Literatura

 
Traducciones
 
potpurri catuliano // Leonor Silvestri

Paula Martinez Foffani // Paula Martinez Foffani

Heroida VII.// Leonor silvestri

a Valeria // Leonor Silvestri

Jack Kerouac

John Keats // Julio Cortázar

Cesar Pavese // Carles José i Solsora

Frieda Hughes // Leonor Silvestri

Adrienne Rich // Diana Bellessi

 

 

 
 
 
 
 
VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Descenderemos en el remolino mudos.

Versión de: Carles José i Solsora

 

TRABAJAR CANSA

Los dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran
a la cara
entre los tallos delgados: la mujer le muerde los
cabellos
y después muerde la hierba. Entre la hierba, sonríe
turbada.
Coge el hombre su mano delgada y la muerde
y se apoya en su cuerpo. Ella le echa, haciéndole dar
tumbos.
La mitad de aquel prado queda, así, enmarañada.
La muchacha, sentada, se acicala el peinado
y no mira al compañero, tendido, con los ojos
abiertos.

Los dos, ante una mesita, se miran a la cara
por la tarde y los transeúntes no cesan de pasar.
De vez en cuando, les distrae un color más alegre.
De vez en cuando, él piensa en el inútil día
de descanso, dilapidado en acosar a esa mujer
que es feliz al estar a su vera y mirarle a los ojos.
Si con su piel le toca la pierna, bien sabe
que mutuamente se envían miradas de sorpresa
y una sonrisa, y que la mujer es feliz. Otras mujeres
que pasan
no le miran el rostro, pero esta noche por lo menos
se desnudarán con un hombre. O es que acaso las
mujeres
sólo aman a quien malgasta su tiempo por nada.

Se han perseguido todo el día y la mujer tiene aún la
mejillas
enrojecidas por el sol. En su corazón le guarda
gratitud.
Ella recuerda un besazo rabioso intercambiado en un
bosque,
interrumpido por un rumor de pasos, y que todavía
le quema.
Estrecha consigo el verde ramillete -recogido de la
roca
de una cueva- de hermoso adianto y envuelve al
compañero
con una mirada embelesada. Él mira fijamente la
maraña
de tallos negruzcos entre el verde tembloroso
y vuelve a asaltarle el deseo de otra maraña
-presentida en el regazo del vestido claro-
y la mujer no lo advierte. Ni siquiera la violencia
le sirve, porque la muchacha, que le ama, contiene
cada asalto con un beso y le coge las manos.

Pero esta noche, una vez la haya dejado, sabe dónde
irá:
volverá a casa, atolondrado y derrengado,
pero saboreará por lo menos en el cuerpo saciado
la dulzura del sueño sobre el lecho desierto.
Solamente -y esta será su venganza- se imaginará
que aquel cuerpo de mujer que hará suyo
será, lujurioso y sin pudor alguno, el de ella.

Versión de: Carles José i Solsora

 

CREACIÓN

Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.

A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.

Versión de: Carles José i Solsora

 

ALTER EGO

Desde la mañana al ocaso, yo veía el tatuaje
en su pecho sedoso: una mujer rojiza
incrustada, como en un prado, entre el pelo. Allí
debajo
brama a veces un tumulto que sobresalta a la mujer.
Transcurría el día entre blasfemias y silencios.
Si la mujer no fuese un tatuaje y estuviese viva
y aferrada a su pecho peludo, ese hombre
bramaría aún fuerte en su pequeña celda.

Callaba, tendido en el lecho, con los ojos abiertos.
Un profundo hálito de mar ascendía
de su cuerpo de huesos grandes y recios: estaba
tendido
al igual que en cubierta. Pesaba sobre el lecho
como quien ha despertado y podría saltar de él.
Su cuerpo, salado por la espuma, chorreaba
un sudor solar. La pequeña celda
era insuficiente para el alcance de una mirada suya.
Al verle las manos, se pensaba en la mujer.

