| VENDRÁ
LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS
Vendrá
la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Descenderemos en el remolino mudos.
Versión
de: Carles José i Solsora
|
| TRABAJAR
CANSA
Los
dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran
a la cara
entre los tallos delgados: la mujer le muerde los
cabellos
y después muerde la hierba. Entre la hierba, sonríe
turbada.
Coge el hombre su mano delgada y la muerde
y se apoya en su cuerpo. Ella le echa, haciéndole dar
tumbos.
La mitad de aquel prado queda, así, enmarañada.
La muchacha, sentada, se acicala el peinado
y no mira al compañero, tendido, con los ojos
abiertos.
Los dos, ante
una mesita, se miran a la cara
por la tarde y los transeúntes no cesan de pasar.
De vez en cuando, les distrae un color más alegre.
De vez en cuando, él piensa en el inútil día
de descanso, dilapidado en acosar a esa mujer
que es feliz al estar a su vera y mirarle a los ojos.
Si con su piel le toca la pierna, bien sabe
que mutuamente se envían miradas de sorpresa
y una sonrisa, y que la mujer es feliz. Otras mujeres
que pasan
no le miran el rostro, pero esta noche por lo menos
se desnudarán con un hombre. O es que acaso las
mujeres
sólo aman a quien malgasta su tiempo por nada.
Se han perseguido
todo el día y la mujer tiene aún la
mejillas
enrojecidas por el sol. En su corazón le guarda
gratitud.
Ella recuerda un besazo rabioso intercambiado en un
bosque,
interrumpido por un rumor de pasos, y que todavía
le quema.
Estrecha consigo el verde ramillete -recogido de la
roca
de una cueva- de hermoso adianto y envuelve al
compañero
con una mirada embelesada. Él mira fijamente la
maraña
de tallos negruzcos entre el verde tembloroso
y vuelve a asaltarle el deseo de otra maraña
-presentida en el regazo del vestido claro-
y la mujer no lo advierte. Ni siquiera la violencia
le sirve, porque la muchacha, que le ama, contiene
cada asalto con un beso y le coge las manos.
Pero esta
noche, una vez la haya dejado, sabe dónde
irá:
volverá a casa, atolondrado y derrengado,
pero saboreará por lo menos en el cuerpo saciado
la dulzura del sueño sobre el lecho desierto.
Solamente -y esta será su venganza- se imaginará
que aquel cuerpo de mujer que hará suyo
será, lujurioso y sin pudor alguno, el de ella.
Versión
de: Carles José i Solsora |
| CREACIÓN
Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el
alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.
A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.
Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.
Versión de: Carles José
i Solsora
|
| ALTER
EGO
Desde la mañana al ocaso, yo veía
el tatuaje
en su pecho sedoso: una mujer rojiza
incrustada, como en un prado, entre el pelo. Allí
debajo
brama a veces un tumulto que sobresalta a la mujer.
Transcurría el día entre blasfemias y silencios.
Si la mujer no fuese un tatuaje y estuviese viva
y aferrada a su pecho peludo, ese hombre
bramaría aún fuerte en su pequeña celda.
Callaba, tendido en el lecho, con los ojos abiertos.
Un profundo hálito de mar ascendía
de su cuerpo de huesos grandes y recios: estaba
tendido
al igual que en cubierta. Pesaba sobre el lecho
como quien ha despertado y podría saltar de él.
Su cuerpo, salado por la espuma, chorreaba
un sudor solar. La pequeña celda
era insuficiente para el alcance de una mirada suya.
Al verle las manos, se pensaba en la mujer.
Versión de: Carles José
i Solsora
|
| VERANO
Ha reaparecido la mujer de ojos entreabiertos
y de cuerpo concentrado, andando por la calle.
Ha mirado de frente, tendiendo la mano
en la calle inmóvil. Todo ha vuelto a resurgir.
En la luz inmóvil del día lejano
se ha quebrado el recuerdo. La mujer ha alzado
la frente sencilla y su mirada de entonces
ha reaparecido. Se ha tendido la mano hacia la mano
y el apretón angustioso era el mismo de entonces.
