más pistas
pero me banco tu mirada
de arriba abajo y sin embargo
me vas a decir: “flaco
donde queda la calle tal”
o “cuánto sale
una máquina de éstas”.
No da para charlar.
Se abre el semáforo y arranco,
voy un poco más rápido que antes
es divertido si agarrás la onda verde
jugar a no bajar las patas.
No te molestes, paso de sobra,
tu espejo sano, el mío también.
Tres autos más atrás
dejé un nenito enamorado
de la moto, el casco y el atuendo.
Mamá, cuando sea grande quiero
nada nene, la moto es peligrosa.
Camino del Buen Ayre
Nada mejor que un generoso almuerzo
para llenar el hueco de una noche esperando.
Quería saber si estabas bien, entero y a mi alcance.
¡Bienvenida la yapa! Seguís siendo vos:
el que sabe si es bueno el vino de la casa.
–Vengo a veces –dijiste. Y seguimos comiendo–.
Me siento allá en la barra. Llegó el postre, la cuenta.
¡Qué lindo una siestita! Y nadie nos detuvo
para avisarnos: “cuidado, les quedó un hilo
suelto en la conversación”.
“No señales”.
Viste cómo es:
en la velocidad
solo resisten las palabras
que convertimos en un gesto.
Debería estar prohibido, amor
el señalar desde una moto.
Querías decirme algo, pero
adentro de los cascos
ya no se puede pedir explicación:
¿Qué es
yo me señalo
y yo señalo ahí?
¿yo pertenezco?
Sí, ya sé, con el brazo vos quisiste
decir:
“agarro ese camino cuando voy para allá”.
Sin embargo quedó tu gesto
desafiándonos.
Me arruinó la siesta.
9 de julio
Acelerás
más a fondo y te perdieron.
Los jodí a todos,
podés pensar,
pero estás lejos y ya
no tiene gracia.
Adelante
tenés un cruce.
No vas a preguntar.
Preferís dar
dos o tres vueltas
por las tuyas
pispear
desde la entrada.
Siempre te gusta comer bien.
El motor no lo apagás
hasta que la parrilla te convenza.
=
Para volver pusiste la reserva. No es lejos
pero que nunca falte combustible.
Tranquila igual porque en el pantalón
tenés el papelito ése y a cambio
el circo amablemente te concede
llenar el tanque y seguir viaje.
La edad de mi motocicleta
Es una suerte que a las motocicletas
nadie pretenda calcularles la edad
como a los perros
multiplicándoles por siete
los años que hace que dan vueltas.
A los treinta compré mi primera moto.
Ella tenía la edad en que a las mujeres
nos conviene más –suelen decir–
buscar asilo en la elegancia. Entera, fuerte,
vi una moto preciosa. ¿Será que es para mí,
Berti?
¡La quiero! ¿Podré yo manejar a los cincuenta?
¿Cuánto tiempo tenemos? No anda el reloj.
No marca los kilómetros...
¿Y qué te importa, para qué
necesitás saber?
No necesito, es cierto.
Solo un zopenco vendería esta moto
preciosa esos reflejos en el falso tanque
se ven si estás al sol y no pensás:
¿cómo se llama ese color?
Me gustó igual escucharte decir
borravino y saber después
el nombre que figura en el catálogo
de la pintura original: candy
y otra palabra que también suena
a brillantina roja en sobrecitos.
Tenía ese lomo inmenso
que te pedía una palmada
para quedarse en paz toda la noche.
En el costado del asiento un tajo
como una herida que no se arregla con costura.
Lomoescritorio, lomomesa.
Tu espalda torpe de tan fiel,
tus cables despeinados.
=
Un día empezó el ruido.
Estuve como madre primeriza
escuchando la panza de su cría.
El ruido adentro del motor.
No fueron las palabras de los tontos
que si te anda en un cilindro en tres o en cuatro.
Fue no poder pensarla despanzurrada.
La tuve que soltar.
Un poco parecido a la primera caída.
Cuando se va de eje, apoyala en el piso.
Acompañala. Apenas se lastima.
La prehistoria de mi motocicleta
Mi primer diario tenía hojas lisas,
la tapa blanca de cuerina
y filetes dorados.
Regalo de una navidad de los siete años.
Desde que me compré la moto
ya no le escribí más, pobre querido diario.
Tres años antes, un sueño.
Es madrugada, mi casa, estoy en el garage.
Apoyadito ahí en un rincón, veo un cuadro de moto,
cuadro cromado.
Yo no sabía por entonces lo que era un cuadro
menos qué significa de algo “estar cromado”.
De modo que en el sueño lo que veo ahí
tiene un nombre más simple: unos caños plateados.
Pienso: ¿este armazón es para mí?
Con algún interés pero sabiendo
que yo no quiero un armazón.
Afuera llueve.
Un mes después tuve otro sueño.
Es Colonia, pero la casa de Montevideo.
Estamos sin saber dividiendo una herencia
o preparando algo con esa luz
escasa, la que tuvimos siempre
en el comedor de Eduardo Acevedo.
Yo tengo que seguir hasta Montevideo
y me ronda la idea de alquilar una moto.
Aun sin tener registro –pienso–
así despacito, en el viaje tranquila
puedo aprender a manejar.
Ahí pasé como un año sin noticias
hasta que vino el tercer sueño.
Va mi cielo manejando su goldwing
por una avenida,
atrás voy yo de acompañante.
Vamos bajando y de pronto aparece
un puente que no existe en la vigilia.
Pienso: un acceso a la autopista
y en eso veo que el asfalto del puente
debajo nuestro se está volviendo
medio ondulado y en la parte de arriba
el puente ahora es de caños y la moto
una gran bicicleta que mi amor pedalea.
Vamos más bien por la derecha, parece más
seguro.
En el punto más alto la moto es otra vez
una moto y bajamos: una montaña rusa.
Fuerte es el juego. Cuando termina la bajada
y él se arrima al costado, descansamos
contentos en el cordón de la vereda.
Un día pensé: cuando cumpla treinta
años
quiero tener mi propia moto. –Bueno –dijeron.
y me compré la goldwing de color borravino.
Como el diario, con filetes dorados.
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