Versión de: Carles José i Solsora

 

VERANO

Ha reaparecido la mujer de ojos entreabiertos
y de cuerpo concentrado, andando por la calle.
Ha mirado de frente, tendiendo la mano
en la calle inmóvil. Todo ha vuelto a resurgir.

En la luz inmóvil del día lejano
se ha quebrado el recuerdo. La mujer ha alzado
la frente sencilla y su mirada de entonces
ha reaparecido. Se ha tendido la mano hacia la mano
y el apretón angustioso era el mismo de entonces.
Todo ha recobrado colores y vida
con la mirada concentrada, con la boca entreabierta.

Ha regresado la angustia de días lejanos
cuando un inesperado e inmóvil estío
de colores y tibiezas emergía ante las miradas
de aquellos ojos sumisos. Ha regresado la angustia
que ninguna dulzura de labios abiertos
puede mitigar. Se cobija, fríamente,
en aquellos ojos, un inmóvil cielo.
Era tranquilo el recuerdo
bajo la luz sumisa del tiempo, era un dócil
moribundo para quien ya la ventana se aniebla y desaparece.
Se ha quebrado el recuerdo. El apretón angustioso
de la leve mano ha vuelto a encender los colores,
el verano y las tibiezas bajo el vívido cielo.
Pero la boca entreabierta y las miradas sumisas
no dan vida más que a un duro, inhumano silencio.

Versión de: Carles José i Solsora

 


EL PARAÍSO SOBRE LOS TEJADOS

Será un día tranquilo, de luz fría
como el sol que nace o muere, y el cristal
cerrará el aire sucio fuera del cielo.

Se nos despierta una mañana, una vez para siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será como la tibieza. Llenará la estancia,
por la gran ventana, un cielo más grande.
Desde la escalera, subida una vez para siempre,
no llegarán voces, ni rostros muertos.

No será necesario dejar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestir cada cosa
con una tranquila claridad, casi una luz.
Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.

Será los recuerdos como grumos de sombra
aplastados como las viejas brasas
en el camino. El recuerdo será la llama
que todavía ayer mordía en los ojos apagados.

Versión de: Carles José i Solsora


SUEÑO

¿Aún ríe tu cuerpo con la intensa caricia
de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra
en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos retornan
con un temblor de la sangre, con una nada. También
el cuerpo
que se tendió a tu flanco te busca en esta nada.

Era un juego liviano pensar que un día
la caricia del alba emergería de nuevo
cual inesperado recuerdo en la nada. Tu cuerpo
despertaría una mañana, enamorado
de su propia tibieza, bajo el alba desierta.
Un intenso recuerdo te atravesaría
y una intensa sonrisa. ¿No regresa aquel alba?

Aquella fresca caricia se habría apretado a tu cuerpo
en el aire, en la íntima sangre,
y habrías sabido que el tibio instante
respondía en el alba a un temblor distinto,
un temblor de la nada. Lo habrías sabido
igual que, un día lejano, supiste que un cuerpo
se tendía a tu lado.
Dormías con ligereza
bajo un aire risueño de efímeros cuerpos,
enamorada de una nada. Y la intensa sonrisa
te atravesó abriéndote los ojos asombrados.
¿Nunca más regresó, de la nada, aquel alba?

Versión de: Carles José i Solsora


To Sorrow,
I bade good morrow,
And thought to leave her far away behind;
But cheerly, cheerly,
She loves me dearly;
She is so constant to me, and so kind:
I would deceive her
And so to leave her,
But ah! she is so constant and so kind.

John Keats

( from "Imagen de John Keats book by Julio Cortázar)


Jack Kerouac

Empty baseball field
a robin
hops along the bench.

Campo de béisbol vacío
un tordo
salta a lo largo del banco.



Snap your finger
stop the world -
rain falls harder.

Chasqueá tu dedo
pará el mundo -
la lluvia cae más fuerte.



A quiet Autumn night
and these fools
are starting to argue.