Todo ha recobrado colores y vida
con la mirada concentrada, con la boca entreabierta.
Ha regresado la angustia de días lejanos
cuando un inesperado e inmóvil estío
de colores y tibiezas emergía ante las miradas
de aquellos ojos sumisos. Ha regresado la angustia
que ninguna dulzura de labios abiertos
puede mitigar. Se cobija, fríamente,
en aquellos ojos, un inmóvil cielo.
Era tranquilo el recuerdo
bajo la luz sumisa del tiempo, era un dócil
moribundo para quien ya la ventana se aniebla y desaparece.
Se ha quebrado el recuerdo. El apretón angustioso
de la leve mano ha vuelto a encender los colores,
el verano y las tibiezas bajo el vívido cielo.
Pero la boca entreabierta y las miradas sumisas
no dan vida más que a un duro, inhumano silencio.
Versión de: Carles José
i Solsora
|
EL PARAÍSO SOBRE LOS TEJADOS
Será un día tranquilo, de luz fría
como el sol que nace o muere, y el cristal
cerrará el aire sucio fuera del cielo.
Se nos despierta una mañana, una vez para
siempre,
en la tibieza del último sueño: la sombra
será como la tibieza. Llenará la estancia,
por la gran ventana, un cielo más grande.
Desde la escalera, subida una vez para siempre,
no llegarán voces, ni rostros muertos.
No será necesario dejar el lecho.
Sólo el alba entrará en la estancia vacía.
Bastará la ventana para vestir cada cosa
con una tranquila claridad, casi una luz.
Se posará una sombra descarnada sobre el rostro sumergido.
Será los recuerdos como grumos de sombra
aplastados como las viejas brasas
en el camino. El recuerdo será la llama
que todavía ayer mordía en los ojos apagados.
Versión de: Carles José
i Solsora
|
| SUEÑO
¿Aún
ríe tu cuerpo con la intensa caricia
de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra
en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos retornan
con un temblor de la sangre, con una nada. También
el cuerpo
que se tendió a tu flanco te busca en esta nada.
Era un juego
liviano pensar que un día
la caricia del alba emergería de nuevo
cual inesperado recuerdo en la nada. Tu cuerpo
despertaría una mañana, enamorado
de su propia tibieza, bajo el alba desierta.
Un intenso recuerdo te atravesaría
y una intensa sonrisa. ¿No regresa aquel alba?
Aquella fresca
caricia se habría apretado a tu cuerpo
en el aire, en la íntima sangre,
y habrías sabido que el tibio instante
respondía en el alba a un temblor distinto,
un temblor de la nada. Lo habrías sabido
igual que, un día lejano, supiste que un cuerpo
se tendía a tu lado.
Dormías con ligereza
bajo un aire risueño de efímeros cuerpos,
enamorada de una nada. Y la intensa sonrisa
te atravesó abriéndote los ojos asombrados.
¿Nunca más regresó, de la nada, aquel alba?
Versión
de: Carles José i Solsora |
To Sorrow,
I bade good morrow,
And thought to leave her far away behind;
But cheerly, cheerly,
She loves me dearly;
She is so constant to me, and so kind:
I would deceive her
And so to leave her,
But ah! she is so constant and so kind.
John Keats
( from "Imagen de John Keats book by Julio Cortázar) |
Jack Kerouac
Empty baseball field
a robin
hops along the bench.
Campo de béisbol vacío
un tordo
salta a lo largo del banco.
Snap your finger
stop the world -
rain falls harder.
Chasqueá tu dedo
pará el mundo -
la lluvia cae más fuerte.
A quiet Autumn night
and these fools
are starting to argue.
Una silenciosa noche de otoño
y estos tontos
se ponen a discutir.
Haiku my eyes!
My mother is calling.
¡Haiku las pelotas!
Mi vieja me está llamando.
Evening coming -
the office girl
unloosing her scarf.
Se acerca la noche -
la chica de la oficina
se suelta la bufanda.
