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El lenguaje perdido de las grúas, de David Leavitt
Editorial Anagrama

¿Qué pasa con los lenguajes que se pierden? Perder un lenguaje significa haberlo tenido alguna vez y sentirse en la ausencia, sentir que nos faltan elementos, códigos. Así, un pequeño, cuya madre discapacitada lo deja solo la mayor parte del tiempo, no hace otra cosa que observar grúas por la ventana durante todo el día. Cuando los asistentes sociales lo rescatan, el niño ha elaborado una coreografía que imita a las grúas a través de la cual él siente que se comunica con las máquinas. Pero cuando el niño vuelve a insertarse en la sociedad ese lenguaje se pierde para siempre.
El nombre de la novela surge de este ejemplo anecdótico, este trazo que conforma el mapa de los intentos de comunicación en un aparentemente difícil o estéril manejo de los códigos del amor. El amor gay, en primer plano. Un padre que reprime su homosexualidad, o la deja relevada a encuentros anónimos en un cine porno. Un hijo gay que se enamora por primera vez y trata de encontrar significados en cada gesto, palabra, o incluso, indiferencia de su amante. El padre que encuentra el alivio a su represión ante la confesión del hijo. El padre que se pregunta cómo reconocer a otro gay porque, como el niño, ha crecido aislado y no maneja el lenguaje de la comunidad a la cual pertenece.
Pero ese código de amor es escurridizo para cualquier ser humano, tenga la inclinación sexual que tenga. Escurridizo pero no inasible. La clave: deshacernos de la hipocresía y aceptarnos como lo que somos: seres deseantes. Deseantes de amor, deseantes de contacto físico. Deseantes de entender los mensajes que enviamos y recibimos. A veces a ciegas, a veces con destellos de claridad.


Valeria Iglesias
www.absurdayefimera.com.ar