Una silenciosa noche de otoño
y estos tontos
se ponen a discutir.



Haiku my eyes!
My mother is calling.

¡Haiku las pelotas!
Mi vieja me está llamando.



Evening coming -
the office girl
unloosing her scarf.

Se acerca la noche -
la chica de la oficina
se suelta la bufanda.



Those birds sitting
out there on the fence -
they're all going to die.

Esos pájaros posados
ahí afuera en la cerca -
todos se van a morir.



Mist before the peak
- the dream
goes on.

Bruma por delante de la cumbre
- el sueño
continúa.


Trad. de A. P.
(más haikus de Jack Kerouac en http://users.rcn.com/jhudak.interport/Jack)
La sección de Literatura de Brandon Gay Day agradece a "LA GRANDA MILITO" por el material que nos cede.

 

a Valeria /Leonor Silvestri.2003.

Me parece ella igual a una diosa
sentada enfrente y cerca de vos,
te escucha hablar dulcemente y reír con placer.
Eso, me hizo estremecer mi corazón en mi pecho,
pues tan pronto como hacia Vos miro un poco,
no me es posible emitir sonido alguno
la lengua me estalla
un fuego galopa por debajo de mi piel,
los ojos no ven nada,
los oídos me zumban,
un sudor frío me recorre,
el temblor me captura entera,
verde de envidia ,
me enfermo
parece que por poco apenas muero.


Leonor Silvestri.2003.

a Lesbia/Leonor Silvestri.2003.

Semejante a una diosa me parece ella,
si me lo permiten los dioses, mayor aun,
sentada frente a vos
constantemente te contempla , te escucha
tu reír dulcemente.
Yo me siento miserable,
pierdo mis sentidos,
con solo mirarte
Lesbia
ninguna voz queda en mis labios,
mi lengua se paraliza,
una tenue llama
destila por debajo de mis miembros,
mis oídos retumban con su propio sonido
las lámparas gemelas cubiertas de noche.

Demasiado tiempo libre
me es dañino:
me exalto y me regocijo
Demasiado tiempo libre
Que perdió antaño reyes ,ciudades próesperas y a poetas.


Leonor Silvestri.2003.

 

Potpurri Catuliano

Poema 109
Me prometes, vida mía, que este amor nuestro será para siempre feliz del uno al otro. Dioses venerables, hagan que ella pueda prometer de verdad, y que hable sinceramente y de corazón, para que sea posible por el resto de la vida continuar este pacto de sagrada amistad.

Poema 72
En otro momento decías, Lesbia, que sólo admitías a Catulo y que ni a Júpiter querrías tener en vez de mí. Entonces te me enamore de vos no como el vulgo a su amante, sino como un padre ama a sus hijos y a su linaje. Ahora sé quien sos. Por eso, aunque ardo vivamente, me sos mucho más vil y traidora. Me preguntas cómo es posible. Porque una injusticia tal obliga a desear más pero a apreciar menos.

Poema 75
Por tu culpa, Lesbia, mi espíritu fue arrojado hasta aquí, y de tal forma se extravió a si mismo por su fidelidad que ya no es capaz de apreciarte aunque te vuelvas la mejor, ni es capaz de dejar de desearte aunque hagas de todo.

Poema 70
mi mujer dice que con nadie quiere casarse excepto conmigo; ni siquiera si Júpiter en persona se lo pidiera. Eso es lo que ella dice, pero lo que una mujer le dice a su amante lleno de deseo hay que escribirlo en el viento y el agua que corre.