Those birds sitting
out there on the fence -
they're all going to die.
Esos pájaros posados
ahí afuera en la cerca -
todos se van a morir.
Mist before the peak
- the dream
goes on.
Bruma por delante de la cumbre
- el sueño
continúa.
Trad. de A. P.
(más haikus de Jack Kerouac en http://users.rcn.com/jhudak.interport/Jack)
La sección de Literatura de Brandon Gay Day agradece a "LA
GRANDA MILITO" por el material que nos cede. |
a Valeria
/Leonor Silvestri.2003.
Me parece
ella igual a una diosa
sentada enfrente y cerca de vos,
te escucha hablar dulcemente y reír con placer.
Eso, me hizo estremecer mi corazón en mi pecho,
pues tan pronto como hacia Vos miro un poco,
no me es posible emitir sonido alguno
la lengua me estalla
un fuego galopa por debajo de mi piel,
los ojos no ven nada,
los oídos me zumban,
un sudor frío me recorre,
el temblor me captura entera,
verde de envidia ,
me enfermo
parece que por poco apenas muero.
Leonor Silvestri.2003.
|
a
Lesbia/Leonor Silvestri.2003.
Semejante
a una diosa me parece ella,
si me lo permiten los dioses, mayor aun,
sentada frente a vos
constantemente te contempla , te escucha
tu reír dulcemente.
Yo me siento miserable,
pierdo mis sentidos,
con solo mirarte
Lesbia
ninguna voz queda en mis labios,
mi lengua se paraliza,
una tenue llama
destila por debajo de mis miembros,
mis oídos retumban con su propio sonido
las lámparas gemelas cubiertas de noche.
Demasiado
tiempo libre
me es dañino:
me exalto y me regocijo
Demasiado tiempo libre
Que perdió antaño reyes ,ciudades próesperas
y a poetas.
Leonor Silvestri.2003.
|
Potpurri
Catuliano
Poema
109
Me prometes, vida mía, que este amor nuestro será
para siempre feliz del uno al otro. Dioses venerables, hagan que
ella pueda prometer de verdad, y que hable sinceramente y de corazón,
para que sea posible por el resto de la vida continuar este pacto
de sagrada amistad.
Poema
72
En otro momento decías, Lesbia, que sólo admitías
a Catulo y que ni a Júpiter querrías tener en vez
de mí. Entonces te me enamore de vos no como el vulgo a su
amante, sino como un padre ama a sus hijos y a su linaje. Ahora
sé quien sos. Por eso, aunque ardo vivamente, me sos mucho
más vil y traidora. Me preguntas cómo es posible.
Porque una injusticia tal obliga a desear más pero a apreciar
menos.
Poema
75
Por tu culpa, Lesbia, mi espíritu fue arrojado hasta aquí,
y de tal forma se extravió a si mismo por su fidelidad que
ya no es capaz de apreciarte aunque te vuelvas la mejor, ni es capaz
de dejar de desearte aunque hagas de todo.
Poema
70
mi mujer dice que con nadie quiere casarse excepto conmigo; ni siquiera
si Júpiter en persona se lo pidiera. Eso es lo que ella dice,
pero lo que una mujer le dice a su amante lleno de deseo hay que
escribirlo en el viento y el agua que corre.
Poema
8
Triste, Catulo dejá de decir estupideces, y lo que ves que
se perdió, dalo por perdido.
En otro tiempo, soles radiantes brillaban para vos, cuando a menudo
ibas adonde una muchacha te llevaba, amada por mí como ninguna
otra va a ser amada. Entonces aquellos muchos goces ocurrían,
los que vos querías y la muchacha no negaba. Verdaderamente,
soles radiantes brillaban para vos.
Ahora ella no quiere; vos tampoco, desenfrenado, quieras, ni sigas
a la que huye, ni vivas triste sino con ánimo perseverante
soportá, resistí.