Poema 8
Triste, Catulo dejá de decir estupideces, y lo que ves que se perdió, dalo por perdido.
En otro tiempo, soles radiantes brillaban para vos, cuando a menudo ibas adonde una muchacha te llevaba, amada por mí como ninguna otra va a ser amada. Entonces aquellos muchos goces ocurrían, los que vos querías y la muchacha no negaba. Verdaderamente, soles radiantes brillaban para vos.
Ahora ella no quiere; vos tampoco, desenfrenado, quieras, ni sigas a la que huye, ni vivas triste sino con ánimo perseverante soportá, resistí.
Adiós, muchacha, Catulo soporta, ni te va a requerir ni a rogar contra tus deseos. En cambio vos vas a sufrir cuando nada se te ruegue. ¡Ay de vos, maldita! ¿Qué vida te espera? ¿Quién te va a ir a visitar ahora? ¿A quién le vas a parecer hermosa? ¿A quién vas a amar ahora? ¿De quién se va a decir que sos? ¿A quién vas a besar? ¿De quién vas a morder los labios?
En cambio, vos Catulo, firme, resistí.

Poema 76
Si algún placer tiene el varón que recuerda los favores pasados, cuando medita que es la honestidad, aquél que ni violó la sagrada confianza ni ningún pacto, ni hizo mal uso del poder de los dioses para engañar a los hombres, entonces muchas felicidades te aguardan a vos, Catulo, preparadas durante una larga vida por causa de este ingrato amor. Pues cualquier cosa que los hombres puedan decir o hacer en bien de alguien, esto lo hiciste y lo dijiste, todo lo cual pereció al ser confiado a una mente ingrata.
¿Por qué te torturás tanto por este asunto? ¿Por qué no endurecés tu espíritu y te retirás de ahí, y dejás de estar triste ya que los dioses se oponen a que lo estés? Es difícil hacer a un lado súbitamente un largo amor. Es difícil pero hacélo, sea como fuere. Esta es la única salvación, esto es lo que debés dominar completamente. Hacélo, puedas o no puedas.
Dioses, si es propio de ustedes compadecerse o si alguna vez proporcionaron a alguien una última ayuda en el momento mismo de la muerte, préstenme atención, triste de mí, y si viví con pureza, arranquen esta peste y este mal de mí, que deslizándose subrepticiamente como una parálisis en lo hondo de mis miembros arrancó la felicidad de mi pecho entero. No pretendo ya que retribuya lo que siento por ella, ni que quiera ser honesta, puesto que no es posible. Deseo curarme yo y hacer a un lado esta funesta enfermedad. ¡Dioses!, concédanmelo a mí por mi devoción hacia ustedes.

Poema 85
Te odio pero te deseo, quizás me preguntes porque lo hago, no lo sé pero es así y me desgarro.

 

Horacio, Epodo V.

“¡Pero, por los todos los dioses en el cielo que rigen las tierras y el género humano! ¿Qué es este tumulto? ¿Por qué sus atroces rostros se dirigen todos hacia mí? Por tus hijos, si Lucina estuvo presente en tus partos verdaderos. Por el honor inútil de esta púrpura, te suplico, por Júpiter que no aprueba lo que hacen. ¿Por qué me contemplas como una madrastra o como una fiera herida con el hierro?”

Cuando tras quejarse de este modo con temblorosa boca, quedó inmóvil el pequeño, cuerpo impúber, que hubiera podido ablandar los corazones de los tracios; Canidia, que tenía su revuelto cabello atado con diminutas viboritas, ordena que los higos arrancados de los sepulcros, ordena que los cipreses funerarios y los huevos embadurnados con la sangre de una rana rubeta y la pluma de una strix nocturna y las hierbas que Iolcos e Hiberia, rica en venenos, producen, y los huesos de la boca de una perra hambrienta se consuman con las llamas de la Cólquide. Y la expeditiva Sagana, por toda la casa esparciendo agua del averno, eriza sus cabellos como un erizo de mar o un jabalí que corre. Veia, sin ningún cargo de conciencia, cavaba con duros azadones la tierra, mientras se quejaba del esfuerzo, para que el niño, después de ser enterrado, sacara la cabeza como lo hacen los cuerpos suspendidos hasta el mentón en el agua mientras flotan, y así pudiera morir tras muchos días ante el espectáculo de los alimentos reemplazados dos o tres veces por jornada. Y luego con la médula y el seco hígado haría una poción de amor, cuando sus pupilas fijas en el alimento se consumieran. Y creen en la ociosa Nápoles y en todas las ciudades vecinas que la arimense Folia, de impulsos sexuales masculinos, no faltó a la cita, la que hace descender a la luna y los astros del cielo con cantos tesálicos que atraen con sortilegios. Entonces la salvaje Canidia royéndose la uña del pulgar con diente lívido, qué fue lo que dijo o qué fue lo que calló?