Adiós, muchacha, Catulo soporta, ni te va a requerir ni a
rogar contra tus deseos. En cambio vos vas a sufrir cuando nada
se te ruegue. ¡Ay de vos, maldita! ¿Qué vida
te espera? ¿Quién te va a ir a visitar ahora? ¿A
quién le vas a parecer hermosa? ¿A quién vas
a amar ahora? ¿De quién se va a decir que sos? ¿A
quién vas a besar? ¿De quién vas a morder los
labios?
En cambio, vos Catulo, firme, resistí.
Poema
76
Si algún placer tiene el varón que recuerda los favores
pasados, cuando medita que es la honestidad, aquél que ni
violó la sagrada confianza ni ningún pacto, ni hizo
mal uso del poder de los dioses para engañar a los hombres,
entonces muchas felicidades te aguardan a vos, Catulo, preparadas
durante una larga vida por causa de este ingrato amor. Pues cualquier
cosa que los hombres puedan decir o hacer en bien de alguien, esto
lo hiciste y lo dijiste, todo lo cual pereció al ser confiado
a una mente ingrata.
¿Por qué te torturás tanto por este asunto?
¿Por qué no endurecés tu espíritu y
te retirás de ahí, y dejás de estar triste
ya que los dioses se oponen a que lo estés? Es difícil
hacer a un lado súbitamente un largo amor. Es difícil
pero hacélo, sea como fuere. Esta es la única salvación,
esto es lo que debés dominar completamente. Hacélo,
puedas o no puedas.
Dioses, si es propio de ustedes compadecerse o si alguna vez proporcionaron
a alguien una última ayuda en el momento mismo de la muerte,
préstenme atención, triste de mí, y si viví
con pureza, arranquen esta peste y este mal de mí, que deslizándose
subrepticiamente como una parálisis en lo hondo de mis miembros
arrancó la felicidad de mi pecho entero. No pretendo ya que
retribuya lo que siento por ella, ni que quiera ser honesta, puesto
que no es posible. Deseo curarme yo y hacer a un lado esta funesta
enfermedad. ¡Dioses!, concédanmelo a mí por
mi devoción hacia ustedes.
Poema
85
Te odio pero te deseo, quizás me preguntes porque lo hago,
no lo sé pero es así y me desgarro.
|
Horacio,
Epodo V.
“¡Pero,
por los todos los dioses en el cielo que rigen las tierras y el
género humano! ¿Qué es este tumulto? ¿Por
qué sus atroces rostros se dirigen todos hacia mí?
Por tus hijos, si Lucina estuvo presente en tus partos verdaderos.
Por el honor inútil de esta púrpura, te suplico, por
Júpiter que no aprueba lo que hacen. ¿Por qué
me contemplas como una madrastra o como una fiera herida con el
hierro?”
Cuando tras
quejarse de este modo con temblorosa boca, quedó inmóvil
el pequeño, cuerpo impúber, que hubiera podido ablandar
los corazones de los tracios; Canidia, que tenía su revuelto
cabello atado con diminutas viboritas, ordena que los higos arrancados
de los sepulcros, ordena que los cipreses funerarios y los huevos
embadurnados con la sangre de una rana rubeta y la pluma de una
strix nocturna y las hierbas que Iolcos e Hiberia, rica en venenos,
producen, y los huesos de la boca de una perra hambrienta se consuman
con las llamas de la Cólquide. Y la expeditiva Sagana, por
toda la casa esparciendo agua del averno, eriza sus cabellos como
un erizo de mar o un jabalí que corre. Veia, sin ningún
cargo de conciencia, cavaba con duros azadones la tierra, mientras
se quejaba del esfuerzo, para que el niño, después
de ser enterrado, sacara la cabeza como lo hacen los cuerpos suspendidos
hasta el mentón en el agua mientras flotan, y así
pudiera morir tras muchos días ante el espectáculo
de los alimentos reemplazados dos o tres veces por jornada. Y luego
con la médula y el seco hígado haría una poción
de amor, cuando sus pupilas fijas en el alimento se consumieran.
Y creen en la ociosa Nápoles y en todas las ciudades vecinas
que la arimense Folia, de impulsos sexuales masculinos, no faltó
a la cita, la que hace descender a la luna y los astros del cielo
con cantos tesálicos que atraen con sortilegios. Entonces
la salvaje Canidia royéndose la uña del pulgar con
diente lívido, qué fue lo que dijo o qué fue
lo que calló?
“¡Fieles
protectoras de mis asuntos, Noche y Diana, que riges el silencio
cuando los sagrados arcanos ocurren, ahora, ahora, ahora, preséntense
y vuelvan su ira y su poder contra las casa enemigas! Cuando las
fieras debilitadas por el dulce sopor se ocultan en las selvas temerosas,
que al viejo verde ungido con el nardo que mis manos no podrían
haber hecho mejor le ladren los perro del barrio la Suburna para
que todos se rían de él. ¿Qué ocurre?
¿Por qué no sirven los venenos crueles de la bárbara
Medea con los que mató a la hija del gran Creonte tras vengarse
de su soberbia rival, cuando la nueva novia se colocó el
manto, regalo empapado en peste ardiente? Pero si no existe hierba
o raíz de inhóspitos lugares que se me escape. Duerme
él en su lecho impregnado de mis contrincantes por el olvido.
¡Ay, ay, anda suelto, liberado por el hechizo de una hechicera
más sabia! ¡Varo, que te juro te haré llorar
mucho, no con pociones comunes volverás a mí ni fórmulas
marsas te harán entrar en razón! ¡Prepararé
algo mayor, para tus desdenes una poción mayor, y el cielo
se colocará por debajo del mar y el mar sobre la extendida
tierra antes de que no ardas por mi amor como el betún de
negras llamas!”
El pequeño,
ya no como antes tratando de ablandar a las impías con dulces
palabras, sino dudando si romper el silencio, lanza imprecaciones
tisteas:
“Los venenos pueden alterar lo bueno y lo malo, pero no pueden
alterar los designios humanos. Yo las maldigo, y esta maldición
no podrá ser expiada con víctima alguna. Es más,
cuando haya muerto obligado a perecer, volveré como un Furor
nocturno y buscaré como una sombra sus rostros con curvas
uñas, porque esto es propio de los dioses Manes. Y sentado
sobre sus inquietos corazones, llevaré el pavor a sus sueños.
La turba de barrio en barrio y por todas partes las golpeará
lanzándoles piedras a ustedes, viejas obscenas, y los lobos
y las águilas dispersarán sus miembros después
de desenterrarlos, para que mis padres, pobrecitos -que me sobrevivirán-,
no se pierdan este espectáculo.” |
Ovidio
Naso. Epistulae Heroidum.
Este es el intertexto del relato del amor de Dido y Eneas en la
Envida de Virgilio (Canto IV). EL primer grupo de cartas de las
heroínas de Ovidio fue compuesto después del año
17 a C, tras la publicación del poeta que respondía
a las órdenes de Augusto. La Heroida VII, texto patético
hasta las lágrimas, se propone como una parodia del de Virgilio
y propone otro modelo de virilidad, el de los poetas elegíacos.
Recibe
Daradánida el poema de Elisa, la que va a morir, las últimas
palabras que lees de mí estás leyendo.
Así,
al llamarlo los hados, echado en las húmedas hierbas a orillas
del Meandro, el albo cisne canta. Y no porque espera que vos por
mi ruego puedas ser conmovido hablo: emprendimos algo, siendo un
dios enemigo. Sin embargo, puesto que malamente perdí la
reputación del mérito, el cuerpo y el espíritu
púdico, perder las palabras el leve. No obstante, estás
decidido a irte y a abandonar a la mísera Dido y los mismos
vientos llevarán las velas y la confianza. Estás decidido
a irte ,Enea, a soltar las naves con nuestra alianza, y a ir detrás
de los reinos itálicos, los cuales ignoras donde están.