“¡Fieles protectoras de mis asuntos, Noche y Diana, que riges el silencio cuando los sagrados arcanos ocurren, ahora, ahora, ahora, preséntense y vuelvan su ira y su poder contra las casa enemigas! Cuando las fieras debilitadas por el dulce sopor se ocultan en las selvas temerosas, que al viejo verde ungido con el nardo que mis manos no podrían haber hecho mejor le ladren los perro del barrio la Suburna para que todos se rían de él. ¿Qué ocurre? ¿Por qué no sirven los venenos crueles de la bárbara Medea con los que mató a la hija del gran Creonte tras vengarse de su soberbia rival, cuando la nueva novia se colocó el manto, regalo empapado en peste ardiente? Pero si no existe hierba o raíz de inhóspitos lugares que se me escape. Duerme él en su lecho impregnado de mis contrincantes por el olvido. ¡Ay, ay, anda suelto, liberado por el hechizo de una hechicera más sabia! ¡Varo, que te juro te haré llorar mucho, no con pociones comunes volverás a mí ni fórmulas marsas te harán entrar en razón! ¡Prepararé algo mayor, para tus desdenes una poción mayor, y el cielo se colocará por debajo del mar y el mar sobre la extendida tierra antes de que no ardas por mi amor como el betún de negras llamas!”

El pequeño, ya no como antes tratando de ablandar a las impías con dulces palabras, sino dudando si romper el silencio, lanza imprecaciones tisteas:
“Los venenos pueden alterar lo bueno y lo malo, pero no pueden alterar los designios humanos. Yo las maldigo, y esta maldición no podrá ser expiada con víctima alguna. Es más, cuando haya muerto obligado a perecer, volveré como un Furor nocturno y buscaré como una sombra sus rostros con curvas uñas, porque esto es propio de los dioses Manes. Y sentado sobre sus inquietos corazones, llevaré el pavor a sus sueños. La turba de barrio en barrio y por todas partes las golpeará lanzándoles piedras a ustedes, viejas obscenas, y los lobos y las águilas dispersarán sus miembros después de desenterrarlos, para que mis padres, pobrecitos -que me sobrevivirán-, no se pierdan este espectáculo.”

 

 

Ovidio Naso. Epistulae Heroidum.
Este es el intertexto del relato del amor de Dido y Eneas en la Envida de Virgilio (Canto IV). EL primer grupo de cartas de las heroínas de Ovidio fue compuesto después del año 17 a C, tras la publicación del poeta que respondía a las órdenes de Augusto. La Heroida VII, texto patético hasta las lágrimas, se propone como una parodia del de Virgilio y propone otro modelo de virilidad, el de los poetas elegíacos.


Heroida VII.

 

Recibe Daradánida el poema de Elisa, la que va a morir, las últimas palabras que lees de mí estás leyendo.