Y no te conmueven ni la nueva Cartago, ni las elevadas murallas,
ni la totalidad de las cosas entregadas. Huís de lo que hiciste,
y perseguís lo que está por ser hecho. Otra ha de
ser buscada por el orbe, otra tierra buscada por vos. Aunque encuentres
esa tierra, ¿quién te la dará para que la tengas?¿
Quién dará sus campos a desconocidos para que los
posean? Otro amor existe, otra Dido vas a tener, para que por segunda
vez la engañes, otro compromiso será dado. ¿Cuándo
será que establezcas una ciudad tan grande como Cartago y
veas a tu pueblo, engrandecido, desde una ciudadela? ¿Aunque
todas estas cosas ocurran y los dioses no retrasen tus juramentos,
dónde habrá para vos una esposa que te ame así
como lo hago yo? Me quemo como las teas embadurnadas de azufre,
como píos inciensos colocados en piras funerarias extinguidas.
Eneas siempre estás adherido a mis ojos vigilantes, a Eneas
el día y la noche restituyen en mi alma. En efecto, él
es mal agradecido y sordo a las obligaciones y de él querría
yo carecer, si no fuera una necia. Sin embargo, no odio a Eneas,
aunque mal reflexiona pero lamento que sea ingrato y, tras quejarme,
lo amo de peor manera. Venus, contempla a tu nuera y rodea, Cupido,
a tu duro hermano, que Eneas milite en tus campamentos militares.
O que me dé el comienzo de mi cura, pues no lo desdeño.
Soy engañada y esta imagen es construida para mí desde
algo falso: aquel es diferente de su madre. A vos la piedra, los
montes y los robles nacidos en altas roca, a vos las fieras salvajes
te han engendrado; o el mar, como lo ves ser aun ahora agitado por
los vientos. ¿A dónde, no obstante, te preparás
para ir con oleajes adversos, a dónde huís? La tempestad
te cierra el paso. Su servicio me ayuda. Mirá cómo
el Euro levanta revueltas olas. Lo que prefiero deberte a vos, dejáme
que se lo deba a las tormentas; son el viento y la ola más
justos que vos. No valgo tanto como para que te mates mientras huís
de mí a través de largos mares. Ejercés odios
valiosos y que mucho te cuestan si, con tal de librarte de mí,
el morir es poco para vos. Ya se calmarán los vientos y aplacado
igualmente el oleaje Tritón se correrá por el mar
con potros azules. Ojalá vos también fueras mudable
como los vientos. Y lo serás, si no vencés a los robles
en dureza. ¿Qué pasará si ignorás que
pueden los mares insanos? ¿En el agua, detenida tan mal tantas
veces todavía confiás? Aunque soltés amarras
hasta cuando el mar te persuada, mucho de triste, empero, el mar
dilatado tiene. Y no ayuda haber violado la confianza a quienes
tienta el mar , ese lugar ejecuta el castigo a la perfidia, sobre
todo cuando Amor fue herido, pues la madre de Cupido dicen que nació
desnuda en las aguas citereas. Perdida temo perder o dañar
al que me daña; o que, náufrago, beba el enemigo marinas
aguas. Viví, te lo ruego, mejor así que en el funeral
yo te pierda, que mejor se diga que vos sos la causa de mi muerte.
Imaginemos que a vos- y ningún peso hay en este augurio-te
atrapa una rauda ola; ¿qué pensarás? Los perjurios
de tu falsa lengua te asaltarán de pronto y Dido, por engaño
frigio, a morir será forzada; surgirá ante tus ojos
la imagen de una esposa engañada, triste y sanguinolenta,
con los cabellos revueltos. “Todo lo que sea, lo merecí,
perdonáme”- dirás, y cuantos rayos caigan, creerás
que te los lanzan a vos. Dá breve pausa, tanto a la furia
del mar como a la tuya; un viaje seguro va a ser el premio a tu
demora. No te preocupés por mí, perdoná a Iulo,
tu hijo pequeño. Es suficiente con que me mates a mí.
¿Qué merece tu hijo y los dioses Penates? ¿Hundirá
la ola a dioses salvados de los fuegos? Los llevas con vos, ingrato,
tus reliquias y tu padre oprimieron tus hombros según alardeás.
En todo mentís, porque tu lengua no comienza a engañar
por nosotros, no soy yo la primera a la que herís. Se preguntará
dónde esta la madre de Iulo hermoso, sola murió, abandonada
por su duro esposo. Estas cosas me habías contado, me conmovieron.
A partir de entonces, va a ser menor mi pena que tu culpa. Y no
tengo mente incierta de que te condenen mis númenes: te agita
el séptimo invierno por el mar, por las tierras. Las olas
te arrojaron y yo te recibí en un refugio tranquilo, y apenas
alcancé a oír tu nombre te di mis reinos. Pero ojalá
hubiera estado contenta con esto, y sepulta estuviera la fama de
aquel concúbito. Me dañó aquel día en
que, bajo profundo antro, nos empujó con súbitas aguas
la azul tormenta. Una voz había oído, creí
que aullaban las ninfas, las Euménides dieron señales
a mis hados. Exige el castigo, pudor dañado y derechos violados
del lecho, que no se afloje mi fama hasta mi muerte. Y ustedes manes
de mi alma y cenizas de Siqueo, hacia los que llena de pudor acudo,
ay miserable de mí. Tengo a mi sagrado Siqueo en un templo
marmóreo; lo cubren frondas puestas al frente y vellones
blancos; de ahí cuatro veces por boca conocida he sentido
que me llamaban, él me ha dicho con sonido tenue: - Vení
Elisa. No hay demora alguna, voy, voy a ti entregada, consorte;
pero soy lenta, tras haber perdido mi pudor, él está
quitando la maldad a mi falta. Su diosa madre, su padre anciano,
la pía carga de su hijo, me dieron esperanza de que Eneas
sería esposo duradero. Si erré, mi error tuvo causas
honestas, añadí la confianza: en ninguna parte hay
que llorarlo. Durá hasta el extremo y perseguí el
final de mi vida esa continuidad de mi hado que antes hubo. Cayó
mi esposo asesinado ante los tirios y el premio de tan gran crimen
mi hermano tiene. Me echan desterrada y dejo los restos de mi marido
y de mi patria y siguiéndome un enemigo voy por duros caminos.
Me voy a lo desconocido, y escapando de mi hermano y del mar, compro
la playa, pérfido, que te he donado a ti. Establecí
una ciudad y fijé murallas tendidas bastamente, envidiables
a los cercanos sitios. Se hinchan guerras, por guerras soy tocada-
extranjera y mujer- y preparo las puertas y armas de una urbe aun
sin terminar; plací a mil pretendientes, que se me acercaron
quejándose de que preferí aun don nadie más
que a sus tálamos. ¿Por qué dudas en entregarme,
atada, al Getulo Yarbas? Yo misma ofrecería mis brazos a
tu crimen. También está mi hermano, cuya mano impía
da culto a los celestes. Si eras vos que iba a dar culto a los que
salvaste del fuego, los dioses, de haber sido fuegos salvados se
duelen. Y acaso, criminal, abandones a una Dido embarazada y se
oculte encerrada en mi cuerpo una parte de vos. A los hados de su
madre se acerca el pobre niño, serás el autor de la
muerte del que no ha nacido aun, el hermano de Iulo morirá
junto con su madre. Una sola pena arrastrara a los dos juntos. Pero
los dioses ordenan partir, querría yo que hubiesen impedido
que llegaras, la tierra púnica no hubiese sido oprimida por
los teucros siendo un dios favorable. Digamos que sí, serás
agitado por los vientos adversos y gastarás largas temporadas
en un mar rabioso, deberías volver aun con tanto esfuerzo
si Pérgamo fuera tanto como era cuando Héctor vivía.
No buscás la patria sino las olas del Tiber. Digamos que
llegás adónde quereés, serás extranjero.