Así, al llamarlo los hados, echado en las húmedas hierbas a orillas del Meandro, el albo cisne canta. Y no porque espera que vos por mi ruego puedas ser conmovido hablo: emprendimos algo, siendo un dios enemigo. Sin embargo, puesto que malamente perdí la reputación del mérito, el cuerpo y el espíritu púdico, perder las palabras el leve. No obstante, estás decidido a irte y a abandonar a la mísera Dido y los mismos vientos llevarán las velas y la confianza. Estás decidido a irte ,Enea, a soltar las naves con nuestra alianza, y a ir detrás de los reinos itálicos, los cuales ignoras donde están. Y no te conmueven ni la nueva Cartago, ni las elevadas murallas, ni la totalidad de las cosas entregadas. Huís de lo que hiciste, y perseguís lo que está por ser hecho. Otra ha de ser buscada por el orbe, otra tierra buscada por vos. Aunque encuentres esa tierra, ¿quién te la dará para que la tengas?¿ Quién dará sus campos a desconocidos para que los posean? Otro amor existe, otra Dido vas a tener, para que por segunda vez la engañes, otro compromiso será dado. ¿Cuándo será que establezcas una ciudad tan grande como Cartago y veas a tu pueblo, engrandecido, desde una ciudadela? ¿Aunque todas estas cosas ocurran y los dioses no retrasen tus juramentos, dónde habrá para vos una esposa que te ame así como lo hago yo? Me quemo como las teas embadurnadas de azufre, como píos inciensos colocados en piras funerarias extinguidas. Eneas siempre estás adherido a mis ojos vigilantes, a Eneas el día y la noche restituyen en mi alma. En efecto, él es mal agradecido y sordo a las obligaciones y de él querría yo carecer, si no fuera una necia. Sin embargo, no odio a Eneas, aunque mal reflexiona pero lamento que sea ingrato y, tras quejarme, lo amo de peor manera. Venus, contempla a tu nuera y rodea, Cupido, a tu duro hermano, que Eneas milite en tus campamentos militares. O que me dé el comienzo de mi cura, pues no lo desdeño. Soy engañada y esta imagen es construida para mí desde algo falso: aquel es diferente de su madre. A vos la piedra, los montes y los robles nacidos en altas roca, a vos las fieras salvajes te han engendrado; o el mar, como lo ves ser aun ahora agitado por los vientos. ¿A dónde, no obstante, te preparás para ir con oleajes adversos, a dónde huís? La tempestad te cierra el paso. Su servicio me ayuda. Mirá cómo el Euro levanta revueltas olas. Lo que prefiero deberte a vos, dejáme que se lo deba a las tormentas; son el viento y la ola más justos que vos. No valgo tanto como para que te mates mientras huís de mí a través de largos mares. Ejercés odios valiosos y que mucho te cuestan si, con tal de librarte de mí, el morir es poco para vos. Ya se calmarán los vientos y aplacado igualmente el oleaje Tritón se correrá por el mar con potros azules. Ojalá vos también fueras mudable como los vientos. Y lo serás, si no vencés a los robles en dureza. ¿Qué pasará si ignorás que pueden los mares insanos? ¿En el agua, detenida tan mal tantas veces todavía confiás? Aunque soltés amarras hasta cuando el mar te persuada, mucho de triste, empero, el mar dilatado tiene. Y no ayuda haber violado la confianza a quienes tienta el mar , ese lugar ejecuta el castigo a la perfidia, sobre todo cuando Amor fue herido, pues la madre de Cupido dicen que nació desnuda en las aguas citereas. Perdida temo perder o dañar al que me daña; o que, náufrago, beba el enemigo marinas aguas. Viví, te lo ruego, mejor así que en el funeral yo te pierda, que mejor se diga que vos sos la causa de mi muerte. Imaginemos que a vos- y ningún peso hay en este augurio-te atrapa una rauda ola; ¿qué pensarás? Los perjurios de tu falsa lengua te asaltarán de pronto y Dido, por engaño frigio, a morir será forzada; surgirá ante tus ojos la imagen de una esposa engañada, triste y sanguinolenta, con los cabellos revueltos. “Todo lo que sea, lo