Como se esconde, como evita tus naves la tierra buscada inaccesible
te tocará apenas cuando seas viejo. Mejor recibe estos pueblos
como dote y las riquezas de Pygmalión traídas tras
deshacerte de aquello que es tortuoso. Transporta con dicha Ilion
a la ciudad Tyria. Quedáte con este lugar y con el cetro
sagrado del rey. Si tu mente está ávida de guerra,
si Iulo busca donde hay un triunfo para su propio Marte, le ofreceremos
enemigos que superar para que no falte nada, este lugar toma leyes
de paz y armas. Vos solo, por tu madre y las flechas fraternas y
por los objetos Dardanios sagrados, compañeros de dioses
en fugar, así venzan, aquellos de tu gente que llevas, que
Marte feroz sea la medida de tu condena, que Ascanio viva feliz
sus años y los huesos del anciano Anquises descansen tranquilamente.
Cuida la casa la cual se te entrega para que la tengas, te lo suplico.
¿Decíme cual fue mi crimen excepto amarte? No soy
oriunda de Pthios o de la magna Micenas ni mi marido ni mi padre
estuvieron en tu contra. Si te avergonzás de que sea tu esposa,
seré llamada no novia sino anfitriona. Con tal de ser tuya
Dido soportará ser cualquier cosa. Los mares que golpean
la costa africana me son conocidos, en cierto tiempo dan vía
libre, otras veces lo niegan. Cuando el viento dé vía
libre ofrecerás tus velas a los vientos, algo leve retiene
tus naves ahora arrojadas. Mandáme que observe la ocasión,
te irás más seguro y si querés yo misma impediré
que te quedes. Los compañeros reclaman un descanso y la flota
destrozada exige, aun sin reparar, una pequeña demora. Por
lo que me merezco y si te debemos alguna cosa más, por la
esperanza de una unión pudo un poco de tiempo gasta que el
mar se apacigüe y hasta que la costumbre atempere el amor y
aprenda a poder soportar con esfuerzo la tristeza. En caso contrario,
tengo la decisión de quitarme la vida, no tienes más
tiempo para mí. Ojalá vieras cual es la imagen de
la que te escribe, escribimos y la espada Troyana está en
mi regazo. Las lágrimas corren por las mejillas hacia la
corta espada, que será manchada ya con la sangre en vez de
con las lágrimas. ¡Cuan conveniente a mis hados tus
regalos! Levantás nuestro sepulcro con poco. Y mi pecho ahora
no es herido por primera vez con un arma, este lugar tiene una herida
salvaje de salvaje amor. Ana hermana, hermana Ana, cómplice
desafortunadamente de mi culpa, ya darás las últimas
ofrendas a mis cenizas y no me veo inscripta como Elisa de Siqueo
una vez consumida por el fuego; este texto estará en el mármol
de mi tumba: “Eneas proporcionó la causa de mi muerte
y la espada, Dido sucumbió tras hacer uso ella misma de su
mano”.
Traducción:
Leonor Silvestri.2004.
|
Frieda Hughes/traducción:
Leonor Silvestri
Mother
Now they want
to make a film
Ahora quieren
hacer una película
For anyone
lacking the ability
Para aquellos
que carezcan de la habilidad
To imagine
the body, head in oven
De imaginar
el cuerpo, la cabeza dentro del horno
Orphaning
children
Los niños
huérfanos
They think
I should give them my mother's words
Ellos creen
que yo debería darles las palabras de mi madre
To fill the
mouth of their monster
Para llenar
la boca de su monstruo
Their Sylvia
Suicide Doll….
Su Muñeca
“Sylvia Suicida”
The peanut-crunching
crowd
La crujiente
multitud pochoclera
Shoves in
to see
Se apelmazan
para verlos
Them unwrap
me hand and foot
A ellos desenvolverme
manos y pies
The big strip
tease.
El gran strip
tease
The peanut
eaters, entertained
Los que comen
pochoclo, entretenidos
At my mother's
death, will go home,
Con la muerte
de mi madre, se irán a casa
Each carrying
their memory of her,
Cada uno se
lleva un recuerdo de ella
Lifeless -
a souvenir.
Sin vida-
un souvenir
Maybe they'll
buy the video.
Quizás
compren el video.
|
|