merecí, perdonáme”- dirás, y cuantos rayos caigan, creerás que te los lanzan a vos. Dá breve pausa, tanto a la furia del mar como a la tuya; un viaje seguro va a ser el premio a tu demora. No te preocupés por mí, perdoná a Iulo, tu hijo pequeño. Es suficiente con que me mates a mí. ¿Qué merece tu hijo y los dioses Penates? ¿Hundirá la ola a dioses salvados de los fuegos? Los llevas con vos, ingrato, tus reliquias y tu padre oprimieron tus hombros según alardeás. En todo mentís, porque tu lengua no comienza a engañar por nosotros, no soy yo la primera a la que herís. Se preguntará dónde esta la madre de Iulo hermoso, sola murió, abandonada por su duro esposo. Estas cosas me habías contado, me conmovieron. A partir de entonces, va a ser menor mi pena que tu culpa. Y no tengo mente incierta de que te condenen mis númenes: te agita el séptimo invierno por el mar, por las tierras. Las olas te arrojaron y yo te recibí en un refugio tranquilo, y apenas alcancé a oír tu nombre te di mis reinos. Pero ojalá hubiera estado contenta con esto, y sepulta estuviera la fama de aquel concúbito. Me dañó aquel día en que, bajo profundo antro, nos empujó con súbitas aguas la azul tormenta. Una voz había oído, creí que aullaban las ninfas, las Euménides dieron señales a mis hados. Exige el castigo, pudor dañado y derechos violados del lecho, que no se afloje mi fama hasta mi muerte. Y ustedes manes de mi alma y cenizas de Siqueo, hacia los que llena de pudor acudo, ay miserable de mí. Tengo a mi sagrado Siqueo en un templo marmóreo; lo cubren frondas puestas al frente y vellones blancos; de ahí cuatro veces por boca conocida he sentido que me llamaban, él me ha dicho con sonido tenue: - Vení Elisa. No hay demora alguna, voy, voy a ti entregada, consorte; pero soy lenta, tras haber perdido mi pudor, él está quitando la maldad a mi falta. Su diosa madre, su padre anciano, la pía carga de su hijo, me dieron esperanza de que Eneas sería esposo duradero. Si erré, mi error tuvo causas honestas, añadí la confianza: en ninguna parte hay que llorarlo. Durá hasta el extremo y perseguí el final de mi vida esa continuidad de mi hado que antes hubo. Cayó mi esposo asesinado ante los tirios y el premio de tan gran crimen mi hermano tiene. Me echan desterrada y dejo los restos de mi marido y de mi patria y siguiéndome un enemigo voy por duros caminos. Me voy a lo desconocido, y escapando de mi hermano y del mar, compro la playa, pérfido, que te he donado a ti. Establecí una ciudad y fijé murallas tendidas bastamente, envidiables a los cercanos sitios. Se hinchan guerras, por guerras soy tocada- extranjera y mujer- y preparo las puertas y armas de una urbe aun sin terminar; plací a mil pretendientes, que se me acercaron quejándose de que preferí aun don nadie más que a sus tálamos. ¿Por qué dudas en entregarme, atada, al Getulo Yarbas? Yo misma ofrecería mis brazos a tu crimen. También está mi hermano, cuya mano impía da culto a los celestes. Si eras vos que iba a dar culto a los que salvaste del fuego, los dioses, de haber sido fuegos salvados se duelen. Y acaso, criminal, abandones a una Dido embarazada y se oculte encerrada en mi cuerpo una parte de vos. A los hados de su madre se acerca el pobre niño, serás el autor de la muerte del que no ha nacido aun, el hermano de Iulo morirá junto con su madre. Una sola pena arrastrara a los dos juntos. Pero los dioses ordenan partir, querría yo que hubiesen impedido que llegaras, la tierra púnica no hubiese sido oprimida por los teucros siendo un dios favorable. Digamos que sí, serás agitado por los vientos adversos y gastarás largas temporadas en un mar rabioso, deberías volver aun con tanto esfuerzo si Pérgamo fuera tanto como era cuando Héctor vivía. No buscás la patria sino las olas del Tiber. Digamos que llegás adónde quereés, serás extranjero. Como se esconde, como evita tus naves la tierra buscada inaccesible te tocará apenas cuando seas viejo. Mejor recibe estos pueblos como dote y las riquezas de Pygmalión traídas tras deshacerte de aquello que es tortuoso. Transporta con dicha Ilion a la ciudad Tyria. Quedáte con este lugar y con el cetro sagrado del rey. Si tu mente está ávida de guerra, si Iulo busca donde hay un triunfo para su propio Marte, le ofreceremos enemigos que superar para que no falte nada, este lugar toma leyes de paz y armas. Vos solo, por tu madre y las flechas fraternas y por los objetos Dardanios sagrados, compañeros de dioses en fugar, así venzan, aquellos de tu gente que llevas, que Marte feroz sea la medida de tu condena, que Ascanio viva feliz sus años y los huesos del anciano Anquises descansen tranquilamente. Cuida la casa la cual se te entrega para que la tengas, te lo suplico. ¿Decíme cual fue mi crimen excepto amarte? No soy oriunda de Pthios o de la magna Micenas ni mi marido ni mi padre estuvieron en tu contra. Si te avergonzás de que sea tu esposa, seré llamada no novia sino anfitriona. Con tal de ser tuya Dido soportará ser cualquier cosa. Los mares que golpean la costa africana me son conocidos, en cierto tiempo dan vía libre, otras veces lo niegan. Cuando el viento dé vía libre ofrecerás tus velas a los vientos, algo leve retiene tus naves ahora arrojadas. Mandáme que observe la ocasión, te irás más seguro y si querés yo misma impediré que te quedes. Los compañeros reclaman un descanso y la flota destrozada exige, aun sin reparar, una pequeña demora. Por lo que me merezco y si te debemos alguna cosa más, por la esperanza de una unión pudo un poco de tiempo gasta que el mar se apacigüe y hasta que la costumbre atempere el amor y aprenda a poder soportar con esfuerzo la tristeza. En caso contrario, tengo la decisión de quitarme la vida, no tienes más tiempo para mí. Ojalá vieras cual es la imagen de la que te escribe, escribimos y la espada Troyana está en mi regazo. Las lágrimas corren por las mejillas hacia la corta espada, que será manchada ya con la sangre en vez de con las lágrimas. ¡Cuan conveniente a mis hados tus regalos! Levantás nuestro sepulcro con poco. Y mi pecho ahora no es herido por primera vez con un arma, este lugar tiene una herida salvaje de salvaje amor. Ana hermana, hermana Ana, cómplice desafortunadamente de mi culpa, ya darás las últimas ofrendas a mis cenizas y no me veo inscripta como Elisa de Siqueo una vez consumida por el fuego; este texto estará en el mármol de mi tumba: “Eneas proporcionó la causa de mi muerte y la espada, Dido sucumbió tras hacer uso ella misma de su mano”.

Traducción: Leonor Silvestri.2004.

 

Frieda Hughes/traducción: Leonor Silvestri

 

Mother

Now they want to make a film

Ahora quieren hacer una película

For anyone lacking the ability

Para aquellos que carezcan de la habilidad

To imagine the body, head in oven

De imaginar el cuerpo, la cabeza dentro del horno

Orphaning children

Los niños huérfanos

They think I should give them my mother's words

Ellos creen que yo debería darles las palabras de mi madre

To fill the mouth of their monster

Para llenar la boca de su monstruo

Their Sylvia Suicide Doll….

Su Muñeca “Sylvia Suicida”

The peanut-crunching crowd

La crujiente multitud pochoclera

Shoves in to see

Se apelmazan para verlos

Them unwrap me hand and foot

A ellos desenvolverme manos y pies

The big strip tease.

El gran strip tease

The peanut eaters, entertained

Los que comen pochoclo, entretenidos

At my mother's death, will go home,

Con la muerte de mi madre, se irán a casa

Each carrying their memory of her,

Cada uno se lleva un recuerdo de ella

Lifeless - a souvenir.

Sin vida- un souvenir

Maybe they'll buy the video.

Quizás compren el video.

 
 

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ecturas en el living de la casita 2007 al 2009